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La muerte de Pablo Sorozábal Serrano

El diálogo entre Don Absoluto y Doña Totalidad

Fuentes: Rebelión

No es verdad que las obras se defiendan solas. Hace unos días murió en Madrid Pablo Sorozábal Serrano (1934) con premeditada sordina, dejando algunos libros que él no supo o no quiso defender y que un mundo trágicamente liviano cree no necesitar. Apenas puedo juzgar sus composiciones musicales, pero tradujo magníficamente a Kafka, Fontane y […]

No es verdad que las obras se defiendan solas. Hace unos días murió en Madrid Pablo Sorozábal Serrano (1934) con premeditada sordina, dejando algunos libros que él no supo o no quiso defender y que un mundo trágicamente liviano cree no necesitar. Apenas puedo juzgar sus composiciones musicales, pero tradujo magníficamente a Kafka, Fontane y Büchner (entre otros muchos), produjo una notabilísima obra poética y fue, sobre todo, un extraordinario narrador, un redomado «cuentista» que señaló y explotó con fertil puntería la «desconocida raíz común» entre literatura y charlatanería. En 1986 obtuvo el premio Pío Baroja por su novela La última palabra, un texto torrencial, goliárdico, juglaresco, hilarante, en el que la pasión erótica y la lingüística se conjugan, al revés que en las noches de Sheherezade, para conquistar, y no para proteger, un cuerpo esquivo. Su gran obra, sin embargo, no mereció siquiera una atención pasajera. Publicada en 1990 por la editorial Tellus, aunque escrita a principios de los ochenta, se apagó rápidamente entre algunos focos aislados de admiración encendida e impotente. No sé si fue su ineludible pero inacertado título o el hecho de adelantarse en algunos años a la actual boga de la memoria (donde olvidamos tantas cosas) o el desprecio de su autor por toda forma de reconocimiento «burgués»: lo cierto es que Lloro por King-Kong, frase que resume el drama humano y social de la criada protagonista, fue inmediatamente descatalogada por el mercado esclavo, no obstante ser -a mi juicio- la novela que, por su precisión política y su belleza literaria, mejor aborda ese triste período de la historia de España en el que se derribaron todas las lámparas y que nos hemos limitado a colorear para tener al menos una ceguera de colores. Y lo cierto es que Lloro por King-Kong, que podría defenderse a sí misma en un mundo mejor, tiene que conformarse con pedirnos, a los que la hemos leído y la admiramos, que la defendamos nosotros con nuestros magros medios, la recomendemos antorcha a antorcha y pidamos -como pido yo desde estas páginas- un editor que la devuelva a la vida precisamente ahora, cuando más vida secreta contiene.

Como recordaba ayer Darwin Palermo, Pablo Sorozábal fue también un extraordinario articulista. Atrabiliario, provocativo, ingenioso, rezongonamente tierno, de una galantería a veces procaz, no perdió ocasión para manifestar su feroz y jocundo desprecio hacia todo eufemismo y toda mojigatería, también o sobre todo dentro de la izquierda, lo que sin duda agravó el orgulloso aislamiento en el que vivió los últimos años de su vida. Valdría sin duda la pena recuperar los textos que lo convirtieron en el más brillante colaborador del diario vasco Egin en los años ochenta, en el más salvaje y deslenguado, y en el menos complaciente con las disciplinas y las estrategias políticas de los partidos. Recuerdo, claro, el mítico «Elogio sentimental del tanque ruso», que tanto nos hizo gozar a sus admiradores y que utilicé en un guión de Los Electroduendes. Recuerdo también, a principios de los 90, en medio de la avalancha de albaneses que trataban de entrar en Italia, su implacable rencor (intencionadamente altisonante, como de la bruja Avería) hacia esos prófugos del socialismo que se disputaban a codazos un huequito en los centros privilegiados del capitalismo para reproducir mejor el sistema global de explotación. O recuerdo asimismo la más brillante, la más convincente, la más vibrante, la más descabellada y matemática defensa de Cuba que haya jamás leído, hasta tal punto desnuda de sentimentalismo que casi me hizo llorar y tan desprovista de toda concesión al enemigo que muy probablemente los propios revolucionarios cubanos hubiesen preferido mantenerla encerrada en un cajón. Pablo Sorozábal era un hombre intratable, en el sentido (lo recordaba también Carlos Fernández Liria) de no aceptar ningún trato o componenda en un mundo que derivaba subjetivamente hacia la traición, y de no aceptarlo aunque para ello tuviese que dejar de tratar precisamente a todo el mundo.

En octubre de 1992 tuve el enorme privilegio de que Pablo Sorozábal aceptara presentar mi libro ¡Viva el Mal!¡Viva el Capital! Escribió para la ocasión un texto cuyo original tengo ante mis ojos, cuidadosamente mecanografiado y sin apenas correcciones, con algunas notas de puño y letra a pie de página para ilustrar las semejanzas entre el PSOE y la Falange. Lo he leído de nuevo y no he sentido ni ternura ni tristeza ni nostalgia; lo he leído de nuevo y me he echado a reír a carcajadas, agradecido de que nos haya dejado -a mí y a los que lo conocían mejor que yo- el antídoto contra el pesar de su irrevocable asusencia. Me he reído admirando al mismo tiempo la justicia luminosa de sus frases, que él tallaba con tanto cuidado. «Buenaventura Durruti», dice por ejemplo, «aquel gran luchador antifascista al frente de su columna fue implantando con mano férrea el mercado libre, esto es, el comunismo, en las comarcas que liberaba de la dominación fascista durante los primeros meses de la guerra civil».

O también este alegato contra el «estilo» (que -glub- plagié desde la médula años después contra Gabriel Albiac): «¡Está ya uno hasta las narices de los «estilistas» y su «inconfundible personalidad», es decir, de esa tan celebrada, y bien vendida, inanidad que se expresa con la muletilla: «el estilo soy yo»! Por ilustrar lo dicho: a Azorín se le puede perdonar que sus ideas no tengan gran interés, pero no el tedio que provoca su «personalísimo estilo». A Cela se le puede pasar por alto el que la falsificación y la mentira sean el único imperativo categórico de su discurso liberal-fascista, y a Umbral que el izquierdismo del suyo sea más falso que Judas, pero ni a uno ni a otro cabe perdonarles que escriban esa prosa-estandarte engolada y campanuda (propia del jefe de acuartelamiento de la Legión o delegado provincial del Movimiento con veleidades literarias en sus ratos de ocio), mera regurgitación de sí misma. Pase tener ideas pobres o chapuceras, pero no llamar literatura a la exudación, la cual, como toda secreción, es, eso sí, la cosa más personal e intrasferible del mundo».

O finalmente este largo exabrupto contra el sindicalismo claudicante: «Bien, concedamos que ningún líder sindical ‘democrático’ quiera expresarse con la precisa generalidad filosófica con que lo hace la bruja Avería, pero, ¿por qué, en todo caso, no va a lo concreto y les dice a los obreros que en Brasil y ortos países del Tercer Mundo (o del primero, o del segundo, según la coyuntura) los dueños del capital producen acero, o lo que sea, a precio de miseria, justo ese mismo cero que, tras la liquidación de la siderometalurgia vasca y asturiana (como no hace mucho la valenciana) venderán a sus socios capitalistas españoles (es decir, se lo venderán a sí mismos)? ¿Y por qué no sacar las conclusiones lógicas y decirles a esos marchistas siderometalúrgicos que su problema se solucionaría de inmediato sólo con que trabajasen con salarios de esclavitud, pues que la rentabilidad no es ni puede ser otra cosa que la miseria (absoluta o relativa, pero siempre relativamente absoluta) del obrero? ¿Y por qué, dicha esta incontestable verdad, no ir un poquito más lejos y nombrar la verdad última, la de que sólo y únicamente el comunismo acaba con esa babarie, esa sinrazón y esa inhumanidad? ¡Pero no, ni los líderes sindicales ni incluso los propios obreros parecen estar por la labor de extraer conclusiones lógicas, se resignan de antemano a la derrota (los que no lo hagan caerán indefectiblemente bajo el peso de la ley antiterrorista) y se conforman con tratar de conseguir que el vapuleo sea un poquillo menos catastrófico que el que se teme, aplaudidos por los intelectuales que jalearon la demolición del muro de Berlín, a la espera de jalear el derrumbe de Cuba!».

Pablo Sorozábal no fue, sin duda, uno de esos intelectuales que, quince años más tarde, siguen jaleando la invasión de Iraq y la de Afganistán, los bombardeos sobre el Líbano o las leyes antiterroristas; ni de esos que se forjan un «estilo» para despreciar elegantemente la razón, la verdad y la justicia. Si tengo que describir en pocas líneas cómo era, escribiendo y peleando, no me queda más remedio que plagiarlo de nuevo y reproducir lo que escribió de un escritor que merecía sus palabras mucho menos y cuyo nombre me he limitado a sustituir por el suyo en este largo fragmento:

«Pablo Sorozábal era uno de los pocos absolutistas que quedaban. Me apresuro a aclarar las confusiones: por «absolutismo» no entiendo ‘radicalismo’, ‘maximalismo’ u otra enfermedad infantil ideológica, sino lo que dice ya la etimología del término ‘absoluto’, esto es, independencia, liberación, aquello que es incondionado e irrestricto. En este sentido perseguía lo absoluto Pablo Sorozábal y era, por tanto, un absolutista. Corren tiempos de miserables componendas, de infames renuncias, de ignominiosas traiciones, todas ellas maquilladas y travestidas de un relativismo, o lo que es lo mismo, de un pragmatismo vulgar y vergonzoso. Si hoy alguien dice: «todo es relativo» no está señalando que todo está interrelacionado, sino que si a mano viene hay que sacar tajada de todo y ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. La escritura de Pablo Sorozábal es, por contra, una bocanada de aire limpio donde no medra miasma alguno de cepa ‘relativista’, sin perjuicio, claro, de que en ella estén siempre presentes las contradicciones dialécticas entre el estambre y la urdimbre de lo real.»

«Pero es que además de absolutista, Pablo Sorozábal es totalitario. ¡Pobrecillo! ¿A quién se le ocurre hoy, en plena consolidación de la ‘democracia española’, con los del PSOE recordando a bombo y platillo los portentos de sus diez años de cada vez más perfeccionada dictadura capitalista y los de la oposición (de derechas e izquierdas) preparándose para proseguir exactamente la misma tarea que los del PSOE con voluntad de servicio inasequible al desaliento; a quién, insisto, se le ocurre hoy, tras la dinamitación controlada del socialismo real (tan alegre y fervorosamente saludada y celebrada por los intelectuales izquierdistas del mundo libre, tanto más ‘puros’ y ‘radicales’ en su sedicente izquierdismo, lo que no deja de invitar, por cierto, a la reflexión; ya sólo les queda la satisfacción de ver derrumbarse a la ‘sucia bestia asesina’ del Caribe, aunque espero que no lleguen a verlo), a quién, repito, se le puede ocurrir ser totalitario aquí y ahora? ¡Sólo a un despistado! Yo digo, sin embargo, ¡qué hermosura de despiste! ¡qué belleza la de ese diálogo que Pablo Sorozábal se trae con Don Absoluto y Doña Totalidad, hermanos que, en la ignorancia de sí mismos, fornican como lo hicieron Siegmund y Sieglinde, en la gloriosa ignorancia no sólo de sí sino de la advertencia de la diosa madre, Erda, al dios padre, Wotan: ‘¡Un día aciago despunta para los dioses! ¡Sigue mi consejo y despréndete del anillo!’.»

Las obras no se defienden solas y uno no puede evitar la convicción de que el mundo ha sido injusto con las de Pablo Sorozábal. Claro, que eso a Pablo Sorozábal le importaba -con perdón- un carajo. Como era un «hedonista», según le gustaba declarar en voz alta, jamás se dejó llevar por la amargura; como era un comunista, estaba mucho más pendiente de injusticias mucho más graves que se producían y se siguen produciendo en todos los rincones del planeta. Como era un hedonista comunista, se dejaba llevar siempre por los placeres y nunca por la autocomplacencia. La noche en que la muerte dijo la última palabra y silenció su charlatanería, su familia encontró en el cajón de su mesilla un poema. Es un buen ejemplo de la maestría literaria con la que luchó contra el estilo, defendió el hedonismo, el comunismo y el antinarcismo y dejó la intemperie sin obstáculos para el diálogo entre Don Absoluto y Doña Totalidad. Tenía 73 años y murió rijoso y enamorado, componiendo el antídoto contra toda tentación de piedad, pesadumbre o remordimiento de sus semejantes. Contra la tristeza de que no escriba más -que a él le importaría, sí, un carajo- urge rescatar su obra del mercado esclavo y ponerse a leerla.

     EPITAFIO

    Pablo Sorozábal Serrano

Mi entierro ha sido emocionante
no han asistido las autoridades,
puesto que yo no tengo nombre
o, por decirlo con mayor precisión,
es mi nombre quien no tiene yo.
El viento, sin embargo, hizo acto
de presencia y le voló el gorro
a una anciana que limpiaba la tumba
de al lado con un trapo triste.
Mis hijos derramaron algunas
lágrimas, y a su madre, años
ha allí, quizás no le agradó el reencuentro,
pues el caso es que siempre tuvo
muchísimas cosas que reprocharme:
mis mentiras y mis verdades,
mi inmadurez, mi ignorancia de eso que es,
dicen, la vida, mi pedante
manía de intentar cambiar el mundo
con palabras y melodías,
y lo que es infinitamente peor:
ni por asomo conseguirlo.
Mi último pensamiento, ¿sabes?
fue tu forma en el sofá de la sala,
la atroz justicia de tu falda,
la adolescente furia de tus medias,
inciertas como el relámpago,
rehenes del Gran Turco de mis ojos,
que no ofrece rescate alguno.
Pero también pensé en esos locales
que tú y yo a veces frecuentamos,
recién abiertos, fríos, desolados,
impromtus de mi inconfesa sed
de tocar tu bufanda, tus zapatos,
la lluvia que en tus cejas tiembla,
el viento que tu pelo desordena,
el vivo compás de tus pasos
por las aceras secas o mojadas,
los colores de tu silencio,
el hiriente relumbre de tu sombra,
la indemne tristeza de tu voz.
¡Oh fingida inocencia, la de un café
con leche enfriándose, lento,
sobre el mostrador de piedra pálida
mientras, herida, te escucho hablar
de tu pasión eterna por un nombre
que no es el mío, aunque lo sea,
o del chico que canta muy bien tangos,
o el célebre escritor que admiras,
o el guapísimo violinista armenio!
¡Oh el espejo secreto de tus dedos,
finos y largos, que sin querer
tejen mi tiempo y sin piedad me instruyen
en la ciencia exacta del horror
de saber que, si no estás, ya nada es,
nada nunca empieza ni acaba,
canalla ontología del vacío,
agónica cosmología,
sin agua ni fuego, sin tierra ni aire,
huérfana de átomos y dioses,
pues que el ser, propiamente dicho,
sólo es la gracia intacta de tu talle,
la tiniebla de tu sonrisa,
la procaz castidad de tus rodillas,
los avatares de tu escote,
la burla o seriedad de tu palabra!
Ciencia cruel como ninguna,
jamás harta de ponerme en mi sitio,
aunque no impidan los desmanes
que contigo, en tu ausencia, me permito.
pero tú me comprendes ¿verdad?
Y me perdonas. O acaso no. Mejor
así, quién sabe, tú eres docta
en el viejo arte de sobrevivir
(es tu palabra predilecta)
mientras que a mí, que estoy ya desvivido,
sólo sobrevivir me queda.
¡Qué rabia, sí, eso de haberme muerto,
ahora que andaba, como siempre,
alerta en el impredecible y fugaz
deslumbre de tu epifanía
maleva y diurna, que traviste el alba,
que trueca la mañana en noche,
la luz en ardiente sombra cerrada!
Pero báilame, amor, al menos,
un zapateado sobre mi tumba.

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