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Apuntes sobre algunos de los efectos psico-sociales de la crisis económica norteamericana

La guita es bella

Fuentes: anchoyajeno.com

Guita es una palabra popular del Río de la Plata con la que se denomina al dinero. Hay otras, mosca, morlacos, mangos, pasta, vento, tela, viyuya…, en fin, tanto se ha hablado del «efecto tango» con la crisis financiera 2001-2002 que nos permitimos comenzar estas reflexiones en un lenguaje tanguero, por estar menos familiarizados con […]

Guita es una palabra popular del Río de la Plata con la que se denomina al dinero. Hay otras, mosca, morlacos, mangos, pasta, vento, tela, viyuya…, en fin, tanto se ha hablado del «efecto tango» con la crisis financiera 2001-2002 que nos permitimos comenzar estas reflexiones en un lenguaje tanguero, por estar menos familiarizados con los posibles términos apropiados al «efecto jazz», así bautizado por Cristina Fernández.

La guita muestra hoy una cara distinta.

Parte 1: Relax

Para los estresados ejecutivos de la AIG la guita y la vida son bellas. Luego de su empecinado esfuerzo por llevar a la mayor aseguradora del mundo a la quiebra y de recibir un rescate por 85 mil millones de dólares, optaron por un relajante fin de semana en California que costó 400 mil dólares. Los directivos de la Fortis hicieron lo mismo por 150 mil euros, pero en Mónaco. En algún sentido no es mucho, apenas unos minutos de gastos en la guerra de Irak, un segundo en las precipitadas caídas del Dow Jones de los últimos días, o el valor de una casa devaluada por la especulación. Pero para Beth Shapiro, Directora de Comunicación de Citymeals-on-wheels, es demasiado. Su organización recibió, en 2007, 330 mil euros donados por los empleados de Bearns Sterns, que fueron repartidos en 3 millones de raciones de alimentos a 18 mil ancianos. La quiebra del banco se tradujo en 116 mil comidas menos para este año.

Para América Latina, ese fin de semana antiestrés significa el salario de 3000, 4000 maestros, medicamentos que escasean en los hospitales, viviendas, jubilaciones, pensiones, etc. Es impensable en nuestra escala de prioridades dilapidar una fortuna en spá, casinos, vinos del Valle de Napa o cualquier suerte de «californication» que se nos venga a nuestra enojada imaginación. Es el estilo de vida de los ricos y famosos.

¿A quién le sorprende? ¿A los desprevenidos congresistas que evidenciaron su indignación luego de días de debates para que estos ejecutivos terminaran recibiendo otro apoyo del Tesoro de 37.800 millones más?

La reacción de rechazo no se hizo esperar entre la sociedad norteamericana. No es para menos, si el Estado tuviera que combatir el estrés de todos sus desalojados por la crisis hipotecaria, de todos los expulsados del sistema de beneficios sociales, de todos los que han sido despojados de sus empleos (no los yuppies de estas financieras que babean al sonido de la campana de la NYSE cual perros de Pavlov), la vacación sería infinita.

El fin de semana de la AIG y la Fortis es el síntoma final de la decadencia de la sociedad opulenta, que no mide en gastos y que entiende como legítimo el despilfarro obsceno de los «morlacos de los otarios», como decía Gardel. El problema es que los otarios son 300 millones de norteamericanos y pretenden que seamos también el resto del mundo. Los despojos de la promesa y el optimismo de la modernidad keinesyana, fueron trastocados y reciclados durante este último tramo neoliberal en la utilería barata de la «sociedad de propietarios». Giddens, uno de los tantos autores que han pensado la relación de los sujetos con las sociedades modernas, ha puesto el acento en la temporalidad y la esperanza en el futuro, en el cambio y la mejora. Se corren riesgos en función de una promesa hacia delante, pero enmarcados en una sociedad en que las instituciones no desamparan a los sujetos, sino que otorgan ciertas garantías. Son instituciones con historia hacia atrás y con proyectos hacia delante. ¿Pero qué pasa cuando se desmantelan financieras, hipotecarias, bolsas de valores, arrastrando países que se declaran en bancarrota a una velocidad que ni siquiera nuestras actuales subjetividades mediáticas pueden procesar? La crisis no sólo es financiera, es sobre todo moral. Aceptar como legítimo el despilfarro mientras los trabajadores pierden su condición de tales por decisiones irresponsables, sin duda tendrá consecuencias sociales peligrosas. María Antonieta sugirió que los pobres comieran tortas cuando no había pan, al tiempo que escogía joyas y vestidos. Y sabemos como terminó.

Parte 2: Los Marx en Wall Street

En medio de las incipientes protestas en Wall Street, apareció una enorme foto de Carlos Marx desfilando por el principal circuito financiero del mundo. Todo un símbolo. Este mismo Marx contaba cómo durante la crisis de 1846 se inflaban «pompas de jabón» financieras, destacando que «las ganancias, tentadoramente altas, habían arrastrado a la gente a operaciones mucho más extensas de lo que justificaban los recursos disponibles. Pero para eso existía el crédito, fácilmente asequible y además barato» (El Capital. Tomo III. Cap. XXV, p. 388). Tan parecido a la crisis subprime, que hasta la solución fue similar: «La paralización general de los pagos hizo que diesen en quiebra una serie de casas de las más importantes y muchísimas empresas pequeñas y medianas; el propio Banco de Inglaterra [la Reserva Federal de entonces] se vio a punto de dar quiebra a consecuencia de las restricciones que le habían sido impuestas […]». Cuando las trabas legales a la emisión se levantaron «pudo poner en circulación desembarazadamente su reserva de billetes, y como el crédito de esos billetes de banco se hallaba en realidad garantizado por el crédito de la nación y no había sufrido, por consiguiente, quebranto, la angustia de dinero se vio inmediatamente aliviada: claro está que aún siguieron dando en quiebra una gran cantidad de empresas grandes y pequeñas, cuya situación era desesperada […]» (Idem. P. 389). Parece que el capitalismo no aprende ni de sus propios errores ni mucho menos de su historia. Esta dificultad de aprendizaje es la que sienta las bases de la próxima cumbre del G20, pues al decir de George W. Bush «nuestras naciones deben también volver a comprometerse a los fundamentos del crecimiento económico a largo plazo: mercados libres, libre empresa y libre comercio», como si estas fórmulas ya desteñidas por el uso, no hubieran contribuido a la debacle. Es alarmante que la afirmación salga de un presidente a quien Michael Moore le pregunta «¿eres capaz de leer y escribir como un adulto?» Y unos párrafos más adelante agrega: «Tus asistentes han declarado que no lees sus informes y que les pides que lo hagan por ti […] No lo tomes como algo personal, tal vez se trate de una discapacidad, no hay que avergonzarse por ello. […] En cualquier caso, si te niegas a recibir ayuda, me temo que puedas llegar a representar un riesgo intolerable para el país. Necesitas ayuda. ¡Necesitas el graduado escolar! Dinos la verdad y cada noche vendré a leerte algo antes de acostarte» (Estúpidos Hombres Blancos, p.p. 59, 60, 61).

La crisis del capital puso en evidencia lo artificial del sistema casino en que transformaron a las finanzas globales. No es nuevo. En 1929 sucedió lo mismo y otro Marx, esta vez Groucho, lo resumió con especial maestría. Cuando el mercado se hundió y perdió 250 mil dólares, todos sus ahorros, en una tarde, su corredor de bolsa lo llamó y «en cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse favorablemente con cualquiera de las citas más memorables de la historia americana […] Todo lo que dijo fue «Marx: la broma ha terminado». […] En aquellas cinco palabras lo dijo todo» (Groucho y yo. p. 199). Hoy quedó en evidencia que la broma también terminó y fue demasiado pesada, casi tanto como la que sufrió Groucho Marx en 1929. Y es que Groucho había sido tentado a invertir en la vorágine, nada menos que en Goldman Sachs, la misma financiera que mutó de banca de inversión a banco común hace poco, y que fuera dirigida por el señor Paulson, actual Secretario del Tesoro, por un salario de 30 millones y con un retiro por venta de acciones de 500 millones. Las cifras son casi pornográficas.

Parte 3: ¿En qué escalera estás?

La imagen de la escalera mecánica empleada por Robert Castel (La inseguridad social. ¿Qué es estar protegido? p.46) en la que todos suben pero manteniendo la distancia entre las personas, distancia abismal en lo que se refiere a Paulson y a los de su calaña, sería aplicable para el período que se denominó los «Treinta Años Gloriosos», pero no para la actual coyuntura. Podemos pensar para esta situación en dos escaleras mecánicas: una sube siempre sin detenerse (ahí ubicamos a Paulson y a «la base» de Bush, seguramente los ejecutivos fiesteros del inicio de este artículo); la otra baja, también sin detenerse, en la que estaría el resto de la sociedad, los capturados en la falacia de la «sociedad de propietarios», los que perdieron sus trabajos, sus casas, sus ahorros, los llamados «inners», outsiders sociales que no pudiendo acceder a las acomodadas casas-jardín de los suburbios quedaron atrapados en la pauperizada ciudad global.

¿De donde vienen y hacia donde se dirigen estas escaleras de la desigualdad? Veamos la historia. Este comportamiento de las desigualdades en EEUU es reconocido en una variable que lo mide desde 1917 llamada «tasa de acaparamiento». A partir del estudio de Emmanuel Sáez, economista en Berkeley, en 1928 el 10% de la población obtenía el 49% de la renta. En la Segunda Guerra Mundial desciende al 33-34%. El nivel se mantiene, a partir de 1945, durante los «Treinta Años Gloriosos», hasta fines de los 70. Más de tres décadas de desigualdades relativamente reducidas. En 2006, último año para el que se disponen de datos, el 10% más rico rebasa su récord de 1928 y, por vez primera, llega a acaparar la mitad de la renta de los hogares. Y peor aun, durante la era de Bush tres cuartas partes del incremento de los ingresos han sido captados por el 1% más rico.

En la escalera descendente, en la que está el 90% restante (sería interesante investigar lo que puede llamarse «tasa de despojamiento»), la historia podemos iniciarla en la crisis del 29. Millones de norteamericanos fueron empujados fuera del sistema laboral llegando la desocupación al 25%, sin considerar la precarización e inestabilidad, en resumen la explotación laboral a la que fueron sometidas las personas para sobrevivir. La imagen del Ford-T devenido en la vivienda rodante de aquellos años, ha mutado en estos días en versiones cuasi posmodernas: con la desocupación en el 11% según Stiglitz, pueden verse a los recientemente expulsados de la condición de propietarios y empleados, la clase media, deambular en estas extrañas viviendas marca Toyota, Ford, o General Motors, buscando un vecindario que acepte a esta nueva clase de norteamericanos «sin techo». No se sabe de donde vienen, pero tal vez alguno de ellos haya optado por quemar su vivienda ante la imposibilidad de afrontar el pago de su deuda en un país donde se vive del crédito, la refinanciación y los préstamos oportunistas. La masa de pobres aumentada por estos homless de reloj y celular -el año pasado había en Estados Unidos 1.1 millones más pobres que en 2003 y se espera que este año termine con un salto aún peor- ensaya nuevas estrategias para sobrevivir: en el año 2007 se habían duplicado los incendios de viviendas hipotecadas en Colorado y en California. Si bien actualmente esto parece haberse detenido al no obtener el resultado esperado, el reembolso por parte de la aseguradora, se está hablando de un aumento de los incendios premeditados de los autos con el fin de cobrar el seguro simulando un robo. Analistas que siguen los comportamientos de la crisis creen que es el producto de las irresponsables declaraciones de Bush en medio del impacto del 11-S, que mientras llamaba a un permanente estado de alerta, recomendaba a las masas «seguir con la vida», ir a Disney World y «comprar hasta caerse». De cualquier modo, se trata de la confusión, de la incitación al consumo para adormecer cualquier atisbo de conciencia y llamado a la razón. La conclusión siempre será el descontrol y el meterse cada vez más en deudas que no se podrán pagar…Que a nadie extrañe, cuando no hay porvenir asegurado, más vale vivir el hoy, dejando hipotecadas varias vidas futuras.

Una vuelta de tuerca que se está observando en otros segmentos de la sociedad es la reducción drástica del consumo, que comienza a parecerse a lo que nosotros en América del Sur estamos más que acostumbrados; el estilo de vida en recesión o en crisis permanente: comprar sólo las ofertas, privarse de todo lo que no sea imprescindible, reciclar, guardar, cuidar. Economía de guerra, ni más ni menos. Pero esto no es todo, las cifras de las organizaciones gubernamentales -como la Woman Infant and Children- que proporcionan cupones de alimentos a mujeres embarazadas y a niños menores de cinco años han revelado un incremento extraordinario en la demanda de asistencia y funcionan al 100% de su capacidad. Los bancos de comida parecen colapsar en algunas zonas como Los Ángeles que, sobrepasados por las demandas de usuarios, deben cerrar temprano o directamente no abrir por falta de alimentos.

Parte 4: ¿Un liberal saqueado puede transformarse en socialista?

La crisis transforma también los intercambios entre las personas. Las relaciones de proximidad, evitadas por la mayoría de los norteamericanos típicos, podrían estar cambiando. El consumo que regula y pauta el relacionamiento social y el funcionamiento familiar de los estadounidenses, está generando la necesidad de comentar con el de al lado, un perfecto desconocido que se encuentra en el supermercado, en la calle, en el autobús, lo difícil que está la situación, lo caro que resulta algún producto, la angustia diaria de sobrevivir ¿Será el índice de que algo está cambiando en medio de esta crisis, para que se hablen quienes paulatinamente podrían llegar a convertirse en «semejantes», en «vecinos»? Una sociedad acechada por la inseguridad y el miedo a los otros, percibidos como potenciales serial killers, asaltantes, violadores, extranjeros sospechosos, desclasados, «haters» (odiados por diferentes), ¿comenzará a reconocerse en la imposibilidad común de acceder a los bienes y objetos que antes estaban al alcance de…..unos cuantos? Pero no seamos ingenuos, puede que esta visión refleje sólo algún deseo nuestro. La historia nos enseña que el cambio de algunas condiciones sociales que posibilitan determinados fenómenos no garantiza la desaparición de una sociedad fragmentada, insegura, altamente individualista que ha vivido sobreaumentada por la omnipotencia del mercado. Seguirá siendo una sociedad vulnerable, insegura, desmemoriada; cometerá los mismos errores, una y otra vez. Una foto gigante de Marx, por más gigante que sea, no augura un giro a una sociedad socialista, ni siquiera un guiño, sólo habla del gran desconcierto que comienza a cundir, de la desestabilización y el miedo. Que un fascista sea un liberal asustado, no implica que necesariamente un liberal saqueado y desengañado se transforme en socialista.

La realidad hoy presenta una seria advertencia. Según Southern Poverty Law Center (SPLC), una institución de derechos civiles que monitorea los incidentes de racismo y discriminación en Estados Unidos, los grupos neonazis, neoconfederados, separatistas y de supremacía blanca crecen más que hace una década. El número de esas organizaciones saltó de 608, en 2000, a 888, en 2008. Don Black administra un sitio segregacionista en internet de 144 mil miembros, que aspira convocar a la clase media y a la clase trabajadora. La crisis y la candidatura de Barak Obama dispararon el aumento de los afiliados.

El panorama para los estadounidenses es cada vez más desalentador, las tragedias están a la orden del día y los suicidios comienzan a aumentar. Más allá de razones personales que se juntan con la pérdida de empleos y viviendas, más allá de las diferentes organizaciones subjetivas que determinan recursos más o menos operativos para afrontar el desastre, es un llamado de alerta a la sociedad, que tendrá que enfocarse hacia la prevención de estas situaciones. Asimismo, la caída de Estados Unidos como potencia mundial es un gran golpe al narcisismo usamericano que tendrá repercusiones imprevisibles. «Por primera vez en la historia, los militares de EEUU están desplegando una unidad de combate del Ejército en servicio activo regular para uso a tiempo completo dentro del país a fin de encarar emergencias, incluidos potenciales disturbios civiles», informó Bill Van Auken a finales de setiembre (traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens). La situación puede llegar a ser explosiva, por eso la advertencia de Bernake: «Detrás de estas estadísticas inquietantes hay familias que enfrentan tribulaciones personales y financieras, y vecindarios que pueden desestabilizarse por las ejecuciones hipotecarias». Y ese es, quizá, el mayor temor, «la desestabilización de vecindarios», los estallidos sociales. Tengamos en cuenta, además, que el congreso de Estados Unidos aprobó en 2003 una ley que dificulta a las personas de bajos ingresos declararse en bancarrota para evitar las deudas. Hay que pagar o pagar.

¿Qué harán las corporaciones en este nuevo escenario? ¿Qué nuevo discurso se instrumentará desde el poder para justificar la caída? Debemos ser justos no obstante con muchos ciudadanos norteamericanos que, sin duda, no van a comprar este discurso. Son aquellos, tal vez millones, que pidieron perdón al mundo por un error que no cometieron: votar a George W. Bush en el 2004. Son ellos, probablemente, el germen de un cambio que deberá ser profundo para poder ser.

Al inicio de esta desbordada nota hicimos referencia a una serie de nombres para el dinero. En los últimos tiempos ha comenzado a escucharse otro, que no es rioplatense: el Amero. Se dice que podría sustituir al dólar ante el inminente colapso; el tiempo dirá. Lo único cierto es que, independientemente del nombre, la guita es bella, para unos pocos. Demasiado pocos.