El reciente reconocimiento del periódico New York Times sobre el impacto devastador de las sanciones estadounidenses contra Venezuela no es un acto de honestidad, sino una confesión tardía, pues el daño ya está consumado.
El cinismo imperial
Durante años, Washington y su monstruoso aparato mediático negaron que las sanciones fueran un instrumento de guerra económica, concebido para asfixiar a un país, colapsarlo socialmente y reordenar a su favor el control de sus riquezas.
Estas sanciones, impuestas durante el primer mandato de Donald Trump y sostenidas con una maldad bipartidista —es decir, por republicanos y demócratas—, no fueron concebidas para afectar a la clase gobernante de Venezuela, sino para castigar directamente al pueblo. Por esta razón, se produjo un éxodo masivo en pleno siglo XXI, con millones de venezolanos obligados a salir de su país.
Así el plan maquiavélico de Trump, golpeó el corazón de la economía venezolana —el sector petrolero— con precisión milimétrica, a sabiendas que cada barril que bloqueaban era una escuela cerrada, un hospital sin insumos, una familia forzada al exilio. No fue un error de cálculo: fue una política de castigo colectivo brutal, ejecutada con frialdad diabólica, tan propia del establishment norteamericano.
Ahora, cuando The New York Times admite que las sanciones son tan severas que incluso impiden la inversión estadounidense que supuestamente —después del reciente y cobarde ataque y secuestro de Nicolás Maduro— se quiere promover, el cinismo queda expuesto. Estados Unidos pretende ahora “ayudar” a reconstruir lo que destruyó, pero sin desmontar el andamiaje de esa destrucción. Quiere negocios sin levantar las sanciones. Quiere petróleo sin soberanía. Quiere ganancias sin memoria. Quiere la simpatía del pueblo venezolano después de haberlo castigado durante años.
Este viraje discursivo actual de Trump y sus halcones sobre Venezuela no es una rectificación, sino una reconfiguración del saqueo. Recordemos que Estados Unidos no tiene amigos, sino subordinados, lacayos y sirvientes; o, dicho con mayor claridad, títeres como Paz Pereira, Milei, Bukele, Zelenski, entre muchos otros lambebotas.
El relato cambia, pero la lógica permanece: desestabilizar, empobrecer, intervenir. Y mientras tanto, millones de venezolanos siguen pagando el precio de una guerra económica que nunca fue declarada, pero que fue ejecutada con sadismo y complicidad de la prensa canalla.
Que hoy reconozcan el grandísimo daño no borra la responsabilidad de quienes diseñaron, ejecutaron y justificaron, con una maldad indescriptible, esta política criminal. Tampoco la de la prensa cómplice y canalla, que creó cortinas de humo mediante titulares hipócritas y editoriales complacientes para consumar el cataclismo económico, social y político desatado por el imperio. Así, bajo el pretexto de “restaurar la democracia” y de que “el socialismo no funciona”, aplicaron una doctrina de castigo y de shock que convirtió la vida cotidiana del país hermano en un campo de batalla.
Pues bien, señores del The New York Times, no basta con admitir el daño. Es necesaria una investigación rigurosa de los hechos, de carácter epistemológico, que permita establecer cómo se construyó y legitimó esa política. Hay que nombrar a los responsables que diseñaron junto a Trump, uno por uno: los estrategas que concibieron el cerco, los burócratas que lo ejecutaron, los medios de prensa que lo legitimaron y los oportunistas que lo celebraron y se beneficiaron de él (como Guaidó, María Corina Machado, entre otros). Porque sin justicia —aunque sea narrativa— la impunidad se recicla, se normaliza y se institucionaliza. Además, cada sanción impuesta no fue un error técnico ni una abstracción diplomática: fue un acto concreto de agresión contra un pueblo que sangra, pero que resiste y no olvida.
¡La memoria histórica, vigente!
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