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Dinero y poder en el estado de mercado

Fuentes: Rebelión

A Encarnación y Fermín La sociedad del espectáculo gira al compás del dinero. La moneda, que todo pretende igualar con su ritual de consumo democrático, se ha convertido en esta época de látex e impuesta nostalgia en el único instrumento de medida (real) de lo social y político. El imprescindible corte de clase, organizado en […]

A Encarnación y Fermín

La sociedad del espectáculo gira al compás del dinero. La moneda, que todo pretende igualar con su ritual de consumo democrático, se ha convertido en esta época de látex e impuesta nostalgia en el único instrumento de medida (real) de lo social y político. El imprescindible corte de clase, organizado en torno al mundo del trabajo y las relaciones de producción, ha dejado paso a un entramado simbólico, psicológico, donde el poder del consumo directo ha tomado el mando de las operaciones. El mercado es un magma indefinido -un principio ideológico- que se escenifica en la identidad física del dinero. La moneda, sea de plástico o materias primas, petróleo o créditos, es de nuevo -igual que en el pasado- la división acorazada del poder. La idea es clásica. La propiedad sobre la tierra y las fábricas o la posesión y acumulación de capital financiero inciden sobre un terreno macroestructural tan lejano e intangible que es imposible analizar y combatir con los útiles de la lucha política y sindical del siglo XX. La alineación individual y social en el estado de mercado -pese a los escasos núcleos de resistencia (casi) militar- es absoluta. En ocasiones parece que pretendemos cambiar la órbita de la luna disparando flechas con un arco de brezo.

Décadas atrás -esta mutación ha sido casi una guerra relámpago- el poder económico era visible, concreto. Sin pretender hundir la argumentación en el fango de los tópicos, a los dueños de los medios de producción se les veía en sus grandes coches negros, entrando y saliendo de los consejos de administración con sus ternos de alpaca. El capitalista (y sus propiedades) era algo visible y su presencia generaba resentimiento, odio o deseos (naturales) de venganza. Zola lo describe bien en Germinal o en El dinero. No hace demasiado tiempo, todavía se les podía agredir, insultar o incluso matar. Ahora ya no sabemos dónde están ni quiénes son. Los grandes centros fabriles eran zonas de batalla, de conciencia de clase y de resistencia. Hoy ya no se ve nada: todo es bruma y gigantes carteles que anuncian rebajas. En el capitalismo espectacular, el patrón-dinero, sea cual sea la forma de obtención, facilita el pasaporte a los centros comerciales. El poder ya no necesita, salvo casos excepcionales como Guantánamo, Irak o Israel, campos de concentración. Basta agrupar las tiendas, poner un cine y un puesto de comida basura para que la manifestación sea espontánea. En medio de la guerra mundial, la izquierda radical, pide paz. ¿Para qué?¿Para consumir en «libertad»?

La deslocalización de la producción, la represión militar y policial y el recorte sistemático de libertades públicas son tres de las herramientas del nuevo modelo político y económico al que denominamos con ampulosidad de converso Democracia. Wallerstein escribe que caminamos hacia un fascismo democrático. Usemos con prudencia las (sus) palabras. Lejos quedan los totalitarismos nazi-fascistas de los años treinta. Es algo peor, sutil y trágico: el poder ha conseguido que en cada uno de nosotros anide -en potencia- un represor, un pequeño y timorato consumidor reaccionario. La imposibilidad de acceder al democrático dinero y a las satisfacciones inmediatas que produce actúa como un inmenso resorte generador de malestar no político que sólo repercute en el aumento del consumo diferido: el mundo del crédito. Inmersos en la mercadotecnia como ideología interclasista, respiramos el aire viciado de la publicidad que, con descaro, satisface los deseos primarios: la solidaridad, un valor en alza, dice una reciente campaña de marketing. Esta frase puede resumir el estado de las cosas. El poder de las multinacionales -elevado de forma divina sobre el altar de los sacrificios humanos- reside en un limbo que no ensombrece la vida cotidiana del consumo. Sus decisiones caen del cielo igual que los proyectiles en la guerra moderna. Es sabido que bombardear tiene menos riesgos que mover unidades de infantería.

El poder, en su sentido tradicional de creador de moralidad y fuerza coercitiva, ya no necesita -en el estado de mercado- de cancerberos a pie de obra ni de estrategias gubernamentales. Su antigua presencia ha sido suplida por la interiorización de la (falsa) subjetividad, la precarización, la esclavitud y la desproporción salarial. El capitalismo contemporáneo ha alcanzando un grado tal de perversión y de sofisticación que parece inmune ante posibles ataques. La distancia que separa a los trabajadores (todos somos periféricos) del centro del poder ha crecido hasta extremos inimaginables. En La fea burguesía, Miguel Espinosa, habla de esto con acierto refiriéndose a los salarios. Todo, como antaño, se ha convertido en dinero: la realidad (o eso que llaman realidad) es el dinero: el nuevo/viejo patrón.