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Ernesto Laclau, los impases de una estrategia

Fuentes: Observatorio de la Crisis

Hay que comenzar destacando que Ernesto Laclau forma parte de un conjunto de raros pensadores contemporáneos que se esfuerzan por reexaminar la cuestión estratégica, preservando y redefiniendo el antagonismo social y político. La primera etapa de su reflexión apuntaba a renovar la idea socialista, para considerar en un segundo tiempo la cuestión de la emancipación y terminar con la defensa de un proyecto de democracia radical.

A lo largo de este recorrido, Laclau reelaboró la noción de populismo, situándola en el centro de esta revisión estratégica que ha suscitado un gran interés en el curso de las últimas décadas. Sin embargo, a pesar de esta trayectoria original y de su recepción, la obra de Laclau es testimonio de una paradoja típica del pensamiento crítico contemporáneo: durante los años 1970-1980, la multiplicación de investigaciones filosóficas innovadoras, caracterizadas por un estilo sofisticado, estuvo signada por una relativa homogeneidad en el plano político.

En este sentido, debe decirse que el posestructuralismo y el posmarxismo defendidos por Laclau comparten el rechazo de los análisis generales, el abandono de las cuestiones referidas al trabajo y a la producción, la tesis de la desaparición de la clase obrera y de las confrontaciones de clase, como así también la valorización de las cuestiones ideológicas y culturales y la afirmación del rol de la contingencia.

La filosofía del lenguaje y el análisis de los procedimientos discursivos han jugado un papel decisivo en esta mutación. Erudita y ecléctica, la obra de Laclau se inscribe por completo en esta historia, aunque se esfuerza, al mismo tiempo, por recalibrar sus elecciones políticas frente a la dominación absoluta del neoliberalismo en un mundo marcado por la desaparición de la URSS.

En estas condiciones, que son las de una crisis profunda tanto del capitalismo como de las alternativas al capitalismo, surge el interrogante acerca de si esta reflexión abre nuevas vías estratégicas para la izquierda o más bien es el último avatar de una cultura crítica que tiende a alejarse cada vez más de los problemas referidos a la conquista del poder del Estado y a la transformación social radical.

Teniendo en cuenta el reciente interés que suscitan las tesis de Laclau frente a ciertas tentativas interesantes de renovación estratégica, tanto en América Latina como en Europa, esta cuestión amerita ser analizada. Antes de abordarla, se impone una primera observación: en el contexto de crisis de la perspectiva revolucionaria, el diálogo continuo de Laclau con Marx y con el marxismo (aun cuando, luego de los años 1980, este debate se consideraba generalmente clausurado) da testimonio de su voluntad de rehabilitar una perspectiva de transformación política que, no obstante, jamás se presenta como la búsqueda de una alternativa al capitalismo.

Partiendo de una reelaboración de la noción de socialismo, Laclau se embarca en una amplia crítica de esta noción, que renuncia desde un principio a la perspectiva comunista, pero que mantiene la intención de desarrollar una política democrática popular fundada sobre una conflictividad social que es necesario orientar.

Su afirmación de la autonomía radical de la política se funda sobre la tesis de la naturaleza intrínsecamente amorfa y dispersa de la vida social, pero también sobre un enfoque fundamentalmente filosófico, destinado a conectar esta teoría social con una estrategia política: «no concebimos a lo político como una superestructura, sino que le atribuimos el status de una ontología de lo social».1

Rehusándose a criticar las instituciones liberales en nombre de la defensa del pluralismo político y de la crítica del totalitarismo, apuntalando directamente su estrategia con una ontología tan ambiciosa como perentoria, situada a gran distancia de las ciencias sociales, Laclau reivindica un cierto tipo de ruptura con el orden dominante que se apoya sobre movilizaciones colectivas ajenas a la contradicción entre trabajo y capital.

La radicalidad que defiende se expresa en una propuesta de naturaleza principalmente metodológica, que desemboca en una reflexión que podría calificarse de «metaestratégica», disociada de cualquier perspectiva de transformación social y, a fortiori, de cualquier intención anticapitalista.

Laclau no deja de ser uno de los teóricos que mejor sintoniza con las tentativas contemporáneas de re-construcción de las fuerzas de izquierda que apuntan a la conquista de la hegemonía. Aun si, a fin de cuentas, la política sigue siendo para él un enigma. Y es sin duda ese carácter enigmático, esa oscilación constante entre la reivindicación del radicalismo y la apología prudente de las instituciones, entre la innovación filosófica y la vía electoral clásica, lo que explica el éxito del que gozaron las tesis de Laclau entre un electorado que buscaba una renovación crítica y de dirigentes políticos que estaban a la espera de una renovación doctrinal, luego de haber tomado nota del debilitamiento de las alternativas al capitalismo y heredado una desconfianza creciente hacia las formaciones políticas tradicionales.

Para aclarar la dimensión propiamente estratégica de esta original intervención teórica, es necesario recordar que la reflexión política de Laclau nació en el corazón de esa historia política singular que es la de la Argentina de los años 1960. Luego del golpe de Estado de 1966, su trayectoria se volvió esencialmente universitaria, sin renunciar por ello a la cultura estratégica que heredó de su formación militante previa, realizada en el seno de una corriente de extrema izquierda argentina que optó por apoyar a Juan Domingo Perón.

En una entrevista que brindó a la New Left Review en 1988, Laclau dijo que su punto de vista político casi no había cambiado desde que había asumido su compromiso inicial. Y, en efecto, estará siempre preocupado por la construcción de una alianza amplia, que exceda las fronteras de clase tradicionales, para tomar impulso hasta ser capaz de conquistar el Estado.

De esta forma, la originalidad de Laclau radica en su compromiso militante, que hunde sus raíces en la vida política argentina, pero también en su capacidad de desplazar esa elección política hacia el terreno teórico para universalizarla, elaborando en este movimiento una perspectiva de emancipación inédita. La clave de una estrategia de este tipo está en la capacidad de ajustarse de manera pragmática a las circunstancias sociales tal como están dadas y, por lo tanto, tendencialmente, a las ideas populares que se suponen dominantes.

Se trata de ceñir los contornos de una coyuntura, esforzándose por estructurar un pueblo más allá de las clases y de los discursos de clase, tomando como punto de partida sus demandas sociales específicas. Esta construcción exige la selección juiciosa de una sola reivindicación en función de su capacidad para cristalizar todas las otras a su alrededor.

Desde fines de los años 1970, esta elección constructivista conduce a Laclau a considerar al marxismo, a la vez, como una teoría ampliamente obsoleta y como un reservorio de nociones que siguen siendo indispensables, siempre a condición de separarlas de su supuesto esencialismo, para elaborar un nuevo proyecto político más consecuente y más modesto que el comunismo.

Para marcar mejor sus divergencias, Laclau no duda a la hora de acusar al marxismo de instrumentalizar la democracia como un simple medio para establecer lo que sería su fin último, la dictadura del proletariado. 2 Al sustituir lo que para el marxismo es una simple forma de transición por su fin verdadero, el comunismo, y jugando con las resonancias siniestras que adquirió el término «dictadura» durante el siglo XX, Laclau sabe que puede contar tanto con el desconocimiento general que pesa sobre Marx y sobre el marxismo, como con los fracasos del socialismo estatizado.

Luego, en lugar de considerar que la unidad de los oprimidos y dominados se concretará a través de los intereses comunes que sus luchas vuelven conscientes, Laclau propone un subterfugio eficaz, un mito unificador, todo lo cual está muy cerca de las concepciones desarrolladas en su momento por Georges Sorel (1842-1922), que le otorgan un rol decisivo a la elaboración ingeniosa de una «interpelación popular-democrática» que «no solo no tiene un contenido de clase preciso, sino que constituye el campo por excelencia de la lucha ideológica de clases».3 

En este sentido, en virtud de su antiestatismo y de su antijacobinismo – y sin que se juzguen como problemáticas sus elecciones nacionalistas y antisemitas -, Sorel sería el verdadero precursor del «giro tropológico» del marxismo.4 Este giro lingüístico y retórico del socialismo tiene como corolario la afirmación de una división fundamental de la totalidad social, una verdadera dispersión de sus componentes, que autoriza intervenciones estratégicas mucho más osadas en la medida en que presupone una realidad social fundamentalmente maleable y fragmentada, aunque permanece al mismo tiempo ciega por definición a las lógicas discursivas que la estructuran desde arriba y desde afuera.

De nuevo en este caso, la tesis no se valida más que por la denuncia de la posición inversa, simplificada y atribuida a Marx: un determinismo rígido, que surgiría de una filosofía de la historia jamás superada. En cuanto a las clases, se dice que estas no tienen existencia más que a través de sus luchas, tesis fundamentalmente marxiana, con la salvedad de que estas luchas no tienen, para Laclau, ningún vínculo con intereses económicos y sociales concretos, ni mucho menos con un proyecto emancipador de alcance universal.

Esta extraña «democracia radical» se presenta entonces como la articulación contingente y sobre todo voluntarista de reivindicaciones heterogéneas. Producto de una decisión política independiente de cualquier condición económica o social concreta. Consiste, finalmente –al menos para el último Laclau–, en la preservación de un marco pluralista que renuncia a la aspiración de superar los antagonismos, sean estos políticos o sociales.

Se presenta como el funcionamiento idealizado de las instituciones existentes y del capitalismo, que conduce sobre todo a una ética democrática y no a una política concreta: «una sociedad es democrática, no en la medida en que ella postule la validez de un cierto tipo de organización social, y de ciertos valores opuestos a otros, sino en la medida en que se niega a dar a su propia organización y a sus propios valores el estatus de fundamentum inconcussum»5. 

Bajo su aspecto contestatario, esta “alternativa a la alternativa” propone simplemente tomar la democracia liberal al pie de la letra: la apuesta de Laclau es rehabilitar la intervención en el campo político institucional tal como es, tomando nota del creciente rechazo popular que se le opone, pero reafirmándolo, al mismo tiempo, como un horizonte insuperable.

El costado filosófico de esta estrategia juega aquí un rol crucial: la idea de que el capitalismo no es finalmente más que una construcción conceptual, una tesis cuya pertinencia es debatible, aparece tempranamente en la obra de Laclau como una forma de oponerse a Marx, que según él permanece «claramente dentro del campo idealista, es decir, dentro de la afirmación final de la racionalidad de lo real».6

Una crítica de este tipo implica la descalificación de cualquier análisis causal, la cual es redoblada por la afirmación del reino absoluto de la contingencia en la historia. Es el precio que se paga por promover una concepción estratégica que se funda exclusivamente sobre la potencia discursiva: dislocar la totalidad social y convertir en negaciones externas las contradicciones internas afirmadas por el marxismo, permite elaborar propuestas radicalmente ajenas a las relaciones de producción existentes, vinculándolas al mismo tiempo con reivindicaciones sociales y culturales que, a pesar de ser fundamentalmente heterogéneas, son bien reales.

Esta exterioridad del conflicto en relación con la estructura que le provee su marco funda la afirmación del carácter contingente y autónomo de la construcción hegemónica y, sobre todo, transfiere la dinámica transformadora de su antiguo sujeto, la clase obrera, a un nuevo actor, el líder o la dirigencia. Este líder, cuya figura emerge en las obras tardías, es el analista virtuoso de las circunstancias y el amo de las consignas, el árbitro de las revueltas, pero también – y sobre todo – un príncipe maquiaveliano sin parangón. Su misión es interpelar y estructurar a un «pueblo» maleable, a unas masas subalternas, pasivas y desprovistas de conciencia de sí mismas, forjadas completamente desde el exterior.

Por lo tanto, es a condición de abandonar radicalmente el mundo de la producción y sus lógicas como Laclau acomete la tarea de repensar la estrategia. Sin embargo, debe decirse que en lugar de afirmar lisa y llanamente la desaparición de la clase obrera y, con ella, la desaparición de cualquier sujeto de la transformación social, Laclau propone situarla al interior de un conjunto más vasto de grupos sociales, estructurados de forma distinta a las tradicionales relaciones de clase ancladas en las relaciones de explotación: se trata de concebir «agentes», que se constituyen «fuera de las relaciones de producción».7 Este concepto de agente, tomado de la teoría económica neoclásica, también implica una redefinición radical de la formación social.

A los ojos de Laclau, la democracia está, de ahora en más, ligada principalmente al reconocimiento del pluralismo y de las diferencias. Esta afirmación es decisiva. El pluralismo no designa solamente la diversidad de opciones políticas, sino también y sobre todo las diferencias sociales, es decir, las desigualdades, en el marco de unas relaciones de clase que perseveran y cuya desaparición no es factible: es sobre este terreno donde el rechazo del clivaje entre derecha e izquierda se presenta como la consecuencia estratégica de una matriz anti-totalitaria, que puede vislumbrarse detrás de este abandono de toda reivindicación de igualdad y de justicia social.

De esta forma, si bien el último Laclau revaloriza la democracia, su definición sigue siendo altamente problemática. Tomada de Gramsci, la categoría de hegemonía, que estructura este análisis, también es sometida a una redefinición radical. Laclau la con-vierte en el nombre de una construcción política sin fundamento, recortada de cualquier alternativa de alcance general que pudiese arraigar en las contradicciones de la formación histórica capitalista. Los conflictos sociales se originan en la decepción de los consumidores y no en el enfado de los trabajadores. La dispersión constitutiva de los antagonismos sociales permite unificarlos y conectarlos simplemente desde afuera a partir del modelo estilístico de la metonimia, que garantiza «que una fuerza social particular asuma la representación de una totalidad que es radicalmente inconmensurable con ella».8

Frente a un mundo social fundamentalmente ciego a sí mismo, se trata entonces de remodelarlo desde arriba, de dirigirlo sin jamás informarle acerca de la estrategia que se le está aplicando y, por supuesto, sin jamás confiar en él. La construcción de «cadenas de equivalencias cada vez más extensas»9 entre «demandas sociales» heterogéneas permite que se constituya un pueblo a partir de la nada: al final de este recorrido, la hipótesis populista está llamada a reemplazar los términos «socialismo» y «emancipación», preferidos antes pero,ahora demasiado sustanciales y marcados históricamente.

El término populismo designa esta «cristalización de las diferentes demandas en torno a un común denominador».10 Implica la «división dicotómica de la sociedad en dos campos», uno de los cuales «se presenta a sí mismo como parte que reclama ser el todo»11 en virtud de esta definición estrictamente formal, separada de todo contenido definido, las miras políticas definidas por Laclau en sus últimas obras se hacen cada vez más evanescentes.

No obstante, en algunos pasajes, que son más bien raros, Laclau propone algunas pistas programáticas que impactan por su ambivalencia. Es así que entrevé el advenimiento de una «gestión social» sobre los escombros de toda «perspectiva objetivista».12 

Oponiéndose a cualquier forma de planificación económica, propone también combinar propiedad pública y propiedad privada, aun cuando este es justamente uno de los lugares comunes de las políticas neoliberales.13 En cuanto a la afirmación de la posibilidad de democratización inherente a las instituciones existentes, debe decirse que esta sustituye a cualquier análisis preciso de las funciones y de las mutaciones del Estado capitalista contemporáneo.

De esta forma, la política según Laclau se encuentra vaciada de su capacidad de ser elaborada como una alternativa global. Esta concepción retórica de la política representativa, que la perfecciona mucho más de lo que la supera, se acerca peligrosamente a los procedimientos de una lógica de marketing electoral pura, que propone una oferta adecuada a las «demandas» que surgen de un mercado específico, pero que es incapaz de hacerse con la estructura política que protege y regula marginalmente su propio funcionamiento libre, de acuerdo con la definición neoliberal del rol del Estado.

Si esta estrategia logró inscribirse con éxito en un contexto de crisis generalizada de la política, no tardó en fracasar a su vez, revelando su impotencia tanto para comprenderla como para superarla. Si puede suponerse que el eco que encontró en la izquierda fue sobre todo el resultado de su franca revalorización del antagonismo, al que sitúa nuevamente en el corazón de la política, no es menos cierto que este éxito sigue siendo paradójico y está condenado a ser efímero, en la medida en que Laclau no dice nada del capitalismo contemporáneo, de su crisis, de la financiarización de la economía, de la descomposición de la democracia, de las desigualdades y el autoritarismo crecientes, de la destrucción del medioambiente, etc.

Dadas sus distintas instrumentalizaciones, ¿no han quedado un poco obsoletas las alternativas de este tipo, que reducen el discurso teórico a una posición puramente ornamental, para ponerlo al servicio de organizaciones centradas exclusivamente en la disputa electoral? Si estos usos están lejos de las ambiciones iniciales de Laclau, lo están todavía más de los desafíos urgentes que impone capitalismo del desastre actual. 

Referencias

Todas las referencias se encuentran en los libros:

Ernesto Laclau, Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo, S. XXI, México, 1980, p. 121 107-109. 3.  Ibíd., p. 123.  

Ernesto Laclau, Los fundamentos retóricos de la sociedad, Buenos Aires, 2014, p. 90. Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones, op. cit., pp. 196-197

Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones, op. cit., p. 239. 10.  Ernesto Laclau, 

La razón populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 108. 11.  Ibíd., p. 110. 12.  Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones, op. cit., p. 71. 13

Isabelle Garo, filósofa marxista francesa