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Sobre el balance del comunismo

El Marx sin ismos de Francisco Fernández Buey (XI)

Fuentes: Rebelión

No era verdad que el comunismo marxista hubiera pasado por el mundo sin dejar otras huellas que las del caballo de Atila. No todo lo que él hizo tenía que ir a parar al basurero de la historia «como quieren ahora los dogmáticos del neoliberalismo y como parecen empezar a aceptar en el centro del […]

No era verdad que el comunismo marxista hubiera pasado por el mundo sin dejar otras huellas que las del caballo de Atila. No todo lo que él hizo tenía que ir a parar al basurero de la historia «como quieren ahora los dogmáticos del neoliberalismo y como parecen empezar a aceptar en el centro del Imperio muchos de los letratenientes que en otros tiempos vieron en el marxismo la ciencia social por excelencia» [1].

Sólo una visión muy unilateral y netamente interesada de lo que había sido la historia de la humanidad en los últimos cien años podía defender una idea de estas características

Dos nudos, sostenía FFB, habían hecho plausible en Europa una presentación tan sesgada de esta historia: 1. La derrota que había significado para las fuerzas partidarias de la emancipación social el final del primer intento (URSS) de construcción del socialismo. 2. La monocorde presentación de la tragedia del movimiento comunista europeo «como una cadena sin fin de errores y crímenes en la que el contexto histórico desaparece por completo».

La mayoría de las reconstrucciones de la historia del movimiento y de los partidos comunistas que se habían ido imponiendo durante la década de los ochenta y principios de los noventa del siglo XX eran, sin más, una inversión «de la unilateral e ingenua historia ortodoxa construida en los años anteriores a iniciativa de los propios protagonistas». La autocrítica estaba muy presente. «Si el rasgo característico de la hagiografía estalinista fue justificarlo todo aludiendo al poder y a la maldad del adversario capitalista, con lo que varias generaciones de comunistas se taparon, nos tapamos [insisto: nos tapamos, el que suscribe-acompaña incluido], los ojos y los oídos ante cuasi evidencias», lo que entonces definía al enfoque de la pseudohistoriografía que se estaba imponiendo era volver el calcetín del revés: «donde, según la hagiografía estalinista, estaban la maldad y la fuerza bruta de un adversario poderoso ahora no hay apenas nada». Se presentaba la historia del socialismo realmente existente, del socialismo realmente resistente, «como si movimiento y partidos hubieran luchado contra fantasmas que nunca llegaron a existir o contra molinos de viento inventados por la mente calenturienta de los comunistas, por la otra maldad».

De este modo, proseguía FFB, lo que de hecho había sido «una tragedia de gentes con ideales», gentes que «no pudieron ser amistosos» [Brecht], gentes que tuvieron que «dormir entre asesinos» [Brecht: «A los por nacer», uno de los poemas preferidos también por Sacristán] en los tiempos sombríos del fascismo y del nacionalsocialismo, historia que se contaba ya entonces sobre «un trasfondo vaporoso en el que la otra parte, el adversario de ayer, queda completamente difuminado y las «frentes lisas» de los insensibles de ayer elevadas al rango la inteligencia». Como si, concluía irritado FFB, «la cobardía de entonces hubiera sido precisamente superior capacidad de previsión.»

Lo que más impresionaba de la forma en que los vencedores trataban de reconstruir la historia del socialismo marxista es que se pudiera presentar ésta «como un encadenamiento de crímenes y errores sustancialmente motivados por una supuesta visión conspirativa de la historia» cuando ya entonces, con años de retraso, se iban confirmando una tras otra las sospechas «que ayer se tenían sobre la intervención de los servicios de inteligencia de la OTAN en todos aquellos países del mundo en los que algún día hubo la oportunidad de que la izquierda marxista llegara al gobierno gracias a los votos de la mayoría de la población». Jean Ziegler había contado parte de esta historia siniestra para algunos de los países del llamado «tercer mundo». Las revelaciones recientes (FFB no conocía entonces las informaciones posteriores claro está) «sobre la intervención de los servicios secretos en Italia desde 1960 hasta 1980 superan ya lo que muchos habíamos sospechado en polémica con lo que aquí, entre nosotros, criticaban ingenuamente el «estalinismo» del PCI en los días del «caso Moro»».

Fuimos ingenuos, absolutamente ingenuos. Fue peor, mucho peor de lo que pensábamos y denunciábamos.

Para FFB todavía estaba por hacer una historia alternativa y distanciada de lo que había sido «el socialismo como poder y el socialismo como resistencia a la barbarie durante este siglo». Doble perspectiva. Una historia, sugería el lector de Gamoneda, cuyo concepto regulador tenía que ser la idea que había inspirado a Brecht su poema «A los por nacer», «una historia en la cual se de cuenta, desde su trasfondo histórico, de las razones por las cuales algunos, siendo como eran buena gente, «no pudieron ser amistosos», «miraron con impaciencia la naturaleza», «hicieron el amor sin atención» y «vivieron entre asesinos»».

Esbozos nacionales de esa historia existían ya en Italia, en Francia, en Inglaterra, en Alemania,» gracias al esfuerzo de institutos y fundaciones vinculados a partidos, sindicatos y particulares que no han creído nunca ni en las vidas de santos ni en la generalización de la criminalidad sin causas sociales». Cuando esta historia alternativa pueda hacerse [2], «se comprenderá con el equilibrio necesario por qué surgió y tuvo tanto éxito el estalinismo y qué significó realmente en la URSS y fuera de la URSS, por qué nació la NEP [la nueva política económica defendida, entre otros, por Lenin y Bujarin] y por qué aquella misma NEP con la que tantos estuvieron de acuerdo no pudo dar más de sí». También por qué tuvo que firmarse el pacto germano-soviético «y por qué pudo producirse una situación como la de Stalingrado», y también por qué «aquel final tremendo de la guerra de España y por qué la segunda guerra mundial». Acontecimientos, todos ellos, que eran parte de la historia reciente del socialismo marxista y, a la ve,z parte de la historia de la Europa contemporánea, historia «en la que otras fuerzas sociales y políticas callaron en los momentos decisivos en los que tantos y tantos comunistas y socialistas eran asesinados, torturados, encarcelados y vejados por el mero hecho de serlo, de decirlo o de escribirlo. Y eso en Italia, en España, en la Francia de Vichy, en la Alemania de Hitler, en el Portugal de Salazar, en la Grecia monárquica y republicana», y en tantos y tantos lugares de la Europa central y occidental.

También en la URSS «con la excusa de la lucha por el poder».

FFB concluía este punto de la forma siguiente:

La principal equivocación de todos los marxismos habidos hasta aquel momento había sido esta: «pensar que las revoluciones ocurridas desde 1917 han sido debidas a la capacidad científico-analítica de la teoría aplicada a situaciones concretas por marxistas ortodoxos, respetuosos con los textos de Marx». La verdad histórica era lo contrario:

El marxismo que había ayudado a hacer la revolución en Rusia, en China, en Cuba, en Vietnam, en Argelia… no había sido tanto la ciencia inaugurada por Marx como su inspiración político-moral. Pruebas de ello: «el marxismo «científico» del primer volumen de El capital se convirtió pronto en teoría de la burguesía, precisamente allí donde iba a hacerse la primera revolución». La razón es ahora muy obvia: «la teoría de la transición del feudalismo al capitalismo contenida en el primer volumen de El capital servía para justificar en Rusia la necesidad del capitalismo como progreso frente al absolutismo zarista y a la persistencia de la servidumbre». De este modo, los ideólogos de la burguesía rusa culta se quedaron con el esquema científico-filosófico de El capital «mientras que los revolucionarios (sobre todo los populistas de los años setenta y ochenta del siglo XIX) se fijaron particularmente en la intención moral, en la voluntad emancipatoria del marxismo para una situación particularmente atrasada y, por tanto, muy difícil, lo que les obligó a añadir fuertes dosis de voluntarismo a un concepto elaborado por Marx pensando sobre todo en países como Inglaterra, Francia y Alemania donde la industria había alcanzado ya un amplio desarrollo».

No era extraño que el propio Marx hubiera dudado tanto a la hora de contestar a la revolucionaria populista Vera Zassulich: «el dilema que ésta le planteó (si creía posible el paso directo desde la vieja y atrasada pero en tantos sentidos solidaria comuna rural a alguna forma de comunismo) fue y ha seguido siendo el gran problema de las revoluciones realmente existentes hasta ahora [3]. Algo parecido había que decir acerca de la relación entre el marxismo y la revolución china: el marxismo de Mao tenía en realidad muy poco que ver con el marxismo de Marx y difería también del marxismo de los principales teóricos rusos de los años veinte y treinta. Bastaba con ir a las fuentes de la polémica entre Mao, Stalin, Trotski y Bujárin para darse cuenta en seguida de dónde estaban las diferencias: en general, «los rusos pretendían explicar la historia de China desde los comienzos de este siglo con el mismo esquema leninista de las etapas de la revolución rusa inspirado en el análisis marxista de las etapas de la revolución francesa». Pero si ya hubo que retorcer las cosas -no siempre reconociéndolo de manera explícita- al pasar del cuento de París al de Moscú y San Petersburgo, «resultó más que evidente que el cuento de París no podía hablar también de Pekín».

Una vez más, concluía FFB, el esquema se había enfrentado con la vida misma. En general los rusos se habían quedado con el esquema mientras que «Mao retorció por segunda vez la concepción histórico-dialéctica de Marx para meter en ella la historia social, militar y política de un país, el suyo, sobre el que Marx en su tiempo apenas podía saber gran cosa». Tuvo éxito en la empresa como es sabido.

FFB finalizaba este apartado con un interrogante cuya respuesta no parecía muy difícil: «¿Y qué decir del castrismo y del guevarismo en la revolución cubana si no que fueron un nuevo retorcimiento de las ideas del viejo Marx para meterlas ahora en el marco de la lucha de los pueblos coloniales subdesarrollados, tan lejos ya del hogar clásico del capitalismo y de aquella Europa industrializada en la que pensaban los primeros internacionalistas?».

Las revoluciones bolivarianas de estos últimos años permiten ampliar la misma pregunta.

Notas:

[1] mientras tanto nº 52, noviembre/diciembre de 1992, pp. 57-64. Reproducido en Realidad, revista de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, San Salvador (El Salvador), nº 37, enero-febrero de 1994, pp. 135-143.

[2] FFB añadía en nota: «la apertura de los archivos moscovitas de la III Internacional será sin duda un buen empujón a este respecto.»

[3] Escribía FFB entre paréntesis: «Sería interesante estudiar en este contexto si la idea dialéctica del comunismo moderno como «negación de la negación», como sobrealzamiento del viejo comunismo primitivo luego de que la historia de la humanidad hubiera superado el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo, surge como mero desarrollo teórico, en abstracto, de la concepción dialéctica de la historia universal, o si aparece más bien como generalización plausible del caso ruso, que, obviamente, se sale del esquema contenido en el volumen primero de El capital.»

Salvador López Arnal es miembro del Frente Cívico Somos Mayoría y del CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.