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Entrevista a Franck Gaudichaud

La era de los depredadores: los retos de la intervención imperialista de Trump en Venezuela

Fuentes: Viento Sur

El ataque contra Venezuela a principios de enero y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores forman parte de la nueva estrategia de Estados Unidos en el marco de la reorganización del mundo y las relaciones de fuerza interimperialistas. Esta estrategia agresiva pasa, en particular, por un refuerzo de la presión económica y del intervencionismo militar directo hacia América Latina. Franck Gaudichaud repasa estos acontecimientos en una entrevista realizada por Antoine Larrache para la revista Inprecor.

¿Qué ocurrió durante el secuestro de Maduro y su compañera?
Aún hay muchos elementos y detalles que desconocemos, incluso más de un mes después, pero es evidente que nos encontramos ante una agresión imperialista a gran escala y, literalmente, ante un golpe de Estado, que tuvo lugar en la noche del 2 al 3 de enero. Venezuela fue bombardeada con un despliegue militar sin precedentes (más de 150 aviones y helicópteros simultáneamente) . Es la primera vez que un país de América del Sur es bombardeado de esta manera (todos recordamos las últimas intervenciones en el Caribe y América Central, contra el general Noriega en Panamá, en 1989, o la invasión de Granada en 1983, precedida por la detención y posterior ejecución del primer ministro Maurice Bishop).

La presencia militar estadounidense viene siendo masiva en el Caribe desde hace varios meses, con en la presencia, incluso, del portaaviones más grande del mundo, el Gerald Ford, y de toda una armada; todo ello con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico que supuso el bombardeo de embarcaciones y varias ejecuciones extrajudiciales. Finalmente se confirmó la posibilidad de una intervención. Hubo un desembarco de fuerzas especiales durante la intervención y la destrucción de varios puntos neurálgicos y de defensa de Venezuela. La ausencia casi total de una defensa organizada y centralizada, en particular antiaérea, de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas (FANB) permitió capturar y secuestrar en un tiempo récord al presidente en ejercicio Nicolás Maduro y a su compañera, la diputada Cilia Flores, que fueron extraídos y deportados a Estados Unidos. Fueron presentados ante un juez en Nueva York con cargos sin base real, entre ellos el de estar al frente de un narcoestado.

Esta operación militar, que viola la soberanía de Venezuela y, por supuesto, todas las leyes internacionales (que son la última preocupación de Trump), inaugura un brutal intento de recolonización del país y, tal vez incluso, la instauración de un protectorado a medio plazo, si creemos en los primeros anuncios de la Casa Blanca. En el contexto de la larga crisis del capitalismo, del declive de la hegemonía mundial de Estados Unidos y de la violenta reorganización del sistema interimperialista, Trump tiene como objetivo de situar bajo su control y disciplinar todo el hemisferio, gracias al uso, o la amenaza en todos los frentes, del mayor arsenal militar-industrial que la humanidad haya construido jamás. Se trata, también y más directamente, de recuperar el control de la Venezuela bolivariana y preparar el saqueo colonial de las inmensas reservas de petróleo pesado del país.

Según tu información, ¿cuál es la actitud del aparato estatal y de las clases dirigentes en Venezuela tras esta operación?
Todavía está en proceso de reorganización. Lo que se observa claramente —y lo confirman nuestros contactos sobre el terreno— es que, tras el secuestro del presidente y su compañera, existe una continuidad del aparato estatal madurista, que hoy encarna la figura de la presidenta interina Delcy Rodríguez. Tanto la dirección militar como la civil, las altas esferas de la burocracia, los dirigentes del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) y las diferentes facciones de la burguesía bolivariana parecen hacer bloque… por ahora. Por supuesto, lo determinante aquí es y será la actitud del Ejército, pilar del movimiento cívico-militar bolivariano y también del control político de Maduro, especialmente desde las crisis de 2014 y 2017-2019.

Por ahora, junto a Delcy Rodríguez, se ven a los principales dirigentes de lo que fue el madurismo en el poder desde la muerte de Hugo Chávez, en 2013. Empezando por Diosdado Cabello, que es el hombre fuerte del régimen, ya que controla la Policía, tiene vínculos muy fuertes con el Ejército y, hasta ahora, también con China. El ministro de Defensa y jefe del Estado Mayor, el inamovible Vladimir Padrino López, muestra su apoyo (no ha sido destituido a pesar de la derrota de enero), y el hermano de la presidenta: Jorge Rodríguez, uno de los hombres clave del chavismo y luego del madurismo, hoy presidente de la Asamblea Nacional. Entre la izquierda crítica, pero también chavista (incluso entre ministros en funciones), y entre numerosos analistas, se debate hasta qué punto un sector o, al menos, algunos miembros del régimen podrían haber abandonado a Maduro antes; si ante la máxima presión ejercida por Estados Unidos (y las recompensas prometidas), y tras los repetidos fracasos de las negociaciones con Trump llevadas a cabo por el presidente ahora encarcelado en Estados Unidos, ha habido traiciones o deserciones en el círculo más próximo a Maduro.

Toda una parte de la burocracia en el poder, y en particular los altos dignatarios militares, tienen intereses económicos que salvar en la extracción petrolera y minera y su impunidad que negociar en caso de cambio de régimen… Pero ¿con qué margen de maniobra podrán influir hoy en día, sobre todo en ausencia de un amplio movimiento de resistencia popular y autónoma a nivel nacional?

El hecho es que, ante esta agresión del Pentágono, que se pesaba posible, aunque no probable, no ha habido una capacidad de reacción político-militar inmediata, a pesar de que las fuerzas armadas venezolanas estaban, supuestamente, en alerta permanente. En los últimos años se han invertido varios miles de millones de dólares en material ruso y chino, en particular para proteger Caracas y el espacio aéreo con defensa antiaérea y radares sofisticados. Todo parece haber sido neutralizado de antemano, quizás incluso con armas electromagnéticas y, sin duda, mediante un paciente trabajo de inteligencia. Por lo tanto, hay muchas incógnitas desde este punto de vista, pero no ha habido ningún movimiento coordinado de defensa nacional. ¿Significa esto cierta complicidad activa o pasiva interna a escala limitada, una pérdida de control de la cadena de mando, una pasividad estratégica asumida por el Estado Mayor a la espera de una reorganización del poder? Los debates van viento en popa en Miraflores, y los rumores y las fake news también son alimentados frenéticamente por los servicios de Washington para mantener el control. Quienes han pagado un alto precio de esta debacle son más de 110 personas (civiles y militares), entre las que se encuentran miembros de la guardia personal de Maduro y, en particular, 32 agentes cubanos asesinados en el enfrentamiento.

En cuanto a la posición de Delcy Rodríguez, a nivel interno, primero confirmó el refuerzo del estado de excepción (por lo que parece que estamos lejos de una perspectiva de apertura) y, a continuación, acaba de apoyar una amplia ley de amnistía denominada “coexistencia democrática” que abarca el período 1999-2025, que permitiría, si es aprobada por el Parlamento, la liberación, bajo condiciones, de varios cientos de presos políticos. Este proyecto de ley confirma oficialmente la existencia de «presos de conciencia» en Venezuela (detenidos, entre otros, por comisión de delitos políticos o crítica a funcionarios ). Recordemos que la ley no se aplica a los asesinatos ni a los actos de violencia agravada, en particular los cometidos por la extrema derecha, ni siquiera a la corrupción (lo cual es bastante positivo) . Este proyecto de amnistía es también el resultado de la intensa movilización de varios colectivos de familiares de detenidos.

En términos más generales, los Rodríguez (Delcy Jorge] parecen confirmar lo que Trump y Marco Rubio anunciaron con orgullo en su rueda de prensa, inmediatamente después de la agresión: estarían dispuestos a iniciar una nueva era de “cooperación” con Estados Unidos, en particular para facilitar la “reconstrucción” de la industria petrolera bajo tutela imperialista. Es cierto que el margen de maniobra es limitado. No obstante, la presidenta ha reiterado que se trata de salvar la soberanía del país, ha pedido oficialmente la liberación inmediata de Maduro y Flores, y ha adoptado un tono antiimperialista en sus discursos televisados. Sin embargo, el director de la CIA, John Ratcliffe, ha sido recibido en Caracas e incluso condecorado. Y Trump ha anunciado que cancela cualquier nuevo ataque porque “Estados Unidos y Venezuela ahora trabajan bien juntos”… La entusiasta y sonriente acogida que la presidenta interina dispensó al ministro de Petróleo de Estados Unidos a principios de febrero, para planificar el nuevo orden imperial, ha provocado la consternación de muchos venezolanos y venezolanas apegados a la soberanía de su país.

¿Hasta qué punto podrá organizarse un madurismo sin Maduro, bajo la presión del imperialismo y colaborando con Trump? ¿Por qué no ha habido movilizaciones importantes de las bases chavistas y populares?
La opción que se pensaba, que era la de Trump, era la de un cambio de régimen , colocando en el trono a la oposición ultraconservadora neoliberal y proestadounidense encarnada por María Corina Machado y el candidato presidencial de 2024 Edmundo González, destituido después de un fraude electoral. Pero Machado ha sido humillada públicamente y apartada por Trump, al menos por ahora: ¡y el regalo de su medalla del Premio Nobel de la Paz al autócrata de Estados Unidos no va a cambiar gran cosa! La apuesta de Trump es, por tanto, apoyarse claramente en el aparato estatal y el madurismo, calculando que controlan el país, constatando que conservan el apoyo esencial del Ejército y también de bases sociales reales (aunque mermadas): el chavismo popular, cuyas posibles resistencias conviene intentar canalizar desde un punto de vista del imperio. Todo ello ejerciendo al mismo tiempo una amenaza y una coacción político-militar y económica considerables. Los cálculos de Washington son que Corina Machado y Edmundo González no serían capaces de reorganizar brutalmente el país a corto plazo sin el apoyo directo del imperialismo, incluso con tropas sobre el terreno. Un escenario al estilo iraquí es impensable para Trump y sería demasiado costoso, incluso a nivel interno, ya que su base MAGA es muy crítica, la situación en Estados Unidos es tensa, con luchas muy importantes en curso (en particular contra el ICE) y las elecciones de mitad de mandato se acercan (en noviembre).

No obstante, resulta bastante sorprendente que el aparato estatal y la boliburguesía sean capaces de provocar algún revuelo.
Todo el mundo está a la expectativa; el Gobierno interino venezolano en funciones, como he dicho, cambia de posición permanentemente, incluso en relación con la propia población. No obstante, la caída ha sido fuerte, especialmente para quienes pensaban que era posible una resistencia nacional antiimperialista masiva, alimentada por años de Revolución Bolivariana. En este momento predominan el miedo y la incertidumbre y, aunque ha habido manifestaciones de apoyo a la liberación de Maduro, con varias decenas de miles de personas, han sido relativamente tímidas y poco espontáneas. Por otra parte, no es tan sorprendente, dada la enorme asimetría militar y la máxima presión política ejercida por el imperialismo estadounidense en un contexto regional adverso. Pero también porque, desde hace más de una década, asistimos a una desintegración autoritaria, a un colapso político, a la destrucción económica del país de Chávez y de lo que pudo encarnar en la década de 2000 el proceso bolivariano y su impulso nacional-popular progresista, cesarista redistributivo y antiimperialista.

El madurismo ha intensificado los aspectos más problemáticos del chavismo y ha consolidado una casta boliburguesa en el poder, una nueva oligarquía que ha acumulado, mediante la desposesión y la corrupción, las divisas procedentes de la extracción petrolera y minera y algunos activos del Estado. Tras reprimir las manifestaciones (a menudo violentas) y a los sectores de la oposición conservadora proimperialista y tras cerrar temporalmente el parlamento elegido en 2017 y concentrar los poderes en torno al ejecutivo, Maduro hizo lo mismo con la oposición de izquierda, contra los antiguos aliados (en particular, el PCV [Partido Comunista Venezolano]), encarceló a sindicalistas o exdirigentes, como también a exministros chavistas. La situación interna, agravada –e incluso multiplicada– por años de bloqueo de Estados Unidos y cientos de sanciones imperialistas, provocó el exilio de 8 millones de venezolanos (¡de una población de 28 millones!).

Aunque en los últimos años se ha producido una lenta y continua recuperación a nivel macroeconómico, encarnada por la gestión muy pragmática de Delcy Rodríguez, responsable de la extracción de petróleo, tal y como denuncian varios sindicatos venezolanos, la política económica y los derechos laborales bajo Maduro se asemejan más a una distopía neoliberal, a la destrucción de muchos los derechos fundamentales y a una huida extractivista hacia adelante extractivista con consecuencias ecológicas catastróficas, que al “socialismo del siglo XXI”… Al punto que una amplia coalición sindical había previsto, incluso, llevar a cabo huelgas y movilizaciones a mediados de enero, proyecto que se vio frustrado por Trump y su locura belicista.

En estas condiciones, la ausencia de condiciones que permitan una resistencia antiimperialista amplia, multipartidista, con una base popular movilizada detrás de un gobierno nacional legítimo, es evidente. Y la administración Trump es perfectamente consciente de ello. No estamos en abril de 2002, cuando Hugo Chávez sufrió un golpe de Estado, apoyado por la CIA y la patronal local, y fue “salvado” por los “barrios”, por una movilización popular muy fuerte, mientras que los militares mostraban su disposición a rechazar este golpe de Estado proimperialista.

Ahora bien, ¿existen sectores del aparato cívico-militar aún anclados en esta perspectiva nacional-popular y dispuestos a resistir? El chavismo popular, las izquierdas críticas, los sindicatos y los movimientos sociales están considerablemente debilitados, algunos desmoralizados y otros cooptados. Sin embargo, se mantiene la memoria del chavismo de los orígenes y, en muchos territorios, siguen en pie algunas experiencias colectivas comunitarias. No obstante, parece que una parte nada desdeñable de la población, con mucha resignación, piensa que esta nueva crisis podría aflojar el estrangulamiento del país y que la llegada de capitales estadounidenses podría traer consigo un repunte económico, o incluso el regreso de millones de exiliados.

¿Vamos a asistir a la instauración de una especie de cogestión forzada entre el capitalismo fósil yanqui y la boliburguesía? Y en el plano político, ¿a una colaboración proimperial por parte del Gobierno para intentar salvar sus intereses y, por otra parte, seguir dirigiendo el país en un contexto de cuasi protectorado? Por el momento, no se plantea una transición, ni siquiera elecciones a corto plazo. Pero todo el mundo la contempla a medio plazo. ¿Es posible una reacción nacionalista por parte del poder? En cualquier caso, la nueva ley sobre hidrocarburos que acaba de aprobarse profundiza considerablemente lo que Maduro había iniciado en los últimos meses y cuestiona radicalmente la soberanía del Estado sobre los recursos, así como las orientaciones de la Constitución bolivariana de 1999 en beneficio de las multinacionales estadounidenses. ¡Se trata de un retroceso histórico! En estas condiciones, una cuestión clave es qué capacidad tendrán las clases populares para reorganizarse de forma autónoma, rechazar la tutela de Trump y exigir la democratización real del país en este nuevo contexto, tras años de enorme precariedad material y derivas autoritarias.

Trump explicaba que quería recuperar lo que supuestamente se había robado a Estados en términos de recursos petroleros.
El sátrapa estadounidense anuncia sin rodeos el saqueo al que quiere dedicarse y la recuperación del control del país. Históricamente, desde el descubrimiento del petróleo y los primeros pozos en 1914, y sobre todo en la época dorada de la extracción en los años 60 bajo el yugo de las multinacionales yanquis, estas pudieron beneficiarse plenamente de la extracción petrolera, con tasas de beneficio gigantescas, desmesuradas, mucho más que, por ejemplo, en Arabia Saudí o en Oriente Medio.

Esto está en la mente de la oligarquía en el poder en Estados Unidos, y hay una voluntad de volver a este tipo de acumulación salvaje por desposesión. Cuando Trump dice que fueron apartados, se podría pensar que se refiere a la nacionalización de 1976 por parte de la socialdemocracia venezolana (bajo Carlos Andrés Pérez), pero en realidad se refiere más directamente a 2007, cuando Chávez reorganizó las empresas mixtas en beneficio de PDVSA y nacionalizó gran parte de la extracción en la franja petrolera del Orinoco, donde se encuentra la principal reserva actual, ¡quizás 300 000 millones de barriles! Se trata de la primera reserva probada a escala planetaria, pero de un petróleo extrapesado, muy costoso de refinar.

Lo que querría el multimillonario Trump es que esta reserva volviera a caer en las redes de Exxon, Chevron y los grandes grupos estadounidenses, y poder dictar el precio del crudo mundial (Venezuela es un actor central de la OPEP). En realidad, en un contexto en el que, por el momento, el 80 % de las exportaciones se destinan a China y las infraestructuras están muy deterioradas (con 800 000 barriles al día en la actualidad), no es tan fácil. En cualquier caso, hay que realizar grandes inversiones, algunos hablan de 60 000 millones de dólares, incluso de 100 000 millones a lo largo de varios años, que debería inyectar el capital norteamericano. Nada está decidido, ya que, habría que garantizar a estos capitalistas que el control social y político del país, a largo plazo, será estable y que China quedará efectivamente apartada o, al menos, marginada. Se trata realmente de una perspectiva de recolonización que podría ponerse en marcha.

Al mismo tiempo, si el eje energético y petrolero salta a la vista (en su discurso Trump dijo “el dinero sale del suelo en Venezuela”), hay que analizar el aspecto geoestratégico que, en mi opinión, es esencial y que, por cierto, Marco Rubio expresa con brutalidad: disciplinar a toda la región, amenazar a Sudamérica. Con la mirada puesta en Brasil, que todavía tiene una capacidad de relativa autonomía geoestratégica. Y, al mismo tiempo, realinear el espacio caribeño y, sobre todo, asfixiar totalmente a Cuba y a su pueblo (la obsesión del clan de Miami de Marco Rubio) para que caiga como un fruto maduro sin necesidad de una intervención directa. Una Cuba que pierde a su aliado esencial en Caracas y su suministro de petróleo, mientras que la economía de la isla está exangüe, en una situación aún peor que durante el “período especial en tiempos de paz” de principios de los años noventa. La isla está claramente amenazada hoy en día, lo que supondría una nueva derrota importante para la soberanía latinoamericana. Y, de paso, amenazar a Colombia y México, ambos países todavía gobernados por gobiernos progresistas y con cierta capacidad de autonomía relativa en el tablero regional (las elecciones están cerca en Colombia y la presión será fuerte).

Los documentos de la “Nueva Estrategia de Seguridad Nacional” (NSSS) de la Casa Blanca, publicados el pasado mes de diciembre, confirman la voluntad de trastocar las relaciones internacionales e incluso de fascistizar cada vez más el orden mundial. Éric Toussaint acaba de dedicar un estudio detallado a este tema 1. Volvemos a entrar en la era de los Estados depredadores, del gangsterismo imperialista (que, por supuesto, nunca ha desaparecido), en la que solo cuenta la fuerza bruta: América Latina es su patio trasero, mientras que Putin puede hacer más o menos lo que quiera a escala europea (se desprecia a la burguesía europea por su debilidad, su pusilanimidad y su división), incluso en Ucrania, mientras que China encarna al verdadero enemigo sistémico: un Imperio Medio que hay que debilitar en la región latinoamericana y contener en el sudeste asiático.

La administración Trump está rediseñando el mundo para hacer frente al declive de su imperio, antaño hegemónico. Esta nueva fase de las relaciones internacionales en la era de la cuarta edad del capitalismo y de los grandes cambios climáticos y ecológicos es más peligrosa que nunca, la de la remilitarización de las relaciones interestatales y de los conflictos bélicos a escala continental. Gilbert Achcar describe una “nueva guerra fría”, bloque contra bloque, y esta está cada vez más plagada de conflictos abiertos, calientes y de violencia colonial, empezando por el genocidio en Gaza 2.

¿Cómo ves este proceso de recolonización en América Latina, sabiendo que China es actualmente su primer socio comercial?
Aquí vemos las consecuencias de lo que llamamos, desde hace algún tiempo, la policrisis del sistema capitalista e interimperialista. Las grandes potencias no se han recuperado realmente de la crisis desde 2008 y nos encontramos, en términos más generales, en una onda larga de estancamiento secular, con una reorganización en curso de las cadenas de valor, y marcada por la hiperconcentración del capital a nivel mundial 3. En esta fase, la primera potencia actual —Estados Unidos de América—, en declive, quiere recuperar violentamente espacio, recursos, mercados y capacidad de proyección geoestratégica.

En este sentido, resulta muy interesante volver a los escritos de Lenin, Rosa Luxemburg, Ernest Mandel o Samir Amin sobre el imperialismo, sin leerlos como una verdad revelada, por supuesto, lo mismo que los ricos debates sobre las relaciones centro-periferia, la teoría del desarrollo desigual y combinado o la de la dependencia en los años 70 4. Los autores que pensaban que la era del imperialismo había más o menos terminado o que íbamos a ver surgir un superimperialismo de las multinacionales, transestatal, que gobernaría el mundo, se equivocaron gravemente: lo que se confirma es un sistema interimperialista fuertemente jerarquizado y competitivo, apoyado sobre todo en Estados nacionales fuertes y en potencias militares nacionales. Las multinacionales los acompañan en el proceso, al igual que el capital financiero.

En este contexto, la idea de la seguridad hemisférica y la doctrina de la seguridad nacional, que está en el centro del pensamiento estratégico estadounidense para América Latina, se reafirma de manera ultraviolenta. La doctrina Monroe, con su corolario Roosevelt y la política de la cañonera, es revisada por la administración de Donald Trump con estruendo y violencia en la doctrina Donroe. Según esta visión del mundo, el problema es ahora la competencia de China en todos los ámbitos, en particular en el de la tecnología, las infraestructuras (incluidas las de las grandes tecnológicas y monetarias) y el poder geopolítico (aunque todavía no en el ámbito militar). El trabajo de Benjamin Bürbaumer es esclarecedor a este respecto: el desarrollo capitalista de China desde los años noventa pone en peligro directamente la globalización bajo la hegemonía estadounidense y la del dólar, tal y como se construyó durante la segunda mitad del siglo XX 5 . China está desplazando comercial y económicamente a Estados Unidos en la región latinoamericana: es el primer socio comercial de Brasil, Perú, Chile y toda Sudamérica. Esta dinámica parece casi inalterable. Incluso México, que está completamente integrado en la red y las cadenas de valor estadounidenses (en particular, a través de un acuerdo de libre comercio), tiene como segundo socio comercial a China, con empresas instaladas directamente por el Imperio Medio en la frontera con Estados Unidos.

Trump lo ha dicho y lo repite: ya no era posible que China controlara los puertos del Pacífico y del Atlántico a la entrada del canal de Panamá, y ha conseguido cambiar la situación mediante presiones políticas y millones de dólares: Panamá vuelve a ser un canal totalmente bajo la bandera estadounidense. Sus herramientas son las múltiples bases estadounidenses, el despliegue de la cuarta flota, un control muy estricto a nivel militar, informativo y siempre económico, mientras que China no tiene medios militares reales en la región (en este momento).

La relación con Colombia es fundamental en este sentido, ya que hasta ahora este país era la clave de la geoestrategia militar para la región sudamericana, a través del Plan Colombia y con el pretexto de la lucha contra las guerrillas y los narcos, mientras que el espacio centroamericano y caribeño se considera más fácil de controlar (aunque Cuba sigue resistiéndose). Esto explica los duros conflictos diplomáticos de Trump con el presidente Petro, aunque hay negociaciones en curso.

El resultado de esta batalla de titanes es incierto: incluso en la Argentina de Javier Milei, China sigue siendo fundamental en los intercambios comerciales. Por lo tanto, hay aspectos geopolíticos e ideológicos: Trump quiere reforzar a los suyos, a la extrema derecha regional, a los Milei, los Bolsonaro, los Kast, y practica el intervencionismo electoral, como hizo en las elecciones de mitad de mandato en Argentina. También lo ha conseguido recientemente en Honduras, y seguirá apoyando a Kast, el pinochetista recién elegido en Chile, al multimillonario conservador Noboa en Ecuador, a la derecha conservadora liberal en Bolivia, y presionará a los gobiernos, incluso a los más moderados, como el de Lula en Brasil, para decirles: “si os resistís, seréis considerados enemigos, y si sois enemigos, os aplicaremos aranceles completamente inéditos del 40 o 50 %, o directamente os amenazaremos militarmente, como hemos sabido hacer en Venezuela”.

Este despliegue de fuerza, que también se está llevando a cabo contra Groenlandia, demuestra que Estados Unidos es cada vez menos una potencia hegemónica capaz de proyectar fuerza pero también soft power, adhesión y consenso: ahora representan el dominio bruto centrado en las relaciones de fuerza político-militares y los ukases comerciales, con el telón de fondo de la amenaza de destrucción económica o colonial contra quienes no se alineen con él, incluida Europa y los aliados de la OTAN si es necesario.

Debe de ser muy complejo modificar las cadenas de valor y la organización internacional del trabajo, por lo que se necesitarán gobiernos extremadamente represivos. Incluso en Venezuela, esto puede entrar rápidamente en contradicción con lo que Trump u otros puedan presentar como una supuesta apertura democrática.
Exactamente. Es interesante señalar las recientes declaraciones de figuras que representan al capitalismo fósil estadounidense y a las grandes empresas de explotación de hidrocarburos, que expresaron sus dudas y reticencias sobre la considerable inversión que supondría la reconquista del petróleo en Venezuela en su beneficio, y las escasas garantías sobre el futuro que tendrían sin una estabilización política que sigue siendo difícil (salvo mediante el establecimiento de un protectorado represivo y costoso). Trump debió de recibirlos y reiterarles su compromiso con ellos. A cambio, los dirigentes chinos expresaron su rechazo a la agresión contra su aliado venezolano, pero tendrán que reconocer que acaban de recibir un duro golpe, ya que su material militar in situ ha resultado ineficaz.

El enviado especial de Xi Jinping para América Latina se reunió largamente con Maduro en Caracas apenas unas horas antes de la incursión de Trump… No obstante, emitieron nuevos documentos estratégicos en los que renovaban su rechazo al imperialismo estadounidense, su disposición a la cooperación “amistosa” y a la transferencia de tecnología con los países latinoamericanos, en contraposición a la actitud belicista de Estados Unidos. China ha comprendido bien la amenaza y tiene un talón de Aquiles: su dependencia energética (el país compra en el extranjero el 70 % de sus necesidades petrolíferas). Los dirigentes chinos tratarán de consolidar su influencia en América Latina, en nombre del respeto mutuo, a pesar del revés venezolano, sin entrar en confrontación directa con Trump en el hemisferio. Afirman tener un discurso beneficioso para todos [“win-win”]; sin embargo, la relación entre China y América Latina sigue siendo completamente asimétrica: siempre quieren más materias primas, minerales, tierras cultivables y agroindustria. Anuncian que quieren alcanzar su objetivo de 700 000 millones de dólares de inversión en la región para 2035. El megapuerto de Chancay, que acaba de inaugurarse, es su buque insignia en la región para la ruta de la seda. Sin embargo, la desaceleración económica también afecta a China.

Aunque el Partido Comunista Chino se suma al discurso sobre el multilateralismo, la construcción de los BRICS y el Sur Global, muchos activistas son muy conscientes de que el capitalismo voraz del gigante asiático no puede encarnar una perspectiva alternativa real en términos de emancipación, desarrollo e, incluso, en términos diplomáticos. Lo hemos visto con su silencio ante las masacres en Gaza, e incluso con su apoyo directo o indirecto a Netanyahu. Defienden otro orden global, sin duda, pero que no será necesariamente el de la liberación de los pueblos del Sur 6.

La región latinoamericana se encuentra en contacto con dos placas tectónicas en conflicto: un imperialismo dominante, violento y en crisis, y una hegemonía imperial global potencialmente en ciernes a escala del siglo. En este momento, Estados Unidos gasta más del 36 % del total de los gastos militares del planeta. Es una cifra considerable; 250 000 militares estadounidenses están desplegados en todo el mundo, mientras que hay unos pocos cientos de chinos y quizás entre 30 000 y 35 000 rusos… Trump quiere apoyarse en este enorme poderío militar-industrial para intentar recomponer el lugar de Estados Unidos como actor global, global player, siempre intocable.

A. L.:¿Tienes información sobre la resistencia a esta ofensiva en América Latina? ¿Y sobre la actitud de los gobiernos llamados progresistas?

F. G.: En cuanto a los gobiernos progresistas o de centroizquierda, han denunciado la agresión contra Venezuela, el secuestro del presidente Maduro, la ruptura del orden internacional y la violación de la soberanía de un país vecino. Tanto Lula, Claudia Sheinbaum en México, Boric en Chile y Gustavo Petro, de forma aún más clara, en Colombia, lo que no significa, por cierto, una adhesión al régimen de Maduro.

Lula ha intervenido fundamentalmente a nivel diplomático y de forma bastante tímida: ha solicitado una reunión urgente de la ONU, como espacio legítimo para la resolución de conflictos internacionales, ha intentado movilizar también a la Organización de Estados Americanos, pero al mismo tiempo muestra cierta impotencia y ha reiterado que la liberación de Maduro no es la prioridad (marcando de nuevo sus distancias con Caracas). Mientras que en la década del 2000 los gobiernos nacional-populistas tenían una gran capacidad de cooperación y puesta en común, con la UNASUR, la CELAC e incluso el ALBA 7 para intentar influir en la escena internacional, ahora nos encontramos de nuevo ante una fragmentación.

Ya no se habla de los proyectos del Banco del Sur, ni siquiera de una moneda común alternativa. Hoy en día, el ideal de la Patria grande (la gran patria latinoamericana de José Martí) está en retroceso, los nacionalismos y la extrema derecha están en auge, el colapso de la experiencia bolivariana pesa sobre toda la región, Cuba está asfixiada y en peligro, el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano se desgarra, la experiencia Boric da paso a Kast, etc. Los gobiernos progresistas en el poder (Brasil, Colombia, México, Uruguay) parecen relativamente aislados, aunque Petro y, más aún, Claudia Sheimbaum hayan sabido consolidar una base social pluriclasista y electoral sólida.

En un contexto así, el factor decisivo es y será las resistencias desde abajo, las luchas de clases y populares, feministas, campesinas, indígenas, independientemente de la posición de los gobiernos, por la autodeterminación y la soberanía nacional. Una forma de tener más peso en la escena regional y frente a Trump, incluso para las izquierdas en el poder, sería apoyarse en una población movilizada, reivindicando el horizonte histórico antiimperialista que sigue muy presente en el imaginario y los valores colectivos de una parte de las y los latinoamericanos. Sin embargo, en Brasil o con Boric en Chile, la política progresista ha consistido más bien en desactivar las luchas y los actores movilizados. Por no hablar de Venezuela. El Gobierno de Maduro ha cooptado y/o reprimido las resistencias, y lo que no ha hecho directamente, lo han hecho el colapso económico y las sanciones. Quedan las comunidades y algunas experiencias valientes de autoorganización, que hay que apoyar, pero que son frágiles.

Esto no significa que en este momento no haya múltiples movilizaciones y resistencias. El continente de Sandino y los zapatistas sigue salpicado de luchas. En Brasil es muy evidente, lo hemos visto en el último periodo, y el Movimiento de los Sin Tierra (MST) sigue siendo poderoso, a pesar de los debates internos sobre la relación con el lulismo. En Ecuador también, frente a Noboa, con las grandes movilizaciones de la CONAIE, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, los sindicatos urbanos y los colectivos ecologistas, que lograron infligir una dura derrota política al Gobierno en el referéndum de noviembre de 2025, rechazando el proyecto de nueva base militar yanqui y la reforma autoritaria de la Constitución. Así que en varios países hay movimientos, existen resistencias de clase.

Podríamos hablar del poder de los movimientos feministas, indígenas y decoloniales: por ejemplo, en Chile son una esperanza para hacer frente a Kast y sus medidas de regresión social, racista y patriarcal. Pero actualmente no hay movilizaciones a escala continental, como las que hubo en el pasado, por ejemplo para hacer frente al proyecto del ALCA 8, derrotado en 2005. Un punto de apoyo que podría ser realmente fundamental son las movilizaciones cada vez más masivas que se están produciendo en el corazón de Estados Unidos, el movimiento No King, las luchas contra la violencia policial y la policía fascista de inmigración (ICE), la victoria de Mamdani en Nueva York, la recomposición de la izquierda contra el establishment demócrata…

Por otra parte, hay que reconocer que existe una corriente neoconservadora, incluso reaccionaria, en muchos ámbitos de la mayoría de los países, que tiene un gran peso. La violencia también invade la vida cotidiana y los medios de comunicación, ya sea la de los cárteles y el narcotráfico, la del Estado o los paramilitares o la de las migraciones forzadas. Es el caso de Chile, que conozco de cerca. Es imperativo que comprendamos bien qué ha llevado a este país del gran levantamiento popular de 2019 (fuertemente reprimido) a la victoria masiva del neopinochetismo de José Antonio Kast en 2025: en mi opinión, es fundamental, porque se trata de una derrota importante para todas las izquierdas sociales y políticas en un país emblemático del neoliberalismo mundial 9.

Estamos atravesando un momento en el que los neofascismos y las derechas conservadoras extremistas pueden aparecer como una alternativa a los ojos de una parte significativa de las clases populares; en el que las izquierdas han perdido credibilidad o han perdido el contacto con las capas populares en beneficio de las iglesias evangélicas conservadoras y en el que las izquierdas anticapitalistas siguen siendo débiles, sectarias o poco creíbles. Por supuesto, desde nuestro punto de vista, las derechas extremas son una alternativa ultrarreaccionaria al servicio del capital, al servicio de la destrucción del medio ambiente, del patriarcado, del dominio brutal de las oligarquías, del tecnofeudalismo, etc. Y también al servicio del imperialismo estadounidense en América. Así, Kast se felicitó ruidosamente por el secuestro de Maduro y Cilia Flores. Lo mismo ocurrió con Noboa, que publicó tuits afirmando que el ataque era una excelente noticia para América Latina. La extrema derecha brasileña piensa lo mismo. Son lacayos de Trump. Mientras, se acercan las elecciones en Brasil, Colombia y Perú en unos meses. En Colombia, existe un riesgo real de que vuelva la derecha. ¿Qué pasará en Brasil, con una izquierda institucional que sigue dependiendo de la figura de un Lula que envejece (80 años)?

¿Qué pistas darías como programa transitorio antiimperialista mundial?
¡Es (demasiado) ambicioso! Porque yo solo no puedo responder a una pregunta así, que, además, debería adaptarse a las condiciones locales, nacionales y luego globales, sobre la base de una elaboración colectiva de las poblaciones afectadas. Lo que sí se puede decir sin riesgo de equivocarse es que, sin duda, no es en este contexto de militarización, ofensivas imperiales, guerras, genocidio en Gaza, invasión de Venezuela, sumisión generalizada de los pueblos a gobiernos autoritarios la represión masiva como en Irán, la fascistización, donde vamos a encontrar la salida… Por lo tanto, como decía nuestro amigo Daniel Bensaïd, hay que empezar por decir “¡no!” y resistir a la corriente dominante, sobre todo cuando el fondo del aire es tan pardo 10.

En el contexto latinoamericano actual, lo que las izquierdas militantes y radicales buscan construir es una resistencia antiimperialista lo más amplia y unitaria posible a escala continental, en apoyo a Venezuela y a Cuba para defenderse desde ya contra nuevas intervenciones en el continente. En este momento, como nos dicen los compañeros y compañeras sobre el terreno, la movilización continental sigue estando muy por debajo de la urgencia del momento. Ellos y ellas exigen la retirada inmediata de la inmensa armada que Estados Unidos mantiene desde hace meses en el Caribe, el fin del bloqueo contra Cuba, la liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores, siguiendo el principio claro de que es el pueblo venezolano, y solo él, quien debe decidir quién lo gobierna 11.

En los países del Sur, esto requiere la creación de frentes unidos amplios para rechazar los ataques a la soberanía y la autodeterminación. Pero estos frentes de resistencia abiertos no deben sacrificar, al mismo tiempo, la construcción de izquierdas combativas, independientes de las burguesías nacionales, de toda forma de bonapartismo y de progresismos gubernamentales vacilantes que han mostrado todas sus contradicciones desde hace 25 años.

Esto significa también un debate claro con las numerosas corrientes campistas latinoamericanas, como a nivel internacional: la geopolítica no puede llevar a ocultar la lucha contra los autoritarismos (sean cuales sean) y la necesaria defensa incondicional de los pueblos que luchan contra imperialismos distintos al de Trump (empezando por Rusia). En los países del Norte global, la urgencia es construir una solidaridad internacionalista activa y concreta. Es lo que hemos comenzado, aún tímidamente, a poner en marcha en Francia en torno a Venezuela y lo que se está empezando a plantear de nuevo para Cuba. Un internacionalismo que también tendrá como tarea denunciar la hipocresía y la responsabilidad de vuestros propios gobiernos en el desorden global y su sumisión a Trump: Gaza lo ha recordado dolorosamente y, en el caso de Venezuela, también la escandalosa posición del Gobierno de Macron. A corto plazo, en marzo de 2026, la conferencia antifascista de Porto Alegre podría ser un punto de apoyo que habría que valorar 12. Esperamos que se convierta también en una conferencia internacional antiimperialista para intentar agrupar en torno a objetivos comunes, sin sectarismos, a fuerzas políticas, pero también sociales, que no están de acuerdo en todo, como el PT, el PSOL, la CUT brasileña, sectores de la izquierda radical de todo el continente, la Vía Campesina, las fuerzas sindicales y feministas, movimientos sociales de todas partes.

En cuanto a las alternativas concretas, deberíamos intentar poner de relieve el lema de guerra a la guerra imperialista, contra la locura militarista actual, al tiempo que apoyamos a quienes lideran valientemente, con las armas en la mano, las resistencias de liberación, especialmente en Ucrania, Palestina o el Kurdistán. Más allá de este aspecto «defensivo», esto significa pensar colectivamente y «en positivo», construir alternativas democráticas en un contexto de colapso climático, de la biosfera y de la biodiversidad, y por lo tanto pensar en un programa de transición poscapitalista y posproductivista, es decir, una perspectiva a la vez ecosocialista y de decrecimiento elegido. Decrecimiento, evidentemente, en los países ricos, pero justo, diferenciado según criterios interseccionales (de clase, género, raza), y también decrecimiento para las oligarquías de los países del Sur. Con una reconstrucción de los servicios públicos, una redistribución radical de la riqueza, una planificación ecológica a varias escalas (de lo local a lo global) basada en la deliberación, el comunalismo, la autoorganización y el control democrático. Una perspectiva que plantea la cuestión de la explotación y las opresiones que atraviesan nuestras sociedades y nos atraviesan como individuos (racistas, sexistas, validistas, etc.).

Todo esto no se puede proclamar de forma abstracta, como un mantra. ¿Cómo construir conjuntamente programas y medidas transitorias muy concretas que se inscriban en una estrategia más general basada en amplias deliberaciones? ¿De qué historias del pasado inspirarse y extraer lecciones? ¿Cómo pueden las izquierdas volver a encantar al mundo, hablar a los afectos de millones de personas, forjar un bloque histórico que plantee la cuestión del poder y su conquista, sin renegar de sí mismas ni caer en el dogmatismo? Empecemos por evitar las respuestas prefabricadas, el siglo XX y sus horrores siguen ahí…

Como sabemos, no habrá emancipación si no hay una emancipación del trabajo, la reconstrucción de los derechos de los y las trabajadoras (tanto asalariadas como precarias) podría ser una primera brújula. Tengamos también antenas, atentos a las utopías y experiencias prácticas. Por ejemplo, América Latina es tierra del zapatismo, de varios procesos revolucionarios, y estos movimientos llevan veinte años debatiendo los caminos para construir una sociedad del buen vivir, que se basa en una reinterpretación de ciertas reivindicaciones y prácticas comunitarias de los pueblos indígenas. Lo mismo ocurre con las luchas de las mujeres y todas las reivindicaciones feministas contra el patriarcado 13. Hemos visto hasta qué punto el movimiento feminista chileno fue capaz de tener una visión transversal y radical para responder a la precarización de la vida, para hacer frente al neoliberalismo, favorecer la acogida digna de las personas migrantes y defender los derechos de los pueblos autóctonos. Por lo tanto, hay que partir de ahí para pensar en las transiciones, declinarlas país por país, pero también mediante la reconstrucción de solidaridades regionales e internacionales. Frente al capital globalizado, es indispensable pensar también a ese nivel. Esto sin ceder a los cantos de sirena del patriotismo de una parte de la izquierda, incluida la decolonial, asumiendo que efectivamente hay que soñar de nuevo, reinventar nuestras fuerzas colectivas, ayudar a co-construir las soberanías populares a varias escalas (entre ellas la nacional, sin duda) 14.

Creemos que la situación está sobredeterminada por la catástrofe (ya en curso) del cambio climático y ecológico; hay que repensarlo todo sobre esta base si queremos evitar un verdadero cataclismo. El famoso programa de transición (propuesto ya en 1938 por Trotsky) debe ser replanteado de arriba abajo. Esta es la perspectiva que la Cuarta Internacional ha aportado al debate, en varios idiomas, el Manifiesto por una revolución ecosocialista: Romper con el crecimiento capitalista, fruto de una elaboración colectiva internacional de varios años 15. Los retos son colosales: es urgente “tirar el freno de emergencia”, por retomar la bella fórmula de Walter Benjamin. Sin embargo, la magnitud de los retos no debe paralizaros. Como escribe Daniel Tanuro, es “demasiado tarde para ser pesimistas” 16. Trump, Netanyahu, Macron, Putin y su mundo son capaces de lo peor, ¡sintámonos capaces de pensar en lo mejor!

Traduccion: viento sur

Notas:

Fuente: https://vientosur.info/la-era-de-los-depredadores-los-retos-de-la-intervencion-imperialista-de-trump-en-venezuela/