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La amenaza del oro negro

Fuentes: La Jornada

El precio del petróleo tiene una exasperante propiedad de poder volar en pedazos la economía mundial, y con frecuencia la mecha se ha encendido en Medio Oriente. El embargo petrolero árabe de 1973, la revolución iraní de 1978-79 y la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en 1990 son dolorosos recordatorios de cómo la mezcla […]

El precio del petróleo tiene una exasperante propiedad de poder volar en pedazos la economía mundial, y con frecuencia la mecha se ha encendido en Medio Oriente. El embargo petrolero árabe de 1973, la revolución iraní de 1978-79 y la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en 1990 son dolorosos recordatorios de cómo la mezcla combustible de geopolítica y geología en esa región puede desencadenar el caos. Ahora que las protestas se extienden por todo el mundo árabe, ¿vendrá un nuevo colapso petrolero?

Hay buenas razones para preocuparse. Medio Oriente y el norte de África producen más de la tercera parte del petróleo mundial. La revuelta en Libia muestra que una revolución puede interrumpir con rapidez el suministro. Mientras Muammar Kadafi se aferra al poder con delirante determinación y los países occidentales delimitan una zona de exclusión aérea, la producción libia se ha reducido a la mitad, los trabajadores huyen y el país se fragmenta. La expansión de los disturbios por la región amenaza una perturbación aún mayor.

La reacción de los mercados ha sido sorprendentemente modesta. El precio del crudo Brent saltó 15% cuando estalló la violencia en Libia, llegando a 120 dólares por barril el 24 de febrero. Pero la promesa de mayor producción de Arabia Saudita hizo bajar los precios. Estaba en 116 dólares el 2 de marzo: 20% más que al principio del año, pero muy por debajo de los máximos de 2008.

La mayoría de los economistas conservan el optimismo: el crecimiento global podría reducir su ritmo por unas décimas de punto porcentual, calculan, pero no lo suficiente para poner en riesgo la recuperación.

Eso implica dos grandes riesgos. Primero, una seria interrupción del suministro, o incluso el temor de que se produzca podría enviar el precio a los cielos. Segundo, un petróleo más caro podría alimentar la inflación de los petrolíferos, la cual podría provocar una restricción monetaria que estrangulara la economía.

Hasta ahora las perturbaciones en la oferta han sido minúsculas. La revuelta en Libia ha reducido la producción petrolera mundial apenas en uno por ciento. En 1973 la cifra fue de alrededor de 7.5. El mercado petrolero actual tiene muchos amortiguadores: los gobiernos poseen reservas, cosa que no ocurría en 1973; las existencias comerciales son más amplias que cuando los precios llegaron al máximo, en 2008. Arabia Saudita, banco central del mercado petrolero, cuenta técnicamente con suficiente capacidad disponible para remplazar a Libia, Argelia y un puñado de otros pequeños productores. Y los sauditas han dejado en claro que están dispuestos a accionar la bomba.

Sin embargo, no se pueden descartar más turbulencias. La industria petrolera es compleja en extremo: es esencial obtener el tipo de crudo que se requiere en el momento oportuno y en el lugar indicado. Además, la propia Arabia Saudita presenta muchas de las características que han disparado la inconformidad en otros lugares, entre ellas un ejército de jóvenes desilusionados. Pese a haber gastado hasta ahora 36 mil mdd para aplacar a los disidentes, la represiva monarquía enfrenta demandas de reforma. Un olorcillo a inestabilidad podría esparcir el pánico en el mercado petrolero.

Aun sin una perturbación en la oferta, los precios están bajo presión desde una segunda fuente: el gradual agotamiento de la capacidad disponible. Con el fuerte crecimiento de la economía mundial, la demanda de petróleo crece a mucha mayor velocidad que los incrementos en la oferta. Por consiguiente, cualquier temor provocado por Medio Oriente acelerará y exagerará una elevación de precios que ya estaba en camino.

¿Qué efecto tendría? Es algo confortante que la economía mundial sea menos vulnerable hoy que en 1970 al alza petrolera. La producción global hace un uso menos intensivo del petróleo, la inflación es más baja y los salarios tienen mucha menor probabilidad de seguir los aumentos de precios inducidos por los energéticos, así que los bancos centrales no necesitan responder con tanta fuerza. Pero menos vulnerable no significa inmune.

Un petróleo más caro implica una transferencia de los consumidores a los productores, y como estos últimos tienden a ahorrar más, se genera un descenso en la demanda global. Por regla general, un incremento de 10% en el precio del petróleo recorta el crecimiento global en un cuarto de punto porcentual. Ahora que la economía mundial crece a 4.5%, eso sugiere que el precio del petróleo tendría que saltar tal vez por encima del máximo de 150 dólares por barril de 2008 para detener la recuperación. Pero incluso un aumento menor afectaría el crecimiento y elevaría la inflación.

Perturbación dispara acción

En EU la Reserva Federal enfrentará una elección relativamente fácil. La economía de ese país es innecesariamente vulnerable, gracias a su adicción al petróleo (y a los bajos impuestos que le aplica). Sin embargo, la inflación es sumamente baja y la economía está en calma. Eso da al banco central manga ancha para pasar por alto un salto súbito en el precio del petróleo. En Europa, donde el petróleo está sujeto a gravámenes mucho mayores, el efecto inmediato del alza petrolera es menor. Pero los bancos centrales europeos ya están mucho más preocupados por la elevación de precios: de allí el temor de que pudieran llevar demasiado lejos las medidas preventivas y empujar a las aún frágiles economías europeas de nuevo hacia la recesión.

En contraste, el mayor riesgo en el mundo emergente es la inacción. Un petróleo más caro alimentará la inflación, en especial mediante un encarecimiento de los alimentos, que representan todavía buena parte del gasto de la población en países como China, Brasil e India. Cierto, los bancos centrales han elevado las tasas de interés, pero lo hicieron tardíamente. Las condiciones monetarias siguen siendo aún muy laxas, y las expectativas inflacionarias han crecido.

Por desgracia, demasiados gobiernos en los mercados emergentes han tratado de controlar la inflación y reducir la indignación popular subsidiando los precios tanto del petróleo como de los alimentos. Esto no sólo embota la sensibilidad de los consumidores a las alzas de precios, sino puede resultar oneroso para los gobiernos que lo hacen. Estirará el optimista nuevo presupuesto de India, pero el mayor peligro está en Medio Oriente mismo, donde los subsidios a alimentos y petróleo están en todas partes y los políticos los elevan para aplacar el descontento. Los importadores de combustibles, como Egipto, enfrentan un círculo vicioso de altos precios petroleros y subsidios aún más altos. La respuesta es eliminar esos subsidios y dirigir la ayuda a los más pobres, pero ningún gobernante árabe va a proponer tales reformas en estos momentos.

En el peor de los casos, el peligro es circular, pues el encarecimiento petrolero y la incertidumbre política se alimentan uno al otro. Aun si eso se evita, las perspectivas a corto plazo para la economía mundial son más inestables de lo que muchos creen. Con todo, podría haber un recubrimiento de plata: el resto del mundo podría por fin hacer frente a su vulnerabilidad al petróleo y a Medio Oriente. La lista de tareas es bien conocida, desde invertir en infraestructura para vehículos eléctricos hasta poner precio al carbón. Las turbulencias petroleras de la década de 1970 transformaron la economía mundial: tal vez la conmoción petrolera de 2011 haga lo mismo… a menor costo.

http://www.jornada.unam.mx/2011/03/22/index.php?section=economia&article=031n1eco