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Iraq, tres años de ocupación y de guerra

El atentado de Samarra y sus consecuencias: ¿Un nuevo aspecto de la guerra civil?

Fuentes: Comité de Solidaridad con la Causa Arabe

Aún hay dudas sobre la responsabilidad del ataque a la mezquita dorada chií de Askariya en Samarra. Durante las dos jornadas posteriores fueron asesinados 200 iraquíes y se impuso el toque de queda en todo el país. El estallido de violencia entre los distintos grupos no es reflejo del peligro de guerra civil inmediata. Ahora […]

Aún hay dudas sobre la responsabilidad del ataque a la mezquita dorada chií de Askariya en Samarra. Durante las dos jornadas posteriores fueron asesinados 200 iraquíes y se impuso el toque de queda en todo el país.

El estallido de violencia entre los distintos grupos no es reflejo del peligro de guerra civil inmediata. Ahora bien, si continuara aumentando esa violencia, se podría pasar de la guerra civil de baja intensidad de carácter político, que existe entre los que apoyan (de grado o por la fuerza) la ocupación estadounidense y los que la rechazan, a una guerra civil identificada con posicionamientos de grupos religiosos rivales.

Tanto el atentado como el estallido de violencia posterior son las pruebas más recientes de que la ocupación militar estadounidense ha fracasado en proporcionar seguridad al pueblo de Iraq, la democracia ya ni se menciona. La estrategia estadounidense, que consiste en adiestrar a una fuerza militar iraquí que contrarreste a la Resistencia, con el fin de sustituir a las tropas de EEUU y de la Coalición, es un fracaso (y eso por no mencionar el empeño norteamericano de convertir a Samarra en una ciudad segura, rodeándola con un enorme muro de tierra). La decisión del Congreso de aprobar una ley que autoriza un gasto suplementario de 62.000 millones de dólares para la guerra en Iraq (fundamentalmente para el adiestramiento de las tropas iraquíes) significa estar de acuerdo con esta fracasada línea política.

La presencia de las tropas de ocupación estadounidenses en Iraq, sigue siendo una provocación extrema para todas las facciones iraquíes y fomenta la violencia. De acuerdo con las últimas encuestas, el 82% de los iraquíes desean el final de la ocupación, y el 47% de ellos apoya los ataques a las tropas ocupantes. Una buena parte de la ira popular desencadenada por el atentado en la mezquita de Askariya, tanto entre sunníes como chiíes, apuntó a la ocupación estadounidense como responsable. El jefe militar y clérigo chií, Moqtada al Sadr, en declaraciones a la cadena de televisión al Jazeera, hizo un llamamiento al nuevo Parlamento iraquí, donde cuenta con 32 escaños, a que aprobaran una propuesta para que las fuerzas de la coalición abandonaran Iraq.

El proceso político antidemocrático, impuesto por los EEUU, ha exacerbado las divisiones entre las distintas sectas de Iraq, un país con una amplia trayectoria laica y una marcada identidad nacional, a pesar de las tensiones étnicas y religiosas. Las negociaciones para la creación de un nuevo gobierno iraquí han fracasado, en tanto que no hay interés en hacer desaparecer las milicias sectarias o ponerlas bajo control gubernamental.

Los responsables militares y los de la Administración del presidente Bush se apresuran a negar que esta escalada sea el prólogo de una guerra civil en Iraq, porque eso dejaría sin valor su argumento de que solamente la presencia de tropas norteamericanas es un antídoto contra esa guerra. Un destacado general norteamericano dijo: «No vemos el comienzo de una guerra civil lo que prevemos es un gobierno iraquí con capacidad para utilizar las fuerzas de que disponga» El presidente Bush dijo que no era una guerra civil y afirmó que los responsables del ataque de Samarra no venían del interior de Iraq, sino que se trataba de aquellos procedentes del exterior que «intentaban detener el avance de la libertad» en Iraq. En el mismo tono, Tony Blair negó que se tratase de una guerra civil, sino más bien «de la democracia contra el extremismo y el terrorismo». El congresista norteamericano John Murtha, que ha pedido la retirada de las tropas de Iraq, afirmó por su parte, que esto era una guerra civil y que «nuestras tropas están atrapadas entre dos fuegos».

Si bien es cierto que el ataque a la mezquita de Askariya ha producido un grave aumento de las divisiones y la violencia entre las distintas sectas, y que también algunas milicias de las mismas parecen estar adquiriendo mayor influencia, no lo es menos que ha habido respuestas significativas de tipo laico, unitario e interconfesional. Algunos influyentes líderes religiosos han pedido calma, mientras que llamaban a sus seguidores a manifestarse en la calle contra la violencia. Así, por ejemplo en la ciudad de Basora, de importante mayoría chií, una manifestación conjunta de sunníes y chiíes, reclamó la defensa de la unidad nacional iraquí, la denuncia de la violencia sectaria y el final de la ocupación estadounidense, entre gritos de «No a América».

Esta es una nueva coyuntura. Los movimientos contra la guerra, en Estados Unidos y en todo el mundo, deben dar respuesta al reciente aumento de la violencia en Iraq con una energía renovada para exigir el final de la ocupación y hacer que las tropas regresen a casa. Al acercarse el tercer aniversario de la invasión de Iraq, las condiciones de vida cada vez más degradadas, el aumento de las muertes iraquíes y el debate actual en el Congreso norteamericano sobre la autorización de gasto suplementario y multimillonario para mantener la guerra, ponen sobre la mesa la necesidad urgente de movilizarse, sensibilizar y desarrollar una tarea de apoyo en los ámbitos local, nacional e internacional. No es descartable que en los próximos días se anuncie un aumento en la retirada de tropas, justo después del aumento de la violencia en Iraq, pero debemos ser conscientes de que esas retiradas parciales, aunque implicasen a un buen número de soldados, no son suficientes. Antes bien, nuestra exigencia prioritaria debe ser el final completo de la ocupación, incluyendo la retirada de todas las tropas estadounidenses, de la coalición ocupante y de los mercenarios extranjeros, además del cierre de todas las bases militares de Estados Unidos en Iraq.