El desprecio psicópata de este Gobierno por los derechos humanos y la supervivencia planetaria está generando un violento infierno, todo para servir a su fantasía de gobernar como superpotencia
Un asesinato en Minneapolis. Un secuestro en Caracas. Genocidio en Palestina. Supresión de la atención sanitaria y los derechos de las personas transgénero. Criminalización de las personas embarazadas. Detención, desaparición, deportación y muerte de inmigrantes. Todo esto forma parte del mismo proyecto de dominación, control coercitivo y violencia imperialista de Estados Unidos, impulsado por el régimen fascista de Trump. En menos de una semana, pasamos de un ataque contra Venezuela a agentes federales ejecutando a personas que se resisten al terrorismo del Gobierno. Es importante comprender la interconexión entre todas estas cosas y la necesidad del esfuerzo de todos para detenerlas.
Los lazos que unen
Lo que une todos estos hilos del fascismo es la particular mezcla de chauvinismo y arrogancia que define al actual Gobierno de Estados Unidos. La actitud de quienes dirigen el régimen de Trump es la de poder hacer lo que quieran con impunidad. Pueden invadir países, secuestrar jefes de Estado y robar petróleo; pueden aterrorizar a los inmigrantes, secuestrarlos en la calle o fuera de sus hogares, enviarlos a terceros países, bases militares, instalaciones desconocidas y campos de trabajo, matándolos bajo custodia. Pueden legislar para que las personas transgénero desaparezcan, obligar a las personas a quedarse embarazadas y someter a las mujeres. Pueden criminalizar a las personas por vivir en la pobreza agravada por sus políticas. Pueden disparar a manifestantes en la cara, en la pierna o en cualquier otro lugar y usar armas químicas contra bebés. Es un caos libre de supremacía blanca y misoginia, de xenofobia y transfobia.
La violencia perpetrada tanto dentro de Estados Unidos como en el extranjero no solo está relacionada, sino que forma parte del mismo proyecto. El secuestro del presidente venezolano Maduro en Caracas y los secuestros de inmigrantes en calles y lugares de trabajo de la ciudad son el mismo proyecto. El genocidio en Palestina y el genocidio de personas transgénero, no binarias e intersexuales es el mismo proyecto. Las detenciones de personas embarazadas por abortos espontáneos, la eliminación del derecho al aborto y el control coercitivo sobre la salud reproductiva son el mismo proyecto que las amenazas de invadir, ocupar o tomar el control de Canadá, Colombia, Groenlandia, Irán, México o cualquier otro país que el régimen estadounidense decida atacar a continuación.
Todas estas acciones tienen que ver con el poder sobre los demás. El poder como espectáculo de crueldad para entretener a Trump y a su gente. El poder de enriquecer a las personas y corporaciones más ricas de la sociedad. Poder para que los individuos en el Gobierno de EE. UU. y sus secuaces puedan tomar lo que creen que les pertenece. Poder para doblegar cuerpos y naciones a su voluntad, para eliminar a cualquier persona o cosa que se interponga en su camino.
Para esta Administración, la ley no importa., las normas no importan, la voluntad y el consentimiento democráticos no importan. Por el contrario, este régimen ve en todo un obstáculo para el ejercicio del poder y la agresividad. En una entrevista reciente con el New York Times, Trump manifestó que él no «necesita el derecho internacional» y que el único límite real a su poder como presidente de Estados Unidos es su propia «moralidad». Cuando se le preguntó por qué cree que puede hacerse con Groenlandia, Trump respondió: «Porque creo que es lo que se necesita psicológicamente para alcanzar el éxito… la propiedad te da cosas».
La búsqueda de la dominación de cuerpos y países
El lenguaje de la propiedad, la primacía de los sentimientos —no son aberraciones, son centrales en la mentalidad del régimen de Trump-. La política gubernamental se ha convertido en una extensión de la manosfera. Las políticas de la Administración son una manifestación offline del deseo de poseer y controlar para sentirse fuerte y valioso. Son políticas en las que las inseguridades se transforman en odio como arma, donde el miedo a las mujeres, a las personas queer y a las personas de color se ha convertido en acción para reprimirlas, encarcelarlas y eliminarlas. Donde el consentimiento no solo se ridiculiza, sino que se prohíbe.
No es casualidad que el ataque contra Venezuela se haya producido justo cuando el Departamento de Justicia está infringiendo la ley al retener los archivos de Epstein. Arriesgándose a que la pedofilia del presidente y de muchos de sus amigos y financiadores quede aún más expuesta, el Gobierno reacciona violentamente: lanza bombas sobre una ciudad, matando al menos a 100 personas; lanza paracaidistas de las fuerzas especiales para capturar a un presidente, encadenarlo y arrastrarlo a Nueva York para exhibirlo. Aunque esto distrae la atención de los archivos de Epstein, también es la misma mentalidad que subyace a los delitos que contienen dichos archivos. La extracción de poder y placer de mujeres jóvenes y niños no es muy diferente de la extracción de poder y beneficio del petróleo que el régimen de Trump ha robado y pretende seguir robando al pueblo venezolano o de lo que quiere robar al pueblo de Groenlandia. El saqueo imperial es el mismo, se trata de convertir países extranjeros y cuerpos femeninos en escenas de crimen.
También podemos ver las similitudes en la culpabilización de la víctima. Desde los palestinos asesinados en tiendas de campaña hasta inmigrantes detenidos y encerrados en jaulas, pasando por manifestantes tiroteados en las calles, que, según el régimen de Trump, ellos mismos son los culpables. No importa que podamos ver por nosotros mismos un genocidio que dura tres años retransmitido en directo en las redes sociales o a un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) apuntando con un arma a una mujer que intenta huir de unos matones enmascarados. No importa que muchos de los inmigrantes que se encuentran en Estados Unidos hayan acabado aquí después de que anteriores administraciones estadounidenses derrocaran sus gobiernos, devastaran sus tierras y sus aguas mediante la extracción de recursos y desestabilizaran sus economías y sociedades. La violencia que se ejerce contra cualquiera de estos grupos, si es que se reconoce, es culpa suya, no de los agentes del Estado. El gaslighting [maltrato emocional], una técnica tradicional de los maltratadores domésticos, es ahora política de Estado.
Por tanto, no es casualidad que el agente del ICE que disparó a Renee Nicole Good en la cara la llamara «puta perra» mientras lo hacía. Como escribe Jessica Valenti, «¿Cuántas mujeres han muerto con esas mismas palabras resonando en sus oídos? Más de solo unas cuantas. ¿Cuántas de nosotras hemos sido llamados putas zorras con el mismo tono de voz que usó Ross, rebosante de desprecio y deshumanización? Probablemente todas nosotras… Los hombres no llaman puta zorra a una mujer cuando tienen miedo por sus vidas, lo dicen cuando nos odian. Lo dicen cuando quieren castigarnos». En Chicago, en octubre, un agente de la Patrulla Fronteriza disparó a Marimar Martínez cuando advertía a los vecinos de que llegaban agentes. Le apuntó con un fusil de asalto y le gritó «haz algo, zorra» antes de abrir fuego. En mensajes de texto, el agente se jactó: «Disparé 5 balas y ella tenía 7 agujeros. Apuntadlo en vuestro libro, chicos.»
Estos tiroteos, supuestamente por «aplicación de la ley migratoria», están impregnados tanto de misoginia como de limpieza étnica. De la misma manera que los líderes de extrema derecha de este país van no solo contra el aborto, sino también contra el control de la natalidad, el divorcio sin culpa y el derecho al voto de las mujeres, están adoptando una mentalidad de «obedece o muere» respecto a la protesta y la inmigración. El régimen está empezando a exigir que la gente lleve sus papeles para demostrar su ciudadanía al mismo tiempo que impide que las personas trans adquieran los documentos requeridos. Estos proyectos de supremacía blanca, misoginia y transfobia están íntimamente relacionados, y la naturaleza imperial de estos proyectos es innegable. Ya sea mediante intervención militar en otros países o por intervención militar en un número creciente de ciudades estadounidenses, este régimen tiene como objetivo la dominación total.
Y todo ello impunemente. Sin rendición de cuentas por el genocidio, sin recurso a la justicia para los supervivientes de los archivos Epstein, no hay forma de que los inmigrantes deportados o desaparecidos puedan apelar su caso. El Gobierno de Estados Unidos incluso ha dejado claro que «no reconoce un derecho humano independiente al acceso a la justicia.» En el espacio donde muere la justicia se encuentra el «estado de excepción», el concepto establecido por la Alemania nazi que sostiene que el Estado puede violar el Estado de derecho en nombre del «orden público». El estado de excepción es un caldo de cultivo para la creencia en la impunidad. La impunidad declarada del agente del ICE que disparó varias veces en la cara a Renee Nicole Good y del agente del ICE fuera de servicio que disparó a Keith Porter en Nochevieja es la misma que la del soldado israelí que viola a prisioneros palestinos, bombardea hospitales o dispara a personas que intentan recibir ayuda. Y quienes operan en el estado de excepción usan un lenguaje similar para culpar y ocultar atrocidades. El lenguaje utilizado por las Fuerzas de Ocupación israelíes es el mismo que el del Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU.: las afirmaciones de autodefensa y fuerza justificada son réplicas casi palabra por palabra. Las tácticas para “involuclarse” también son las mismas. Se entrenan mutuamente, policías israelíes y estadounidenses, soldados y agentes federales. Aprenden unos de otros, se empoderan mutuamente para cometer y disfrutar de la crueldad y la violencia. Y todos aprenden de la historia de Estados Unidos: las patrullas esclavistas, las fuerzas genocidas desatadas contra los pueblos indígenas por los colonos y los primeros gobiernos estadounidenses.
De hecho, el imperialismo, el militarismo y la violencia estadounidenses no empezaron con Trump. Estados Unidos ha invadido, ocupado, librado guerras, derrocado y/o desestabilizado gobiernos y pueblos de todo el mundo desde su genocidio fundacional contra la población indígena de Turtle Island y la esclavitud de personas negras. El Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, que guían ahora las políticas del régimen de Trump, fueron creaciones de antiguos colonos estadounidenses y líderes políticos. Estados Unidos tiene una larga historia de destruir naciones latinoamericanas y caribeñas para saquearlas y obtener beneficios, de atacar y ocupar países de todo el mundo basándose en mentiras para extraer recursos y riqueza y de cometer asesinatos y crímenes de guerra con impunidad. Gobiernos estadounidenses anteriores han prestado apoyo bipartidista al genocidio israelí de palestinos, así como han brindado apoyo bipartidista al aumento de los presupuestos del ICE, deportaciones masivas, militarización de la policía y aumento de la vigilancia. A lo largo de su historia, el Gobierno de Estados Unidos ha criminalizado a las personas pobres, queer y personas de color. Las mujeres solían ser consideradas propiedad. No hace tanto tiempo que la violación en matrimonio no se consideraba como tal.
Bajo el régimen de Trump toda esta violencia se ha revitalizado y llevado a su conclusión lógica, hasta llegar al extremo del masoquismo y el fascismo que ahora sufrimos. El desprecio psicopático de este Gobierno por los derechos humanos y la supervivencia del planeta está generando un violento infierno, todo ello para satisfacer su fantasía de gobernar como una superpotencia. Como dijo el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller: «Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Por definición, nosotros estamos al mando».
La solución es la solidaridad
¿Pero están realmente al mando? Como dijo recientemente el abolicionista y teórico político Geo Maher en una entrevista con Kelly Hayes, el imperio estadounidense está en declive y su hegemonía se pone en tela de juicio. Trump lo sabe, y su respuesta «es recurrir a lo que él llama la proyección del poder -proyección en el sentido de que se trata de una demostración de poder y una amenaza que se puede ejercer— para obtener acceso a los mercados, los recursos naturales y la influencia política a escala mundial». Maher señala: «El objetivo es desmantelar y, de hecho, aterrorizar a las fuerzas progresistas a nivel global pero también interno, como estamos viendo en Minneapolis y otros lugares, y construir una alianza fascista global para hacerlo posible.»
La Estrategia de Seguridad Nacional del régimen de Trump deja claro que quiere construir esferas de influencia y aliarse con otros líderes autoritarios a nivel mundial. Para que esto funcione, Trump no cree necesitar democracia ni el consentimiento del pueblo. En cambio, busca reprimir la disidencia y la solidaridad. Pero esta represión implacable, como sabemos por la historia, puede conducir a la caída de regímenes. La creciente resistencia masiva contra el régimen de Trump, las patrullas de la ICE Watch [Vigilancia del ICE] y la defensa de vecinos, los bloqueos de empresas armamentísticas y los campamentos estudiantiles contra el genocidio, las redes clandestinas de atención al aborto y la atención sanitaria para la reafirmación de género, los proyectos de ayuda mutua, los experimentos abolicionistas para la atención comunitaria en lugar de la policía… todo esto, y más, son síntomas del colapso del Gobierno y del levantamiento del pueblo.
Como en otros casos a lo largo de la historia, el Estado ve estos síntomas como enemigos. Trata la resistencia y el descontento, así como la solidaridad y la acción colectiva, como amenazas a la seguridad que deben ser disciplinadas por la fuerza, que deben ser neutralizadas. Lo hemos visto en las formas en que demócratas y republicanos colaboraron para reprimir el movimiento Stop Cop City [Acabar con la Ciudad de Polis] en Atlanta e intentaron criminalizar la ayuda mutua y la organización.
Pero suprimir la resistencia en lugar de tratarla como el propio efecto del sistema puede ser fatal, especialmente cuando se enfrenta a una resistencia interseccional y profundamente comprometida con la solidaridad entre movimientos y cuestiones. Una resistencia que sea anticapitalista y antiimperialista, abolicionista y antirracista, propalestina, proinmigrante, proaborto, promujeres y la liberación LGBTQ+ es clave. Estar divididos en estas cuestiones solo socava la resistencia y la libertad frente a la tiranía. Las personas que se benefician de nuestra represión no están divididas. Podría decirse que la única división real que existe hoy en día en el mundo es entre aquellos que sí se benefician del sistema y aquellos que no lo hacen. La gran mayoría de nosotros no nos beneficiamos. Necesitamos trabajar juntos. Al fin y al cabo, todos buscamos la libertad de elegir cómo vivir nuestras vidas y la libertad de vivirlas.
Se está produciendo un daño masivo y todavía queda más por venir. Pero hay un potencial revolucionario en este momento. Podemos tener la seguridad de que el fascismo sufrirá su castigo si somos solidarios, si actuamos, si enfrentamos su odio con amor a la justicia y a los demás. Como dijo la organizadora Kelly Hayes en un homenaje a Renee Good: «Quieren que nos dispersemos por miedo, que perdamos la esperanza y que renunciemos a la solidaridad. Pero nos aferraremos más unos a otros, planificaremos de forma más estratégica y nos preocuparemos con mayor profundidad. Resistiremos la normalización de su violencia, la inmovilización del miedo y la sensación de inevitabilidad que nos impondrán.»
Lo que está pasando no es inevitable. Tiene sus raíces en lo que siempre ha sido, aquí, en los llamados Estados Unidos. Desde las primeras masacres de los colonos contra los pueblos indígenas hasta la Confederación, las leyes de Jim Crow, los campos de internamiento japoneses, la caza de brujas comunistas, las redadas en bares queer, el encarcelamiento masivo, los crímenes de guerra, los centros clandestinos de la CIA, las bombas nucleares y mucho más, toda la violencia almacenada en la sangre y las fauces de este país ha vuelto a salir a la superficie. Pero esto no hace inevitable nuestro futuro, eso lo hace cognoscible. Lo hace vulnerable si aprendemos las lecciones de quienes ya han luchado antes contra él, si nos mantenemos unidos. Incluso en la desesperación, incluso cuando estemos seguros de la derrota, nos debemos el uno al otro intentarlo. Como escribe el poeta Bonaro W. Overstreet:
Dices que los pequeños esfuerzos que hago
no servirán de nada: nunca lograrán
inclinar la balanza
en la que la justicia se encuentra en equilibrio.
No creo que alguna vez haya pensado que lo harían.
Pero tengo un prejuicio indiscutible
a favor de mi derecho a elegir qué lado
sentirá el obstinado peso de mis gramos.
Ray Acheson (they/them) es director de Reaching Critical Will, el programa de desarme de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF). Ofrecen análisis y defensa en las Naciones Unidas y otros foros internacionales sobre temas de desarme y desmilitarización. Ray formó parte del grupo directivo de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2017 por su labor en la prohibición de las armas nucleares, y también participa en la organización contra las armas autónomas, el comercio de armas, la guerra y el militarismo, el sistema carcelario y más. Son autores de Prohibir la bomba, Destruir el patriarcado (Rowman & Littlefield, 2021) y Abolir la violencia estatal: Un mundo más allá de bombas, fronteras y jaulas (Haymarket Books, 2022).
Fuente: https://www.counterpunch.org/2026/01/18/the-terror-of-an-empire-in-decline/


