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José Dirceu y el poder tras bambalinas en Brasil

Fuentes: Rebelión

Como profesor, trabajé durante diez años en una escuela de la periferia de Belo Horizonte, capital de Minas Gerais. En ella hice amigos con los cuales desarrollamos proyectos político-pedagógicos marcados por la siguiente premisa: si un alumno pobre no sabe, con claridad, los motivos históricos concretos que condenaron al abandono la vida de sus familias, […]

Como profesor, trabajé durante diez años en una escuela de la periferia de Belo Horizonte, capital de Minas Gerais. En ella hice amigos con los cuales desarrollamos proyectos político-pedagógicos marcados por la siguiente premisa: si un alumno pobre no sabe, con claridad, los motivos históricos concretos que condenaron al abandono la vida de sus familias, por tanto, ellos mismos no estarán en condiciones de producir aprendizaje significativo y libertario, apto para desmitificar la trama ideológica de una civilización que hizo de todo para naturalizar la pobreza, como si fuese una cuestión de fatalidad o de castigo o de prejuicio, falta de inteligencia, de raza inferior. 

Si las capas medias de una población, en razón del capital, pueden ser comparadas a un péndulo que, de acuerdo con las circunstancias históricas, a veces se inclina hacia la gente sencilla, a veces hacia la oligarquia, deberíamos saber que el principal objetivo de la dictadura brasileña (1964-1985), meticulosamente planeado por Estados Unidos, era el siguiente: producir un «matrimonio feliz» entre las clases medias y la oligarquia nacional, socio devoto y sumiso del orden imperialista.

Objetivo casi plenamente cumplido.

Deberíamos saber también que la palabra de orden del neoliberalismo, privatización, era y es al mismo tiempo económica, social, epistémica, estética, individual. Deberíamos saber que, después del régimen militar, éramos más que nunca vulnerables a la tara neoliberal de gobiernos como el del ex presidente Fernando Henrique Cardoso.

Deberíamos saber que estábamos, en mayor o menor medida, divorciados los unos de los otros.

Deberíamos saber que el divorcio de todo con todo, nos condujo a privatizarnos aún más cuanto más buscábamos refugio en la imagen narcisista de nosotros mismos en la familia, en el trabajo, en el arte, en el amor.

Deberíamos saber que, en nombre de esos refugios, abandonábamos la escuela pública, colocando a nuestros iguales refugiados en escuelas privadas. Deberíamos saber que la misma situación ocurría en el ámbito de la salud, del bienestar, de la vivienda, del transporte.

Deberíamos saber que el refuerzo neoliberal del refugio supuestamente protegido de nuestros iguales en cuanto a clase y a sangre era sí, por más que dijésemos que no, para protegernos de la multitud de refugiados sin protección, sin cuidado, abandonada a su propia suerte, sin dinero para comprar salud, saber institucional, vivienda digna ni cuidados.

Deberíamos saber que las mayorías no privatizables, porque no hay dinero, eran y son los terroristas de nuestro supuestamente sagrado derecho al auto-exilio protegido por muros, cercas eléctricas, diversos sistemas de vigilancia y por la indiferencia, esa eficiente arma cínica de la hegemonia neoliberal.

Deberíamos saber, a su vez, que, con todo eso, teníamos y tenemos la ilusión de que somos cosmopolitas, ciudadanos del mundo, sin saber que volvíamos a los peores aspectos del Brasil colonia, con su siguiente estructura de clase: propietarios, grupos y esclavos.

Deberíamos saber que la única diferencia del Brasil neoliberal con relación al «liberal-colonial» de ayer es: hoy todos somos grupos de grupos de grupos de los verdaderos dueños del mundo, los banqueros, las multinacionales y sus armados estados protectores.

Deberíamos saber que la dominante cultura de grupos de grupos de grupos (propietarios, clases medias y esclavos) servía antes que nada para escamotear ideológicamente el carácter de clase (igualmente racista y sexista) de la cultura neoliberal todavia dominante en Brasil -y en el mundo.

Deberíamos saber, en fin, que estábamos en el ojo del huracán de una guerra planetaria entre clases y que, en ella, la tarifa de las corporaciones mediáticas era y es antes que nada la de vendernos el cuento de que la lucha de clases acabó, porque, como grupos de grupos de grupos, somos hermanos en Cristo en el deseo de comprar, insertados como estamos en el capitalismo mundial integrado y en su similar máquina planetaria de carnavalizar a los pueblos del planeta, a saber: la cultura de masas, ese libertinaje de todos nosotros que nos transforma en espectaculares seres replicantes del Coliseo Romano de la sociedad del espectáculo.

La dimensión neoliberal de grupos de grupos de grupos, suponiendo la no existencia de clases en disputa en el contexto productivo de una guerra civil planetaria, nos rindió a la religiosa lógica del ascenso económico, en el supuesto de que este sea el destino natural de todos; la única universalidad que nos interesa, relegando todo lo demás al plano del resentimiento, de lo anacrónico, de la ignorancia.

La transformación del mundo en disputa por ascenso económico entre grupos de grupos de grupos produjo dos consecuencias comportamentales igualmente nefastas: 1) una primera fundada en la lógica de que el grupo de la punta, por ser el más rico, es el que debemos seguir e imitar, referenciándonos en él; 2) una segunda marcada por la generalización de la tríada grupo de grupo de grupo, en todos los planos de la vida y también del poder, tendiente a, por ejemplo, formar extrañas asociaciones tácticas y estratégicas entre grupos, de conformidad con la correlación de fuerzas de ese o aquel contexto histórico.

Así el poder judicial podría ser al mismo tiempo grupo del poder mediático, que sería, a su vez, grupo del poder corporativo, a fin de sumar fuerzas para derrotar cualquier peligro de salirnos del eje grupo de grupo de grupo, siendo precisamente el poder corporativo como la punta de ese proceso suicida.

Fue precisamente en ese escenario marcado por un cinismo difuso, de igualdad anclada en el deseo de ascenso social, que el Partido de los Trabajadores (PT), comenzó a ganar elecciones municipales y estaduales, en los comienzos de la década de los 90 del siglo XX, hasta llegar a la presidencia de la República, con Lula, al final de 2002.

En esa época, vivia aún en Belo Horizonte, ciudad que hacía más de diez años venía siendo administrada por el PT. Los proyectos político-pedagógicos que desarrollábamos en la periferia de la ciudad eran totalmente ignorados por la administración peteísta que no tenía ya en aquella época la mínima condición de entender propuestas pedagógicas basadas en la laica confirmación de la existencia de lucha de clases, rendida como estaba ante la percepción neoliberal fundada en la lógica de los grupos de grupos de grupos.

Es por eso que la propuesta pedagógica de la administración peteísta, en lugar de asumir políticamente el motivo histórico de la exclusión social, prefirió el hipócrita discurso de la inclusión, término perfectamente coherente con la lógica general del auge económico que nos había capturado, pues incluir significaba y significa exactamente esto: el derecho universal a ascender, derecho, como lo sabemos, que jamás podría o podrá ser universal, residiendo así su inserción en una lógica cínica, hipócrita, aunque, muchas veces, bien intencionada.

Aun así, incluso ignorados, seguíamos desarrollando nuestro proyectos en la escuela, siempre en la jornada nocturna, en la que por tanto es posible concluir que nuestro público objetivo estaba constituído por trabajadores subempleados, desempleados, jóvenes, adultos y ancianos también.

Así continuamos, en el núcleo de las contradicciones, hasta que la alcaldía peteísta decidió cerrar el período nocturno de nuestra escuela, alegando que existían muchos profesores para pocos estudiantes, sin considerar la realidad de la jornada nocturna a partir del mismo perfil socio-económico de aquéllos, los cuales, debido a la dificultad de la supervivencia, ya aparecían, ya desaparecían de la escuela.

Con eso, el equipo sufrió una dispersión total. Cada profesor fue reasignado a escuelas distintas, en turnos distintos. Cansado de todo eso, me presenté a un concurso para la Universidad Federal del Espíritu Santo, donde todavia hoy actúo como profesor.

Aquí llegamos a la encrucijada de este artículo tanto más personal como absolutamente impersonal. Estábamos mi ex mujer, mi hija y yo, en noviembre de 2004, en un bar de un barrio de Vitória, capital de Espíritu Santo. En una plaza al lado del bar ocurrría la última votación del PT para la alcaldía de Vitória. El candidato peteísta era João Coser. Toda la cúpula federal del PT estaba en la votación, incluso el propio Lula.

En nuestro exilio de Minas Gerais, quizás por causa de nuestra timidez de mineiros, compensábamos la soledad con esas salidas los fines de semana. No estábamos, pues, participando de la votación. No nos interesaba. Hacíamos lo que veníamos haciendo, con la coincidencia de una votación al lado de donde estábamos.

Borracho como una zarigüeya, salí torciendo los pies del bar en el que estábamos, con el objetivo de irnos a casa. Aquí miro hacia un lado y veo al entonces todopoderoso José Dirceu, Ministro de la Casa Civil del Gobierno Lula, dentro de un carro, en una silla trasera. No perdí el tiempo, llamé a la ventanilla del carro. El conductor sugirió que saliera pronto del sitio. José Dirceu, muy simpático, indicó al conductor que esperara. Abrió el vidrio del carro (no tenía vidrio eléctrico). Nos dimos la mano y enseguida le dije, borracho: «Zé, el PSDB es una peste neoliberal». José Dirceu estuvo de acuerdo. Concluí: «Pero el PT se está volviendo una plaga».

Relaté entonces la experiencia que tuve como profesor en la alcaldía de Belo Horizonte, bajo la administración del PT. Destaqué la fortuna que estaban gastando con las campañas electorales, refiriéndome especialmente al entonces candidato a la alcaldía de Vitória, João Coser. Dijo que eso sí era una plaga y le pregunté enseguida: «Zé, ¿usted cree que la élite económico-mediática, socia minoritaria del imperialismo yanqui, va a halagarlos a ustedes apenas porque se parecen cada vez más a ellos? Ellos jamás los aceptarán a ustedes en la Casa Grande. En el primer cruce de caminos, como buitres, los devorarán, sin piedad, a todos ustedes».

José Dirceu muy educadamente respondió: «Vamos a arreglar eso…» El conductor finalmente aceleró el carro.

Algunos meses después las denuncias de compra de congresistas por el Gobierno Lula, para apoyar una reforma neoliberal de la Seguridad Social, estalló en el mundo mediático brasileño, siempre protagonizadas por TV Globo, esa filial agregada del imperialismo gringo en el corazón de las clases medias de Brasil.

El todopoderoso ministro de la Casa Civil, José Dirceu, más que el propio Lula, era el centro de las denuncias. Usando la táctica del Ministro de Propaganda del Reich alemán, Joseph Goebbels, las corporaciones mediáticas brasileñas transformaron las denuncias en el suceso del día, de las semanas, de los meses, de los años, hasta llegar a la actual condenación, nueve años después, por la Corte Suprema de Justicia, del propio José Dirceu, de José Genuíno, entonces presidente del PT y de los demás representantes de la cúpula peteísta nacional, además de diputados de la base aliada, entre otros.

Volvamos a la descripción de la escena anterior. Final de 2004. Una votación para la alcaldía de Vitória, capital de Espíritu Santo. Lula y demás líderes peteístas, además del propio candidato a alcalde, João Coser, en el podio. José Dirceu, a su vez, esperando todo, pacientemente, tras bambalinas. Una verdadera eminencia gris. Lo abordo escondido en la silla trasera de un carro. Lo cuestiono. Él responde: «Vamos a arreglar».

¿Qué significa estar tras bambalinas, en ese caso? ¿Qué siginifica «Vamos a arreglar, como respuesta de un hombre especializado en los entresijos del poder?» O, ¿qué, en un contexto neoliberal, puede ser definido como bambalinas del poder?

De mi parte, creo en la buena fe de José Dirceu, cuando dijo, «vamos a arreglar». Claro que ese «vamos a arreglar» no tenía contenido revolucionario alguno. Entretanto, había una intención objetiva que decía y dice respecto al propio lugar ocupado entonces por José Dirceu, en el primer mandato de Lula: las bambalinas del poder. Estas, las bambalinas del poder, son el propio poder. Si un partido gana una elección para la presidencia de un país, eso no significa, como bien lo sabemos, tomar el poder. El poder no es algo que se toma y punto final, por la evidente razón de que es siempre plural. Existen poderes, fuerzas en disputa por la riqueza nacional.

Los banqueros todavía hoy son, también objetivamente, la principal fuerza político-económica tras bambalinas. Ellos roban casi la mitad del PIB brasileño. En torno a los banqueros, por tanto, otras fuerzas se suman, como las de la oligarquia mediática, al servicio, en primera instancia, como fiel agregada, de los banqueros, especialmente de Wall Street. De cualquier forma, lo importante aqui es: José Dirceu fue el objetivo principal de las denuncias del Mensalão* y está en la cárcel en este momento porque era el hombre de las fuerzas ocultas del poder en el primer mandato de Lula.

La intención, por mínima que sea, de modificar el arreglo interno tras las bambalinas del poder brasileño, representado ante todo por el poder de los bancos, de las corporaciones mediáticas, de las multinacionales, principalmente gringas, de la plutocracia, en fin, en la relación con los intereses de los trabajadores, puso en riesgo el propio poder de esas fuerzas. Derrotar luego a José Dirceu, en ese contexto, fue una forma de continuar con el poder mismo a través de un partido que emergió como oposición en relación con todas esas fuerzas, las más reaccionarias, las más derechistas, motivo por el cual la pregunta de ellas en aquella época y hoy es una sola: ¿cómo no estar directamente en el poder, desde el punto de vista de la representación, y continuar con el poder de facto, rompiendo efectivamente el PIB nacional?

José Dirceu encarnó y encarna como ningún otro (tal vez apenas como el propio Lula) el ala del PT conocida como articulación. El fue y es un articulador de fuerzas tras bastidores, el verdadero poder inconsciente. José Dirceu y Lula son la cara y el sello de una moneda. Lula se volvió un eximio articulador de fuerzas en el movimiento sindical, como negociador directo entre los intereses de los trabajadores, principalmente los de la industria automotriz, y los intereses de los patrones. José Dirceu, a su turno, una vez creado el Partido de los Trabajadores, se volvió el organizador del PT en la tras escena de los poderes del mundo del trabajo, del mundo empresarial, del mundo mediático, agrario, corporativo. Derrotarlo era una cuestión de, estratégicamente, derrotar al propio PT por dentro, organizando la tras escena del PT en lugar del propio PT.

Es ahí que el PT, para permanecer en el poder, ha obtenido las más fragorosas derrotas, ya con José Dirceu y principalmente después de su salida de escena por medio de su criminalización, a partir del cruce golpista del poder judicial con el poder mediático, al servicio antes que nada del imperialismo yanqui, que no admite ninguna articulación tras bambalinas que no sea la suya propia, toda vez que los Estados Unidos son la verdadera eminencia gris, aún, del capitalismo mundial -luego del Brasil.

Cuando, por tanto, José Dirceu me respondió, «vamos a arreglar», imagino que ha querido decir: «Seré de hecho el organizador que siempre fui, en lo sucesivo, ya que otras fuerzas han operado en mi lugar. Tengo la intención de asumir realmente el remo de la tras escena del poder», razón suficiente para destituirlo.

Es en ese sentido que la criminalización de José Dirceu y compañía puede ser entendida como una lucha implacable por la tras escena del poder en Brasil, una forma de las fuerzas de derecha para continuar presionando al Gobierno Federal, incluso a través de un partido que, por principio absoluto, no nos representa directamente.

Si la lucha por la tras escena del poder es también la lucha por el control del poder judicial, del poder bancario, del poder mediático, productivo e igual del poder militar y de policía, es ahí que el PT está perdiendo la batalla. Con el objetivo de continuar con el control del poder ejecutivo, no asumió como podría la gestión política de esos sectores fundamentales de la sociedad.

Nada hizo para democratizar el criminal monopolio mediático. Nada hizo para formar um cuadro jurídico más comprometido con el país en el plano del Ministerio Público, formado por abogados que, en general, actúan como verdaderos agregados del poder mediático y del imperialismo yanqui.

Nada hizo para cambiar radicalmente el perfil de los jueces de la Corte Suprema de Justicia, habiendo nombrado jueces, por ejemplo Joaquim Barbosa, claramente comprometidos con lo que hay de peor tras los bastidores del poder nacional e internacional, no siendo circunstancial que Barbosa, nombrado por Lula para ocupar la Corte Suprema Federal, haya comprado, en 2012, a través de una operación por completo ilegal, un apartamento en Miami por valor de un millón de reales, aunque haya pagado en realidad apenas diez mil reales. Sería necesario preguntar, al respecto: ¿el apartamento comprado es parte de la recompensa por el papel que ha desempeñado en el Mensalão, otro nombre para y por la lucha tras bastidores del poder en Brasil?

De igual forma, el PT nada o muy poco ha hecho para cambiar el perfil de los militares brasileños, que siguen todavia orientaciones del Tío Sam. La misma situación ocurre con la policía Federal, entrenada por el FBI, no siendo circunstancial que en una reciente huelga por mejores salarios, los policías federales, en Brasília, se hayan presentado disfrazados de Halloween, mostrando caricaturalmente un claro alejamiento respecto a cuestiones geopolíticas fundamentales para la soberanía de Brasil.

Eso no significa que la dimensión organizadora del PT haya acabado. El PT no sabe hacer política sin articular. El lado bueno de todo eso, que aún distingue al PT de sus competidores directos, Aécio Neves, por el PSDB, Eduardo Campos y Marina Silva, por el PSB, tiene paradójicamente relación directa con la experiencia organizadora que el PT acumuló en los sindicatos y como partido en el poder.

Aunque fuera de cualquier pretensión poscapitalista, es a través de esa experiencia articuladora que el PT mantiene relaciones tanto con Venezuela, Cuba, Irán, China, Rusia, Bolivia, Ecuador, Argentina, países de África, como con Colombia, Perú, México, Estados Unidos.

En el plano interno, a su vez, es también por medio de su plasticidad organizadora que el PT, en los mandatos de Lula y el actual, de Dilma Rousseff, han realizado en efecto una distribución del ingreso, así sea mínima (no olvidemos, los ladrones del PIB brasileño son los banqueros), a favor de los más pobres del Brasil, aunque sin colaborar para nada con la pedagógica politización de ese segmento mayoritario de la sociedad brasileña -otro de los errores crasos del PT.

De cualquier manera, todo eso es suficiente herejía para avivar la furia de nuestra extrema derecha, agregada directa de banqueros locales y extranjeros, de las corporaciones mediáticas y del imperialismo yanqui.

Todo eso hace emerger el deseo de sangre contra el PT; deseo llevado efectivamente a cabo a través del golpe jurídico-mediático que arrestó en régimen cerrado (fueron condenados en régimen semi-abierto), en pleno feriado del dia de la República, 15 de noviembre de 2013, a José Dirceu y especialmente al profesor José Genuíno, que requiere, para continuar vivo, de cuidados médicos especiales que una cárcel, principalmente de régimen cerrado, no está en condiciones de ofrecer -claro sin olvidar a los otros que también fueron detenidos.

Es esa pretensión de articular afirmativamente dentro del sistema de grupos del régimen neoliberal, que supone el fin de la lucha de clases, la que paradójicamente lleva al PT un paso adelante con respecto a otras fuerzas políticas que disputan mayoritariamente el poder del Estado brasileño. El lado articulador del PT, se hace necesario decir, es agrupador por naturaleza y, siendo así, multiplica fuerzas agregadas, lo que es menos malo que reducirlas. Es así que el PT disminuyó la omnipresencia del poder gringo en Brasil. Es así que articuló con Hugo Chávez, con las fuerzas más a la izquierda, por tanto, de América Latina, con Evo Morales, con Rafael Correa.

Es así que el Brasil está en Brics.

Es claro que eso no basta. Es claro que hay que ir más allá del PT. Es claro que Dilma Rousseff, con su perfil clase media, y todavia más ingenua que Lula respecto a la lucha por la hegemonia del Estado, dejando incluso la formación de cuadros comprometidos con la soberania nacional en los poderes judiciales, legislativos, militares, mediáticos, culturales, así como en el plano de la educación, tomado, como en la era de Fernando Henrique Cardoso, por perfiles que, en general, no tienen relación alguna con el destino del pueblo brasileño: basta ver cómo funcionan las agencias de fomento como la Capes y el CNPq, las cuales, no obstante estar recibiendo un recurso de alimentación jamás visto, por absoluta falta de relación de destino con la gente común, traspasan estos recursos, en la práctica, a profesores e investigadores que creen que la lucha de clases nunca existió, que es cosa de anacrónicos izquierdistas; profesores e investigadores que no tienen vínculo real con el público; basta ver, para confirmarlo, dónde ponen a sus hijos a estudiar: en la red privada más cara y más agringada.

Contra este cuadro, ¿cuál es la posición de las llamadas izquierdas radicales? Antes de responder a esta pregunta, es preciso decir con todas las letras que ellas tampoco están fuera del sistema de captura de la cultura neoliberal que se tomó al Brasil. Ellas también hacen parte del país de los grupos de grupos de grupos, que incluso retóricamente aún afirman la actualidad de la lucha de clases.

Al respecto, es siempre bueno hablar con la concepción de ideologia de Louis Althusser. Dialogando con el concepto de imaginario de Jacques Lacan, Althusser definió así ideologia: «La ideologia es la representación de la relación imaginaria del individuo con sus condiciones reales de existencia» (Althusser, 1980: 79). En el contexto neoliberal en que vivimos, fundado en la lógica dominante del grupo de grupo de grupo, cada vez más nuestra representación de la relación imaginaria supone no nuestras condiciones reales de existencia, sino nuestra difusa relación real de existencia, a la que encima se tilda de clase social cínicamente difusa.

Todo funciona como si no tuviésemos más relaciones reales de existencia, como si todo pudiera ser de imaginario a imaginario: del imaginario de nuestras auto-representaciones de clase al imaginario de nuestras no menos difusas relaciones reales de existencia. Pura tautologia.

Es por eso que en la actualidad nuestro esfuerzo teórico y práctico se debe concentrar en la tarea de salir del imaginario; de salir de la representación y de la auto-representación. Tal vez una forma de realizar ese difícil ejercicio sea haciendo preguntas que tengan como referencia las condiciones reales de existencia del pueblo brasileño, en su mayoría abandonada, sin derecho a, por ejemplo, una escuela pública de calidad, porque, esa es una de nuestras grandes hipocresías, el Estado brasileño, con el apoyo de las clases medias, financia la educación privada a través de dos puntas presupuestales: 1. La punta del contribuyente que al poner a su hijo o a su pupilo en una escuela privada (la misma situación vale para el campo de la salud), tiene derecho al 15% de reembolso de impuestos; 2. La punta del empresario de la educación, que inventa todo tipo de estratagemas para no pagar impuestos.

Si juntamos una punta con la otra, entenderemos por qué y cómo el Estado brasileño financia la exclusión desde adentro.

Desde este punto de vista, parece ser uma pregunta moralista, pero es necesario que sea hecha: ¿dónde la izquierda, con mínimas condiciones financieras, pone a sus hijos en la red privada, distanciándose de la gente común, o en la red pública, aproximándolos a la población abandonada a su propia suerte?

En mi experiencia personal, incluso de profesor de Educación Primaria, raramente vi sectores medianos de la izquierda, inclusive de profesores, asumir a partir de su propio pellejo, la dimensión común, por ejemplo, poniendo a sus hijos en escuelas públicas.

Igualmente desconfio mucho de una izquierda, como es el caso del PSTU y del PSOL absolutamente míope desde el punto de vista geopolítico y que vociferó abiertamente contra Hugo Chávez, acusándolo de populista y de traidor, al punto de que una de sus candidatas a la Presidencia de la República, Heloísa Helena, lloró delante de las cámaras de TV Globo: «¡Si gano, combatiré personalmente a Hugo Chávez!».

Esta misma izquierda, siempre purista, como si no estuviese igualmente en el núcleo de las contradicciones de la actualidad, es la que ha apoyado la invasión imperialista a Libia y más recientemente a Siria y ciertamente apoyaría o apoyará la de Irán o la de cualquier país en el que los medios corporativos decretaren la existencia de un dictador y de magnánimos revolucionarios que lo combaten.

Por todo esto, tenemos que ir más allá del PT, pero antes tenemos que ir más allá de nuestros intereses neoliberales e imaginarios y míopes equívocos ideológicos, porque, con todo y su insoportable pragmatismo, el PT, principalmente en el ámbito federal, ha mantenido un fundamental distanciamiento de los Estados Unidos, compartido expectativas comunes con los países más insubordinados de América Latina, además de haber trabajado directamente en la producción de una humanidad multipolar, incluso al interior del capitalismo y al servicio de una no menos imaginaria, inexistente, clase empresarial genuinamente brasileña -otro de sus errores crasos que Dilma Rousseff insiste en practicar.

Es preciso si ir más allá del PT, pero nunca cerca. Tenemos que ser suficientemente responsables para continuar caminando rumbo a uma sociedad socialista teniendo claridad que estaremos más distantes de ella si retrocedemos, con resentimientos, con posiciones revolucionarias imaginarias, colaborando para poner en el poder agentes políticos absolutamente sometidos a los Estados Unidos y, por tanto, a la agenda imperialista de un mundo unipolar.

A esta altura del campeonato, la lucha por un mundo multipolar es la única a partir de la cual podremos (a través de mejores condiciones de correlaciones de fuerza nacionales e internacionales), aprovechando las lagunas, construir efectivamente una sociedad poscapitalista y posburguesa.

Toda ilusión que no tiene claridad en relación con los verdaderos peligros que nos rodean, no pasa de la representación imaginaria y romántica de una orgánica y homogénea clase revolucionaria absolutamente inexistente en la actualidad.

Con la excepción de la experiencia política de Venezuela, que ha preparado, en la tras escena de sus contradicciones internas, esa revolucionaria clase.

* El escándalo de las mensualidades es el nombre dado a la crisis política sufrida por el gobierno brasileño de José Inacio Lula da Silva en 2005. El término «mensalão», popularizado por el diputado brasileño Roberto Jefferson en la entrevista que dio resonancia al escándalo, es el aumentativo de la palabra portuguesa «mensualidad», usada para referirse a un soborno pagado a varios diputados para que votaran a favor de los proyectos de interés del Poder Ejecutivo. 

Traducción del portugués: Luis Carlos Muñoz Sarmiento.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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