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El «bolsonarismo» no es flor de un día

Fuentes: Revista Común [Imagen: Bolsonaro firmando en el libro de honor de la exposición del Bicentenario del traslado de la corte portuguesa a Brasil. Créditos: José Cruz/Agência Brasil]

En este artículo el autor sostiene que el bolsonarismo es un fenómeno que existe en Brasil antes de que existiese Bolsonaro; de hecho, lo hace surgir en el descontento del año 2013. Así, partiendo de una análisis gramsciano, realiza un diagnóstico del bolsonarismo.


Antonio Gramsci, hablando de estrategia política hace casi cien años, sugirió algo muy lógico: “Cuando la fuerza A lucha contra la fuerza B puede suceder que no gane ni la una ni la otra sino que una tercera fuerza, C, intervenga desde fuera imponiéndose a A y a B”. Eso es lo que, más o menos, empezó a ocurrir hace cuatro años en Brasil: la espiral de confrontación entre la élite política del país sudamericano llegó a tales extremos (impeachment, encarcelamientos, etc.) que de pronto irrumpió Jair Bolsonaro, a quién nadie en el mainstream esperaba y se hizo con la elección presidencial: 46% del voto en la primera vuelta y 55% en la segunda.

Aunque al relato básico podría añadírsele alguna otra floritura, lo cierto es que Brasil, de la mano de Bolsonaro se vio empujado a un escenario político inédito desde la recuperación de la democracia en 1985. La agresividad del recién llegado, zafio y retador, hizo añicos muchos códigos: los ‘especialistas en Brasil’ llevan cuatro años intentando clasificar el fenómeno en cuestión, ¿fascismo, populismo o extrema derecha? (Andrade, 2021). La coyuntura internacional pareciera ayudar: últimamente proliferan por el mundo amigos del ‘hablar claro’y las ‘soluciones fáciles’ (como Giorgia Meloni, Viktor Orban, Marine Le Pen o Donald Trump).

Ocurre empero que, si nos detenemos demasiado en clasificaciones, nos costará comprender mejor las claves de la cuestión. Para hilar fino, lo primero que debiéramos distinguir es al protagonista de la trama (Bolsonaro) del fenómeno que le rodea (llamémoslo, ‘bolsonarismo’). Bolsonaro es un líder carismático, políticamente incorrecto, que —retomando a Gramsci— apareció cuando “ningún grupo tenía la fuerza necesaria para imponerse”: ni el centro-derecha, que promovió el impeachment poco antes de los Juegos Olímpicos de 2016 ni el centro-izquierda, que pretendía surfear la ola mediática que, estos, suelen provocar.

El bolsonarismo es (y eso debe quedar muy claro) un fenómeno que antecede a su propio liderazgo carismático. Hay en Brasil, no cabe duda, un trasfondo de malestar, similar al que proporciona apoyo popular, en sus países de origen, a los Meloni, Orban, Le Pen o Trump. La visibilización de lo que, retocado, acabaría encarnando Bolsonaro en el país sudamericano comenzó con unas protestas ciudadanas, en 2013, contra la falta de inversión en servicios públicos. Sin embargo, en un país tan desigual como Brasil (148 de 159 en el mundo) no debieran confundirse niveles: el malestar acostumbra a ser tan dispar como el ingreso.

De hecho, el descontento en el que se coció el bolsonarismo (que pilló por sorpresa a un desorientado y oportunista centro-derecha) estuvo asociado a las clases medias urbanas en un momento puntual de ralentización del crecimiento económico. Por ahí es por donde hay que buscar la genealogía de un fenómeno político que, latente o explícito, es más sólido que su líder carismático. El bolsonarismo abreva en tres fuentes políticas renovables: el Ejército y las Fuerzas de Seguridad, un baluarte clásico; el agronegocio, un actor político insoslayable y las Iglesias evangélicas, que aunque atesoran cierta trayectoria, viven un auténtico boom.

Cada uno de esos referentes explica una dimensión diferente del bolsonarismo como fenómeno político. El elemento castrense conecta, por ejemplo, con una dictadura políticamente mal cicatrizada que, en Brasil, ciertos sectores siguen asociando, no sólo a los años del despegue económico y de la industrialización (no fue una autocracia neoliberal, sino desarrollista), sino a los de un cierto orden (el anti-comunismo fue su otro gran ingrediente). Ocurre además que, en un país/continente tejido sobre la base de la inmigración, los militares lograron quedar simbólicamente asociados a la idea de unidad/identidad nacional. Y las fuerzas de ‘seguridad’, aunque el paramilitarismo policialen Brasil merecería un artículo aparte, a la de cierto ‘orden público’.

Después está el agronegocio que, en el contexto de una lenta pero progresiva desindustrialización, se ha ido convirtiendo, además de en un lobby, en un gran referente económico. Actualmente representa casi una tercera parte del PIB y gracias a la exportación (sobre todo de soja, hacia China) tiene un enorme superavit comercial (Cooney, 2017). Su reputación social es, debido a ello, impecable: al ser visto como un sector que multiplica riqueza (incluso financiera: en la Bolsa de São Paulo) y que sigue haciendo del país una potencia exportadora, se le disculpan efectos secundarios ‘incómodos’ como la deforestación.

Las Iglesias evangélicas cierran el círculo sociológico del bolsonarismo. Parten de una ‘Teología de la Prosperidad’, que se contrapone a la de la ‘Liberación’ y suma, ya, 42 millones de fieles. Los templos, en un Brasil que carece de partidos de masas, fungen —volviendo a Gramsci— de “organismos de la sociedad civil que elaboran las directrices políticas” a partir de la “férrea convicción de que es necesaria una determinada solución a los problemas vitales”. Esa ‘determinada solución’ probablemente sea, para gusto de muchos, reaccionaria, pero a la gente humilde le proporciona respuestas concretas y al país, cohesión (Oro y Semán, 2020).

El bolsonarismo es, debido a ello, un fenómeno político cada vez más asentado que trasciende a su líder carismático y que depende poco de los partidos políticos tradicionales (el propio Bolsonaro pasó gran parte de su mandato sin adscripción partidaria). Su caudal político florece en un entorno indulgente con el recuerdo de la dictadura (Oliveira y Kalil, 2021). Eso le permite ser receptivo con concepciones, militares y policiales, de un “orden público” que tiende a obviar la desigualdad y a situar su superación, como mucho, en una suerte de mito de la eterna creación, basado en una explotación intensiva y negligente de los recursos naturales.

Nos encontramos, así, frente a una suerte de ideología adaptada al neoextractivismo que, a diferencia del centro-derecha, ignora -sin que eso le castigue- temas “desagradables” como la injusticia social o el deterioro medioambiental (McKenna, 2020). Cuenta, además, con una base territorial que le sitúa, literalmente, en el mapa: es fuerte allá donde el agronegocio y las Iglesias evangélicas tienen raíces. O sea, en un ‘Brasil interior’ muy diferente al del litoral (Rio de Janeiro, São Paulo, etc.) que caracteriza a la imagen del país que suele existir en el exterior, pero que también lo aleja de los países y dinámicas típicas del Norte Global.

Ello, por cierto, haría más lógica una comparación del bolsonarismo con experiencias políticas del Sur Global como las de Narendra Modi en India; Recep Tayip Erdogan en Turquía o Rodrigo Duterte en Filipinas, que con las de los Meloni, Orban, Le Pen o Trump. Aceptarlo podría abrir, por cierto, otro interesante debate ‘clasificatorio’: ¿estaría transitando la democracia en Brasil, hacia lo que la literatura anglófona llamaría un “régimen híbrido”? (Levitsky y Way, 2010). Elementos para planteárselo, existen: durante el gobierno de Bolsonaro, democráticamente electo, 6,175 militares desempeñaron altos cargos en la Administración…

Un último elemento para la reflexión: considerando casos como el de Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile o Rodolfo Hernández en Colombia, ¿podría estar Bolsonaro anunciando una transformación sociológica de las derechas latinoamericanas? Recuérdese,  evocando por última vez a Gramsci, que los liderazgos carismáticos aparecen cuando las crisis no encuentran ‘soluciones orgánicas’. Quizás por ello, en un contexto histórico como el actual, valga la pena apostar por categorías de análisis más dúctiles que permitan captar mejor realidades dinámicas como la brasileña. El bolsonarismo es una de ellas…


Referencias

Andrade, D. (2021). “Populism from above and below: the path to regression in Brazil” (338-364) en Ian Scoones et al. Authoritarian Populism and the Rural World. Routledge (503).

Cooney, P. (2017). “Current Paths of Development in the Southern Cone: Deindustrialization and a return to the Agro-Export Model” en R. Westra, The Political Economy of Emerging Markets. Varieties of BRICS in the Age of Global Crises and Austerity. Routledge.

Gramsci, A. (2014: 1ª ed. 1974). Quaderni del carcere. Edizione critica dell’Istituto Gramsci (a cura di Valentino GERRATANA). Einaudi. 

Levistsky, S. y L. Way. (2010). Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes After the Cold War. Cambridge University Press.

McKenna, E. (2020). «Taxes and tithes: The organizational foundations of Bolsonarismo”. International Sociology (35:6:610-631). 

Olveira, A. A. y S. Kalil. (2021). “Ação Política do Partido Militar no Brasil sob Bolsonaro” Anuario Latinoamericano de Ciencias Políticas y Relaciones Interrnacionales.

Oro, A. P. y Semán, P. (2000). “Pentecostalism in the Southern Cone Countries: Overview and Perspectives”. International Sociology (15:4:605-627).

Fuente: https://revistacomun.com/blog/brasil-el-bolsonarismo-no-es-flor-de-un-dia/