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La crisis que alimenta la burbuja

Fuentes: Rebelión

A estas alturas, ciudadanas y ciudadanos, seguimos sin entender exactamente las razones reales de la gran crisis financiera que ha estallado en el mundo. Leemos o escuchamos profundos, aunque poco didácticos, análisis sobre los motivos y las consecuencias de la misma, pero las personas de a pie únicamente tenemos el oscuro convencimiento de que, habiéndola […]

A estas alturas, ciudadanas y ciudadanos, seguimos sin entender exactamente las razones reales de la gran crisis financiera que ha estallado en el mundo. Leemos o escuchamos profundos, aunque poco didácticos, análisis sobre los motivos y las consecuencias de la misma, pero las personas de a pie únicamente tenemos el oscuro convencimiento de que, habiéndola provocado las entidades financieras, bancarias…, seremos nosotros y nosotras quienes sufriremos sus peores efectos. Sabemos que ésta se trasladará, ya lleva un tiempo en ello, a nuestro entorno más cercano y se traducirá en aumento de hipotecas, posibles congelaciones salariales, cierre de empresas y aumento del paro; en suma, nos dirán aquello, tantas veces oído, de que es necesario que «nos apretemos el cinturón».

Vislumbramos alguna cuestión elemental más, como es el hecho de que habiéndola provocado quienes más ganan, la pagaremos quienes menos posibilidades tenemos de hacerlo. (Nota triste: es insultante para la inteligencia leer en la prensa que el gobierno alemán ha aprobado que los directivos de los bancos no ganen más de 500.000 €uros al año; horror, qué van a hacer estas pobres gentes). También asistimos perplejos al hecho de que no se depura ninguna responsabilidad en esas entidades financieras, las cuales tienen nombres y apellidos al frente de las mismas y, sin embargo, los gobiernos se aprestan rápidamente a socorrerlas con dinero público, ese que todos y todas aportamos a las arcas del estado. Y esto, aunque no nos lo dicen, sabemos que supondrán recortes en los gastos sociales. Es decir, pagaremos dos veces: una, mediante la crisis en el entorno productivo y las consecuencias citadas anteriormente; dos, a través de los recortes en inversiones sociales.

Y por último, asistimos a llamamientos a la refundación necesaria del capitalismo, los cuales adornan con el calificativo de «será con rostro humano». Cuando lo que realmente se ha puesto en cuestión es la viabilidad del neoliberalismo aplicado e impuesto durante las últimas décadas y su rostro más inhumano. Aquel que somete todo a la libertad extrema del mercado, a las privatizaciones absolutas de todo lo posible y que prima a éste por encima del ser humano y de los pueblos.

Todo ello se justifica con que hay que salvar el sistema porque si éste cae caeremos todos y todas. Llamamientos a que peligra nuestro modo de vida, nuestro occidental nivel de riqueza, por lo que pretenden convencernos, para evitar los cuestionamientos y protestas al sistema, que es mejor esto que la hecatombe que se nos vendría encima con una caída/desaparición de este sistema neoliberal. Así, debemos ser los primeros interesados en que no se produzca, por ejemplo, la quiebra de los bancos, pues ello traería consigo el peligro de perder nuestros ahorros y las posibilidades de una vida mejor. Por lo tanto, callar ante la entrega masiva de fondos públicos a esas entidades es lo más inteligente.

Esto está ocurriendo y esto alimenta nuestra burbuja de falso bienestar en nuestra sociedad (Segunda nota triste: todas las burbujas, sean de cristal o de jabón, se rompen). Esa que nos hace vivir aislados de nuestro propio entorno y cada vez más alejados de la situación en que viven las tres cuartas partes de la humanidad. Es como si ya formáramos dos planetas diferentes, pero sin percibir que el nuestro vive así a costa del otro.

Esas tres cuartas partes de la población mundial llevan en crisis permanente desde hace demasiadas décadas y el sistema neoliberal imperante no ha hecho sino agudizar su situación. Todos los estudios y análisis demuestran que la brecha entre ricos y pobres, incluso en nuestra burbuja, no ha hecho sino aumentar en los últimos años. Se prometía que la libertad de mercado, que la desregularización del comercio y las privatizaciones no haría sino aumentar y extender la riqueza y mejorar las condiciones de vida de toda la población mundial. Pero los resultados demuestran que esto no es así, que la situación de pobreza se convierte en situación de miseria para un número cada vez mayor de personas en África, América y Asía, pero también en Norteamérica y Europa, y que la riqueza no ha hecho sino concentrarse en cada vez menos manos.

Y para ocultar esto, este capitalismo, en vías de refundación, nos empuja a considerar que debemos salvarnos nosotros mismos para que nuestro sistema de vida no se deteriore, ese espejismo que es el «vivir mejor», en vez del «vivir bien». Percibimos que todo lo salvable está en esa burbuja que es nuestro pequeño mundo de riqueza y que, entonces, hay que aceptar hacer los ajustes necesarios para que la misma no se deteriore. Todo lo que hay fuera no existe, o no nos debe afectar; no nos debe de interesar.

Desde la solidaridad y la cooperación internacional, tenemos la obligación y el deber de poner la situación de la mayoría de población mundial en el centro del debate. Por que no se trata de reajustar para mantener el sistema, cuando sabemos que éste es injusto para la inmensa mayoría, aunque sea nuestra tabla de salvación. La ética, la justicia y la dignidad de las personas y pueblos debe de considerarse como fundamental cuando se trata la crisis y sus soluciones y reconocer que el sistema neoliberal no cumple con esos mínimos de ética, justicia y dignidad.

Pero esto último no es solamente una cuestión de ética, sino básicamente de derechos. Cuando este año se cumple el 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, debemos poner las bases para un nuevo sistema donde esos derechos, y los que de los mismos se desprenden, no sean únicamente una declaración de reconocimiento, sino que puedan ejercerse por parte de todas las personas y pueblos de este mundo. Porque, un ejemplo más, el derecho a la vida no lo es si ésta no puede ser una vida digna y para todos y todas, y la indignidad del sistema establecido nos la quita.

Es el momento de sentarnos a reflexionar, pero también a actuar, sobre el sistema que hemos estado desarrollando, para vislumbrar que no lo necesitamos, ni lo queremos, básicamente porque no es justo para todas las personas que poblamos este planeta llamado Tierra.

Responsable Área Indígena Mugarik Gabe