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Tesis a propósito de Alfonso Sastre

El tercer hombre: Análisis de una utopía reflexiva

Fuentes: Rebelión

Texto de 2007 publicado en homenaje al recientemente fallecido Alfonso Sastre.

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I. Ni víctima ni verdugo: la imaginación del tercer hombre

En el diálogo de Platón sobre la muerte de Sócrates, este argumenta que prefiere ser la víctima antes que el verdugo. La anécdota podría contarse como el rumor de un héroe antiguo en lucha contra el destino si su actualidad no mantuviese viva la disyuntiva: «dadme la libertad o dadme la muerte».

Así planteada, la alternativa tiene la estatura moral de la tragedia. La declaración de Emile Zola ante el jurado que acusaba a Dreyfus es solo otra manera de situarse ante la tenaz dicotomía: «Que todo se hunda, que mis obras perezcan si Dreyfus no es inocente». Sin posibilidad de triunfar, el sabio elige morir, bien repudiando sus versos, bien dando de bruces contra una mazmorra.

Encontrar una ubicación fuera de esa díada, acaso signifique nada menos que localizar la posibilidad de vivir en libertad. Alfonso Sastre ha comprendido el abismo de tal decisión: «Ni la víctima ni el verdugo. ¡Es imposible elegir!».

En la imposibilidad de la elección no radica una incapacidad, sino su contrario: la intransigencia en la necesidad de cambiar la ecuación del Poder.  Con esa tenacidad, aparece en las páginas de Alfonso Sastre el «tercer hombre», ese al que repugna ser verdugo y que se niega a ser víctima.

II. El «ni-ni»: un equilibrio que cae siempre hacia el sistema

El régimen ideológico que acota cualquier posibilidad histórica a «esto o aquello», puede lograr igual fin con una fórmula que parece opuesta: «ni esto ni lo otro». Sin embargo, solo se trata del envés de una misma relación de poder.

La imaginación del tercer hombre rompe el claustro de esa conexión no porque la invierta, sino porque opera en ella un cambio de sentido: una reformulación.

Raymon Aron entendía bien la eficacia de acotar los márgenes del problema: «estoy profundamente convencido de que un anti-estalinista solo tiene una salida: aceptar el liderazgo norteamericano». Dicho de otra forma, esa ecuación habría progresado desde «gulag vs mundo libre» hasta la de «comunismo (soviético) vs liberalismo». El régimen de verdad así constituido estaba garantizado por todo lo que dejaba fuera de esa dicotomía, entre otras cosas el régimen entero de producción de esa verdad y el espacio completo de construcción de alternativas.

Alfonso Sastre ha afirmado que las palabras huelen a su historia. La «paz» fue el gran tema cooptado por el mundo comunista de la Guerra Fría, así como la «libertad» fue el caballo de batalla del mundo capitalista del período. Si se hiciese caso a las palabras, toda la conflagración podría haberse sintetizado en esta contradicción en los términos: «paz o libertad».  La prisión del lenguaje dejaba fuera el análisis completo de las relaciones de poder constitutivas de ese régimen lingüístico. En ese marco, una respuesta liberadora  debería haber sido: «ni paz ni libertad», ese magno contrasentido.

La imaginación del tercer hombre, «ni víctima ni verdugo», rompe aquel rango carcelario porque libera las palabras con la crítica de las condiciones que les otorgan sentido. Distingue entre la crítica «sistémica» y la crítica que construye el objeto del discurso. El tercer hombre se libera porque escapa de los enunciados preconstituidos por la «ciencia», la «cultura», o la «política», y es capaz de formularlos de modo diferente.

III. El «posibilismo» es una larga manera de avanzar hacia un antiguo lugar

Durante 1960 Alfonso Sastre sostuvo una polémica sobre teatro y política con Antonio Buero Vallejo, otro de los dramaturgos fundamentales del siglo xx español.

En ella, el ganador del Premio Cervantes en 1986 mantenía la tesis del «posibilismo»: el arte siempre tiene que ajustarse a lo que es «posible en un lugar y un momento determinados» y siempre es preferible que una obra evite la censura y llegue al público, aunque en esta obra el autor no haya dicho todo lo que hubiera querido decir.

A tal idea, Sastre oponía esta tesis: el artista que acepta los límites oficiales impuestos a su trabajo acaba por legitimar esos límites, y por contribuir a su mayor definición. Así, el escritor «debe mantener siempre una actitud de sorpresa ante los obstáculos oficiales, tratándolos como accidentales y anormales, y no como estructuras aceptables para el trabajo artístico e intelectual».

Traspolada desde el teatro, esa discusión ilumina todo el territorio de cómo enfrentar la toma de opciones personales en la política vivida día tras día.

IV. El «imposibilismo»  —esto es, la libertad— es la estrategia y es la táctica

Dentro de esa polémica, el tercer hombre enarbola una utopía reflexiva.

No apuesta por una vida construida al margen de la «civilización», edificada de espaldas al poder constituido, que pretende fundar una sociedad al margen de la sociedad oficial, pues sabe que dicho estatuto es apenas un sueño monstruoso de la razón. Sin embargo, tampoco limita su libertad a lo que el Poder «le deja hacer», a practicar la libertad del intersticio, el libertinaje de la explosión controlada. Su política es otra: la libertad como única estrategia y como toda táctica.

Quince años después de su polémica con Buero Vallejo, Sastre negaría lo que afirmara en 1960. Ahora, ya no el de Buero Vallejo, sino su propio método era incapaz de hacer avanzar la revolución social: «La postura que hay que mantener frente a la necesidad del cambio social es simplemente luchar políticamente —y eso no lo puede hacer ni el teatro posibilista ni el llamado ‘imposibilista’», aseguró Sastre.

Con este enfoque, la imaginación del tercer hombre acaso resulta una forma de superar el clásico dilema «reforma versus revolución».

Carlos Marx hizo el estudio de Las luchas de clases en Francia, por ejemplo, y aprendió el idioma ruso para estudiar la comunidad tradicional campesina de ese país (mir)  para así construir —entre otras cosas— un sujeto abierto en su constitución, pero radical como imperativo categórico para no perder su perfil revolucionario.

Para esa tradición revolucionaria, el realismo político radica en el «imposibilismo»: solo una política radical provee una estrategia que no signifique «avanzar perpetuándose en el sistema».

El tercer hombre afirma que la libertad es su fin, pero sabe que es también necesariamente su medio: los medios llevan en sí, marcados, los fines que solo pueden producir.

El tercer hombre cumple así una función esencial: reservar su posición en la dignidad de la posibilidad irrealizada, ideal que no realiza la utopía conservadora de la virginidad, sino una hazaña de la imaginación dialéctica.

V. El «imposibilismo» es el recurso político de la verdad

Esta tesis, que se encuentra en el centro de la imaginación de 1968, era ya esencial en la Crítica del Programa de Gotha: recuperar la radicalidad «imposibilista» de un pensar revolucionario como estrategia más eficaz para desarrollar la Revolución.

Por las ironías a las que es forzada la historia, la frase «seamos realistas, exijamos lo imposible», no pasa de ser hoy un graffiti «ingenuo» del mayo parisino. Sin embargo, cuando el tercer hombre postula la estrategia «imposibilista» no resta importancia al «uso reformista» de las instituciones del sistema. Antes bien, hurga en el sistema capitalista —para oponérsele— hasta en las posibilidades que halle en su «establo», pero su punto cardinal es no confundir la necesidad con la virtud: es no trocar, por ejemplo, la necesidad del sufragio como instrumento puntual de lucha en un momento específico en la virtud aeterna de la «República democrática».

Para Sastre, como para Marx, la libertad  no se construye a partir de una «táctica de lo posible». Lenin lo sabía: la única manera de hacer avanzar las conquistas de la revolución de febrero de 1917 era marchar hacia la revolución socialista, lo que era considerado en la fecha como el horizonte utópico por antonomasia.

«La utopía es la opción imposibilitada», asegura el tercer hombre. Lo que es «utópico» es pensar que la revolución puede hacerse a través de cooperativas de producción financiadas con empréstitos del Reich alemán, según le impugnaba Marx al socialismo reformista de Lasalle, o por cualesquiera de las vías que hoy le resultarían semejantes.

Lo que es «realista» es pensar que solo enarbolando la política de la verdad y afirmando la independencia —la no subordinación ya no política sino cultural— con respecto a las políticas del orden, puede conseguirse la verdadera subversión de la dominación.

No obstante, el tercer hombre no concede a la «subversión» el estatus del argumento de autoridad. No apoya la subversión «en cualquier caso»: recuerda qué fue el «orden republicano» y qué fue la «subversión franquista» en la España de 1936. Por ello, afirma: «hay órdenes que yo prefiero, sin duda alguna, a la subversión de esos órdenes».

Con todo, al reivindicar a un tiempo el contenido revolucionario de los ideales comunistas y libertarios, ambos anticapitalistas, el hombre sastriano es acusado de lo mismo que connotaba el concepto «izquierdismo» en época de Lenin: cuando menos es calificado de «utópico», sino de amante romántico y sangriento de la subversión.

El tercer hombre practica a conciencia, y con discreto placer, la realpolitk del «imposibilismo». Renuente a ser «táctico», mantiene una ortodoxia abierta: no hay compromisos en materia de verdad —y solo se puede encontrar la libertad en la verdad— si no se contraen con la verdad misma.[*]


[*] Para documentar esta actitud sobran los ejemplos, ahora anoto solamente, por escribir desde Cuba, la actitud heroica de Ernesto Che Guevara en la Conferencia de Argel, 1965.

VI. El «izquierdismo»  de ayer es la condición revolucionaria de hoy

Cuando escribió «La enfermedad infantil del `izquierdismo` en el comunismo», Lenin se colocaba ante el problema de una pequeña burguesía enfrentada a un partido revolucionario. Sin embargo, Herbert Marcuse comprendió décadas más tarde cómo había cambiado el sentido de ese marco de relación hacia el presente: «el izquierdismo de hoy día [años sesenta] es la respuesta de una minoría revolucionaria a ese partido del orden en que se ha transformado el Partido Comunista [de la URSS]».

El tercer hombre hallado en la escritura de Alfonso Sastre es el hijo insumiso del matrimonio entre el capitalismo y el socialismo real. Esa unión encontró la clave de su felicidad en el orden, pero el hijo encontró insoportable el hogar de sus padres, repudió sus códigos de familia y escapó de la casa para habitar en ninguna parte.

El concepto del «Socialismo del siglo xxi» apenas provee hoy una certeza: el socialismo del futuro no será ninguno de los que el siglo pasado conoció. Con todo, el concepto contiene una afirmación radical: están por reinventarse las bases mismas del proyecto de la izquierda, acaso algo parecido a lo que acontecía en la época de la Revolución bolchevique, o quizás en  época de cualquier otra gran revolución.

Por ello, la política del tercer hombre sastriano siempre es condicional. Se implica, hasta la muerte si es preciso, en los procesos que resulten impugnaciones contra los órdenes de la dominación, pero comprendió que no puede delegar en ellos la administración de la propia libertad, si pretende que esos procesos sean cauces para ella.

El tercer hombre formula así su condición revolucionaria: lo existente no es lo posible y lo posible no es lo deseable.

El revolucionario sastriano vive y muere en el goce de esa condición que es siempre pluridimensional: la necesidad «izquierdista» de ampliar el contenido revolucionario de toda revolución. Sin embargo, sabe que ese disfrute es también agonía. No es una condición que «embellece» la Revolución, sino la única que puede garantizarle la sobrevida contra la fuerza pertinaz de los zares.

VII. El intelectual «y» el partido: una relación es asunto (al menos) de dos

La idea del «intelectual comprometido» carga tantos fardos que es deseable celebrar su desuso. Alfonso Sastre ha propuesto utilizar en su lugar la imagen del intelectual «implicado».

Para que exista una relación —ah, omnisciencia del señor Pero Grullo—, deben existir al menos dos personas para constituirla. La idea de los intelectuales del partido, del intelectual comprometido con la política instituida proveniente de una institucionalidad específica, suprime la relación y conduce al siempre estéril reino de la virtud disciplinaria, sino del mortal aburrimiento.

La conjunción copulativa «y», precisamente por ser copulativa, es fuente de lo vivo: es prerrequisito de la existencia de una relación. La lección de Sastre es tan simple como difícil de procesar «en la práctica». En la relación contenida en la idea de los intelectuales «y» el partido, de los intelectuales «y» la política se encuentra la condición sine qua non para que el pensamiento, si quiere ser efectivamente un pensamiento, pueda ocupar un lugar en las barricadas.

Entre paréntesis, sabemos que existen otras formas de comprender el asunto: por ejemplo, garantizar las condiciones de posibilidad para que el «deber ser del partido» esté prefigurado en el «ser del intelectual-militante», lo que nos devuelve a la tesis de que la emancipación de los obreros debe ser obra de los obreros mismos.

Con su «estrategia», Sastre ha preconizado un tipo de «política cultural» que demuestra que no son sinónimas la libertad y la autarquía, ni la disciplina y la obsecuencia, ni la intransigencia y la consecuencia. O sea, se puede estar o no en un partido, se puede estar o no comprometido hasta los tuétanos con una política institucional: lo que no se puede hacer es destruir las bases según las cuales ello existe en cuanto relación, en cuanto posibilidad de libertad.

Desde el pensamiento libertario, y por ello, antes del marxismo, se conoce que la condición de la libertad de uno es la libertad de los demás. Alfonso Sastre ha conseguido una política de la literatura que no consiente otra cosa que la libertad individual como clave de la implicación: para ser libre un escritor necesita de lectores libres, para ensanchar la propia libertad en la medida de la libertad de los otros.

VIII. El verdugo del verdugo: un poder que nos haga menos dependientes del Poder

La imaginación del tercer hombre no guarda relación alguna con la figura del «escritor representante de sí mismo» que lanzó a los confines de nuestros cerebros la parafernalia discursiva perviviente de la Guerra Fría.

Sastre ha explorado muchos de los laberintos de la relación entre los intelectuales y la política. Sin embargo, ha asegurado que él los ha vivido «en su forma más simple: en la oposición primero al franquismo y luego a la democracia neofranquista». Asegura que lo ha hecho «en su forma más simple» porque también se ha preguntado: «pero, ¿qué habría sido de mí, o conmigo, o contra mí, en la URSS de Stalin, por ejemplo? Y asimismo: «¿Qué problemas hubiera yo enfrentado de haber vivido la Revolución cubana “en su interior”?».

Sastre se coloca de este modo ante un problema fundamental de la teoría y la práctica revolucionaria: ¿Cómo vivir las relaciones entre política y cultura dentro de una Revolución?

La respuesta tiene larga tradición, pero no la ambivalencia de los rostros de Jano.

Declarar en este sentido innegociable la propia libertad es lo contrario del nihilismo: si el posibilismo, para Sastre, podría resultar otra de las maneras de obedecer con las formas de la rebelión, la actitud «imposibilista» ante las formas impuestas por lo existente es la manera más eficaz de implicarse con éxito en un proyecto de cambio colectivo.

La naturaleza del tercer hombre es la crítica. Su gesto no es la reverencia sino la discusión. Desde el lugar que ha ocupado, defiende su proyecto histórico: escribe para ser «verdugo del verdugo», para entender las formas de la dominación producidas por el  capitalismo, y para dar cuenta de las formas de dominación producidas por la construcción socialista.  Marcuse, otra vez, lo entendía bien: «el pensador inflexiblemente crítico, que ni sobrescribe en su conciencia ni se permite ser teorizado en la acción, es en verdad el único que no abandona. (…) Su cualidad incansable, la resistencia ante la mezquina saciedad, rechaza la absurda sabiduría de la resignación».

El tercer hombre escribe la historia de su destino mientras contribuye a constituir un poder que nos haga menos dependientes del Poder mismo, cuando afirma que el compromiso esencial con la revolución nace solo de la libertad y, viceversa, que solo de una revolución puede nacer la verdadera libertad.

IX. El heroísmo intelectual: pensar es distinguir

Alfonso Sastre ha contado cómo en febrero de 1977, «con Eva Forest aún en la cárcel, Franco en su tumba y él en su exilio bordelés», tuvo una nueva experiencia después de una huelga de hambre en la que participó con compañeros vascos en la catedral de Bayona. Durante esa huelga, sus compañeros le otorgaron a él, matritense de estirpe, la nacionalidad vasca. Esa medalla de guerra le valió al unísono una brutal expulsión del territorio francés y la inefable dicha proveniente de la dignidad.

Sin embargo, el tercer hombre no es un nacionalista, de la misma forma en que no es, desde un punto de vista abstracto, un humanista, ni un pacifista, ni un militante de la tolerancia.

El tercer hombre se aboca con todo su equipaje al combate por la distinción.

El tercer hombre distingue: sabe que la patria puede devenir cárcel, que la tolerancia puede devenir barbarie y que el humanismo puede devenir terror. Comprende que la patria es opresión «en el chovinismo, en el patrioterismo casticista, y, desde luego y sobre todo, en el fascismo».  Asimismo, sabe que la tolerancia «puede ser una forma indirecta, enmascarada, de barbarie, cuando toleramos los actos bárbaros del imperialismo, o las torturas de la policía», y que el «humanismo abstracto puede ser cómplice del terrorismo de Estado al manifestarse condenando acríticamente, por ejemplo, las guerrillas revolucionarias».

El hombre sastriano sabe que la pacificación es una burla a la paz, que «la paz es uno de los nombres de la justicia (y que) sin justicia, el orden público es la peor guerra posible».

Pierre Bourdieu afirmaba que intervenir con una palabra extraña (una palabra que ha sido liberada) en un orden de sentido pautado por las formas del poder era ya comenzar a transformar el mundo, por la manera en que la política está incardinada en el lenguaje. Como en todo combate, dicha intervención comporta consecuencias de la mayor gravedad: ir a parar con los huesos a la cárcel es una de ellas, pero acaso ello no es peor que ser condenado durante casi toda una vida a ser el «hombre invisible»: pasto de la censura, objeto del ostracismo, carne de denuncia.

Sin embargo, el tercer hombre sigue afirmando que «terrorismo le llaman a la guerra de los débiles, y guerra al ´terrorismo´ cometido por los fuertes», que es una de las formas de distinguir entre la violencia de los opresores y la violencia de los oprimidos.

Ante ello, la tarea del hombre sastriano es la de Eurípides: comprender, distinguir, analizar «los orígenes de los sufrimientos humanos». En este horizonte, la violencia de los oprimidos es una «materia trágica». «¡Yo no veo bien condenar a los condenados!», afirma Sastre en declaración que para el intelectual bienpensante resulta vocación de suicidio.

Ahora, ¿la independencia del país vasco y la tortura policíaca allí ejercida es un asunto del tercer hombre? ¿La ocupación de Iraq es un problema del tercer hombre? Quien no quiera leer a Sastre, puede encontrar idéntica respuesta en Jean Paul Sartre: «¿Es que el proceso de Calas era asunto de Voltaire? ¿Es que la condena de Dreyfus era asunto de Zola? ¿Es que la administración del Congo era asunto de Gide?».

El tercer hombre protagoniza el primero de los heroísmos intelectuales: pensar. Para Alfonso Sastre, pensar es distinguir.

Distinguir es visibilizar, revelar lo escondido, enfrentarse al silencio impuesto por los usos de las palabras. Distinguir es recuperar la relación entre libertad y lenguaje, afirmar la desnudez del rey, devolver la «pureza a las palabras de la tribu».

X.- La casa hecha de retazos contiene la esperanza de recomenzar

La casa del tercer hombre está hecha con los retazos de obras de teatro nunca puestas en escena, de artículos censurados, de palabras golpeadas, de poemas escritos a la esposa presa, de la memoria de los hijos que no vio durante años.

Sin embargo, el habitante de la casa conserva su cuerpo entero —con su sonrisa feraz—, no cedió su palabra, la colocó donde no debía ir, se construyó su mundo y contribuyó a transformar el de otros.

Las palabras de Alfonso Sastre han despertado las diez frágiles tesis que aquí concluyen. Acaso exageran, malinterpretan o desvían. Pero el tercer hombre confía en la potencia revolucionaria de la desmesura.

En el principio, fue la palabra. Si las palabras de un escritor consiguen transformar la vida de un hombre, allí se encuentra la esperanza de volver a empezar.

Para el tercer hombre es tan importante un poema como una huelga, una palabra como una piedra. Un recital de poesía en Donosti, a cuatro voces entre Alfonso Sastre y Rogelio Botanz, una obra como «Escuadra hacia la muerte», un ensayo como «Los intelectuales y la práctica» acaso no cambien el Mundo pero sí pueden cambiar «nuestro mundo». Es ese, nada menos, que el lugar donde todo vuelve a comenzar.

18 de marzo de 2007

Nota del autor: Este texto fue publicado en la revista República de las Letras: revista literaria de la Asociación Colegial de Escritores, ISSN 1133-2158, Nº. 102, 2007 (Ejemplar dedicado a: Alfonso Sastre), págs. 90-97. Hasta donde sé no había aparecido en internet. Lo publico (de modo idéntico a entonces), como homenaje al admirado Alfonso Sastre, que acaba de fallecer, a la edad de 95 años.