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Estados Unidos: gasto militar y ciclo económico

Fuentes: La Jornada

Después de la Segunda Guerra Mundial el presupuesto asignado a la defensa, incluida ahora la seguridad interna, ha tenido un papel relevante el la dinámica de la economía estadunidense. Con ello se afecta la situación fiscal y se vinculan los llamados déficit gemelos que incluyen al sector externo. Las repercusiones de estos desequilibrios son de carácter global.

El gasto militar ha desempeñado una función de primera importancia en la economía de Estados Unidos al menos desde la Segunda Guerra Mundial. En cada uno de los grandes ciclos de expansión ocurridos después de la Gran Depresión de los años 1930, el componente militar del gasto público fue un factor impulsor del producto y del empleo. La única excepción a esta regla ocurrió en los años 90, cuando el crecimiento que se asoció al despliegue de la llamada nueva economía fue determinado por el gasto de inversión, la innovación tecnológica y el gasto de consumo de las familias, cuya ampliación provino del «efecto riqueza», producido por la efervescencia (exuberancia irracional, la llamó Alan Greenspan) del mercado bursátil.

Pero el gasto militar también ha sido fuente de tensiones y desequilibrios, que en momentos específicos, contribuyeron a reforzar la configuración de cuadros económicos y financieros críticos. En los años 60, que registraron la expansión más prolongada de los últimos siete decenios, el dinamismo del producto y el empleo alcanzó uno de sus máximos niveles históricos como resultado del gasto creciente producido por la escalada de la guerra de Vietnam, cuyo desenlace fue una humillante derrota. Pero los saldos de esta guerra no sólo fueron negativos desde el punto de vista militar. Al haberse financiado parte del esfuerzo bélico con títulos de deuda de la Reserva Federal, la guerra contribuyó en una medida elevada a la inestabilidad financiera y monetaria que padeció Estados Unidos ­y, desde este país, la economía internacional­ durante los años 70, la década del estancamiento con inflación.

En los años 80, cuando Estados Unidos y Gran Bretaña instauraron un régimen de política internacional orientado a liberalizar las fuerzas del mercado que habría de difundirse internacionalmente con suma rapidez, el gobierno del presidente Ronald Reagan puso en marcha su proyecto de la Guerra de las Galaxias, el último gran suspiro bélico de la guerra fría. El impresionante incremento del gasto militar que ello supuso ­junto con una serie de rebajas tributarias­ fue decisivo para sacar a la economía de la recesión de 1981-82.

En los años 90, Bill Clinton fijó como una de sus prioridades económicas la eliminación del desequilibrio fiscal, para lo cual hubo de construir un amplio consenso político en el Congreso. Al final de su segundo periodo de gobierno la economía registraba un prolongado ciclo de expansión ­el segundo más largo del siglo XX­, además de gozar de una holgada situación presupuestaria. Por primera vez en más de medio siglo Estados Unidos observaba un ciclo completo de intenso crecimiento económico sin expansión del gasto militar y, lo que era más notable, con un superávit presupuestario que en el año fiscal de 2000 representaba un monto equivalente a 2.4 por ciento del PIB, y sobre cuya vigencia muy pocos habrían apostado algunos años antes.

El ascenso de George W. Bush a la presidencia se acompañó de un cambio de ciclo de la economía. La recesión iniciada en 2001 fue de corta intensidad y para evitar el riesgo de un colapso de la producción y el empleo, el gobierno puso en práctica una política de exenciones tributarias con un abierto sesgo favorable a los sectores de mayor ingreso.

Después de los atentados del 11 de septiembre los estímulos fiscales incluyeron una fuerte y ascendente inyección de gasto público, cuya expansión se concentra en el capítulo militar del presupuesto, incluido el gasto de seguridad interna. Los programas de combate al terrorismo y los frentes de guerra abiertos en Afganistán y sobre todo en Irak, son alimentados desde entonces por un flujo creciente de erogaciones federales que, junto con las rebajas impositivas y el menor crecimiento económico, generó un vuelco completo en la situación fiscal estadunidense. El balance presupuestario cayó a 1.3 por ciento del PIB en 2001, tornándose deficitario en los años siguientes: ­1.5 en 2002, ­3.5 en 2003 y ­3.6 en 2004. De acuerdo con las proyecciones de la Oficina del Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés), se anticipa que entre 2005 y 2009 este desequilibrio mantendrá un promedio de 4 por ciento en términos anuales.

El costo total de las operaciones militares emprendidas por Estados Unidos desde aquel 11 de septiembre es ya casi equivalente al de la guerra de Corea (1950-1953). En términos anuales, el gasto militar es hoy tan elevado como en la época de Ronald Reagan, y la previsión es que se incrementará. Según la CBO, si se mantiene el curso actual, los gastos de guerra podrían llegar a 600 mil millones de dólares hacia 2010. El acelerado ritmo de incremento que supone esta previsión para los próximos cinco años lo ilustra el que, en los últimos cuatro años fiscales, el Congreso estadunidense ha aprobado un total de 270 mil millones dólares para acciones militares. El Servicio de Investigaciones del Congreso estima que 70 por ciento de estos recursos se destinaron a la guerra de Irak, 22 a la de Afganistán y 8 por ciento restante al fortalecimiento de los programas de seguridad interna.

La propia experiencia estadunidense, la actual y la de conflictos anteriores, demuestra que es imposible prever las demandas financieras de la guerra. Esto se refleja en el proceso de asignación de los recursos para el presupuesto de defensa, cuyo monto original ha debido incrementarse con frecuencia durante estos años. En el presupuesto fiscal de 2005 este capítulo del gasto federal recibió 82 mil millones de dólares. Sin embrago, la CBO considera que las operaciones en Irak y Afganistán y los programas de combate al terrorismo generarán erogaciones adicionales por unos 30 mil millones de dólares sólo durante el presente ejercicio fiscal. Esta suma equivale a 11 por ciento del gasto militar total autorizado desde 2002.

El gasto militar está cumpliendo con una función primordial de soporte de la demanda agregada de la economía estadunidense. Sus efectos multiplicadores han contribuido durante estos años a sostener el ritmo de crecimiento del producto y del empleo. Sin embrago, su impacto directo en la degradación fiscal de Estados Unidos, junto a las imprevisibles exigencias de los conflictos bélicos, siembra el futuro de un fuerte potencial de inestabilidad monetaria y financiera. La experiencia histórica sugiere que coyunturas como la presente desembocan de manera inevitable en costosos procesos de ajuste. Y ya se sabe: cuando Estados Unidos estornuda…