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Escenas de guerra de clases a escala global: se acabó la gallina financiera de los huevos de oro

Fuentes: Sin Permiso

El pasado viernes, 24 de octubre, la libra esterlina cayó hasta $1,58 (una caída desde un valor de $1,73 a principios de semana, una caída enorme para un tipo de cambio de divisa), y el euro se hundió hasta $1,26 mientras el Yen Japonés se elevaba un 10%. Estos cambios amenazaron con perturbar el desarrollo […]

El pasado viernes, 24 de octubre, la libra esterlina cayó hasta $1,58 (una caída desde un valor de $1,73 a principios de semana, una caída enorme para un tipo de cambio de divisa), y el euro se hundió hasta $1,26 mientras el Yen Japonés se elevaba un 10%. Estos cambios amenazaron con perturbar el desarrollo de los mercados de exportaciones y de ahí los esquemas de las ventas industriales. Las bolsas extranjeras cayeron entre el 5% y el 9%, y hubo negociaciones para cerrar Wall Street si el Dow Jones caía más de 1000 puntos. La actividad previa a la apertura vio como el índice del «Dow Jones Industrial Average» cayó hasta el límite máximo de los 550 puntos (en gran parte por las ventas extranjeras), antes de remontar hasta perder «solamente» 312 puntos mientras el dólar se revalorizaba frente a las divisas europeas.

La confusión que creó la cotización monetaria y la caída de la bolsa fue un típico caso de pollos volviendo a casa a cobijarse de la política de guerra de clases iniciada por la industria europea y asiática y la reducción del mercado de consumo interior de la banca (es decir, de los niveles de vida de los trabajadores) en beneficio de la producción de la exportación hacia los Estados Unidos. La contradicción interna en esta guerra industrial y financiera parece ahora clara: la consecuencia de su éxito reduciendo los ingresos del trabajo es la asfixia del mercado interior de consumo de bienes. Ello perturba el desarrollo de la ley de Saw, el principio según el cual la «producción crea su propia demanda», basado en el supuesto de que los trabajadores serán y deberán ser pagados lo suficiente para que compren lo que producen.

Eso no ha sido así desde hace muchos años en Europa y Asia. Pero la producción ha sido capaz de continuar sin vacilaciones gracias a un deux ex machina internacional: el consumo en los Estados Unidos.

No significa eso que no exista una guerra de clases en los Estados Unidos. Efectivamente, los niveles de riqueza para la mayoría de los asalariados han caído en relación a la «edad de oro» desde finales de los setenta. Pero la economía norteamericana tenía su propio deus ex machina para aguantar el golpe: la inflación de los precios de los activos de Alan Greenspan que inundó a los bancos con crédito prestable a los compradores de viviendas y a los especuladores bursátiles. El aumento del precio de las viviendas era aplaudido como una «creación de riqueza» como si fueran un auténtico activo, como si recompensas en forma de dividendos aparecieran en las cuentas corrientes de todo el mundo.

Los compradores de casas era animados a usar el aumento marginal de su patrimonio, el aumento (temporal) de los precios del mercado de sus viviendas por encima de su deuda hipotecaria (permanente). Así, mientras el grueso del dinero de las hipotecas era usado para subir el precio de la propiedad inmobiliaria, alrededor de un cuarto del nuevo préstamo se usaba para el consumo de bienes. La deuda de las tarjetas de crédito también aumentó. Frente a una reducción de sus ingresos, los consumidores norteamericanos mantenían sus niveles de vida a través de un endeudamiento cada vez mayor.

Eso no podía durar mucho. Las burbujas de la deuda financiera no pueden durar más que algunos años, incluso cuando son mantenidas por una retroalimentada inflación de los precios de los activos a partir de los cuales los propietarios de casas y la empresa industrial toma prestado más y más dinero a costa del aumento de precio de su garantía. Pero una vez reventada la burbuja financiera, el juego terminó.

El juego terminó no solo para la economía norteamericana, sino también para las economías extranjeras que destinaron su producción industrial a servir el mercado de los Estados Unidos en lugar de satisfacer a sus propios mercados. Un frenazo industrial global amenaza, y seguirá haciéndolo hasta que se recompongan los mercados interiores extranjeros, lo contrario de la tendencia seguida por la generación de políticas neoliberales hostiles al mundo del trabajo.

Para entender las dinámicas que actúan, uno tiene que fijarse en la balanza de pagos, no tanto en la balanza comercial misma, sino más bien en la especulación monetaria, el préstamo internacional y el arbitraje que ha dominado los índices de cambio monetario durante las dos últimas décadas. Los índices de cambio monetarios ya no reflejan niveles de riqueza relativos; tampoco «paridades de poder de compra», ni tampoco el coste de la vida. Hoy reflejan, por un lado, el flujo de la absorción de crédito internacional allí donde los tipos de interés son bajos, y el de préstamo, allí donde el crédito es limitado, así como, por el otro, la cobertura del arbitraje y la especulación sobre la cotización de las divisas.

De esta forma la balanza de pagos y el valor de la divisa han sido «post-industrializados» igual que las economías nacionales. En lugar de promover el crecimiento industrial basado en un mercado interior próspero, los gobiernos de todo el mundo han perseguido una estrategia financiera «post-industrial» de «creación de riqueza».

La crisis del yen japonés: pagar por el «carry trade»

En ninguna otra parte este fenómeno se ha producido con más fuerza que en Japón, cuya economía ha permanecido inactiva desde el estallido de la burbuja en 1990. Desde entonces, y durante 17 años, el precio del suelo bajó, así como los precios bursátiles, y como consecuencia de ello, también la garantía que cubría los préstamos. Eso dejó rápidamente a los bancos japoneses en números rojos. La respuesta del Banco de Japón fue idear una manera de reconstruir sus balances, de encontrar un camino para salir de los préstamos intoxicados que anteriormente produjeron.

La política no fue la de resucitar el vacilante mercado interior en Japón o sus compañías industriales. Desde 1945 hasta 1985, los japoneses tenían un sistema bancario industrial modélico. Pero en 1985 los diplomáticos norteamericanos conminaron a Japón al suicidio. Enfurecidos por el importante éxito de la industria japonesa, los gobernantes americanos exigieron a su sumiso socio japonés que aumentara el tipo de cambio del yen -para hacer las propias exportaciones menos competitivas- y que, en su debido momento, inundara su propia economía con crédito -para reducir los tipos de interés-, permitiendo así a la Reserva Federal Norteamericana inundar el mercado estadounidense con suficiente crédito barato como para darle una pátina de prosperidad a la Administración Reagan. Esta política, anunciada en el llamado Acuerdo del Hotel Plaza de 1985, permitió al economista David Hale bromear sobre un Banco del Japón convertido en el distrito decimotercero de la Reserva Federal y en un Gobierno japonés trocado en Comité de reelección republicano.

Japón, así pues, inundó su economía con crédito, bajando los tipos de interés e hinchando la burbuja financiera más grande del mundo en los años ochenta. La bolsa también se disparó, reflejando el aumento de las ventas industriales y las ganancias japonesas. Pero tras el pinchazo de la burbuja el 31 de diciembre de 1989, las deudas hipotecarias y las reservas que los bancos japoneses tenían en sus reservas de capital se quedaron cortas para cubrir el pasivo. Para rescatar a los bancos, el gobierno japonés les animó a enrolarse en lo que se acabó llamando el carry trade: dar ofrecer libérrimamente crédito en yenes a instituciones financieras extranjeras a unos tipos de interés considerablemente bajos, permitiendo a dichos prestamistas convertirlo en otras divisas para comprar bonos y otros activos a un interés mayor. Si el mercado interior japonés carecía de prestatarios solventes, que presten a los extranjeros. Una nueva fuente de ingresos apareció para los bancos: en lugar de conceder créditos al mercado interior inmobiliario e industrial, los intereses bajos les permitían inundar a la economía mundial con más crédito. Lo que contribuyó a que las finanzas globales se llenaran de especuladores e intermediarios financieros que vieron la oportunidad de subirse a las ganancias del arbitraje.

Los tipos de interés para tomar créditos seguían altos en Japón. Tal y como me describió recientemente el veterano observador del Japón Richard Werner (autor de Príncipes del Yen), «mientras las pequeñas empresas japonesas iban siendo destruidas por la continuada negativa de los bancos a expandir el crédito (muchos presidentes de pequeñas empresas fueron destituidos por tener que vender un riñón con que subvenir a las exigencias de los tiburonescos acreedores que les asediaban), los especuladores extranjeros recibían grandes cantidades de fondos en yenes a un precio miserable». El negocio que amagaba tras la creación de este crédito consistía en que los exportadores japoneses recibían ayudas en la medida en que la conversión del yen en divisas extranjeras reducía el tipo de cambio. (El crédito en yenes era «suministrado» a los mercados globales de divisas, era gastado para comprar y, por consiguiente, empujaba al alza el precio de euros, dólares, libras esterlinas y otras divisas).

Así que el yen permaneció deprimido, ayudando a la ventas japonesas de bienes de consumo, mientras los tomadores de crédito extranjeros podían subirse a su propia ola inflacionaria del precio de los activos. Los especuladores podían tomar prestado a un tipo de interés bajo en Japón, convertir su deuda en divisa extranjera y prestarla a países desesperados en busca de crédito, como Islandia, a un tipo cercano al 15 por ciento.

Cientos de billones de dólares, euros y libras valorados en yenes era tomados en préstamo y debidamente convertidos en divisas extranjeras para dejarlos en préstamo, creando beneficios. Los árbitros hicieron billones de dólares actuando como intermediarios financieros generando ingresos gracias al margen abierto por el hiato entre el bajo cote de la compra de yenes y los altos tipos del cambio de divisas. Como escribió hace un año Ambrose Evans-Pritchard en el Financial Times, «el Banco de Japón mantuvo los tipos de interés a cero durante seis años, hasta Julio de 2006, para evitar la deflación. Incluso ahora, los tipos están solo al 0,5 por ciento. También inyectó alrededor de $12 billones en liquidez por la vía de imprimir mensualmente dinero destinado a la compra de bonos. El efecto neto ha sido una masiva fuga de dinero hacia la economía global. Enfrentados a un lastimoso rendimiento en casa, los fondos japoneses y las abuelitas ahorradoras mandaron sus ahorros al exterior. Bancos, hedge funds y la proverbial señora Watanabe [el ama de casa que llegó simbolizar al inversor individual japonés ávido de rendimientos; T.], todos eran capaces de tomar prestado por nada en Tokyo para no dejar escapar activos en el exterior. BNP Paribas calcula que este carry trade era de alrededor de $1,2 billones.

Todo ello dependía de la capacidad de los prestamistas para continuar cabalgando libremente. Ahora que el banquete ha terminado, el modelo postindustrial japonés rescatar del sector bancario vuelve a casa a cobijarse. Lo está haciendo de manera que pone claramente de manifiesto el inherente conflicto entre el capitalismo financiero y el capitalismo industrial. Mientras que la expansión industrial debe en teoría continuar (y puede continuar haciéndolo mientras los mercados estén en paz con la producción) las burbujas de la deuda terminan, normalmente de forma violenta como vemos hoy en día. Ahora que Islandia está en bancarrota, parece que Hungría seguirá su ejemplo.

En la medida en que los mercados globales de divisas no ofrecen ya las fáciles elecciones de la pasada década, el carry trade del yen se deteriora a la baja. Lo que trae consigo la reconversión en yenes de la divisa islandesa, del euro, de la libra y de otras divisas no japonesas a fin de satisfacer las deudas con a los bancos japoneses. Este reembolso, que entraña una reconversión al yen, está haciendo subir el precio de la moneda japonesa. Lo que amenaza con encarecer a las exportaciones japonesas en relación al dólar, al euro y a la libra. La semana pasada, Sony previó que sus ingresos caerían como consecuencia de ello, y otras compañías japonesas afrontan una reducción similar de sus ventas, no sólo por la subida del cambio yen/dólar, sino también por la desaceleración global resultante de dos décadas de políticas tan profinancieras y como hostiles al mundo del trabajo.

Evans-Pritchard acusó acertadamente a los bancos centrales del mundo de haber creado este desorden. «Fueron ellos (es decir , los gobiernos) quienes intervinieron de incontables y complejas maneras para rebajar el precio del crédito global hasta niveles distorsionaban que el comportamiento, como ha señalado en repetidas ocasiones el Banco Internacional de Pagos. Fijando un precio del dinero demasiado bajo, han estimulado el endeudamiento y penalizado el ahorro. Los mercados se han limitado a responder con su habitual exuberancia a esta señal distorsionadora. El capital privado estuvo tentado de lanzar una «opa» a un cambio de liquidez por deuda del 5,4 porque la deuda era extremadamente barata. El nivel de ahorro norteamericano se volvió negativo porque los tipos de interés se mantenían por debajo de la inflación». Más acertado habría sido hablar aquí de inflación del precio de los activos. Las ganancias de los estratos más altos de la pirámide económica trajeron consigo la polarizaron de las economías. Lo que quedó para la base que representa el 90% fueron deudas, no ganancias fundadas en el aumento del precio de los activos a partir de dinero fácil.

Los de abajo financian a la economía norteamericana del goteo

La subida del yen y la caída del cambio de las divisas internacionales son el resultado de deshacer la estrategia japonesa del carry trade para rescatar a sus bancos. La industria japonesa pagará la factura. Y a pesar de la caída de la libra y del euro, la política europea de reforzar las exportaciones hacia el mercado norteamericano, en vez de robustecer el poder de compra de sus propios trabajadores en el mercado interno, parece errónea a la vista de la inminente desaceleración económica esperada. El gasto en consumo en los EEUU y los niveles de vida caerán (y parece que de forma veloz) para financiar la economía de «goteo» o «derrame» procedente de los de arriba. La actual política del Tesoro es la de rescatar a los acreedores, no a los deudores. Los bancos están siendo salvados, pero no la industria norteamericana, y en ningún caso los sueldos y el consumo americano. En lugar de establecer un gasto deficitario keynesiano con objeto de incrementar el empleo (con inversión pública en bienes y servicios, infraestructuras y pagos en transferencias), el Tesoro y la Reserva Federal están concediendo dinero a los bancos para que éstos se compren entre sí, consolidando en EEUU un sistema financiero de estilo europeo, concentrado tan sólo en algunos grandes bancos. Por esta vía, el sistema financiero se monopolizará y creará grandes grupos, derrumbando dos siglos de política económica destinada a prevenir el dominio financiero de la economía.

Pero es evidente que ninguna cantidad de dinero concedido a los bancos «goteará» o se «derramará» hacia abajo. Lo que, en cambio, se producirá es la transferencia hacia arriba más importante de dinero de los últimos setenta años. La política de dar dinero a los sectores más ricos (hoy en día, el sector financiero) convierte a la economía del goteo en un eufemismo debido a la concentración de riqueza. Se pretende que la economía norteamericana necesita de un sector financiero y de una propiedad saludables para que la economía «real» vuelva a «despegar». Pero un sector financiero más fuerte vendiendo más deuda al conjunto de la economía amenaza resultar disuasorio para la recuperación, para no hablar de un nuevo despegue.

Previendo el inminente encogimiento del mercado norteamericano, prestamistas e inversores están vendiendo masivamente sus acciones a un precio más bajo, y no sólo las de compañías norteamericanas, sino también acciones en sectores de exportación europeos y asiáticos. Esta es la contradicción interna de la operación actual de rescate financiero. Las finanzas por sí mismas no pueden sobrevivir al lado de una economía real asfixiada.

Así que el mundo debería estar en un momento de inflexión ideológica. Pero la última cosa que la oligarquía europea quiere ver son mayores niveles de ingreso en el mundo del trabajo. Tampoco la clase financiera americana. Europa y Asia orientaron su fe hacia el mercado de consumo norteamericano, descuidando el propio. Al sector financiero le pareció atractivo el sistema mientras el consumo fuera financiado a través de la deuda, no a través del aumento de los salarios o de la reducción de impuestos al trabajo. Los dirigentes políticos e industriales en todo el mundo han sido tan hostiles al trabajo, que nadie piensa ya en una recuperación de los niveles de vida nacionales a través de un aumento de los salarios y de un cambio en las cargas fiscales soportadas actualmente por el trabajo y la industria en beneficio de la propiedad, en un cambio que reviviera el espíritu de las tradicionales políticas fiscales progresivas.

Razón por la cual es imposible volver a un pasado considerado como una suerte de condición natural que pudiera ser recuperada. Cuando Alan Greenspan inundó el mercado hipotecario con crédito, los propietarios de viviendas tomaban prestado con garantía sobre el aumento del precio de la vivienda como si sus casas fueran huchas. La diferencia, sin embargo, es que cuando uno hace un retiro de una cuenta bancaria hay menos dinero en ella, pero no hay deuda de por medio que absorba los ingresos futuros en forma de programas de refinanciación. Los préstamos hipotecarios han dejado una deuda residual que ahora ha trocado en quiebra técnica (1) de muchos hogares y en préstamos sin satisfacer. Eso dejará menos margen para el consumo: el gasto en consumo caerá porque, en primer lugar, no hay más acceso al crédito hipotecario fácil o al crédito de las tarjetas de crédito; en segundo lugar, a causa de la deflación de la deuda, en la medida en que los consumidores tienen que devolver préstamos anteriores, lo que reduce otras formas de gasto; y en tercer y último lugar, porque la menor actividad económica y la pérdida de puestos de trabajo conllevan una caída en los ingresos salariales.

Niveles más bajos de consumo significan menos ventas para los industriales norteamericanos y extranjeros, especialmente en aquellos en países cuya divisa aumenta en relación al dólar (por ejemplo, Japón). Menores ventas significan menos ingresos, lo que significa menores precios de las acciones en los mercados de valores. Y en los propios mercados de valores, la razón precio/ingresos cae a medida que el crédito que alimentaba la especulación financiera a través de los fondos hedge y otras especulaciones se reduce. Así que la combinación de la caída de la razón precio/ingresos con ingresos decrecientes significa la disminución del denominador (ingresos) que hay que multiplicar por los precios (ingresos capitalizados al tipo de interés del momento).

Las caídas de los precios bursátiles están reduciendo la cobertura de los fondos de pensión (así como cuentas personales de jubilación), necesitando mayores cantidades en reserva para financiar dichas cuentas. En la perspectiva de la reducción del crédito bancario, ello reducirá el nuevo gasto empresarial en infraestructura, ralentizando la economía.

Mientras los exportadores extranjeros se despiertan bruscamente del sueño de la demanda americana, ¿cuándo llegará el momento en el que Asia y Europa intenten reconstruir su propio mercado interior de consumo como alternativa? El primer problema es el de superar el sesgo ideológico doctrinalmente imperante en los bancos centrales en un mundo como el presente, en el que los políticos han renunciado a la política económica en favor de banqueros entrenados en la Escuela Financiera de Chicago para librar una guerra contra el mundo del trabajo, y aun contra la industria. Sería mucho, probablemente, esperar de los gestores del Banco Central Europeo de hoy y de sus compadres de la alta gestión económica ejecutiva que cambien su ideología neoliberal hostil al trabajo; sería demasiado esperar de ellos que se percaten de que, sin un próspero mercado interior, sus propias compañías industriales languidecerán. La solución sólo puede venir de un revitalizado movimiento político que represente los intereses del trabajo y aun de los propios industriales conscientes de la necesidad de reconstruir los mercados interiores.

NOTA T.: (1) La «negative equity» se traduce aquí por «quiebra técnica» por ser la única voz del léxico económico con tradición castellana que se acerca al significado original en inglés. Pero la locución inglesa es propiamente intraducible, a causa de las diferencias legislativas. Mientras que cuando en los EEUU se deja de pagar una hipoteca lo único que puede hacer la institución financiera acreedora es subastar el bien inmobiliario y quedarse con el dinero de la subasta, en la legislación hispánica, si el dinero conseguido en la subasta no basta para cubrir la hipoteca, la institución financiera puede proceder al embargo de otros bienes del deudor -incluida la nómina-, hasta cubrir el total de lo adeudado. «Negative equitiy» es la situación que se produce cuando el precio del inmueble cae por debajo de la deuda hipotecaria: quien tiene entonces un problema es la institución financiera tenedora de los títulos hipotecarios. Mientras el deudor norteamericano en situación de «negative equity» tiene abierta la posibilidad de soltar el bien inmobiliario de consuno con la hipoteca, los deudores europeos e hispánico se hallan, en cambio, en situación de «quiebra técnica»: deben más de lo que vale el bien por el que está endeudado y no tienen otra salida que seguir satisfaciendo esa deuda.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ernest Urtasun Domènech