Recomiendo:
0

Nueva seríe de Koldo Sagaseta y José Mercader en el que acabarán con los todos nuestros malvados contemporáneos

Diario íntimo de Jack el Destripador/1

Fuentes: Rebelión

Nunca, en mi larga carrera profesional, he aceptado trabajos por encargo y es que no soy un vulgar y simple matarife que se cotice en Bolsa y se exponga a las fluctuaciones del mercado, pero después de recibir miles de cartas solicitándome el mismo favor y tras estudiar convenientemente el caso, me pareció oportuno hacer […]

Jack el destripadorNunca, en mi larga carrera profesional, he aceptado trabajos por encargo y es que no soy un vulgar y simple matarife que se cotice en Bolsa y se exponga a las fluctuaciones del mercado, pero después de recibir miles de cartas solicitándome el mismo favor y tras estudiar convenientemente el caso, me pareció oportuno hacer una excepción. Al fin y al cabo yo también compartía la benemérita causa.

Santiago de Chile seguía siendo la misma caótica ciudad que conociera meses atrás, durante unas pasadas vacaciones que también me llevaron a Buenos Aires, antes de establecerme en Santo Domingo. No me resultaba nada grato tener que volver a una capital tan ruidosa y contaminada como la chilena pero sólo así iba a poder llevar a cabo mi humanitaria misión.

El problema, al margen de que sólo disponía de un día, era que los aduaneros chilenos me habían incautado el juego de punzones y cuchillos con los que opero y todavía no sabía cómo administraría justicia cuando tuviera delante al nauseabundo, pero siempre he confiado en mi capacidad de improvisar, así que, ubicada la lujosa residencia en que mi objetivo rumiaba su fracaso, salté las rejas, amparado en las sombras de la noche y, sigilosamente, me introduje por una ventana del primer piso que había quedado entreabierta.

Dos guardaespaldas dormían en el salón, ajenos a mi presencia. Imaginé sus caras cuando al día siguiente fueran cancelados y, con sumo cuidado, gané las escaleras hasta alcanzar la tercera planta. Sabía cual era su habitación porque era la única iluminada. Desde hacía muchos años, nunca apagaba la luz para dormir, por temor, supongo, a los fantasmas que gustan de las sombras, claro que hay pesadillas a las que no les importan semejantes temores. Yo era una de ellas.

La puerta de su habitación estaba cerrada con llave pero ninguna cerradura se ha resistido nunca a mi llave maestra. Segundos más tarde y tras girar lentamente la manija, me introduje dentro de la habitación. El hedor era insoportable, incluso para mí. Supuse que era un presagio o la inevitable consecuencia de su vida. Un uniforme de gala colgaba de un perchero, justo al lado de la cama sobre la que dormía el decrépito. Lentamente me acerqué a la cabecera, hasta oír su respiración entrecortada y observar en su rostro el desasosiego de la falta de vergüenza.

Entonces, lentamente, acerqué mi boca hasta su oído y le deslicé tímpano abajo, en un largo susurro, la palabra mágica; » Allendeeeee «.

Después me fui.

Por la mañana, camino del aeropuerto en que tomaría el avión para Santo Domingo, leí en El Mercurio, a grandes titulares, la noticia; «Muere Pinochet , mientras dormía, de un ataque al corazón».