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¿El capital en guerra?

Fuentes: Economistas frente a la crisis

¿Está en guerra el capital?

Pregunta de calado: Y, ampliando la derivada, ¿el capitalismo? La respuesta es “no”, desde una perspectiva digamos que convencional (o belicista), aunque se es consciente de escenarios en los que el conflicto intercapitalista se manifiesta.

Un repaso a las tesis de diversos pensadores de ciencia política anglosajones nos permiten entender mejor dónde estamos: John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, habla de un “realismo ofensivo” que hace posible el estallido de una guerra mundial; Graham Allison, de la Universidad de Harvard, se apoya en la “trampa de Tucídides” -el desafío de una potencia emergente a otra consolidada–, para señalar la probabilidad de la guerra; Mary Kaldor, de London School of Economics, prefiere aventurar un hibrido entre guerras económicas y tecnológicas).

De momento, el conflicto entre potencias evita la batalla abierta, física, militar, con tintes mundialistas, si bien existen focos dramáticos localizados que se encuadran en otras coordenadas. La economía se convierte en un espacio lleno de minas, de tácticas, de combates de posiciones.

Que el debate sobre la viabilidad de una nueva guerra mundial recorra muchas páginas y análisis se debe a la dislocación geopolítica que está suponiendo la presidencia de Donald Trump.  Se ha desempolvado la idea de un estallido bélico que, entre otros teatros de operaciones, tendría a Europa como uno de sus protagonistas. No es probable que esto suceda, a pesar de voces que reiteran tal posibilidad: la evolución de los beneficios empresariales constituye un dique de contención.

Al capital no le gustan los ruidos… si no son estrictamente necesarios. Y ahora está ganando mucho dinero. Veamos algunas cifras. Según las series históricas de Corporate Profits en Estados Unidos, los beneficios empresariales han aumentado de manera constante desde 2019, con 2,5 billones de dólares, hasta 4 billones en 2025 (véase el gráfico). En el caso de la Unión Europea, la participación de los beneficios en el valor añadido se ha situado entorno al 40% entre 2019 y 2024. Magnitudes muy destacadas.

FUENTE: https://www.bea.gov/data/income-saving/corporate-profits

Ahora bien, si nos adentramos en la economía de Estados Unidos, los datos son contundentes. Los aliados de la OTAN y miembros de la Unión Europea tienen 3,3 billones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Tres veces más que China. Todo en un contexto de incremento de la deuda estadounidense sobre PIB: 123%. Otras variables son relevantes, y afectan a la evolución de la desigualdad en el país norteamericano: el 20% de los más ricos realiza el 60% del gasto total en consumo. El 80% más pobre realiza el 40%, según la Oficina de Estadísticas Laborales norteamericana. El desequilibrio social se hace cada vez más visible.

En este escenario de incremento de la deuda, preocupación creciente entre sus principales tenedores, y desigualdad, la Administración Trump está abriendo más boquetes a la economía internacional, de forma que podemos hablar de una crisis autoinducida. En paralelo, aumenta la sensación de seguridad interior en el propio país, tal y como se aprecia en los acontecimientos que sacuden Minneapolis.

Nos adentramos en un período de fuerte incertidumbre en el que, no obstante, los indicadores de inflación y de crecimiento económico, ambos positivos, están sorprendiendo por el momento, a la espera de auscultar, con precisión, lo que se vaya a desarrollar en 2026. Atención al impacto arancelario en el curso de los próximos meses, si no se producen cambios. Otro indicador clave: el mercado laboral está en retroceso. Las nóminas privadas –excluyendo ocio, hostelería, educación y atención primaria– cayeron a 120.000 en los últimos tres meses, y 300.000 en ocho meses, un impacto nada desdeñable que preocupa a la Reserva Federal. La obsesión de Trump por implementar la industria recae sobre un rosario de medidas de eficiencia muy dudosa: sustentar buena parte de su política económica sobre los aranceles para reducir déficits comerciales y, a la vez, reindustrializar el país.  El fundamento monetario invoca el poder del dólar en un escenario que nos remite al conocido dilema de Triffin.

Triffin en escena

En los Estados Unidos la cadena causal de la economía financiera se mueve entre en circulo virtuoso que garantiza el acceso a capital barato. De un lado, la compra de productos de importación –automóviles, maquinaria, agroalimentación, etc.– a naciones proveedoras son liquidadas en dólares. De otro, esos dólares disponibles se usan después para adquirir deuda estadounidense, principalmente, bonos del Tesoro por parte de países extranjeros. Ese esquema funciona así desde el acuerdo de Bretton Woods, en vigor desde el final de la II Guerra Mundial.

No obstante, el economista belga Robert Triffin expuso la imperfección del equilibrio monetario de ese esquema, a partir de un dilema (se recoge esto en: Gold and the Dollar Crisis, Yale University Press, 1964) que explica la contradicción estructural que existe cuando un país emite moneda que es la reserva mundial. Si el dólar –desvinculado del oro por el llamado shock de Nixon, de 1971– se traduce en la base monetaria del sistema, la economía mundial necesita dólares para cubrir las actividades comerciales y financieras. Los dólares salen de Estados Unidos al generarse déficits externos (endeudamientos, saldo negativo de la balanza comercial) imprescindibles para generar liquidez en el sistema mundo. Si Estados Unidos pretende reducir su déficit, el sistema global se queda sin liquidez; pero con un déficit excesivo, se abren posibilidades hacia una desconfianza severa en la moneda, que pone en jaque la propia solvencia del sistema. He aquí el dilema. Una actitud inadecuada o ciega de la administración norteamericana se convierte en un problema global inmediato para el conjunto del sistema.

La desconfianza no se manifiesta de golpe. Se alimenta en un proceso que es lento, gradual, con países que deciden “desdolarizar” parcialmente sus transacciones, aunque mantienen el dólar como dominante por encima de otras alternativas-refugio, incluyendo el oro. Estados Unidos ha podido mantener sus enormes déficits gracias a ese dominio del dólar, divisa perentoria para todo el mundo, algo que subestima Trump y su administración, con su obsesión en los resultados de las balanzas comerciales. Cabe recordar que, en las reuniones en Bretton Woods, John Maynard Keynes previó que esa situación podía producirse, si se dependía de manera fuerte de una sola moneda de referencia, a modo de patrón monetario (como lo fue el oro) y, como alternativa, abogó por crear una unidad de cuenta –no una moneda física–, el bancor, que emitiría una institución, la International Cleaning Union. Esa moneda se emplearía solo entre bancos centrales, de forma que los países no acumularían dólares, libras u oro, sino bancors. El comercio internacional se liquidaría en esa divisa, y se tendería a situaciones de equilibrio global del comercio y, con ello, se eludía el dilema de Triffin.

La vigencia de idea de Keynes se mantiene. Si entonces no gustó al negociador americano, Harry Dexter White, habida cuenta que Estados Unidos era el país creditor mundial y le interesaba un sistema sustentado en el dólar, la adopción de la de Keynes hubiera supuesto romper el poder geopolítico del dólar. Justo eso es lo que está ahora en juego: reducir la hegemonía de Estados Unidos y, a la vez, recuperar la cesión de soberanía monetaria del resto de países que supuso Bretton Wods (sobre todo esto: Benn Stell, La batalla de Bretton Woods, Deusto, Barcelona, 2016).

¿Guerra de capitales? Hipótesis

El inversor Ray Dalio declaró en el último Foro de Davos que podríamos estar asistiendo a una guerra del capital contra Estados Unidos. La afirmación del empresario se relaciona con lo que aquí se acaba de explicar: se están produciendo tímidas pero tangibles ventas de bonos americanos (por ejemplo: AkademikerPension, de Dinamarca: 100 millones de dólares; Alecta, de Suecia: unos 8.800 millones de dólares). Las cifras son momentáneamente bajas, según análisis de The Economist, pero no no dejan de ser simbólicas. Y también peligrosas cuando, en paralelo, se están planteado escenarios de ventas más masivas de bonos, que obligaría a la Reserva Federal a subir los tipos de interés, lo que encarecería las hipotecas y los préstamos; por tanto, se ralentizaría la economía.

Sigamos con la hipótesis. Si las naciones dejasen de usar el dólar para sus reservas y se decantasen por el oro –por ejemplo–, se estaría produciendo un exceso de dólares de difícil colocación en los mercados. Esos dólares retornarían a Estados Unidos incrementándose la masa monetaria: el peligro, entonces, es de inflación.

En ese contexto de crispación geopolítica, espoleada por Trump y su Administración, con una clara hostilidad hacia Europa, que significa el 20% del comercio de Estados Unidos, conviene recodar, como ya hemos señalado, que el viejo continente posee el 40% de los bonos del Tesoro estadounidense, según cálculos del Financial Times, aunque estas tenencias están muy fragmentadas entre bancos, fondos de pensiones, empresas aseguradoras, etc. lo que dificulta acciones coordinadas. A título hipotético, una venta europea de bonos estadounidenses supondría un incremento en los rendimientos de los mismos, la elevación del coste de la deuda para Estados Unidos y, previsiblemente, la actuación de la Reserva Federal como comprador de última instancia.

Sin embargo, la interrelación entre los bloques frena las medidas drásticas.  No es claro que el desprendimiento masivo de esas tenencias de deuda –una verdadera guerra de capitales– pudiera favorecer necesariamente a los intereses europeos, ya que la operación fortalecería al euro y, por consiguiente, lesionaría la competitividad europea.

Mientras tanto, cabe intentar un desacople progresivo de la UE con la economía Estados Unidos intensificando los enlaces con otros espacios económicos:

– Por un lado, la Unión Europea está demostrando una clara resiliencia exportadora, un fenómeno que se extiende igualmente a Asia, según datos de Eurostat y del Banco de España;

– Por otra parte, es remarcable la importancia de los acuerdos comerciales europeos al margen de Estados Unidos con Mercosur y la India, lo cual abre grandes perspectivas comerciales.

Simplemente desacelerando nuevas compras de deuda –persistamos en la hipótesis– se complicaría el financiamiento de los déficits estadounidenses: se debería pagar la deuda a tipos más elevados.

Asistimos entonces a un conflicto de capitales –insistimos en ello– con reorientaciones en función de las disputas geopolíticas. La pretensión de “desdolarizar” las transacciones está sobre la mesa de los países que componen los BRICS. Si se dejara de comprar deuda estadounidense en los volúmenes actuales (la deuda total del país asciende a unos 38,5 billones de dólares –cifra “no sostenible” para el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, con un déficit público para 2025 del 6,2% del PIB) se dibujaría otra cadena causal, intuitiva: se podrían aumentar los tipos de interés en Estados Unidos para atraer capitales, se agravarían los problemas presupuestarios con consecuencias también en los mercados globales, se produciría la caída del dólar –y pérdida de confianza como refugio financiero– y el encarecimiento de las importaciones junto a mejores expectativas exportadoras.

El economista australiano Trevor Swan se planteó un modelo de economía abierta en el que se resume que un país puede alcanzar, de forma simultánea, el pleno empleo, la estabilidad de precios y el equilibrio de la balanza de pagos. Pero para ello urgen dos instrumentos clave: la política fiscal y la política cambiaria (un desarrollo de esto en Peter Temin-David Vines, Keynes, pensar la economía mundial, Ned, Barcelona, 2025). Es decir, la intervención del Estado de una manera decidida en el proceso económico. El diagrama de Swan explica el tipo de cambio necesario para asegurar el equilibrio externo y la política macroeconómica nacional para alcanzar el equilibrio interno.

Esta idea de equilibrio no se halla en la cabeza de Trump ni de sus gurús económicos, más preocupados por fijar condiciones draconianas en el exterior, sin tener en cuenta los problemas directos, internos, que se derivan de tales despliegues. Alejados de ese equilibrio al que aludíamos: obcecados en mantener un dominio económico mundial que se encuentra en entredicho por el avance asiático.

Carles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

Fuente: https://economistasfrentealacrisis.com/el-capital-en-guerra/