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80 años después de la muerte de Franz Kafka

Kafka y el socialismo

Fuentes: Rouge

Con ocasión del 80 aniversario de la muerte de Franz Kafka, Michael Löwy acaba de publicar «Franz Kafka, soñador insumiso» (Stock, 2004). Expone en las líneas que siguen los lazos y las simpatías socialistas libertarias del escritor. Es evidente que no se puede reducir la obra de Kafka a una doctrina política, cualquiera que sea. […]

Con ocasión del 80 aniversario de la muerte de Franz Kafka, Michael Löwy acaba de publicar «Franz Kafka, soñador insumiso» (Stock, 2004). Expone en las líneas que siguen los lazos y las simpatías socialistas libertarias del escritor.

Es evidente que no se puede reducir la obra de Kafka a una doctrina política, cualquiera que sea. Kafka no produce discurso, crea personajes y situaciones, y expresa en su obra sentimientos, actitudes, un estado de espíritu. No está prohibido, sin embargo, explorar los pasajes y los lazos subterráneos existentes entre su espíritu antiautoritario, su sensibilidad libertaria, sus simpatías socialistas por un lado, y sus principales escritos por otro. Son vías de acceso privilegiadas a lo que se podría llamar su paisaje interno.

Una alta idea del internacionalismo

Kafka había manifestado interés por la Revolución rusa: en una carta dirigida en septiembre de 1920 a su amiga Milena, hace referencia a un artículo sobre el bolchevismo que ha causado una gran impresión, precisa, «en mi cuerpo, mis nervios, mi sangre». Se trata de un artículo de Bertrand Russel, titulado «Sobre la Rusia Bolchevique», aparecido en el Prager Tagblatt del 25 de agosto de 1920. El punto de vista de Kafka se precisa en otra carta a Milena, algunas semanas más tarde:  «No se si has comprendido mi observación sobre el bolchevismo. Lo que le reprocha el autor justifica a mis ojos la mayor alabanza que se pueda conceder aquí abajo». ¿A qué  crítica hace referencia el filósofo inglés? «El verdadero comunista es enteramente internacional. Lenin, por ejemplo no está más concernido por los intereses de Rusia que por los de otros países; Rusia es, en este momento, el protagonista de una revolución social y, como tal, tiene un valor para el mundo, pero Lenín estaría dispue
 sto a sacrificar Rusia antes que la Revolución, si esta disyuntiva se presentara». En otros términos, lo que parece a Kafka digno de elogio en los revolucionarios rusos, es precisamente lo que les reprocha Bertrand Russel: su compromiso radicalmente internacionalista….

Estos comentarios muestran un interés -crítico- hacia la experiencia soviética pero, en el estado actual de la documentación, nada sugiere alguna relación de Kafka con el movimiento comunista. En cambio, numerosos testimonios contemporáneos hacen referencia a la simpatía que tenía por los socialistas libertarios checos y a su participación en algunas de sus actividades.

A comienzo de los años treinta, Max Brod recogió  informaciones de uno de los fundadores del movimiento anarquista checo, Michal Kacha. Se refieren a la presencia de Kafka en las reuniones del Klub Mladych (Club de jóvenes), organización libertaria, antimilitarista y anticlerical frecuentada por varios escritores checos. El escritor anarquista, Michal Mares, testifica la participación de Kafka en una manifestación contra la ejecución de Francisco Ferrer, el educador libertario español, en octubre de 1909. Durante los años 1910-1912, habría asistido a conferencias anarquistas sobre el amor libre, sobre la Comuna de París, sobre la paz y contra la ejecución del militante libertario parisino, Liabeuf.

No se trata de ninguna manera de demostrar una pretendida «influencia» de los anarquistas praguenses en los escritos de Kafka. Bien al contrario, fue él quien, a partir de sus propias experiencias y de su sensibilidad antiautoritaria, eligió frecuentar, durante algunos años, las actividades de esos medios. Esta sensibilidad, la definió él mismo, no sin una sinceridad implacable, en una carta a Félice Bauer del 19 de octubre de 1916: «(…) yo, que muy a menudo he carecido de independencia, tengo una sed infinita de autonomía, de independencia, de libertad en todas las direcciones (…). Todo lazo que no creo yo mismo, aunque sea contra partes de mi yo, no tiene valor, me impide andar, le odio o estoy bien cerca de odiarlo». Una sed infinita de libertad en todas las direcciones: no se podría describir mejor el hilo rojo que atraviesa tanto la vida como la obra de Kafka -sobre todo la del período inaugurado en 1912- y les da una extraordinaria coherencia, a pesar de su trágica
 falta de conclusión.

En efecto, un antiautoritarismo de inspiración libertaria atraviesa el conjunto de la obra novelística de Kafka, en un movimiento de «despersonalización» y de reificación creciente: de la autoridad paternal y personal hacia la autoridad administrativa y anónima. No se trata de ninguna doctrina política, sino de un estado de espíritu y de una sensibilidad crítica -cuya principal arma es la ironía, el humor, ese humor negro que es «una revuelta superior del espíritu» (André Breton).

Las primeras novelas de Kafka -El Veredicto y La Metamorfosis- que datan de 1912, ponen en escena la autoridad patriarcal o, por retomar un comentario de Milan Kundera sobre el tema, el «totalitarismo familiar». El gran giro hacia la crítica de los «aparatos» de muerte anónimos, es la novela La Colonia Penitenciaria, de 1914. Hay pocos textos en la literatura universal que presenten la autoridad bajo un rostro tan injusto y asesino. No se trata del poder de un individuo -los comandantes de la colonia no juegan más que un papel secundario en la narración- sino del de un mecanismo impersonal.

El marco de la narración es el colonialismo francés. Los oficiales y comandantes de la colonia penitenciaria son franceses, mientras que los humildes soldados, los trabajadores del puerto, las víctimas que deben ser ejecutadas son «indígenas» que «no comprenden una sola palabra del francés». Un soldado «indígena» es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de la arbitrariedad: «¡La culpabilidad no debe nunca ser puesta en cuestión!». Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de torturar que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que le traspasan: «Honra a tus superiores».

El personaje central de la novela no es ni el viajero que observa los acontecimientos con una muda hostilidad, ni el prisionero, que no reacciona en absoluto, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la propia máquina.

Profundamente antiautoritario

La inspiración antiautoritaria está inscrita en el corazón de las grandes novelas de Kafka, El Proceso y El Castillo, que nos hablan del estado -bajo la forma de la «administración» o de la «justicia»- como de un sistema de dominio impersonal que aplasta, ahoga o mata a los individuos. Es un mundo angustioso, opaco, incomprensible, en el que reina la no-libertad. Hay que recordar que Kafka no describe en sus novelas estados «de excepción»: una de las ideas más importantes -cuyo parentesco con el anarquismo es evidente- sugeridas por su obra, es la naturaleza alienada y opresiva del estado «normal», legal y constitucional. Desde las primeras líneas del Proceso, queda claramente dicho: «K. vivía bien en un estado de derecho (Rechtstaat), la paz reinaba en todas partes, todas las leyes estaban en vigor, ¿quién se atrevía pues a asaltarle en su casa?». Como sus amigos, los libertarios praguenses, parece considerar toda forma de estado, el estado como tal, como una jerarquía autoritaria y liberticida.