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Deuda e impago: la inflexible doble moral de los acreedores

Fuentes: Colectivo Novecento

En sus negociaciones con el Eurogrupo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) Grecia plantea la necesidad de incluir quitas de deuda en el posible acuerdo, algo que «las instituciones» rechazan. Pero justo en estos días se cumplen diez años de la condonación de 33.000 millones de euros de deuda a los 18 Estados más empobrecidos […]

En sus negociaciones con el Eurogrupo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) Grecia plantea la necesidad de incluir quitas de deuda en el posible acuerdo, algo que «las instituciones» rechazan. Pero justo en estos días se cumplen diez años de la condonación de 33.000 millones de euros de deuda a los 18 Estados más empobrecidos del mundo, incluidos también pagos pendientes con el Banco Mundial y FMI. En aquellos felices días, se decía, era el «momento para la osadía».  Lamentablemente, Grecia permanece ahora excluida de tanto atrevimiento.

Aquel evento no era tan nuevo ni tan altruista. Todos los países beneficiarios estaban ya incluidos en la llamada Iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados (PPME, o HIPC en su acrónimo inglés), creada por el FMI y Banco Mundial en 1996; plan luego reforzado en 2005 con la Iniciativa para el Alivio de la Deuda Multilateral (IADM) enfocada a los incumplidos Objetivos de Desarrollo del Milenio. La meta básica de ambas iniciativas es lograr que estas economías recuperen su acceso a los mercados financieros internacionales, sin abordar sus problemas de fondo. Al contrario, los países candidatos han de implementar antes programas de ajuste estructural si quieren acceder luego a ese alivio de la deuda externa. El resultado es que, si bien los 35 países que alcanzaron en 2014 la segunda fase de la iniciativa PPME han visto reducida su deuda sobre el PIB con respecto a 1996, su dependencia externa se mantiene y con ella el riesgo de recaer.

Pese a los discursos moralizantes contra las «irresponsables» pretensiones helenas, la historia de los impagos es tan antigua como la propia deuda: el primer incumplimiento registrado se atribuye a diez municipios que no saldaron sus préstamos para la construcción del templo de Delos, en el siglo IV a. C. Actualmente los Estados acreedores, en su afán por exigir el reembolso íntegro a Grecia, no sólo olvidan que diez años antes presumían de condonar deudas; también obvian cómo ellos mismos han recurrido a diversas formas de impago en el pasado. Cierto que desde 1939 ningún país occidental ha cesado sus pagos soberanos. Sin embargo, muchos de ellos son unos fenomenales impagadores en términos históricos, como Reino Unido y Francia. En otros casos, como Estados Unidos, aunque siempre ha cumplido como gobierno federal, sí ha hecho impagos a escala regional, como en 1852 cuando el estado de Misisipi se negó a pagar la deuda contraída con Reino Unido vía referéndum.

El principal impagador conocido no es Grecia, sino España, sobre todo por sus continuos defaults en el siglo XIX. Éstos consistieron en repudios, así como modificaciones en los términos de pago llamadas «arreglos». Sólo en ese siglo el reino de España impagó casi con igual frecuencia que en los tres anteriores juntos (siete frente a ocho). La práctica era tan frecuente que la ciudad de Madrid tiene calles dedicadas a varios ministros de Hacienda, impagadores ilustres como Bravo Murillo o Fernández Villaverde.

El acuerdo de 1953

Alemania, que ahora lidera el discurso exigente hacia Atenas, sufrió una situación en cierto sentido similar tras su derrota militar en 1918, con la diferencia de que Grecia no ha bombardeado a nadie. Los aliados, como vencedores, asfixiaron entonces a Alemania con sus exigencias por reparaciones de guerra en una sucesión sin fin de renegociaciones para el pago imposible de esa deuda, y que sólo sirvió para avivar el auge del nazismo. Pero por una vez aprendieron la lección y en 1953 se celebró el Acuerdo de Londres para el pago de la deuda germana. En aquella reestructuración, aparte de reducir el monto total, se establecieron topes en los tipos de interés, se pagaba en moneda local y con un tope máximo anual en función de sus exportaciones. Ese acuerdo es precisamente el que Syriza ofrece como referente en su propuesta de una mesa europea de deuda, pero ahora tal idea es rechazada.

Las reestructuraciones, definidas como el canje de unos instrumentos de deuda (préstamos, bonos) por otros nuevos en mejores condiciones de pago (menores intereses, mayores plazos y/o quitas), siguen siendo frecuentes: desde 1950 más de 600 casos en 95 países, 187 de ellos desde 1970. Pero sigue sin haber un mecanismo multilateral que regule el impago soberano. En su mayor parte, los acuerdos son bilaterales a través del Club de París, un organismo informal que agrupa a los principales Estados acreedores. No obstante, desde mediados de los años 90 son más importantes las negociaciones con acreedores privados, que en su mayor parte ya no son bancos, sino diferentes gestoras de activos, como sucedió en Argentina en 2005.

La fuerza en las negociaciones para los deudores no depende tanto de un impago previo que, de hecho, es lo más frecuente, sino más bien de su grado de dependencia externa y del apoyo político interno. Para el gobierno griego la situación es harto difícil porque a su dependencia externa se le suma el riesgo de salida del euro, lo que complica el respaldo social al gobierno de Syriza. El lado acreedor, en cambio, puede reducir fácilmente esa deuda al ser las propias instituciones los prestamistas tras la reestructuración de 2012: el mayor trasvase conocido de deuda desde acreedores privados a manos públicas. El debate de fondo, como en su momento con Alemania, no es si habrá impago, sino cómo y cuándo. Y también como entonces, la deuda ahora es griega, pero el problema es europeo. Toca entonces priorizar: deuda o democracia.

http://colectivonovecento.org/2015/06/30/deuda-e-impago-la-inflexible-doble-moral-de-los-acreedores/