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Estereotipos

Fuentes: Rebelión

Sucede que un cielo estrellado no es lo mismo para un astrónomo que para una pareja de amantes. Nuestras opiniones no son más que experiencias parciales vistas a través de nuestros estereotipos. Definimos primero y luego percibimos… Los análisis de Walter Lippmann, sorprendentemente realizados en el año 1922 en su libro «La opinión pública», son […]

Sucede que un cielo estrellado no es lo mismo para un astrónomo que para una pareja de amantes. Nuestras opiniones no son más que experiencias parciales vistas a través de nuestros estereotipos. Definimos primero y luego percibimos…

Los análisis de Walter Lippmann, sorprendentemente realizados en el año 1922 en su libro «La opinión pública», son de una absoluta vigencia. Se transparenta en ellos la voluntad, casi el deber, de entrecomillar y cuestionar todas las verdades, la máscara de la realidad. Los entresijos mismos de la democracia.

«El Gobierno crea un foro empresarial para defender intereses en Latinoamérica» -leemos hace pocos días en El País-, un Foro del que supuestamente formarán parte varios ministerios y las multinacionales españolas. Y casi de inmediato nos asalta la rotunda indefinición de estas letras. ¿Acaso hay algo más inconcreto y parcial que la palabra «intereses»?. ¿Los intereses de quién o quiénes?

La ausencia de adjetivo tiene trasunto ideológico. Parece que en un ejercicio de justificado patriotismo se persiguiera la protección de los intereses españoles más allá de nuestras fronteras. Por supuesto, frente a los de otros países y gentes con las que al parecer no tenemos casi nada en común, salvo el idioma de las telenovelas.

Sin embargo, los intereses defendidos no guardan relación con lo nacional o estatal, con el patrimonio común. Con lo de todos y para todos. Las multinacionales y su capital, por obvia definición, están, y van, allá dónde más beneficios obtienen. Mejor titular, entonces, que «El Gobierno crea un foro para defender intereses empresariales en Latinoamérica». Son las mismas letras, ocupa el mismo espacio de la página en blanco, y se ajusta mucho más al poliedro de los hechos.

De hecho, si se le trasladaran al lector algunos elementos más, tendríamos casi que decir: «A las multinacionales españolas unos beneficios que superan el cinco por ciento en sólo nueve meses no les parecen suficientes, por ello quieren subir las tarifas de los servicios públicos con la ayuda del Gobierno español, que se encargaría de presionar a los dirigentes latinoamericanos para que acepten los incrementos».

En Argentina, las grandes empresas transnacionales de telecomunicaciones, banca, electricidad, petróleo y construcción, han encontrado un hueso duro de roer en Néstor Kirchner, un presidente batallador que ha puesto freno al continuo aumento de las facturas de los servicios públicos. Quizás precisamente por eso, porque son públicos, esenciales.

De su cobertura se encargaba el Estado, pero en los años noventa se privatizaron «perversamente», en palabras del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

En sólo diez años las tarifas han subido un 25 por ciento.

¿Qué intereses defiende Kirchner? ¿Los del usuario de telefonía o gas de Buenos Aires que no gana para pagar las facturas y teme que le corten la luz o el teléfono o los del poderoso presidente de la multinacional X con DNI español?

¿Y a nosotros quién nos queda más cercano?

El capitalismo disuelve el amor y nos convierte a todos en mercancía. Lo dijo la semana pasada un catedrático de Psicología de Granada. Intenta sustituir lo que nos une, lo común y lo humano, que casi siempre es mucho y más, por lo que nos separa, por la diferencia. Nos intenta desvalijar el alma, diría yo.

En este caso se viste con el disfraz de la nacionalidad como distingo, el viva españa como grito de guerra para defender la injusticia y el saqueo crónico del sur. Nos queda ser conscientes y no dejarnos erosionar por las trampas del lenguaje, los estereotipos y las herencias.