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A propósito del secuestro en Irak de Giuliana Sgrena, periodista de Il Manifesto

Giuliana y El país de los ciegos

Fuentes: Rebelión

Y por fin había dejado de importarles todo lo que hubiera más allá de las laderas de piedra que se elevaban al otro lado de la muralla que los rodeaba. H.G. WELLS, El país de los ciegos. «No vayáis a Irak». Así comenzaba Giuliana Sgrena un artículo titulado «Florence y los demás»: recogiendo la advertencia […]

Y por fin había dejado de importarles todo lo que hubiera más allá de las laderas de piedra que se elevaban al otro lado de la muralla que los rodeaba.

H.G. WELLS, El país de los ciegos.

«No vayáis a Irak». Así comenzaba Giuliana Sgrena un artículo titulado «Florence y los demás»: recogiendo la advertencia de Chirac y del ministro de AA.EE italiano Gianfranco Fini. Pero Giuliana y otros como ella creen que la información es el mejor remedio contra la ceguera. Son gente que no puede hacer la vista gorda y arriesga con tal de cumplir un doble deber: el profesional de informar y el humano de tener los ojos bien abiertos.

En plena euforia postelectoral iraquí, de la que el artículo de Vargas Llosa «Domingo en Irak» (El País, 6-2-05) es un flash palmario, el secuestro de Giuliana Sgrena, periodista italiana de Il Manifesto, pone a la vista dos asuntos imposibles de oscurar: la imposibilidad de informar libremente en Irak, y la antinomia política italiana respecto a esta guerra.

Según Reporteros sin fronteras, el número de periodistas muertos en Irak desde el comienzo de la guerra asciende a 46. Desde el principio de la guerra se han producido más de 140 secuestros, los periodistas raptados son más de 25[1]. Florence Aubenas (Libération) y su intérprete permanecen secuestrados desde hace 32 días; Al Jazeera lleva prohibida en Irak más de cuatro meses… Cuando la preservación de la incolumidad personal reduce los espacios del periodismo al hotel, Giuliana Sgrena sigue haciendo periodismo a pie de calle, inconformista ante el «negroblanco» oficial, amante de los ocres, pardos y grises de la cruda realidad; informa sobre los juegos ocultos de unas elecciones que sus entrevistados no interpretan como una derrota del terrorismo sino como una lucha contra la ocupación, hace oír la voz de mujeres y niños, denuncia la falta de información libre a propósito de la masacre de Faluya, se rebela contra el adjetivo «humanitaria» referido a la misión italiana en Irak… Hasta el momento de su secuestro, que se produce cuando se está documentando sobre prófugos de Faluya acampados en una mezquita de Bagdad. Al parecer, lo mismo que estaba investigando la Aubenas.

A Giuliana le da tiempo de llamar a una colega. De ahí en adelante una espesa nube de misterio envuelve las cuestiones básicas: quién y por qué la ha raptado. Consta a los ulemas suníes el compromiso de Giuliana en contra de la ocupación ilegal de Irak; Al Zarkawi se lava las manos; la resistencia de Faluya se manifiesta muy enfadada por el secuestro; Condoleeza Rice transmite su solidaridad a la familia de Giuliana y asegura la colaboración estadounidense, y el Gobierno italiano se inclina por la teoría de una banda de delincuentes comunes, hipótesis que no convence a los colegas de Giuliana de Il manifesto, que señalan varias incógnitas gravitando en la espera: ¿quién conduce los interrogatorios: la policía iraquí, los estadounidenses o los italianos?, ¿acaso el tiroteo de los guardias de la universidad con los secuestradores no tiene mucho de pantomima?[2] Robert Fisk[3] entrevistó a Tahseen Hassan, marido de la desaparecida Margaret Hassan, otra mujer contra la ocupación. Seguro de que no habían sido los resistentes, Hassan se preguntaba: ¿quién está detrás de todo esto? ¿Quid iuvat? Nadie ve claro. Esa es la función de los secuestros: cegar el entendimiento, de modo que, para quien quiere seguir distinguiendo colores, para quien no se somete a la ciega obediencia, sólo quede la posibilidad de, a tientas, o en braile contar lo que da en los ojos, como Naomi Klein y Jeremy Scahill en su artículo «¿Quién secuestró a Simona Torretta?» [4]. Sea quien sea quien ha secuestrado a Sgrena, clarifica[5] Giulietto Chiesa, lo ha hecho con un oportunismo altamente significativo. «Arrecia -dice Chiesa- un tsunami propagandístico proyectado para demoler las últimas resistencias a la guerra, en la que participan prácticamente los principales medios de comunicación y todas las televisiones».

Nublada la visión, Lucrecio[6] nos alumbra a propósito de los movimientos de la vista diciendo: que desde la tiniebla miramos lo que está a la luz y conseguimos verlo; que hacer lo contrario no podemos; y que cualquier cosa que tenga un brillo vivo abrasa los ojos[7].

Estamos doblemente ciegos: por un lado, ciegos de oscuridad y de misterios, ciegos de plasma o tubo catódico por otro. Ciegos de democracia y libertad en Irak. Ahora bien, el sol puede eclipsarse, pero no podemos ofuscarlo. El artículo 11 de la Constitución italiana dice que Italia «repudia» la guerra, de ahí que la intervención italiana en la guerra hubiera de ser camuflada como «ayuda humanitaria». La crudeza de la guerra personificada en el vigésimo sexto fallecido italiano hizo exclamar al presidente de la comisión de AA. EE. del Parlamento[8]: «Basta con la hipocresía de la intervención humanitaria. (…) Tuvimos que enmascarar la operación Antigua Babilonia como humanitaria porque, de lo contrario, el Quirinal [sede de la Presidencia de la República] no habría dado nunca vía libre». Resulta que no sólo se enviaba a los soldados a la guerra, sino que se les enviaba mal armados. Solución: enviar a petición del Estado Mayor de la Defensa helicópteros de combate «Mangusta».

Para terminar, repitamos con Lucrecio: desde la luz no se ve en las tinieblas, como demuestran no sólo los secuestros sino abundantes episodios de la guerra de Irak; ante objetos demasiado brillantes -el tsunami mediático- conviene apartar la vista, para así aguzarla; finalmente, si miramos desde las tinieblas a la luz, vemos, por lo que hay que alabar y proteger la labor de personas como Giuliana Sgrena, Florence Aubenas o Hussein Hanun Al Saadi, águilas en su oficio, que nos ayudan a hacerlo.

Confiemos en que la izquierda, viendo de ser coherente en el voto de la refinanciación de la misión italiana en Irak, rinda honores, con hechos más que con palabras, a esas especies de águila o de lince en vías de extinción de las que Giuliana, Florence o Hussein son magníficos ejemplares, evitando así que los que aún ven, vayan perdiendo la vista de forma tan gradual que apenas noten su pérdida. Como ocurrió en El país de los ciegos.

N.B.: Más información sobre Faluya en estas páginas.

http://www.rebelion.org/mostrar.php?id=Faluya&inicio=0&tipo=3



[2] Alessandro Mantovani, «Tres días de misterios», Il manifesto, 7-2-05.

[4] La Jornada, 19-9-04

[6] De rerum natura, Libro IV, 299-352.

[7] Berlusconi, un tuerto en el país de los ciegos, confesó el otro día que si conseguía «ofuscar» el Congreso de los DS con la reunión de su comité nacional, habría conseguido un buen resultado. La Repubblica, 3-2-05