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El peligro burocrático

Fuentes: La Jornada

Desde que nacieron los Estados ha habido burocracia. ¿Qué otra cosa eran los sacerdotes y escribas egipcios que registraban los bienes y tributos, o los sacerdotes caldeos y sumerios? ¿Qué fueron los mandarines? ¿Qué, los funcionarios del imperio romano que tenían en tablillas, en el Tabulario, nombre, dirección, haberes y actividades de los ciudadanos? Pero […]

Desde que nacieron los Estados ha habido burocracia. ¿Qué otra cosa eran los sacerdotes y escribas egipcios que registraban los bienes y tributos, o los sacerdotes caldeos y sumerios? ¿Qué fueron los mandarines? ¿Qué, los funcionarios del imperio romano que tenían en tablillas, en el Tabulario, nombre, dirección, haberes y actividades de los ciudadanos? Pero esa burocracia dependía de un fuerte poder imperial o divino y se basaba, por un lado, en la concentración y el monopolio «técnico» del conocimiento formal (en Grecia por eso no hubo burocracia), o sea, en la separación entre trabajo manual e intelectual y, por otro, en la necesidad de centralización de la información presente en todo Estado de clase. La burocracia del Medioevo cristiano (la Iglesia católica) fue en cambio un poder paralelo que muchas veces enfrentó al fragmentado poder laico (pero por derecho divino) hasta que la aparición de la figura de los intelectuales, separados de ella y potencialmente autónomos también frente a los reyes, debilitó posteriormente el poder eclesiástico y permitió una nueva centralización -burocrática- del poder nacional.

En los países dependientes y con escasa tradición democrática y con bajo desarrollo cultural, la burocracia sigue teniendo sus raíces en la separación entre trabajo manual e intelectual y en la necesidad de centralizar y de crearse una capa fiel y dependiente que tienen los gobiernos. Pero, además, se apoya en jerarquías y en la autopromoción y la autoayuda, independientemente de aquéllos, y trata de construirse títulos y privilegios de nueva nobleza (los «licenciados» y «doctores», con sus diferencias salariales según su importancia, como en la corte de los zares -en realidad, les faltan sólo los uniformes diferentes) aunque vivan en supuestas repúblicas. Esa burocracia, aunque improductiva, es esencial para la dominación capitalista y para la realización de sus ganancias, y por eso recibe parte de la plusvalía que los capitalistas extraen a otros de la producción.

Un gobierno revolucionario hereda siempre ese aparato prexistente, con sus lazos viscosos, sus reglas no escritas, su afán de privilegios y, al mismo tiempo, su servilismo. Pero al colocar vino nuevo en esa vasija contaminada, lo agria, pues introduce gente sin preparación técnica, que la aprende pero que también adquiere los vicios de su entorno burocrático. Así se reproduce la burocracia, egoísta, incapaz, corrupta, venal, servil y potencialmente traidora. Esa burocracia enterró en Rusia el gobierno de los soviets y, tras poner en el poder a su representante, acabó con el poder de los obreros y campesinos, y sus consejos, para construir un capitalismo de Estado dirigido por la burocracia, su nomenklatura, sus apparatchiks, que eran a la vez sacerdotes del culto estalinista. En cuanto al nuevo mandarinato capitalista en China, reproduce hoy el pasado imperial y la degeneración introducida por el estalinismo en el socialismo del siglo pasado, y es un mandarinato estalinista-capitalista que recurre a Confucio y entierra a Marx.

Para combatir contra la burocracia no basta, pues, con reducir su número y combatir sus privilegios más escandalosos, ni con hacer campañas de educación democrática. No basta tampoco con una lucha antiburocrática con medios burocráticos, desde el poder, poniendo en puestos claves gente todavía no corrompida pero que, al tener que funcionar como sus predecesores corruptos y autoritarios, acabarán por ser como éstos. La lucha contra la burocracia -que es dificultosa y tiene resultados muy lentos- sólo puede ser eficaz si hay un cambio radical en la cantidad y calidad de la información y la capacitación cultural de los trabajadores y se basa en su capacidad no sólo de ser críticos sino también de defender sus opiniones autónomas, incluso frente a la dirección de «su» gobierno. Cultura, información, poder popular, autonomía y autogestión son las herramientas para oponer a la centralización burocrática una centralización desde lo descentralizado, para sustituir el know how burocrático por el saber práctico y el buen sentido colectivo y para aplastar a todos los tiranuelos civiles y militares que piensan «el Estado soy yo», como si fueran pequeños Luises XIV. Para combatir la burocracia, igualmente, es necesario tener claro qué fue el estalinismo en la Unión Soviética, y entender cómo revolucionarios que fueron inicialmente leninistas, como Stalin mismo, se convirtieron en autócratas crueles y cínicos. Hoy, en particular, es necesario también conocer el proceso de formación del Partido Comunista Chino y del Estado nacido de una revolución campesina por la liberación nacional. Las burocracias necesitan «modelos»; las democracias, en cambio, conocimiento crítico.

Cuba y Venezuela, en particular, tienen ante sí el problema crucial de reducir drásticamente, aplastar políticamente y educar moralmente a burocracias acostumbradas en forma distinta y en relaciones sociales diferentes a monopolizar el poder. Los partidos únicos (o Unido, en el caso venezolano) son escuelas de centralismo vertical, cuando se necesita en cambio autonomía y descentralización democrática; fomentan el decisionismo autoritario, cuando es indispensable discutir antes de resolver; son caldo de cultivo de carrerismo, de servilismo o, peor aún, de aceptación descerebrada de la opinión de «los mandos», cuando es indispensable, precisamente por lo complicado de la situación cubana y venezolana, un permanente espíritu crítico y autocrítico.