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La globalización imperialista y sus contradicciones

Fuentes: La República

La expansión capitalista y la vorágine especulativa impulsada por el capital financiero y las empresas transnacionales han creado, en las últimas décadas, nuevas relaciones internacionales con una interdependencia creciente entre las economías nacionales, los bloques regionales y el mercado mundial. La implosión del «socialismo real» puso fin al enfrentamiento entre sistemas económicos alternativos, haciendo más […]

La expansión capitalista y la vorágine especulativa impulsada por el capital financiero y las empresas transnacionales han creado, en las últimas décadas, nuevas relaciones internacionales con una interdependencia creciente entre las economías nacionales, los bloques regionales y el mercado mundial.

La implosión del «socialismo real» puso fin al enfrentamiento entre sistemas económicos alternativos, haciendo más visibles las contradicciones internas del capitalismo a escala mundial. A la vez que hay una pugna por lograr el control de recursos y mercados que enfrenta a las empresas transnacionales, los países centrales y los bloques regionales; se profundizan las relaciones de dependencia de los oprimidos y empobrecidos países periféricos con los países centrales.

Uno. El impacto de la globalización imperialista en una nueva división internacional del trabajo «privilegia» a nuestro continente con el papel de proveedor de materias primas con poco valor agregado, condenándonos al atraso tecnológico y a la expulsión permanente de fuerza de trabajo.

Asimismo, en un claro proceso de neocolonización implementado, básicamente, por las empresas transnacionales, se efectiviza la apropiación de nuestras riquezas naturales, los sectores económicos estratégicos y los mercados de servicios públicos.

En tercer lugar, la globalización imperialista amplifica el neoliberalismo como ideología dominante, el cual mantiene, más allá de discursos encendidos, enormes mecanismo de reproducción.

En la mayor parte de nuestros países las fronteras económicas han sido desmanteladas, los aparatos de estado han sido «rebajados» por el Consenso de Washington y las reformas de segunda generación, los medios de comunicación «rescriben» la realidad en función de los intereses dominantes y el sistema de educación reproduce el pensamiento único.

La frutilla «política» de la torta la constituyen la mayor parte de las fuerzas políticas y dirigentes, incluida la autodenominada izquierda pragmática, que trabajan denodadamente para evitar que el pueblo asuma la participación efectiva en todos los ámbitos de la vida pública. Como contrapartida, esos mismos dirigentes, colocan alfombras para recibir a los héroes modernos, a los nuevos salvadores de nuestra América: los inversores extranjeros.

Dos. El neoliberalismo incrementó sustancialmente la brecha tecnológica, financiera y productiva entre los países centrales y los periféricos, reflejada en la evolución del PBI per cápita de los principales países industrializados y de las mayores economías de América Latina.

Si se compara el ingreso por persona de los seis países industrializados más importantes – Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Inglaterra e Italia- con el de siete países latinoamericanos Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela  en diferentes años se verá que el crecimiento de la brecha es alarmante. (1)

En 1950 el ingreso per cápita de esos siete países latinoamericanos era el 54% del per cápita de los países centrales señalados; en 1973 bajó al 42% y en 2004 llegó al 12%. El PBI per cápita promedio, del año 2004 alcanza a 32.344 dólares para los seis países industrializados y a sólo 3.839 para las siete mayores economías de Latinoamérica. Pese a ser el modelo emblemático del neoliberalismo, Chile no escapa a la misma tendencia, pasando de 60% en 1950, a 37% en 1973, para caer a 15% en 2004. Da vértigo.

Junto con la ampliación de la brecha económica se produjo un aumento de la pobreza. En América Latina las personas que viven con menos de dos dólares por día aumentaron 30% en dos décadas, pasando de 99 millones de personas a 128 millones entre 1981 y 2001, según el Banco Mundial.

Tres. En América Latina, por experiencia histórica reiterada, las fuerzas políticas y sociales que cuestionan y enfrentan al neoliberalismo y al proceso de globalización tienen un marcado carácter antiestadounidense.
Esas heterogéneas fuerzas, han sido un factor fundamental del triunfo electoral de algunos partidos, como el PT de Brasil; coaliciones, como el Frente Amplio de Uruguay; dirigentes y organizaciones emergentes como en Bolivia, Ecuador y Venezuela.

La heterogeneidad política de América Latina se ha acentuado, hay países que han impulsado programas de gobierno con diferentes grados de cuestionamiento al neoliberalismo, en tanto otros, profundizan su integración dependiente al sistema capitalista, mediante la apertura económica que facilita la expansión capitalista a través de acuerdos de libre comercio con Estados Unidos (entre otros, México, Colombia, Perú y Chile). Los que cuestionan al neoliberalismo pretenden recuperar el control de sus recursos naturales y de los sectores estratégicos de la economía (fundamentalmente Bolivia, Venezuela y Ecuador).

En un espacio intermedio se encuentran los países fundadores del Mercosur, aunque existen claras diferencias entre, por un lado, Brasil, Uruguay y Paraguay que aplican un programa económico ortodoxo – similar a los que recomendó y recomienda el Fondo Monetario Internacional – y, por otro lado, Argentina que implementa un modelo heterodoxo que le ha dado muy buenos resultados: el producto creció a 9% promedio en los últimos cinco años y las reservas en dólares aumentaron sustancialmente.

Cuatro. La globalización amplía los espacios de operación del capital, aumentando los niveles de concentración y centralización del mismo. Esto provoca que los llamados «capitales nacionales» pierdan crecientemente ese carácter.

Las burguesías «nacionales» con cierta fortaleza económica se asocian con el capital transnacional y, a través de esa alianza, se mimetizan asumiendo la defensa plena del proceso de globalización y del sistema institucional jurídico, cultural e ideológico que lo sostiene.

Otros sectores de las burguesías «nacionales», por múltiples razones, asumen la bandera del proteccionismo como forma de supervivencia aunque, paralelamente, muchos de ellos pretenden alcanzar niveles de competitividad internacional a expensas de los salarios y de las condiciones laborales de los trabajadores.

Por todo ello, para enfrentar con éxito a la globalización imperialista, habrá que construir una gran alianza con todos aquellos sectores económicos, sociales, étnico-culturales y políticos cuyos intereses objetivos están en franca contradicción con los intereses del imperialismo y sus aliados locales.

Nuestra América, la independiente y soberana, la que aspira a la justicia social, la que busca una sociedad sin explotados y explotadores requiere cambios históricos reales. Es necesario construir una alternativa socialista que garantice, a la vez, la eficiencia, la socialización de los procesos económicos, la democracia y la libertad.

(1) Maddison, Angus, «La economía mundial 1820-1992», OCDE, 1997; «Informe sobre el desarrollo Mundial 2006», Banco Mundial.