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Ilana Boltvinik participa con un video en la colectiva del museo del Chopo

El éxito de la guerra nos devuelve a los horrores del belicismo de Bush

Fuentes: La Jornada

Ilana Boltvinik es una artista en estado puro. Grabadora, pintora, fotógrafa, escenógrafa y performancera, hace algunos años presentó una »instalación» en la que ella sola, desnuda, rapada y pintada de blanco de la cabeza a los pies, se movía sin cesar dentro de una caja de vidrio. Después de largos años de trabajo, meditación y […]

Ilana Boltvinik es una artista en estado puro. Grabadora, pintora, fotógrafa, escenógrafa y performancera, hace algunos años presentó una »instalación» en la que ella sola, desnuda, rapada y pintada de blanco de la cabeza a los pies, se movía sin cesar dentro de una caja de vidrio.

Después de largos años de trabajo, meditación y metamorfosis en Europa, Canadá y Estados Unidos, la creadora multidisciplinaria ha regresado a México y sus piezas poco a poco se abren espacio en las galerías de la capital. Hace no muchas semanas me habló por teléfono y de eso se trata esta nota.

-Te quiero preguntar si estás dispuesto a hacer algo muy grande por mí.

Eso fue lo primero que dijo.

Quise averiguar por dónde iba la cosa y de allí surgió una cita en Casa Lamm. Ilana llegó en compañía de Néstor Bravo, su curador en más de un sentido. El mesero trajo cerveza con limón, vodka con tomate y tequila con bandera. Después vasitos rellenos de pescado y mariscos. Luego carne de res y de pollo bajo distintas salsas. Al final café y un postre con tres cucharas. Entonces Ilana prosiguió su explicación.

-Necesito que digas algo acerca de Bush y que después te vomites. Estoy haciendo un video para una exposición colectiva en el Chopo, sobre la guerra en general.

Era preciso tomar una decisión instantánea porque, como siempre sucede, el tiempo se agotaba y la inauguración de la muestra era muy pronto. Consulté en secreto al médico de mí mismo: no había cenado la noche de anoche, si acaso desayuné un café y desprenderme ahora de tan ricas viandas no era, me respondió, lo más aconsejable. Aunque, bueno, por otro lado, era un acto simbólico de repudio a WC y quizá por eso valía la pena. Pero yo me estaba reponiendo de un intenso viaje con tortas y dije a fin de cuentas que no. Además, vomitar en el jardín de la Casa Lamm no era lo más políticamente correcto.

Propuse, o más bien impuse, una solución intermedia. Salimos al patio, dije algo acerca de las mininukes, las »pequeñas» bombas nucleares que prepara el gobierno de George WC, y en seguida coloqué en el centro de la cámara de Ilana los gestos de un rostro, el mío, que zozobra ante el embate de las náuseas. Me alejé con la satisfacción del deber cumplido y me olvidé por completo del asunto hasta que Ilana llamó de nuevo por teléfono, y de eso se trata el resto de esta nota.

Hey, mister Bush

El éxito de la guerra es el título de la exposición colectiva, organizada por Gabriel Macotela, fotografiada por Rogelio Cuéllar, epigrafiada por Roger Bartra y nutrida con la participación de algunos destacados artistas de la joven plástica mexicana, que abrió las puertas del museo del Chopo la semana antepasada y que allí permanecerá hasta finales de marzo.

Un camino de crucecitas de papel blanco -17 mil 860- que serpentea entre los cuadros y las esculturas da cuenta del número de civiles que habían muerto en Irak hasta el día de la inauguración de la muestra. Una bota militar de la que surge un mástil de fierro con un trapo en la cima. La maqueta de una ciudad futurista que flota sobre petróleo para alimentar la voracidad de un tren que va y viene sin llevar a nadie. Un ensayo fotográfico sobre las prótesis que dejan tras de sí los bombardeos, son algunos de los trabajos que hallé al desplazarme rumbo a la pieza de Ilana, titulada simplemente Hey, mister Bush.

Sobre un cubo de madera -ro-deado de cubetas de plástico, para quien guste afiliarse al proyecto- un televisor con audífonos repite cada cinco minutos el curioso desfile de no pocas personas en pantalla, captadas individualmente en azoteas o parques de la ciudad de México, vaciando su aparato digestivo por el orificio de ingreso y no de egreso, como sería lo normal. Dentro de los audífonos, un rap inaudible e ininteligible violenta aún más la sensibilidad del espectador, mientras las escenas progresan con rápidos intercortes.

¿Da asco ver eso? Claro que sí, tanto como el que provocan los discursos de George WC y las devastadoras consecuencias que traen consigo.

Atestiguar cómo distintos seres humanos se introducen dedos o cepillos de dientes en el fondo de la boca y poco después expulsan primero flemas, baba, bilis y después torrentes de bolo alimenticio y jugos gástricos desde luego es repugnante, pero no tan repugnante como las imágenes de niños destripados, ancianos cubiertos de sangre, montones de piedras que eran casas o prisioneros desnudos ante perros que amenazan con morderles los testículos.

No se trata de establecer qué es más desagradable, si la guerra o el exhibicionismo emético, porque la respuesta es obvia. Pero Ilana encontró en esta poderosa forma de expresión un camino para devolver los horrores de la guerra con la misma fuerza que los poderes del mundo usaron para alojarlos en el interior de nosotros.

Cabe destacar además la nobleza de quienes colaboraron con ella en la tarea de revelar el contenido de sus intestinos, en acciones que se acercan a los territorios de la pornografía por cuanto se generan en la más estricta y obscena intimidad.