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Ciento cincuenta años después (I)

Hamburgo, septiembre de 1867. Primera edición de El Capital de Karl Marx (1818-1883), la obra de una vida.

Fuentes: Rebelión

Para toda ciencia vale que lo más difícil es empezar. Por eso la dificultad mayor será la comprensión del primer capítulo, particularmente de la sección que contiene el análisis de la mercancía. Por lo que hace, más detalladamente, al análisis de la substancia y la magnitud del valor, lo he popularizado todo lo posible. La […]


Para toda ciencia vale que lo más difícil es empezar. Por eso la dificultad mayor será la comprensión del primer capítulo, particularmente de la sección que contiene el análisis de la mercancía. Por lo que hace, más detalladamente, al análisis de la substancia y la magnitud del valor, lo he popularizado todo lo posible. La forma valor, cuya figura consumada es la forma dinero, tiene muy poco contenido y es sencilla. A pesar de ello, el espíritu humano ha intentado en vano dede hace más de 2.000 años escrutarla en su profundidad, mientras que, en cambio se lograba al menos aproximadamente el análisis de otras formas más llenas de contenido y más complicadas. ¿Por qué? Porque el cuerpo ya formado es más fácil de estudiar que las células del cuerpo. Además de lo cual, en el análisis de la formas económicas no pueden prestar ayuda ni el microscopio ni los reactivos químicos. La fuerza de abstracción tiene que substituir a ambos. Pero para la sociedad burguesa la forma económica celular es la forma mercancía del producto del trabajo, o forma valor de la mercancía. El análisis de ésta le parece a la persona no instruida un dar vueltas por meras sutilezas. Y sin duda se trata de sutilezas, pero sólo en el sentido en que también se trata de ellas en la anatomía microscópica.  

Así, pues, con excepción de la sección sobre la forma valor, no se podrá acusar a este libro de ser difícil de comprender. Presupongo, naturalmente, lectores que quieran aprender algo nuevo y por lo tanto, pensar también por ellos mismos.

Karl Marx, prólogo de la primera edición de El Capital [1]

 

Me río de los llamados hombres «prácticos» y de su sabiduría. Si uno quisiera ser un buey, podría evidentemente dar la espalda a los sufrimientos de la humanidad y cuidar de su propio pellejo.

Karl Marx, 1867