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Una vida admirable y ejemplar

Eva

Fuentes: InSurGente

El conocido dicho de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, además de machista, es totalmente falso. Una gran mujer no cabe detrás de un hombre, por grande que este sea. Cuando un gran hombre y una gran mujer van juntos, solo pueden ir el uno al lado de la otra, codo […]

El conocido dicho de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, además de machista, es totalmente falso. Una gran mujer no cabe detrás de un hombre, por grande que este sea. Cuando un gran hombre y una gran mujer van juntos, solo pueden ir el uno al lado de la otra, codo con codo, compartiendo en pie de igualdad una empresa tan grande como ellos. Y cuando el hombre y la mujer que van juntos son los más grandes, ética e intelectualmente hablando, esa empresa común solo puede ser la empresa suprema: la insobornable lucha por un mundo más justo y más libre, por una sociedad equitativa y fraterna; la lucha revolucionaria, en una palabra.

Es casi innecesario señalar, tan excepcional es su caso, que escribo estas líneas pensando en Alfonso Sastre y Eva Forest.

Pocos días antes de morir, Eva me dijo, literalmente, que estaba en el mejor momento de su vida. Que una persona de ochenta años, en pleno uso de sus facultades, pueda decir algo así, es el balance más positivo y alentador que cabe hacer de toda una vida de lucha, así como el argumento más contundente a favor de esa misma lucha, una lucha que fortalece sin cesar a quienes perseveran en ella y los hace crecer cada día. «Claro que estás en el mejor momento de tu vida, Eva -le dije–, puesto que este momento es el resultado de todos los anteriores: estás mejor cada día porque cada día eres mejor».

Qué vida tan envidiable, la de Eva Forest. La compartió con el mejor de los hombres, a la vez que contribuía de forma decisiva a hacer de él el mejor de los hombres, en la misma medida en la que él contribuyó a hacer de ella la mejor de las mujeres, la mejor de las personas. Es habitual (casi preceptivo), en las honras fúnebres, incurrir en todo tipo de excesos; pero he dicho tantas veces que Eva era la mejor persona que jamás he conocido, que ahora puedo repetirlo sin temor a exagerar bajo los efectos de un dolor insoportable. En ninguna persona (y he tenido la suerte de conocer a no pocas personas excelentes) he visto una tan alta suma (o producto, mejor dicho, pues son cualidades que se potencian mutuamente) de inteligencia, generosidad, valentía y honradez. En ninguna persona he visto tanta energía y tanto entusiasmo al servicio de esas cualidades.

Qué vida tan admirable y tan ejemplar, tan auténtica y tan plena. Se lamentaba a veces Eva de no tener tiempo para escribir. «No tienes tiempo para escribir -le decía yo riendo, pero totalmente en serio– porque tienes cosas demasiado importantes que hacer». Y sería interminable la lista de las cosas importantes que Eva tenía que hacer e hizo como nadie. Vivió en primera persona los comienzos de la revolución cubana y los de la revolución bolivariana de Venezuela, y las apoyó en todo momento y de todas las formas imaginables. Con su ejemplo y sus escritos (pues a pesar de no tener tiempo para escribir nos ha legado textos imprescindibles), fue la gran abanderada de la lucha contra la tortura, el gran referente moral y político de quienes vemos en esa forma extrema de terrorismo de Estado la clave y el repugnante emblema del criptofascismo que intentan vendernos como democracia. Comprendió desde el principio (y fue consecuente con ello hasta el final) que la lucha del pueblo vasco por su autodeterminación es el principal frente europeo de la batalla del socialismo contra la barbarie neoliberal (es decir, contra el imperialismo, es decir, contra el capitalismo). Sufrió la persecución de la derecha y de la seudoizquierda, la del franquismo más brutal y la de sus herederos vergonzantes, los hijos de la «transición», y convirtió esta larga y terrible afrenta en una lección excepcional (casi única) de dignidad y de coherencia política, para ejemplo de todos y escarnio de lacayos. Creó y sacó adelante una editorial -Hiru– que se ha convertido en referente indispensable de la izquierda mundial y que por sí sola bastaría para justificar toda una vida, más de una vida. Y además tuvo tiempo (a base de no dormir, como Leonardo da Vinci, tal vez el único hombre de la historia que habría podido aguantar su ritmo, su infatigable «marcha») de ser la mejor de las madres, la mejor de las abuelas y la mejor de las amigas… No tenía tiempo de escribir porque, como diría Oscar Wilde, hizo de su propia vida su obra de arte. Una obra maestra en el más literal sentido del término, puesto que ha sido y seguirá siendo continuo motivo de aprendizaje y de superación para quienes tuvimos el privilegio de conocerla.

Descansa en paz, Eva, que quienes hemos sido bendecidos con tu amistad y tu ejemplo no descansaremos hasta alcanzar esa victoria de la que, gracias a ti, hoy estamos un poco más cerca.

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