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En el 75 aniversario de la muerte de John Maynard Keynes

Keynes revisitado

Fuentes: Economistas frente a la crisis

Mientras la economía parece ir bien, el funeral de John Maynard prosigue; pero cuando de nuevo pintan bastos en el panorama económico, algunos –incluyendo los poderosos– vuelven la vista hacia lo que deducen del argumentario keynesiano: si los mercados se debilitan, si la inversión privada es anémica, los gobiernos deben actuar, esos mismos gobiernos que fueron denostados por despilfarradores e ineficaces en etapas de prosperidad.

Esta situación se vivió a raíz de la Gran Recesión y, de hecho, sólo cuando se aligeran los corsés por los gobiernos de la economía convencional, se vuelve al crecimiento económico. El caso de España en 2015 ha sido ilustrativo: una mayor laxitud permitida por Bruselas en los requerimientos de déficit y deuda –a causa de las convocatorias electorales– facilitó la obtención de datos macroeconómicos mejores, pero con el incumplimiento en las cifras de déficit público. Con el estallido de la crisis pandémica, esto también acontece ahora. Publicaciones de todo tipo recuerdan el retorno del Maestro, según la acepción de Robert Skidelsky, su biógrafo imprescindible.

En tal contexto, Keynes se ha convertido en un cadáver ideológico incómodo: no puede enterrarse del todo, mientras se asuma que la Economía sigue teniendo ciclos, está regida por procesos de inestabilidad y por un cuadro de decisiones individuales y colectivas que no siempre son razonables y que, en todo caso, están influidas por los entornos, las expectativas, las atmósferas (que diría Alfred Marshall). Esto nos lo enseñó Hyman Minsky, otro gran economista, seguidor de Keynes y Schumpeter, olvidado hasta hace relativamente poco tiempo. La ciencia económica se aleja de la pirotecnia teológica del mainstream ortodoxo. La pregunta del millón de dólares: ¿hasta cuándo? Repasemos algunos argumentos importantes de Keynes (las citas son de la edición de la Teoría General, de 1993), de gran utilidad para los tiempos que corren.

Inversión escasa: causa de la desocupación

La teoría económica predominante en la época de Keynes[1] establecía que el sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción tiende permanentemente a la plena ocupación de los factores de producción. Debido a que tanto el mercado de bienes y servicios, a través del sistema de precios, como el de inversión, mediante el sistema de tipos de interés, se suponen eficientes, la causa de la desocupación debe buscarse en el mercado laboral, donde interactúan oferentes (trabajadores) y demandantes (empresas) de empleo. En estado de equilibrio, la cantidad de ocupación ofrecida es igual a la demandada, de modo que nadie que tenga voluntad de trabajar se queda sin empleo. Cuando el nivel de ocupación no tiende al pleno empleo, es debido a la existencia de una suerte de fuerzas anti mercado que distorsionan y manipulan la variable de ajuste del mercado laboral, el salario real, convirtiéndola en una variable rígida (que se resiste a descender), en lugar de ser flexible.  De esto se deriva que la aceptación, por parte de los trabajadores, de salarios reales inferiores que se igualen a la productividad marginal del trabajo, crearía una mayor demanda de ocupación. Así, según la teoría predominante «pre-keynesiana», los responsables de generar esta distorsión en el mercado de trabajo son los propios trabajadores, quienes al organizarse impiden que los salarios reales tengan libertad para bajar hasta sus niveles de competencia (hasta igualarse a la productividad marginal del trabajo). Los fenómenos que principalmente entorpecen la operatividad de las fuerzas de la competencia en el mercado laboral sería la negociación colectiva, las leyes de salario mínimo, los subsidios a los trabajadores y el seguro de desempleo. Estas fuerzas anti mercado tenderían a mantener los salarios reales en un nivel demasiado alto, por encima de la productividad del trabajo y, por lo tanto, sobre el nivel en el que la demanda de trabajo es satisfecha antes de que hayan encontrado trabajo todos los que están dispuestos a trabajar a cambio del nivel salarial predominante. La conclusión principal que se extrae de estas consideraciones –expuestas por Arthur Pigou– es que el desempleo lo generan voluntariamente los trabajadores a través de la acción colectiva, manteniendo los salarios en un nivel demasiado elevado.

Sin embargo, Keynes descubrió que la creencia de que el paro desaparecería si los trabajadores aceptaran salarios más bajos no era válida. Según Keynes, la solución de tipos de salarios flexibles sólo es viable en un mercado de trabajo de competencia perfecta o en una economía puramente autoritaria. En las sociedades modernas y desarrolladas no tiene cabida un mercado laboral totalmente flexible. La sindicalización, la organización de los trabajadores, las leyes de salarios mínimos o el seguro por desempleo no pueden ser eliminados, ya que son parte integrante fundamental de la economía de un régimen democrático y por lo tanto representativo de la sociedad. Así se defienden los intereses de la mayoría social. A parte de la inviolabilidad democrática de estas propuestas, los hechos demostraban que la corriente neoclásica o marginalista era empíricamente errónea: durante la década de 1930 los salarios y la ocupación habían descendido simultáneamente con gran frecuencia.

Keynes llegó a la conclusión de que el volumen de ocupación, lejos de depender exclusivamente del mercado de trabajo, está determinado por la demanda global efectiva, y que ésta se manifiesta en el gasto de la renta. De este modo, en la Teoría General la demanda efectiva, que es igual a la renta total de una comunidad (cerrada al exterior por simplificación), está conformada por la demanda de consumo y la demanda de inversión. Según Keynes, cuando aumenta la ocupación aumenta también el ingreso global real de la comunidad; sin embargo, la psicología colectiva determina que si el ingreso real aumenta, el consumo total, aunque también crezca, lo hace en menor medida que el ingreso. En consecuencia, para justificar cualquier cantidad dada de ocupación, debe existir cierto volumen de inversión que cubra la diferencia entre la producción total y el consumo; porque a menos que exista una demanda de inversión suficiente que complemente la demanda efectiva que implica el consumo, los ingresos de los empresarios serían inferiores que los requeridos para inducir la oferta de ocupación de que se trate. Se desprende, por tanto, que dado lo que Keynes llama propensión a consumir de la comunidad, el nivel de ocupación de equilibrio, es decir, el nivel que no induce a los empresarios a ampliar o contraer la ocupación, dependerá de la magnitud de la inversión corriente.[2]

En síntesis, si el aumento de la renta no va acompañado de un aumento de la inversión se produce una situación de desocupación. La existencia de desempleo en la Teoría General, por lo tanto, es debida a una insuficiencia en la inversión.

¿Por qué existe insuficiencia de inversión en una comunidad económica? Una primera respuesta parece obvia: porque no se destina a nueva inversión la totalidad de la parte del ingreso que no consume. Keynes sostiene que la producción de nuevos bienes de capital es escasa porque el ahorro no se canaliza a nuevas inversiones, sino que puede adoptar la forma de dinero (efectivo o bancario) y de sus sucedáneos (deudas a la vista, dinero extranjero, alhajas y metales preciosos en general)[3]. El dinero, por lo tanto, lejos de ser un mero medio de cambio, es un depósito de riqueza. Algo con valor intrínseco. Y la licitación por quedarse con él se resuelve a través de la formación de la tasa de interés, que debe ser entendida como una recompensa o remuneración por desprenderse del dinero en efectivo. Esto significa que, a diferencia de lo que afirma la ley de Say, sobre la que se fundamenta el aparato teórico marginalista, no todo el ingreso se convierte en gasto.[4]

Distribución de la renta

Keynes explica que la insuficiencia en la inversión se produce cuando el nivel de rentabilidad esperada de una nueva inversión (a lo que se refiere como eficiencia marginal del capital) es menor que la tasa de interés real corriente. Cuando el lucro previsto de las nuevas inversiones es menor a la tasa de interés, el ahorro, en lugar de destinarse a inversión, se dirige hacia formas de acumulación de riqueza ociosas y se crea un volumen de inversiones artificialmente bajo que impide que la comunidad económica alcance el pleno empleo. En el sistema propuesto por Keynes, estas expectativas de ganancias futuras dependen no tanto de los animal spirits u otros factores exógenos de difícil captación ex ante, si no de la demanda de consumo corriente.[5] En la Teoría General es la propensión global al consumo lo que principalmente determina las decisiones de inversión.[6]

¿Qué determina una mayor o menor propensión global a consumir de la comunidad? El consumo es una función del ingreso real: dada una situación de la técnica, los gustos y las condiciones sociales que determinan la distribución del ingreso, el ingreso real de un individuo subirá o bajará en función de la cantidad de unidades de trabajo que pueda disponer; es decir, del monto de su ingreso medio en unidades de salario. Por consiguiente, si la unidad de salario varía, el gasto en consumo correspondiente a un nivel dado de ocupación cambiará, como los precios, en la misma dirección.[7] Por lo tanto, la suma que una comunidad gasta en consumo depende principalmente del peso que los salarios reales tienen sobre el ingreso global, es decir, de la distribución social de la renta. Esto nos lleva a sugerir que si el consumo, y por ende la inversión, se encuentran en un nivel por debajo del socialmente óptimo -el nivel de plena ocupación-, se debe, según Keynes, a una inadecuada distribución de la renta.[8]

Cuanto más desigual es una sociedad, más limitada es su capacidad para consumir. Los ricos disponen de mucha más renta de la que necesitan consumir de ordinario, mientras que los pobres tienen tan poca que su capacidad de consumo está muy restringida. Por lo tanto, cuanto menos equitativamente esté repartida la riqueza de una comunidad, menos aumentará el consumo cuando aumente la renta. O sea: menor será la propensión global media al consumo. De este modo, Keynes se muestra contundente a la hora de señalar a la desigual distribución de la renta como uno de los principales problemas que afronta la viabilidad del sistema económico capitalista.[9] Una distribución de la renta socialmente más adecuada aumentaría la propensión al consumo presente y por ende el aliciente para producir, en el periodo t, bienes de capital que pasarían a formar parte del proceso productivo en el periodo t+j.[10]

En conclusión, Keynes sostiene que, debido a la existencia del dinero (y sus sucedáneos) como forma de acumulación de riqueza alternativa a la adquisición de nuevos bienes de capital, los ahorros individuales pueden ser absorbidos tanto por la inversión como por las deudas, y no tenemos ninguna garantía de que encuentren salida en la primera sin una intervención estatal. La tarea del Estado, por lo tanto, deberá ser la de “ajustar la propensión a consumir con el aliciente para invertir”[11].

Algunas propuestas de política económica de Keynes

Según Keynes, la inversión está refrenada por la tasa monetaria de interés, por lo que una política monetaria destinada a reducir la tasa de interés a cero aparece como una posibilidad de política económica de cara a proveer al sistema productivo de abundancia de capital. Ahora bien, el Estado debe ir más allá, y debe complementar la política monetaria con la política fiscal. Porque el principal problema reside en la existencia de un desajuste entre la propensión a consumir y el aliciente a invertir. Para reajustar las propensiones a consumir y a invertir, Keynes subraya que el Estado deberá redistribuir la renta hasta que la propensión a consumir infiera una propensión a invertir socialmente óptima, un nivel de inversión que cubra la brecha entre la renta y el consumo agregados, alcanzándose así el pleno empleo.[12]

La política fiscal, por un lado, al gravar el ingreso, reduce la renta disponible de las personas, por lo que debería tener un efecto negativo sobre el consumo; sin embargo, prosigue Keynes, “si la política fiscal se usa como instrumento deliberado para conseguir mayor igualdad en la distribución de los ingresos, su efecto sobre el aumento de la propensión a consumir es, por supuesto, tanto mayor”.[13] Es decir, una política fiscal redistributiva, a través de transferencias, favorece la propensión a consumir, mientras que una política fiscal regresiva tiene el efecto contrario. Por otro lado, Keynes también alerta del efecto sobre la propensión global a consumir cuando el gobierno reserva fondos de los impuestos recaudados para satisfacer el pago de futuras deudas; porque eso representa una especie de ahorro social, de modo que una política fiscal que tiende a crear grandes fondos de reserva debe considerarse también como reductora de la propensión a consumir. Por el contrario, ante una situación de desigual distribución de la renta, el Estado se convierte en una fuente de demanda de consumo alternativa. El gasto en consumo final del gobierno se suma al consumo agregado de una comunidad económica.

Comentario final

Lo expuesto por John Maynard Keynes en su Teoría General permite una relectura actual, como suele suceder en todas las contribuciones científicas seminales. Las prevenciones ideológicas y los dominios estrictos del mainstream en cátedras y palestras universitarias e institucionales no deberían bloquear la posibilidad de que alumnos e investigadores conozcan a Keynes de primera mano. Conocer a Keynes para criticarlo es un buen ejercicio; pero primero se debe leer y analizar. Y esto último es lo que permite descubrir que aspectos que ahora sacuden las economías más avanzadas –y que pueden parecer inéditos–, ya fueron expuestos en 1936 por Keynes, tras su auscultación profunda de los impactos de la Gran Depresión. Esta es la virtud de sus trabajos señeros; y es esto lo que, a nuestro juicio, le da todavía una vigencia que, no obstante, algunos siguen ignorando. Releer y analizar de nuevo, una vez más, a Keynes es el mejor homenaje a los 75 años de su desaparición física. Su influencia –lo vemos en la actualidad, a raíz de los impactos de la COVID-19– es mucho mayor que la que sus detractores se obstinan en reconocer.

Notas:

[1] A la cual Keynes se refiere como teoría clásica, pero que posteriormente la literatura ha consensuado denominar marginalista o neoclásica.

[2] Keynes (1993[1936]): 35.

[3] Keynes (1993[1936]): 316.

[4]Keynes (1993[1936]): 189.

[5] Keynes (1993[1936]): 101.

[6] Keynes (1993[1936]): 327.

[7] Keynes (1993[1936]): 89.

[8] Keynes (1993[1936]): 321.

[9] Keynes (1993[1936]): 328.

[10] Keynes (1993[1936]): 329.

[11] Keynes (1993[1936]): 335.

[12] Keynes (1993[1936]): 332.

[13] Keynes (1993[1936]): 91.

Carles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

Fuente: https://economistasfrentealacrisis.com/en-el-75-aniversario-de-la-muerte-de-john-maynard-keynes/

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