Recomiendo:
6

La arquitectura política del capital: de la riqueza estéril a la renta social

Fuentes: Nueva tribuna [Imagen: Museo Noruego del Petróleo, Stavanger, Noruega. Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported. Atribución: Carlos Delgado]

Renta y riqueza son términos que se emplean frecuentemente como sinónimos, pese a que designan realidades ontológicamente distintas.

Renta y riqueza

En el debate económico cotidiano, a menudo somos víctimas de una confusión semántica que esconde un profundo error de diagnóstico. Renta y riqueza son términos que se emplean frecuentemente como sinónimos, pese a que designan realidades ontológicamente distintas. Como resulta evidente en cualquier manual de contabilidad nacional —y en el propio diccionario de la RAE—, la diferencia es crucial: mientras que la renta remite a un flujo (la utilidad, el salario o el beneficio que algo rinde periódicamente), la riqueza alude a un stock (la acumulación estática de bienes, capitales, patrimonio o activos en un momento dado).

​Entre ambos conceptos existe, sin duda, una relación estrecha, una imbricación —que no simple implicación— de carácter causal. La posesión de riqueza puede generar rentas si se gestiona adecuadamente; del mismo modo, la percepción sostenida de rentas puede traducirse en acumulación de riqueza. Se configura así un posible círculo virtuoso en el que la riqueza engendra renta y la renta, a su vez, riqueza.

​Sin embargo, este encadenamiento no es automático ni necesario. La narrativa neoliberal ha tendido a naturalizar este tránsito, asumiendo que la riqueza «gotea» hacia la renta gracias a la magia de los mercados eficientes. Pero la realidad es tozuda: cuando esa conversión se produce, no lo hace de manera socialmente neutra.

​El marco teórico: Piketty, Polanyi y la ilusión del automatismo

​El economista francés Thomas Piketty ha dedicado su obra a demostrar que la relación entre el stock de capital y el flujo de ingresos no es inocua. Su famosa desigualdad r > g (donde el rendimiento del capital supera al crecimiento de la economía) nos advierte que, si se deja al «stock» campar a sus anchas sin corrección fiscal, la riqueza heredada devora a la renta del trabajo, petrificando la estructura social.

​Pero no es solo una cuestión de acumulación, sino de decisión. Aquí resulta iluminador rescatar al institucionalismo y, específicamente, a Karl Polanyi. En La gran transformación, Polanyi nos enseñó que la economía no es un ente autónomo que flota en el vacío, sino que está «incrustada» (embedded) en relaciones sociales e instituciones políticas. No existe un mercado natural de conversión de riqueza en renta; existen reglas de juego diseñadas políticamente.

​La diferencia decisiva no reside, por tanto, en la existencia de riqueza geológica o financiera, sino en el marco institucional y distributivo que regula su conversión en renta y su posterior socialización (ii).

​Tres paradigmas: Noruega, Venezuela y Arabia Saudí

​La validez de esta tesis se hace palpable al observar la geopolítica de los recursos. Los casos de Noruega, Venezuela y Arabia Saudí —tres economías paradigmáticas por su condición de potencias petroleras— ilustran bien esta divergencia. Las tres comparten una dotación extraordinaria de riqueza natural (el stock); sin embargo, sus estrategias de conversión en flujo han sido radicalmente distintas.

​1. Noruega y el institucionalismo industrial

Existe un mito fundacional en el Mar del Norte. Antes de la era del petróleo, Noruega era una economía modesta, basada en la pesca y el transporte marítimo. En los años 50 y 60, ante las primeras posibilidades de extracción, el país sintió el vértigo de ser «colonizado» por las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses, las únicas capaces de extraer el crudo entonces.

Noruega modificó a inicios de los 70 su estrategia mediante una decisión política de corte polanyiano: se negó a ser un rentista pasivo. Obligó a las empresas extranjeras a transferir tecnología y a crear cadenas de valor locales. Invirtieron la venta de esa riqueza (stock) en la creación de un tejido social, económico e industrial (flujo productivo).

Gracias a que la riqueza la convirtió en renta, y esta en tejido económico, ha podido diversificar y ya no es «petróleodependiente» en el sentido clásico. El excedente financiero se canalizó hacia el Fondo de Pensiones Global —propiedad de toda la ciudadanía—, blindando el Estado del Bienestar presente y futuro contra el monocultivo.

​2. Venezuela y la trampa de la «pseudorrenta»

En el extremo opuesto, Venezuela ejemplifica la tragedia de no distinguir contablemente entre stock y flujo. El país aún permanece en ese primer estadio extractivo, agravado por una crisis institucional.

El error fundamental ha sido confundir la liquidación del activo con la generación de ingresos. Venezuela extrae riqueza y la reparte, pero al no transformar esa riqueza en una estructura productiva (industria, tecnología, agricultura eficiente), lo que distribuye es una pseudorenta. Se reparte el producto de la liquidación del subsuelo (vender las joyas de la abuela) en lugar de los frutos de una inversión. El día que el stock se acabe o pierda valor, al no haber estrategia de cambio, no quedará nada que repartir. La crisis social es el resultado inevitable de consumir el capital en lugar de transmutarlo en tejido productivo.

​3. Arabia Saudí y el blindaje dinástico

El tercer modelo es el del «rentismo selectivo». Arabia Saudí, consciente de la finitud del petróleo, ha optado por dirigir sus rentas masivas hacia fondos soberanos que actúan fuera de sus fronteras. Invierten en nichos de alto valor estratégico global (tecnología en Silicon Valley, industria en Asia), protegiendo el futuro financiero de sus clases altas y de la dinastía gobernante.

A diferencia de Noruega, donde toda la sociedad está protegida, aquí se desacopla la suerte de la élite del destino del pueblo. Se asegura la pervivencia del estatus de los dirigentes mediante activos globales, sin importarles necesariamente el futuro productivo del resto de la sociedad saudí, que carece de un tejido industrial interno resiliente.

​La distribución como conflicto político

​Para entender el fondo de estas divergencias, es útil acudir a Piero Sraffa, el economista de Cambridge que desmontó la teoría neoclásica de la distribución. Para Sraffa, la división del «excedente» (la renta neta) no está determinada por leyes técnicas, sino por la relación de fuerzas entre las clases sociales.

​Si aplicamos la lente sraffiana, entendemos que el paso de Riqueza a Renta es un campo de batalla:

¿Se usa el excedente para crear industria pública (Noruega)?

¿Se consume en subsidios insostenibles sin inversión productiva (Venezuela)?

¿Se fuga hacia activos financieros para blindar a una élite (Arabia Saudí)?

​El régimen de conversión

​Este análisis nos lleva a una tesis fuerte: la clave no es la riqueza ni la renta por separado, sino el régimen social de conversión entre ambas.

​El reto del siglo XXI no es solo «crear riqueza» —el mantra vacío del crecimiento—, sino diseñar instituciones democráticas capaces de disciplinar al capital (el stock) para que sirva a la vida (el flujo). Podemos tener países con inmensa riqueza y «pseudorentas» que conducen a la pobreza, o países con stocks modestos pero flujos de renta convertidos en bienestar universal. Sin ese marco institucional, la riqueza no es una bendición, sino una trampa contable.

Notas:

 (ii) Polanyi introduce el concepto del doble movimiento para describir la dinámica central de la modernidad capitalista de finales del s XIX:

– Movimiento de mercantilización: expansión del mercado, liberalización, privatización, desregulación.

– Contramovimiento social: reacción defensiva de la sociedad para protegerse de los efectos destructivos del mercado (legislación laboral, Estado social, sindicatos, regulación financiera).

Este contramovimiento no es necesariamente progresista ni emancipador: puede adoptar formas democráticas (Estado del bienestar) o autoritarias (fascismo). Lo decisivo es que la sociedad siempre reacciona cuando el mercado amenaza su propia reproducción.

Polanyi es tremendamente actual cuando interpreta el auge del fascismo en la Europa de los años 20-30 no como una anomalía irracional, sino como una respuesta patológica al colapso del orden liberal del siglo XIX. Cuando el mercado destruye los vínculos sociales y la democracia no logra proteger a la población, surgen soluciones autoritarias.

En este sentido, La gran transformación es también un libro sobre los límites políticos del capitalismo desregulado.

No debemos establecer paralelismos mecánicos, pero una reflexión sobre las carencias de las acciones y obras de los gobiernos progresistas nunca estará de más.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/%E2%80%8Barquitectura-politica-capital-riqueza-esteril-renta-social/20260109080451245927.html