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La octava plaga

La crisis de los mercados financieros infecta a los mercados alimentarios

Fuentes: Freitag

La FAO, el organismo de la ONU encargado de la agricultura y la alimentación, estima hoy en más de 800 millones el número de personas subalimentadas en los países en vías de desarrollo, y en los EEUU, el país más rico de la tierra, serían 10 millones los afectados. En la Alemania del Hartz-IV (1) […]

La FAO, el organismo de la ONU encargado de la agricultura y la alimentación, estima hoy en más de 800 millones el número de personas subalimentadas en los países en vías de desarrollo, y en los EEUU, el país más rico de la tierra, serían 10 millones los afectados. En la Alemania del Hartz-IV (1) han regresado asimismo la pobreza y el hambre. También esto es una crisis energética, porque cargamos nuestros depósitos con alimentos, una energía, crucial para la supervivencia, que para muchos se ha vuelto incosteable: entre 2004 y 2007, los precios de los alimentos subieron de promedio un 83 por ciento.

Las revueltas de hambre en Haití, África occidental o Bangladesh constituyen una advertencia, puntualmente registrada por el Banco Mundial y el FMI. De aquí que en el orden del día de sus últimas reuniones no sólo hayan figurado la crisis financiera global, el cercano fin de las reservas petrolíferas y el cambio climático, sino también la crisis alimenticia. Ambas crisis energéticas y la crisis financiera tienen causas que no son independientes entre sí.

El libre comercio trae consigo el imperio avasallador de los ofertantes más competitivos de productos agrarios. Las grandes transnacionales agrícolas de EEUU y la UE impulsan monocultivos para la producción en masa, y desplazan a los pequeños productores con una oferta regionalmente adaptada. Encima, las transnacionales del agronegocio están subvencionadas, por lo que pueden vender a precios con los que nadie más podría sostenerse, haciéndoles así una competencia a la baja a las redes regionales de suministro. Al propio tiempo, se extiende el modelo occidental de los consumidores de carne, incluso a países inveteradamente habituados más bien a una energía nutricia de origen vegetal, como el arroz, el maíz y las hortalizas. Para producir la carne de las hamburguesas, obvio es decirlo, se precisa mucha superficie y el cultivo a gran escala de plantas destinadas a forraje. Lo que luego se echa de menos en la cotidiana ración de alimento. Y carne, no muchos pueden permitírsela.

Robert Zoellick, el presidente del Banco Mundial, ha comparado recientemente la escasez alimentaria con las «siete plagas» véterotestamentarias. Olvidó mencionar que una octava es la representada por el propio Banco Mundial. Es él quien ha impuesto la producción agrícola con fines de exportación, y no de suministro de la población local. Las divisas necesarias para servir los créditos en los mercados financieros globales eran para el Banco Mundial más importantes que la alimentación de la gente, aun si eso, a fin de cuentas, tampoco ha ayudado a los mercados financieros. Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, se precipitaron en la más profunda crisis de los últimos 100 años. Pero los especuladores no ceden. A pesar de las pérdidas, colocan cantidades cada vez más enormes de dinero en materias primas, empujando así al alza los precios de los alimentos. La crisis de los mercados financieros infecta, pues, a los mercados alimentarios.

A todo eso, tiene también su peso el hecho de que tierras de cultivo se destinen hoy, como nunca en el pasado, a llenar depósitos automovilísticos, más que a alimentar estómagos hambrientos. La humanidad se halla súbitamente ante la alternativa: food or fuel [comida o combustible], según ha titulado la FAO un informe. Una «alianza diabólica» de transnacionales petrolíferas, del sector automovilístico y de la industria farmacéutica y agrícola se propone transformar superficies cultivables del Sur global en un baluarte para la producción de combustible destinado al Norte global. En ésas estamos, y con ello y por ello, colocados en la fatal situación de que un precio al alza del crudo trae aparejado el encarecimiento de la biomasa y de los alimentos. El precio de llenar el depósito de un auto determina ahora el precio de los alimentos con que las gentes se llenan la barriga. Ambas crisis, la de los combustibles fósiles y la de los alimentos, son las dos caras de una misma moneda, a saber: la de un capitalismo fósil completamente desquiciado.

Los afectados pueden elegir entre la «salida» y la «voz» (2). Pueden tomar las de Villadiego y tratar, como emigrantes, salir mal que bien del paso. O exigir y rebelarse contra tamaño desastre. En las democracias, esto último, en circunstancias favorables, puede hacerse pacíficamente, pero las más veces se llega a la violencia, una violencia que procede de los defensores del statu quo de una dominación que ni siquiera puede garantizar la seguridad del suministro alimentario.

La verdadera soberanía alimentaria sólo puede darse cuando los propios productores de alimentos disponen de la tierra y de la cadena alimentaria. De todos modos, sin un control de los mercados financieros resuelto a someter la especulación a costa de los alimentos, todo eso no son sino afanes vanos. Contra las crisis de la energía fósil y de los alimentos, sólo sirven las energías renovables (pero no a costa de los alimentos de la gente), y un modo de vida radicalmente otro, capaz de ahorrar energía.

Hubo una vez la idea del cambio de base de la vida social, una idea que sucumbió a la «contrarrevolución neoliberal». Lo cierto es que, a la vista de una crisis multidimensional que no sólo amenaza con desestabilizar la economía, sino la vida de miles de millones de seres humanos, sería más necesario que nunca hacer realidad aquella idea.

NOTAS T.: (1) «Hartz IV» es un programa de contrarreforma en sentido neoliberal del Estado social de la República Federal de Alemania. El programa recibe su nombre de Peter Hartz, un ejecutivo de la empresa automovilística Volkswagen, a quien el anterior gobierno federal rojiverde de Schroeder y Fischer encargó un estudio para un plan de «reformas». Entretanto, el señor Peter Hartz, símbolo del desmontaje del Estado social en Alemania, ha sido procesado y condenado por corrupción. (2) En alusión al famoso libro del economista alemán exiliado en EEUU Albert O. Hirschman, Voz, salida y lealtad (traducción castellana: FCE, México, varias ediciones), un clásico de la ciencia social de la segunda mitad del siglo XX.

Elmar Altvater, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor emérito de Ciencia Política en el Instituto Otto-Suhr de la Universidad Libre de Berlín. Perteneció entre 1999 y 2002 a la Cimisión de Investigación sobre Globalización de la Economía Mundial del Parlamento federal alemán (Bundestag) y es miembro del Consejo Científico de attac. Su último libro traducido al castellano: E. Altvater y B. Mahnkopf, Las Limitaciones de la globalización. Economía, ecología y política de la globalización, Siglo XXI editores, México, D.F., 2002.

Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss