Desde que Israel lanzó el ataque contra Irán en junio de 2025, el conflicto ha sido analizado principalmente desde la perspectiva de la escalada militar y las fluctuaciones de los mercados energéticos mundiales. Sin embargo, las consecuencias de la guerra van mucho más allá de los precios del petróleo. El agravamiento de los riesgos que pesan sobre el transporte marítimo en el Golfo pone de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro mundiales, que dependen de la circulación ininterrumpida de materias primas, productos manufacturados e insumos industriales que atraviesan esta región.
Mientras los gobiernos, las empresas y los mercados financieros evalúan las repercusiones sobre los precios y el suministro, el estrecho de Ormuz emerge como la cuestión estratégica central en torno a la cual giran ahora multitud de otros desafíos: la seguridad regional, el comercio mundial, los flujos energéticos, los ejes de infraestructura, las sanciones, la reconstrucción y el futuro orden político de Medio Oriene. Tanto si el estrecho permanece abierto, como si es objeto de disputas o se transforma mediante nuevos «acuerdos» logísticos, se ha convertido en el eje central en torno al cual se articulan las negociaciones entre las visiones contrapuestas de la región.
Para descifrar estas dinámicas más amplias, recurrimos al economista político Adam Hanieh, cuyos trabajos analizan desde hace tiempo el papel del Golfo en el capitalismo internacional, la economía política de la integración regional y la relación entre poder de Estado, energía y imperio.
En esta entrevista, Hanieh cuestiona los análisis simplistas sobre la guerra que limitan su importancia a las fluctuaciones de los precios del petróleo. Más bien sitúa el conflicto en el marco más amplio de la economía política del imperio, demostrando que la importancia estratégica del Golfo no reside únicamente en sus exportaciones de energía, sino también en su papel central en las cadenas de suministro mundiales, los mercados financieros y los ejes de infraestructuras emergentes. La entrevista analiza las repercusiones de la guerra para el poderío estadounidense, la normalización de las relaciones entre el Golfo e Israel, la dependencia de los combustibles fósiles y la reconstrucción regional, al tiempo que destaca cómo las consecuencias del conflicto recaen de manera desproporcionada sobre las poblaciones vulnerables de Medio Oriente, África y el sur de Asia.
La idea central de Adam Hanieh es que la guerra no debe entenderse como un acontecimiento geopolítico aislado, sino como parte de una lucha más amplia en torno a la organización del comercio, los flujos de capital, las infraestructuras y la autoridad política en el seno de un orden mundial en rápida transformación. (Las respuestas a estas preguntas datan de principios de junio de 2026.
A.P. Redactores de la sección «Península Arábiga» de Jadaliyya: En sus últimos artículos, usted destaca el papel fundamental del estrecho de Ormuz, no solo para los flujos mundiales de petróleo, sino también para las cadenas de suministro en sentido amplio. En su opinión, ¿qué aspectos de las perturbaciones actuales se están pasando por alto o no son suficientemente analizados? Y, de cara al futuro, ¿qué podría significar un régimen dominado por Irán en el estrecho para la organización del comercio regional y mundial?
Adam Hanieh (AH): Gran parte de la cobertura mediática dedicada a los aspectos económicos de una guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán se centró en la evolución de los precios del petróleo y su impacto en los consumidores de Estados Unidos o de Europa occidental. Esto oculta el hecho de que el estrecho de Ormuz no es solo un cuello de botella petrolero, sino una importante vía comercial para muchas otras materias primas, entre las que se destacan los productos químicos básicos, las materias primas petroquímicas, los fertilizantes y el aluminio. En este sentido, la guerra pone de manifiesto que debemos alejarnos del estereotipo orientalista que reduce a los Estados del Golfo a simples «fuentes gigantes» de petróleo y comprender su papel central en las cadenas de suministro industriales mundiales, en el sentido amplio.
Esto adquiere una importancia especial, ya que los principales vínculos comerciales del Golfo se orientan ahora cada vez más hacia el Este, en lugar de dirigirse principalmente hacia Estados Unidos o Europa Occidental. La región conecta Asia Oriental, Asia Meridional y el continente africano gracias a los flujos de materias primas básicas a la base de la producción agrícola e industrial. Debido a estos cambios en la geografía del comercio, las repercusiones económicas de la guerra son potencialmente muy graves y van mucho más allá de una simple crisis energética, sobre todo en los países confrontados ya a la guerra y a los conflictos.
Tomemos el ejemplo de Sudán, que en 2024 importó por vía marítima el 54 % de sus fertilizantes desde el Golfo, lo que supone la proporción más elevada del mundo. Sudán también atraviesa una guerra civil que dura ya tres años —y en la que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos desempeñan un papel fundamental [como agentes que apoyan a facciones militares opuestas]— y que ha provocado el desplazamiento de un tercio de la población sudanesa. Así pues, aquí se observa cómo la guerra estadounidense-israelí contra Irán puede agravar crisis ya existentes.
El control de los movimientos de mercaderías a través del estrecho le daría, evidentemente, a Irán una poderosa influencia sobre el transporte marítimo mundial, los flujos energéticos y las consideraciones de seguridad regional. Sin embargo, considero que eso generaría una enorme presión por parte de los grandes importadores asiáticos, que dependen de un suministro ininterrumpido procedente del Golfo, y estimo que es poco probable que acepten tal acuerdo. A más largo plazo, eso podría acelerar los esfuerzos encaminados a diversificar las rutas y los proveedores.
AP: En los últimos años, hemos sido testigos de toda una serie de iniciativas destinadas a desarrollar alternativas al estrecho de Ormuz: corredores terrestres que conectan los Emiratos Árabes Unidos (EAU) con Jordania e Israel, oleoductos que unen los yacimientos petrolíferos del este de Arabia Saudita con los puertos del mar Rojo, así como rutas alternativas más improvisadas dentro de los Emiratos Árabes Unidos y entre éstos y Omán. ¿Cree que estas iniciativas darán lugar a infraestructuras sostenibles y a largo plazo? ¿En qué medida pueden reducir de forma significativa la dependencia de los Estados del Golfo —y de las cadenas de suministro mundiales— respecto al estrecho? ¿Y qué marco de análisis deberíamos utilizar para evaluar la viabilidad y la importancia estratégica de estas denominadas «alternativas»?
AH: El oleoducto terrestre de los Emiratos Árabes Unidos hacia Fujayrah [ciudad de los EAU], los oleoductos sauditas hacia el Mar Rojo y la mejora de las conexiones por carretera y portuarias dentro de los Emiratos Árabes Unidos podrían reducir la presión sobre determinadas exportaciones de crudo, pero no creo que puedan sustituir fácilmente la densidad de las infraestructuras intermodales que se han ido creando en el Golfo a lo largo de muchas décadas. Una vez más, hay que tener en cuenta que los Estados del Golfo no son solo exportadores de petróleo: los oleoductos no pueden transportar fertilizantes, productos químicos, alimentos y otras mercancías producidas en la región. Estas infraestructuras alternativas también son también vulnerables a los ataques militares y al sabotaje.
Pienso que es importante analizar estos distintos proyectos de infraestructuras desde la perspectiva de la región en su conjunto, en particular, los intentos estadounidenses y europeos de promover la normalización de las relaciones entre los Estados del Golfo e Israel. El Corredor India-Medio Oriente (IMEC) es un ejemplo de ello: tiene por objetivo crear corredores energéticos y comerciales alternativos que conecten la India y Europa a través del Golfo, Jordania e Israel. Esta propuesta es anterior al genocidio en Gaza, y las conversaciones continúan a un ritmo sostenido desde octubre de 2023. Las potencias estadounidenses y europeas presentan explícitamente el IMEC como un contrapeso a la iniciativa china «Belt and Road» en Medio Oriente. Del mismo modo, la iniciativa «3+1» sobre el gas, que conecta a Israel, Chipre y Grecia, fue presentada como una forma de reducir la dependencia europea del gas ruso, al tiempo que refuerza la arquitectura energética del Mediterráneo oriental alineada con Estados Unidos. En este sentido, esas alternativas en materia de futuras infraestructuras de desarrollo constituyen intentos de reorganizar los vínculos comerciales y económicos de la región en torno a Estados Unidos y sus principales aliados.
AP: Por otra parte, ¿este momento podría marcar un punto de inflexión histórico más amplio hacia una producción más localizada y una transición acelerada hacia las energías renovables?
AH: Lamentablemente, no creo que eso sea probable. Frente a las perturbaciones en el suministro y a la volatilidad de los precios, la respuesta predominante a escala mundial parece consistir en apostar aún más por los combustibles fósiles, mediante nuevos acuerdos sobre petróleo y gas, la ampliación de las infraestructuras de GNL (gas natural licuado), las subvenciones a la producción nacional de hidrocarburos, así como el debilitamiento o el aplazamiento de las normativas medioambientales.
Estados Unidos, en particular, intenta utilizar su dominio en el sector de los combustibles fósiles como medio para contrarrestar sus debilidades a nivel mundial en otros sectores. Lo hemos visto en Venezuela y ahora en Cuba, así como en el contexto de la guerra contra Irán. La propia conducción de la guerra refuerza asimismo el papel estratégico central de los combustibles fósiles, ya que los ejércitos modernos son instituciones que consumen enormes cantidades de petróleo. Un estado de guerra permanente encierra así al mundo aún más firmemente en la dependencia de los hidrocarburos. Esta guerra actual también demuestra hasta qué punto el petróleo debe considerarse mucho más que una simple fuente de combustibles líquidos para el transporte. Los productos petroquímicos, como los plásticos, los fertilizantes y otros materiales sintéticos derivados del petróleo y del gas, son esenciales para sectores que van mucho más allá del transporte, en particular los sistemas alimentarios y agrícolas, así como para una amplia gama de industrias manufactureras.
Pero pienso que el principal problema aquí radica en la falsa creencia de que, en cierto modo, nos encontramos en una «transición» hacia las energías renovables. El año 2025 registró el mayor consumo de petróleo, gas y carbón de la historia de la humanidad. Debido a la tendencia innata del capitalismo hacia una expansión sin fin, el flujo energético tiende siempre a crecer. Lo que estamos presenciando es la incorporación de las energías renovables a los combustibles fósiles -al igual que la denominada «transición del carbón al petróleo» a mediados del siglo XX no supuso un descenso del consumo de carbón, sino su expansión-.
Los Estados del Golfo ilustran claramente este carácter acumulativo de los sistemas energéticos: están realizando inversiones considerables en energía solar, eólica y otras formas de infraestructuras con bajas emisiones de carbono. Y se fijan también objetivos ambiciosos en materia de uso de energías renovables para la producción de electricidad. Sin embargo, todo ello se lleva a cabo en paralelo a los aumentos previstos en la producción de petróleo y gas, y no en sustitución de estos últimos. La razón principal de esta expansión de las energías renovables es que los países del Golfo desean destinar una mayor cantidad de petróleo y gas a la exportación, en lugar de quemarlos en su territorio para generar electricidad. Tal y como declaró hace unos años el ministro de Energía saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman, las energías renovables ofrecen una «triple ventaja»: un aumento de las exportaciones de petróleo, una energía doméstica más barata y el prestigio derivado del cumplimiento de los objetivos de emisiones. Así pues, en lugar de un abandono de los combustibles fósiles, estamos asistiendo a una superposición de las energías renovables sobre una base de hidrocarburos en plena expansión.
AP: Aunque esta guerra se presenta con frecuencia como un enfrentamiento con Irán, también puede interpretarse como un conflicto en el que los propios Estados del Golfo están profundamente implicados. El discurso político de Estados Unidos -especialmente bajo el mandato de Trump- a menudo hace hincapié en la obtención de concesiones económicas y estratégicas por parte de las economías del Golfo a cambio de supuestas garantías de seguridad. ¿Cómo interpreta usted los intereses estadounidenses en el seno del CCG (Consejo de Cooperación del Golfo) en el contexto de esta guerra? ¿En qué medida son los Estados del Golfo socios, clientes o incluso sitios de extracción en el marco de esta estrategia geopolítica y económica más amplia?
AH: Desde mediados del siglo XX, el Golfo constituye un pilar fundamental del poder mundial de Estados Unidos. Esto se debe, ante todo, a los enormes recursos petrolíferos y de gas de la región, que contribuyeron al auge mundial del petróleo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la importancia del Golfo nunca se limitó únicamente a los recursos energéticos físicos. Los grandes excedentes financieros generados por las exportaciones de petróleo y gas revisten igualmente una gran importancia. Desde la década de 1970, estos excedentes fueron invertidos en gran parte en activos en dólares, en bancos occidentales, en los mercados de bonos del Tesoro estadounidense y en la adquisición de material militar estadounidense. Gracias a estos flujos financieros, el Golfo desempeñó un papel clave en el mantenimiento tanto del papel internacional del dólar como de la arquitectura más amplia del poder financiero de Estados Unidos.
Lo que ha cambiado en las dos últimas décadas es la aparición de nuevos polos de acumulación de capital fuera de Estados Unidos, especialmente en China. El auge de China coincidió con un debilitamiento relativo del dominio de Estados Unidos en las tecnologías, las industrias, las cadenas de suministro y las infraestructuras clave. Al mismo tiempo, Estados Unidos se enfrenta ahora a toda una serie de problemas internos profundos, entre los que se destacan un disfuncionamiento político, el aumento de la violencia social, el encarcelamiento en masa, el problema de las personas sin techo y el deterioro de las infraestructuras públicas.
Pienso que las relaciones entre Estados Unidos y el CCG deben entenderse en este contexto mundial más amplio. Lo que Estados Unidos está intentando hacer -y se trata de un proyecto anterior a Trump- es reafirmar la supremacía estadounidense en Medio Oriente. Un elemento clave de esta estrategia consiste en profundizar las relaciones de Estados Unidos con las monarquías del Golfo y en impulsar el proyecto de normalización con Israel. Esto va mucho más allá del antiguo modelo de las «garantías de seguridad» (que, en mi opinión, siempre fue un poco simplistas). Actualmente, los Estados del Golfo están profundamente integrados en la economía política estadounidense a través de los mercados bursátiles, su participación en el capital de riesgo y los fondos especulativos, las inversiones de los fondos soberanos y otros canales financieros -además de su consumo continuo de material militar estadounidense-. Asimismo, comparten con la Administración Trump el mismo compromiso con un mundo centrado en las energías fósiles. Esto convierte al Golfo en un actor activo en la reproducción del poder de Estados Unidos, y no en simples clientes pasivos.
AP: ¿Considera que esta guerra es un indicio del declive del imperio estadounidense, tal y como lo afirman algunos? ¿Prevé algún cambio en las relaciones entre el CCG, Estados Unidos e Israel cuando termine la guerra?
AH: Pienso que, efectivamente, en las dos últimas décadas asistimos a un declive relativo del dominio mundial de Estados Unidos, y esta guerra es una señal más de esa tendencia general. Sin embargo, no creo que deba interpretarse como un simple derrumbe del poder estadounidense. Estados Unidos conserva su supremacía militar, y el papel central que ocupa el dólar le confiere un poder extraordinario para utilizar el acceso a los mercados mundiales como arma, a través de sanciones y controles extraterritoriales. Pero, como señalé anteriormente, este debilitamiento aumentó la importancia de Medio Oriente para Estados Unidos, sobre todo teniendo en cuenta la dependencia de China del suministro energético de la región y la importancia del Golfo como zona clave de los excedentes financieros mundiales. En este contexto, Estados Unidos siguió presionando a favor de una normalización de las relaciones entre Israel y los países del Golfo, en torno a un bloque alineado con Estados Unidos.
Parece que, efectivamente, los Emiratos Árabes Unidos hayan reforzado sus vínculos con Israel y Estados Unidos durante la guerra, y mi previsión es que esta tendencia continúe tras el conflicto. Lo que sigue siendo incierto es si Arabia Saudita adherirá oficialmente a los Acuerdos de Abraham. A diferencia de algunos comentaristas, no tengo la impresión de que Arabia Saudita se haya distanciado de Estados Unidos a lo largo de esta guerra. Tampoco creo que la monarquía saudita se oponga a la normalización de las relaciones con Israel; es sencillamente inconcebible que Baréin y los Emiratos Árabes Unidos hayan podido adherir a los Acuerdos de Abraham sin el visto bueno de Arabia Saudita. Pero es evidente que existen tensiones en el seno mismo del CCG, y estas podrían agravarse. Un factor clave en todo esto será la naturaleza de cualquier acuerdo que pueda alcanzarse entre Estados Unidos e Irán en el futuro próximo.
Otro aspecto importante de esta cuestión es el de la reconstrucción y las medidas de posguerra en Gaza, el Líbano, Siria, el Golfo y otros países. El «Consejo de Paz» de Trump constituye un claro vector de normalización, al reunir a Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Israel y otros actores en un único marco institucional. En gran medida, esos planes de reconstrucción constituyen una continuación de la guerra por otros medios y se superpondrán, además, a los diversos proyectos de infraestructuras que mencioné anteriormente.
AP: Usted señaló las consecuencias sociales a escala mundial de esta guerra, que van más allá de los precios del petróleo y las perturbaciones comerciales. ¿Cómo podrían manifestarse estas dinámicas dentro del propio CCG? En Baréin, por ejemplo, ya se observa un aumento de las tensiones: manifestaciones, detenciones y casos como el de Sayed Mousawi mientras que en otros lugares, los Estados del Golfo parecen prestar cada vez más atención a sus poblaciones migrantes, poniendo el énfasis en los temas de la inclusión y la unidad en sus comunicados oficiales. ¿De qué manera este momento podría remodelar las dinámicas sociales y políticas internas en el Golfo, y en qué medida podría hacer eco -o alejarse- de las trayectorias iniciadas por los levantamientos de 2011?
AH: La guerra conllevó una fuerte intensificación de la represión en el seno del CCG, en particular la detención y la muerte bajo custodia de Sayed Moustafa Mousawi en Baréin, así como la pérdida de la nacionalidad de miles de personas en Kuwait. En el resto del Golfo, se produjeron detenciones relacionadas con publicaciones en las redes sociales, restricciones al rodaje de documentales o a la difusión de información, advertencias contra los «rumores» y una mayor vigilancia de las expresiones públicas. Estas medidas se inscriben en una tendencia histórica más amplia en la que los conflictos y las tensiones regionales sirven para justificar la represión y la reducción del espacio político.
También debemos reflexionar sobre lo que una desaceleración económica en el Golfo podría suponer para la mano de obra migrante de la región. Los trabajadores migrantes representan una parte muy importante de la mano de obra en el conjunto de las monarquías del Golfo, y millones de hogares en el sur de Asia, Oriente Medio y África dependen de las remesas que estos envían a sus países de origen. En crisis anteriores, como en 2008 y durante la pandemia de COVID-19, muchos de estos trabajadores y trabajadoras perdieron su empleo y se vieron amenazados de expulsión. Una disminución de las remesas de los migrantes tendría repercusiones en las poblaciones de los países de origen mucho más allá del Golfo.
Como en 2011, las reivindicaciones económicas pueden vincularse rápidamente con otras reivindicaciones políticas y poner de manifiesto las divisiones existentes en la población. Este es especialmente el caso de Bahréin, donde las desigualdades económicas están relacionadas con modelos de gobernanza sectarios. En Kuwait, la revocación de la nacionalidad es anterior a la guerra, pero el conflicto sirve de pretexto para acelerar (y justificar) estas medidas. Sin embargo, el panorama político en el Golfo ya no es el mismo que en 2011, cuando los movimientos de protesta formaban parte de un levantamiento regional más amplio. Las capacidades represivas de los Estados del Golfo son mayores que en aquella época, y considero que el espacio para la contestación está más restringido y controlado. Pero hay un elemento diferente en la actualidad: el grado en que la normalización de las relaciones con Israel —y, en términos más generales, el proyecto de los Acuerdos de Abraham— constituye una línea de fractura en el seno de las sociedades del Golfo. La simpatía de la opinión pública hacia Palestina sigue siendo fuerte, lo que genera una tensión con los esfuerzos que realizan los dirigentes del Golfo por profundizar sus vínculos con Israel.
Adam Hanieh, profesor de la SOAS, Universidad de Londres, y director del SOAS Middle East Institute. Recientemente publicó en la editorial Verso la obra titulada Crude Capitalism. Oil, Corporate Power and the Making of the World Market, en septiembre de 2025.
Entrevista realizada por los responsables de la sección «Península Arábiga» (AP) del sitio web Jadaliyya
Entrevista original en inglés publicada en Jadaliyya
Traducción de Correspondencia de Prensa.


