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El fundado miedo para la burguesía global

Fuentes: Rebelión [Imagen: Saturno devorando a su hijo. Francisco de Goya, 1821]

Hubo una época en que el capitalismo prometía el futuro.

Prometía progreso, bienestar, innovación, movilidad social y prosperidad. Su legitimidad no provenía únicamente de la fuerza del Estado o del poder militar, sino de una narrativa profundamente arraigada: cada generación viviría mejor que la anterior. El sistema podía ser desigual, pero producía crecimiento; podía ser injusto, pero expandía oportunidades; podía ser brutal, pero avanzaba.

Esa promesa ha muerto.

Figuras como Elon Musk ya no venden simplemente productos o servicios: venden narrativas sobre la supervivencia de la especie humana. La colonización de Marte, la IA general o la preparación ante amenazas existenciales son presentadas como respuestas a un futuro percibido como extremadamente peligroso.

Desde esta perspectiva, el capitalismo deja de organizarse alrededor de la expansión económica y pasa a organizarse alrededor de la gestión del fin del mundo.

La promesa fundacional de la modernidad capitalista se encuentra agotada. En su lugar emerge una nueva narrativa, oscura y profundamente reveladora: no se trata de construir el mañana, sino de sobrevivir a él. El capitalismo del siglo XXI ya no vende esperanza, vende refugio. Ya no comercializa prosperidad, comercializa protección frente a las múltiples catástrofes que él mismo ha contribuido a producir.

Lo que emerge ante nuestros ojos es una nueva fase histórica. Una fase en la que el capitalismo ya no vende esperanza, sino supervivencia. Ya no moviliza a las masas mediante sueños de abundancia, sino mediante el miedo permanente al colapso. Ya no se presenta como el constructor del mañana, sino como el administrador de una crisis perpetua.

Estamos entrando en la era del capitalismo del miedo.

El fin del optimismo burgués. Las clases dominantes del siglo XIX y XX estaban convencidas de que la historia les pertenecía.

Los industriales victorianos, los magnates de la Edad Dorada estadounidense y los arquitectos del neoliberalismo global compartían una misma certeza: el capitalismo era el destino final de la humanidad.

Incluso después de las guerras mundiales, las depresiones económicas y las crisis financieras, la narrativa permanecía intacta. Siempre existía un horizonte de crecimiento. Siempre había una nueva frontera que conquistar.

Hoy observamos algo radicalmente distinto. Por primera vez en siglos, una parte significativa de las élites económicas parece haber perdido la fe en el futuro que ellas mismas construyeron.

Los multimillonarios compran refugios subterráneos. Las corporaciones tecnológicas hablan de extinción humana provocada por inteligencia artificial. Los fondos de inversión calculan escenarios de colapso climático. Los estrategas militares discuten abiertamente guerras entre potencias nucleares.

Los magnates espaciales financian proyectos para abandonar la Tierra. La clase dominante ya no imagina una civilización mejor. Imagina la supervivencia después del desastre.

La transformación de la guerra en negocio permanente no es accidental. La guerra siempre fue una herramienta de acumulación. Desde las compañías coloniales europeas hasta el complejo militar-industrial estadounidense, la violencia organizada ha acompañado cada expansión significativa del capital.

Pero existe una diferencia fundamental. En el pasado, la guerra aparecía como un medio para restaurar el crecimiento. Hoy la guerra comienza a convertirse en una condición estructural del sistema. Ucrania, Gaza, Líbano, El Mar Rojo, Taiwán, El Ártico, El Indo-Pacífico, África Central. Las fronteras del conflicto se multiplican mientras los presupuestos militares alcanzan niveles históricos.

No estamos asistiendo simplemente a un aumento de las tensiones geopolíticas. Estamos observando la integración de la guerra dentro de la lógica ordinaria de la acumulación. Las empresas de inteligencia artificial reciben contratos militares. Los fabricantes de drones se convierten en gigantes bursátiles. Los sistemas de vigilancia algorítmica se transforman en negocios multimillonarios.

La preparación para la guerra deja de ser una anomalía. Se convierte en un mercado. La destrucción deja de ser un costo. Se transforma en una inversión.

El miedo como nueva mercancía. Toda fase histórica del capitalismo necesita una mercancía central. La revolución industrial tuvo el carbón. El siglo XX tuvo el petróleo. La globalización tuvo las cadenas de suministro. El siglo XXI parece haber encontrado una nueva fuente de rentabilidad:

El miedo. Miedo al desempleo tecnológico. Miedo al colapso climático. Miedo a la guerra. Miedo a la inseguridad económica. Miedo a la inteligencia artificial. Miedo al otro. Miedo al futuro. El miedo ya no es simplemente una emoción colectiva. Se ha convertido en un recurso económico.

Las plataformas digitales monetizan la ansiedad. Los medios monetizan el pánico. Las empresas de seguridad monetizan la incertidumbre. Las corporaciones tecnológicas monetizan el temor a quedar rezagado. Todo el sistema aprende a extraer valor de una población permanentemente preocupada. La angustia deja de ser una consecuencia del modelo. Se convierte en una de sus fuentes de energía.

La tecnoburguesía y el sueño de escapar. Tal como si fuera la película “Don’t look up”. La nueva aristocracia global no se parece a los viejos industriales. Su poder no descansa únicamente en fábricas o bancos. Descansa sobre infraestructuras digitales capaces de organizar información, atención, conocimiento y comportamiento humano a escala planetaria.

Esta tecnoburguesía controla plataformas utilizadas por miles de millones de personas. Controla flujos de datos más valiosos que muchas materias primas. Controla sistemas de inteligencia artificial que pronto podrían reorganizar sectores enteros de la economía.

Sin embargo, esta élite exhibe una contradicción extraordinaria. Mientras acumula niveles inéditos de riqueza, habla constantemente del fin del mundo. Mientras concentra poder sin precedentes, construye refugios. Mientras domina el planeta, sueña con abandonarlo. Marte aparece como la metáfora perfecta.

No representa una nueva frontera para la humanidad. Representa una fantasía de escape para quienes han dejado de creer en la capacidad de resolver las contradicciones de la Tierra.

Y en todo esto ven con terror el regreso de los fantasmas de 1789, 1917.

Y aquí emerge el verdadero problema. La burguesía contemporánea puede imaginar guerras. Puede imaginar pandemias. Puede imaginar catástrofes climáticas.

Puede imaginar inteligencias artificiales superiores al ser humano. Puede incluso imaginar colonias espaciales. Lo que le resulta más difícil imaginar es la irrupción política de las masas. Por eso el fantasma que recorre el siglo XXI no es tecnológico. Es histórico.

No porque la historia se repita mecánicamente. No porque una nueva Bastilla vaya a ser asaltada mañana. Sino porque las condiciones que precedieron a las grandes rupturas históricas comienzan a reaparecer bajo nuevas formas. Concentración extrema de riqueza. Instituciones desacreditadas. Desigualdad creciente. Sensación de injusticia estructural. Pérdida de legitimidad de las élites. Crisis de representación política. Las revoluciones no nacen únicamente de la miseria.

Nacen cuando una mayoría descubre que el orden existente ya no puede justificar su existencia.

La inteligencia artificial y la aceleración de la conciencia de clase. Existe además un elemento completamente nuevo. Las revoluciones del pasado dependían de panfletos, periódicos clandestinos y reuniones secretas. Las del futuro disponen de herramientas mucho más poderosas. La inteligencia artificial no es únicamente una tecnología productiva. También es una tecnología cognitiva. Puede acelerar la educación. Puede democratizar el acceso al conocimiento.

Puede permitir que millones de personas comprendan procesos económicos, históricos y políticos que antes permanecían reservados para especialistas. La misma tecnología diseñada para aumentar la productividad podría terminar acelerando la conciencia crítica de quienes viven bajo sus consecuencias. Es una contradicción profundamente histórica.

Cada sistema produce las herramientas que eventualmente cuestionan sus propios límites.

La gran paradoja central de nuestro tiempo es brutal. La humanidad posee más capacidad tecnológica que nunca. Más conocimiento científico que nunca. Más productividad que nunca. Más capacidad de comunicación que nunca, y sin embargo, amplios sectores de la población viven con una sensación creciente de inseguridad y fragilidad. No es una crisis de recursos. Es una crisis de organización social. No es una crisis de capacidad productiva. Es una crisis de distribución del poder. No es una crisis de tecnología. Es una crisis de legitimidad.

El miedo al fin de su mundo. El capitalismo del siglo XXI ha dejado de prometer la construcción de un futuro mejor.

Ahora vende protección frente a un futuro que él mismo contribuye a producir. La consigna ya no es: «Invertirás para construir el mañana.» La nueva consigna parece ser: «Invertirás para sobrevivir al mañana.» Pero toda civilización que sustituye la esperanza por el miedo entra en territorio peligroso.

Porque las sociedades pueden soportar sacrificios. Pueden soportar guerras. Pueden soportar crisis.

Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la percepción de que los sacrificios son permanentes mientras los beneficios permanecen concentrados. Por eso el verdadero temor de las élites contemporáneas no parece ser el apocalipsis climático, la guerra nuclear o la inteligencia artificial fuera de control.

Todos esos escenarios pueden transformarse en contratos, inversiones, mercados y oportunidades de acumulación.

Resulta imposible comprender todo este fenómeno sin observar el espectáculo cotidiano que se desarrolla ante los ojos del planeta. Millones de personas contemplan en tiempo real la destrucción de Gaza, observan ciudades enteras reducidas a escombros, familias enteras enterradas bajo concreto pulverizado, hospitales convertidos en objetivos militares y una población atrapada entre el hambre, el desplazamiento y la muerte.

Más allá de las interpretaciones geopolíticas, la imagen que queda grabada en la conciencia global es la de un sistema internacional incapaz de detener la devastación incluso cuando esta es observada por miles de millones de personas a través de las pantallas. Al mismo tiempo, en África, más de cien millones de niños permanecen fuera de las escuelas mientras extensas regiones enfrentan hambrunas recurrentes, conflictos armados, desplazamientos masivos y crisis climáticas cada vez más severas.

Todo ello ocurre en un continente que supera los mil quinientos millones de habitantes, extraordinariamente rico en recursos estratégicos indispensables para la economía mundial, pero donde enormes sectores de la población continúan atrapados en condiciones de pobreza extrema. La contradicción es brutal. El mundo produce riqueza suficiente para alimentar, educar y proporcionar atención sanitaria a toda la humanidad, pero las estructuras económicas y políticas existentes son incapaces de distribuir esa riqueza de manera que garantice condiciones mínimas de dignidad para todos.

Mientras tanto, desde la India hasta Bolivia, desde Kenia hasta Francia, desde América Latina hasta Asia Occidental, las protestas adquieren una intensidad creciente. Las calles se convierten en escenarios permanentes de confrontación. La ira social se acumula. Los movimientos populares expresan demandas diversas, pero comparten una sensación común: el convencimiento de que las instituciones existentes ya no representan los intereses de las mayorías.

El problema no es únicamente económico. Es político, cultural y civilizatorio. Amplios sectores de la población perciben que viven en un sistema que exige sacrificios constantes mientras concentra beneficios cada vez mayores en una minoría extraordinariamente reducida. La distancia entre quienes poseen el poder económico y quienes sostienen el funcionamiento material de la sociedad alcanza niveles difíciles de justificar incluso dentro de los discursos tradicionales del mérito, la competencia y el esfuerzo individual.

Es precisamente en este contexto donde surge la nueva psicología de las élites globales. Durante siglos, las clases dominantes imaginaron el futuro como una expansión constante de su propio proyecto histórico. Hoy, en cambio, parecen obsesionadas con escenarios de colapso. Hablan de inteligencia artificial fuera de control, de guerras entre potencias nucleares, de pandemias futuras, de desastres climáticos irreversibles y de la posibilidad de abandonar la Tierra para establecer colonias en otros planetas.

La imaginación de las élites ya no está dominada por la idea de construir una civilización superior, sino por la necesidad de prepararse para sobrevivir a una civilización en crisis. Refugios subterráneos, ciudades privadas, sistemas de vigilancia masiva, automatización militar, control algorítmico y proyectos espaciales forman parte de una misma lógica. No son expresiones de confianza en el futuro. Son expresiones de miedo.

Sin embargo, existe una ironía profunda en esta transformación. Las mismas fuerzas económicas que generan ansiedad colectiva continúan obteniendo beneficios extraordinarios de esa ansiedad. La guerra se convierte en mercado. El colapso climático genera oportunidades de inversión. La inseguridad alimenta industrias enteras dedicadas a la vigilancia y el control. La inteligencia artificial es presentada simultáneamente como la salvación de la humanidad y como una amenaza existencial. En ambos casos, el resultado es idéntico: nuevas oportunidades de acumulación. El miedo se convierte en mercancía. La incertidumbre se transforma en activo financiero. El desastre potencial se integra dentro de los mecanismos ordinarios de valorización del capital.

Pero toda estructura de poder contiene sus propias contradicciones. Y la contradicción más peligrosa para el capitalismo contemporáneo no se encuentra necesariamente en los campos de batalla ni en los mercados financieros. Se encuentra en el terreno de la legitimidad. Las sociedades pueden tolerar desigualdades considerables cuando creen que existe un horizonte compartido de progreso. Pueden soportar privaciones temporales cuando perciben que los sacrificios tienen un propósito colectivo. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una situación en la que las mayorías observan cómo la riqueza se concentra de manera obscena mientras las crisis se multiplican y los costos recaen siempre sobre los mismos sectores sociales.

Por ello, el fantasma que comienza a recorrer el siglo XXI no es únicamente el de la guerra, ni el de la automatización, ni siquiera el del colapso climático. Es el fantasma de una crisis global de legitimidad. Es la posibilidad de que millones de personas, conectadas por tecnologías que permiten compartir información y experiencias a una escala sin precedentes, comiencen a formular preguntas que las élites preferirían evitar. ¿Por qué una civilización capaz de desarrollar inteligencias artificiales avanzadas no puede garantizar educación para todos los niños? ¿Por qué un sistema capaz de movilizar recursos gigantescos para la guerra no puede erradicar el hambre? ¿Por qué una economía que genera billones de dólares en riqueza cada año produce simultáneamente inseguridad, precariedad y desesperanza para amplios sectores de la población mundial?

Ninguna estructura de poder permanece intacta cuando pierde la capacidad de justificar su existencia ante quienes la sostienen. Durante mucho tiempo, las élites pudieron presentar sus privilegios como el precio inevitable del progreso colectivo. Hoy esa narrativa se erosiona rápidamente.

Cuando la humanidad contempla la destrucción de Gaza, la persistencia del hambre en África, la expansión de conflictos interminables y el enriquecimiento constante de una minoría global, la pregunta deja de ser cómo sobrevivir a las crisis. La pregunta comienza a ser por qué esas crisis parecen beneficiar siempre a los mismos actores.

La tragedia del capitalismo contemporáneo es que ha llegado a dominar la producción material del planeta mientras pierde progresivamente el control de su propia legitimidad moral. Puede construir sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar cantidades inimaginables de información. Puede desplegar redes de vigilancia que alcanzan cada rincón del globo. Puede financiar ejércitos equipados con tecnologías que habrían parecido mágicas hace apenas unas décadas. Pero ninguna de esas capacidades responde a la cuestión fundamental que emerge desde las calles, los campos de refugiados, las periferias urbanas y las regiones olvidadas del mundo. La cuestión de quién se beneficia de la riqueza producida colectivamente y quién soporta el peso de las crisis.

Por eso el miedo que comienza a percibirse en ciertos sectores de las élites no parece ser únicamente el miedo al apocalipsis. Es el miedo a descubrir que la humanidad ya no acepta la lógica según la cual debe sacrificarlo todo para sostener un sistema que le ofrece cada vez menos a cambio. Es el miedo a que las tecnologías diseñadas para administrar la sociedad aceleren también la difusión de la conciencia crítica. Es el miedo a que el siglo XXI produzca sus propias formas de rebelión política, adaptadas a una época de redes globales, inteligencia artificial y comunicación instantánea.

Porque la historia demuestra que los pueblos pueden soportar enormes sufrimientos durante largos períodos, pero también demuestra que ninguna estructura de poder es invulnerable cuando la mayoría deja de considerarla legítima. Y quizá esa sea la contradicción más profunda de nuestra época: mientras las élites se preparan obsesivamente para sobrevivir al fin del mundo, millones de personas comienzan a preguntarse si no ha llegado el momento de transformar el mundo que existe.

Ese día, el fantasma que recorre el mundo no será el de una máquina superinteligente ni el de una guerra entre imperios. Serán los viejo fantasmas de 1789 y 1917 regresando bajo las condiciones tecnológicas del siglo XXI.

La burguesía global ha elegido su campo de batalla. No será el de la argumentación democrática, ni el de la reforma gradual, ni el del consenso institucional. Ha optado por la guerra permanente, la vigilancia total, la destrucción climática como negocio y el escape espacial como utopía privada. Ha declarado, sin proclama oficial pero con hechos innegables, que la mayoría humana es expendible, que los sacrificios son eternos para los de abajo y los beneficios eternos para los de arriba, que el futuro no es un derecho sino un producto de lujo al que solo accederán quienes puedan pagar su supervivencia.

Ante esta declaración de guerra encubierta, la pregunta no es si habrá resistencia. La pregunta es qué forma tomará, y si será capaz de transformar la indignación acumulada en poder organizado.

La historia demuestra que ninguna estructura de dominación, por sofisticada que sea, resiste la combinación de tres fuerzas: la parálisis económica de quienes producen la riqueza, la desobediencia masiva de quienes reconocen su fuerza numérica, y la construcción de alternativas concretas que hagan visible la posibilidad de otro mundo. Separadas, estas fuerzas son contenídas, cooptadas o aplastadas. Unidas, han derribado imperios.

La estrategia de la insurgencia social del siglo XXI no puede replicar los manuales del siglo pasado. La burguesía global ha aprendido las lecciones de 1789, de 1917, de 1968, de 1989. Ha construido arquitecturas de control que operan antes de que la rebelión se articule: algoritmos que predicen el descontento, plataformas que fragmentan la solidaridad, crisis permanentes que atomizan la resistencia. Pero toda arquitectura de control tiene grietas.

La centralización extrema del capital en nodos logísticos, energéticos y digitales convierte su fortaleza en vulnerabilidad. La dependencia de la burguesía respecto a quienes mueven mercancías, procesan datos, cuidan cuerpos y reproducen la vida cotidiana es su talón de Aquiles. No hay inteligencia artificial que sustituya la huelga estratégica en los puertos que alimentan las cadenas globales. No hay dron que reemplace la desobediencia de millones que dejan de creer en la legitimidad del orden.

La resistencia viable por el momento no es la guerrilla romántica de vanguardias aisladas, condenada al martirio o a la espectacularización mediática. Es la organización silenciosa de quienes construyen, en los barrios y los campos, los sindicatos y las asambleas, las redes de cuidados y los medios autónomos, un poder dual que ya funciona mientras el otro se desmorona. Es la huelga general que no solo detiene la producción sino que demuestra que la sociedad puede operar sin los dueños. Es la ocupación de territorios que reivindica la tierra como bien común contra su mercantilización. Es la ciberresistencia que sabotea la infraestructura de vigilancia que nos convierte en datos explotables. Es la solidaridad transnacional que conecta la rebelión del proletariado migrante con la del obrero de plataforma, la del campesino expulsado con la del estudiante endeudado, la de la comunidad racializada con la de la mujer que sostiene la reproducción social.

Pero sobre todo, la resistencia viable es la que construye la conciencia de clase como arma más poderosa que cualquier tecnología de control. La burguesía global teme, con razón histórica, que las mismas herramientas diseñadas para administrar la explotación sean apropiadas para iluminar sus mecanismos. La inteligencia artificial que predice el comportamiento de consumo puede ser utilizada para mapear la concentración de la riqueza. Los algoritmos que personalizan la desinformación pueden ser invertidos para democratizar el conocimiento crítico. Las redes que fragmentan pueden ser reconstruidas para conectar experiencias de lucha.

El capitalismo del miedo vende la idea de que la alternativa es el caos, que sin sus mercados, sus ejércitos y sus refugios subterráneos, la humanidad se devorará a sí misma. Es la mentira más antigua de toda clase dominante: confundir su propia supervivencia con la supervivencia de la especie. La tarea de la insurgencia social es demostrar, con hechos y no con discursos, que la cooperación, la planificación democrática y la distribución equitativa de los recursos que ya existen son no solo posibles sino superiores a la lógica del profit y del miedo.

La resistencia viable se construye hoy sobre tres ejes concretos que ya están germinando en las luchas reales:

Primero, el poder dual en los nodos estratégicos de la cadena global. La burguesía ha centralizado su poder en infraestructuras logísticas, energéticas y digitales. Esa centralización es su mayor vulnerabilidad. Comités de trabajadores en puertos (como los de Los Ángeles-Long Beach o Rotterdam), centros de distribución de Amazon, data centers y plantas de servidores deben organizarse para paralizar selectivamente el flujo de capital. Una huelga estratégica de 48 horas en los principales hubs logísticos globales tendría más impacto que décadas de protestas dispersas. No se trata de destruir, sino de demostrar que la sociedad puede funcionar sin los parasitos: coordinando mediante redes autónomas el reparto de bienes esenciales mientras se bloquea la acumulación privada.

Segundo, la reapropiación democrática de la inteligencia artificial y la automatización. La misma tecnología que la tecnoburguesía usa para vigilar y precarizar puede ser invertida. Modelos de IA abiertos y entrenados colectivamente pueden servir para:

·         Mapear en tiempo real la concentración de riqueza y los flujos de evasión fiscal.

·         Diseñar planes de producción y distribución que prioricen necesidades humanas sobre el profit.

·         Democratizar el conocimiento: sistemas educativos masivos, personalizados y gratuitos que eleven la conciencia política de millones en meses, no en generaciones.

·         Coordinar asambleas populares a escala planetaria, traduciendo lenguas y sintetizando propuestas en tiempo real.

Esto no es utopía: es Fully Automated Luxury Communism en construcción. Reducir la jornada laboral a 15-20 horas semanales liberando el tiempo necesario para la política, la creatividad y el cuidado mutuo. Un Ingreso Básico Universal financiado por la expropiación de las fortunas parasitarias y la renta de la automatización. Planificación cibernética democrática —actualización del proyecto Cybersyn chileno de Allende, pero a escala global y con herramientas mil veces más poderosas— que reemplace la “mano invisible” del mercado por la mano visible y consciente de los productores.

Tercero, la construcción de alternativas materiales ya existentes. En los barrios populares, las fábricas recuperadas, las comunidades campesinas y las redes de cuidados mutuos se gestan embriones de la nueva sociedad. Cooperativas de plataforma controladas por riders y delivery workers; bancos comunitarios que financian proyectos de soberanía alimentaria; redes de energía renovable municipalizadas; medios de comunicación autónomos impulsados por IA generativa al servicio de la verdad y no de la propaganda. Estos no son refugios folk, sino bases materiales desde las cuales se erosiona el poder burgués día a día.

La burguesía global se prepara para sobrevivir al fin del mundo que ella misma ha creado. El proletariado del siglo XXI debe prepararse para algo radicalmente distinto: para construir el mundo que viene después de ella. No como herencia de cenizas, sino como conquista consciente de quienes finalmente han dejado de aceptar que la dignidad humana sea un costo externo del balance contable.

Ese día, cuando millones dejen de preguntarse cómo sobrevivir al sistema y comiencen a preguntarse cómo superarlo, los fantasmas de 1789 y 1917 no regresarán como espectros del pasado. Regresarán como fuerza viva, adaptada a las condiciones del presente, armada de la única tecnología que ningún ejército puede destruir: la certeza colectiva de que otro mundo no solo es posible, sino inevitable, porque este ya ha demostrado ser insostenible para la mayoría.

Y la pregunta que definirá nuestra época no será si la humanidad puede sobrevivir al colapso. Será si el orden existente puede sobrevivir a la humanidad que finalmente se ha rebelado contra su propia condena. De otra forma, comprenderá por fuerza más temprano que tarde que el poder nace del fusil o del dron operado remotamente cayendo sobre las bases que sostienen al capitalismo depredador.

Tito Ura, analista y autor en diferentes medios alternativos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.