Recomiendo:
0

La deuda

Fuentes: Quilombo

Las finanzas forman parte del corazón del capitalismo desde sus comienzos, desde que en Europa imitaron a árabes y chinos haciendo circular las primeras letras de cambio y desde que florecieron las ciudades-Estado del norte de Italia: Florencia, Venecia y Génova. Decía Giovanni Arrighi en El largo siglo XX (1994), siguiendo a Fernand Braudel, que […]

Las finanzas forman parte del corazón del capitalismo desde sus comienzos, desde que en Europa imitaron a árabes y chinos haciendo circular las primeras letras de cambio y desde que florecieron las ciudades-Estado del norte de Italia: Florencia, Venecia y Génova. Decía Giovanni Arrighi en El largo siglo XX (1994), siguiendo a Fernand Braudel, que «las altas finanzas en su forma capitalista moderna son una invención florentina» aunque «el verdadero lugar de nacimiento del moderno capitalismo financiero en todas sus formas fue la Génova de mediados del siglo XV«. Génova «conoce el secreto del régimen capitalista moderno que consiste en «retrasar los pagos o los reembolsos y solapar continuamente estos retrasos unos con otros; de un régimen que colapsaría si todas las cuentas se compensasen simultáneamente»«. Las finanzas constituyen el hilo conductor que comunica el capitalismo mercantil con el industrial y el financiarizado o cognitivo. Fueron expansiones financieras las que, desde que con las Provincias Unidas se consagró un sistema interestatal, concluyeron la hegemonía de las agencias estatales dominantes (Provincias Unidas, Imperio Británico, Estados Unidos). Y el Estado moderno -capitalista- se fue configurando en relación simbiótica con poderosos financieros (Médici, Fugger, Rotschild).

Por ello no tiene sentido contraponer finanzas y Estado, o la economía «real» o «productiva» frente a la economía «financiera», como si fueran dos sectores económicos diferenciados que compiten entre sí, y menos aún en el capitalismo contemporáneo. Sin crédito, es decir, sin deuda, no puede haber acumulación ni circulación de capital -que es lo que el soberano, Estado o Imperio, garantiza- aunque la relación entre acreedor y deudor ya existiera antes que el capitalismo. Es el crédito lo que hoy permite el comercio y la producción, y se ha desarrollado tanto que ha terminado por penetrar en todas las facetas de nuestras vidas. La producción y el consumo de bienes esenciales en nuestras sociedades como son la vivienda, el automóvil e incluso buena parte de los alimentos que ingerimos pasa por el crédito. Si partimos de esta constatación lo que consideramos como «especulación» apenas representa una pequeña parte, y no necesariamente la más relevante, de lo que implica la deuda.

La novedad que presenta el neoliberalismo es que va más allá y realmente pone la deuda en el centro del dominio y de la gobernanza de las personas. Es lo que analiza con acierto Maurizio Lazzarato en su último libro, La fabrique de l’homme endetté (Ed. Amsterdam, 2011). Lazzarato prefiere hablar de una economía de la deuda, frente al concepto de financiarización. Continuando con sus análisis previos sobre el neoliberalismo, inspirado en Foucault, Gilles Deleuze y Felix Guattari, Lazaratto destaca que es la producción y el control de la subjetividad humana lo que subyace al proyecto neoliberal.

La deuda es la herramienta fundamental, porque permite varias cosas. En primer lugar, facilita la producción de valor y su estimación, cálculo y captura. En segundo lugar, constituye un poderoso mecanismo de redistribución y de transferencia de ingresos, como podemos comprobar desde que estalló la crisis financiera. Y en tercer lugar, y esto es lo más importante, la deuda constituye una relación de poder, transversal a todas las demás relaciones de poder (empresario-trabajador, Estado social-usuario de los servicios públicos, empresa-consumidor, etc.). Esta relación se basa en la producción y en el control de la subjetividad: puedes ser libre solo en la medida en que adoptas un modo de vida compatible con el reembolso de la deuda. Lo cual requiere un «trabajo sobre sí mismo», un trabajo ético-político de constitución del sujeto, muy diferente al que se basa en lo común humano (puede decirse que las finanzas representan, en su abstracción, el común del capital). Su moral es la del miedo y la culpabilidad. El homo debitum es una persona capaz de prometer y ponerse como garantía del reembolso de la deuda contraída, y su subjetividad debe moldearse con ese fin, con ayuda de psicólogos, sociólogos, expertos en «coaching», etc. Lazzarato cita la Genealogía de la moral de Friedrich Nietzsche:

«El deudor, para infundir confianza en su promesa de restitución, para dar una garantía de la seriedad y la santidad de su promesa, para imponer dentro de sí a su conciencia la restitución como un deber, como una obligación, empeña al acreedor, en virtud de un contrato, y para el caso de que no pague, otra cosa que todavía «posee», otra cosa sobre la que todavía tiene poder, por ejemplo su cuerpo, o su mujer, o su libertad, o también su vida (o, bajo determinados presupuestos religiosos, incluso su bienaventuranza, la salvación de su alma, y, en última instancia, hasta la paz en el sepulcro (…))«

El trabajador, la trabajadora, se convierte en «empresario de sí mismo», «capital humano» o «capital-competencias», que asume los riesgos y servicios que externalizan tanto el Estado como la empresa. Él o ella contribuye individualmente a su pensión, paga -endeudándose- la educación de sus hijos y paga (el copago no es más que el principio) por los servicios sanitarios. No es que desaparezca el Estado del Bienestar, sino que cambia radicalmente de función. Los derechos sociales se convierten en «deudas sociales» y éstas a su vez en «deudas privadas», y el usuario o beneficiario pasa a convertirse en «deudor» frente al Estado. Por ello este «emprendedor» representa, en el marco de la economía de la deuda, otra forma de proletarización y de servidumbre que en cierto modo recuerda al trabajo forzado por deudas, tanto el que es propio de la era colonial del capitalismo (peonaje, indenture) como el que es generado por las leyes de extranjería.

En este contexto la confianza de la que habla Nietzsche -y la prensa económica- no tiene nada que ver con una fuerza generosa hacia los demás, pues se reduce a una confianza en la solvencia del deudor. La promesa de un pago futuro nos remite además a la producción de una temporalidad determinada. Un aspecto esencial de la lógica financiera es la manera que tiene de apelar al futuro, de anticiparlo y de hacerlo presente. Por este motivo «la deuda no es solo un dispositivo económico, es también una técnica de gobierno y de seguridad que se dirige a reducir la incertidumbre de los comportamientos de los gobernados.» (…) «[La finanza] encierra los posibles en un marco preestablecido al tiempo que los proyecta en un futuro. Para ella el futuro no es sino una anticipación de la dominación y de la explotación actual. Pero si se sobrepasa un umbral crítico de incertidumbre en cuanto al futuro de sus relaciones de explotación y de dominación, el presente vacío de posibles se hunde. La crisis es entonces una crisis del tiempo y la emergencia de un tiempo de creación política y social, que las finanzas se empeñan en destruir. ¡Nosotros estamos en esta situación! ¡La lógica de la deuda asfixia nuestras posibilidades de acción!«

El «umbral crítico de incertidumbre» se sobrepasó con la crisis de las subprime estadounidense, con los estallidos de las burbujas inmobiliarias y las sucesivas crisis financieras. A cambio de congelar salarios, negar el derecho a la vivienda y a la educación, y rechazar la mutualización social contra el riesgo (de desempleo, sanitario, pensiones), el neoliberalismo había propuesto créditos al consumo, compra de títulos bursátiles que se revalorizaban con el tiempo, créditos para pagar los estudios, inversión en seguros y fondos de pensiones. Pero «el sistema de crédito solo funciona en una economía en expansión que se amplía sin cesar a nuevos prestamistas» (Yann Moulier Boutang, «L’abeille et l’économiste», Carnets Nord, 2010), por lo que los Estados promovieron que la banca financiara el acceso de los pobres a la propiedad. De ahí que en Estados Unidos la proporción de propietarios de vivienda (o hipotecados) llegara al 73% en vísperas del crac de 2007-2008. Las finanzas debían resolver la tensión interna que existe entre el trabajador que debe ganar menos y gastar menos en prestaciones sociales y el consumidor que debe comprar cada vez más, asumir individualmente cada vez más riesgos… y especular con los mismos si quiere obtener más ingresos. Por eso tienen parte de razón tanto quienes denuncian a los banqueros como los que hablan de «la parte que nos toca«. En cierto modo, son los deudores pobres los que, de forma masiva, colapsaron el sistema. Así pues, como dice Lazzarato, «lo que quebró no es la «especulación», el supuesto desacoplamiento entre las finanzas y la economía real, sino la pretensión de enriquecer a todo el mundo sin tocar el régimen de la propiedad privada«. Al final, solo una minoría de la población se convierte en rentista, mientras la mayoría se enfanga en la deuda, ya sea privada o pública (que afecta incluso a quienes nunca han pedido un crédito al banco).

Lo que no se consiguió con el endeudamiento privado masivo -trascender la lucha de clases, que ha vuelto con fuerza- se pretende obtener desde la deuda pública o soberana. En este plano todos -o casi todos- nos convertimos en deudores. Y la deuda, infinita. Con ella se busca restablecer la técnica de gobierno y dominación que ofrece las finanzas. «Es la deuda soberana y no el mercado la que, en un último análisis, garantiza y hace posible la circulación de deuda privada.»

Es una pena que la mirada de Lazzarato sea un tanto eurocéntrica, algo lógico si tenemos en cuenta la que está cayendo en el viejo continente. La economía de la deuda encuentra en Asia una trayectoria histórica particular y en el laboratorio latinoamericano un marco idóneo de análisis. Gobiernos progresistas como los de Brasil, Venezuela o Argentina rompieron con el Consenso de Washington, tras pasar por momentos como los que hoy afronta Europa, pero curiosamente, ninguno rompió realmente con la lógica financiera: saldaron y continúan saldando deudas externas pendientes (en el caso argentino, con una importante quita, es cierto). Para ello acentuaron el extractivismo minero y agropecuario, lo que remite a la única deuda que no se puede saldar: la ecológica. En el caso brasileño, la deuda externa convive hoy con una abultada deuda interna de la que apenas se habla.

Maurizio Lazzarato realiza una acertada descripción del neoliberalismo como ideología y como gubernamentalidad, y de la deuda como su principal técnica de dominación. Sin embargo, me parece que va un poco lejos al identificarlo con el capitalismo que, según él, «no es una estructura ni un sistema». Toma una parte (el capitalismo neoliberal) por el todo (el capitalismo como sistema histórico). Es cierto que cuando nos limitamos a una perspectiva puramente sistémica acabamos ignorando los aspectos relacionales del poder y pasamos por alto la cuestión de la subjetividad. Pero al insistir en la relación acreedor-deudor como fuente de valor, y no como forma de evaluar y extraer valor de la actividad humana colectiva, prescinde de esta última y de las contradicciones que plantea al capital. Podemos decir que, pese a todo, no solo somos deudores. Lazzarato critica a sus amigos de la escuela del capitalismo cognitivo cuando sostienen que es el conocimiento, la cooperación cognitiva (que no es sino otra manera de concebir el trabajo) la fuente de valorización y de explotación, porque a su juicio esto no da cuenta de la multiplicidad y heterogeneidad de las diferentes relaciones de poder que solo la deuda parece aglutinar. Pero es que el capital no es el único eje de dominación, o dicho de otra manera, su lógica no permite explicar por si sola todos los demás ejes.

Sea como fuere, Lazzarato adopta esta posición porque considera que «la única manera de bloquear y de dar la vuelta no ya a los «riesgos» de las finanzas, sino al poder destructor de la deuda (…) reside en la capacidad de acción y de pensamiento colectivo de los deudores.» Hay quien, probablemente sin leerle, ya plantea el antagonismo en estos términos. Dmytri Kleiner, el autor de The Telekommunist Manifesto, y otros simpatizantes, impulsan en la red el Partido Internacional de los Deudores. De momento han creado un grupo en Facebook y un wiki. Parten de una lógica identitaria con la que hay que ser cauteloso (para que no se convierta en un fin):

«La política de tipo laborista está fallando porque los trabajadores ya no se identifican como trabajadores, por lo que cualquier llamamiento dirigido a los trabajadores es improbable que consiga resultados. Del mismo modo que la economía ha evolucionado desde el simple modelo de producción en el que nació este lenguaje clásico, así debe cambiar también el lenguaje de la política de clase.«

«No podemos movilizar a las masas como trabajadores, pero podemos movilizarlas como deudores.»

Comentarios y respuestas en su blog:

Genial como siempre, Samuel. Dos remarcas: 1. Escribes «Sin crédito, es decir, sin deuda, no puede haber acumulación ni circulación de capital -que es lo que el soberano, Estado o Imperio, garantiza- aunque la relación entre acreedor y deudor ya existiera antes que el capitalismo». No estoy de acuerdo de que no puede haber acumulación ni circulación de capital sin crédito, aunque si es verdad que el crédito lo facilita. Pero es perfectamente posible de tener una sociedad capitalista sin crédito (e.g. los capitalistas solo invierten dinero que ya tienen). El nivel de circulación y acumulación seria solamente mucho mas bajo. 2. Otra pregunta: como ves tu y Lazzarato’s análisis de deuda como el mecanismo fundamental de expropiación en relación con el «labour theory of value» (no se como decirlo en castellano), que dice que solo en el labor se produce sobrevalor. Son compatibles o hay diferencias? Jan

Remitente: Jan.2011/10/05 12:14:37.623 GMT+2

Gracias Jan:

1. Dices que «es perfectamente posible de tener una sociedad capitalista sin crédito (e.g. los capitalistas solo invierten dinero que ya tienen)». Es posible una sociedad sin crédito, pero no una sociedad capitalista. Por supuesto que los capitalistas pueden invertir individualmente dinero propio, también pueden comerse los billetes y las monedas físicas que posean, pero lo que caracteriza al capitalismo, en conjunto, es que en él el dinero tiene el «poder de reproducirse» (K. Marx) de manera continua, con independencia de la actividad humana concreta o del tipo de mercancías que se intercambia. Y esto se hace mediante el crédito. Es más, hoy muchas empresas invierten capital propio para desarrollar sus actividades pero usan las finanzas para tener beneficios. Es más: la deuda pública muestra además claramente ese «nexo Estado-finanzas» (D. Harvey) sin el cual no puede haber capitalismo.

2. Con el último libro de Lazzarato me queda la duda. Da la impresión de que, efectivamente, prescinde de las transformaciones del trabajo y de la cuestión del valor. Pero quizás es cuestión de énfasis al centrarse esta vez en la deuda. Sus palabras:

«Durante mucho tiempo pensé que esta implicación subjetiva derivaba principalmente de los cambios en la organización del trabajo. Hoy me gustaría matizar esta afirmación con la ayuda de una hipótesis complementaria: es la deuda y la relación acreedor-deudor lo que constituye el paradigma subjetivo del capitalismo contemporáneo, en el que al trabajo se añade un «trabajo sobre sí mismo», en el que la actividad económica y la actividad ético-política de la producción del sujeto van juntas.«

Más aquí. Entrevista al autor en France Culture .

Fuente: http://www.javierortiz.net/voz/samuel/la-deuda

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.