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Las implicaciones para la democracia

La imperiosa necesidad de redefinir la web

Fuentes: El Blog de Enrique Dans

La mayor enseñanza que hemos obtenido de la durísima era post-Snowden, además de la justicia que supone

La mayor enseñanza que hemos obtenido de la durísima era post-Snowden, además de la justicia que supone compensar al propio Edward Snowden por su descomunal y sacrificada contribución mediante el premio Nobel de la Paz, es la imperiosa necesidad de redefinir y reconstruir la web que conocemos en base a protocolos que incluyan el anonimato como estándar por defecto.

Es un escenario muy razonable y que cada día tiene más sentido: ante una red dotada cada vez de un mayor número de conexiones, lo que tenemos que hacer es incorporar las características de Tor, la «red cebolla», por defecto: que cada transmisión se reparta y divida entre las que tenga a su alcance en cada momento. Que cada nodo actúe parcialmente como un servidor Tor, que contribuye a anonimizar a todos los demás. En esa dirección se mueve la Internet Engineering Task Force(IETF): una red completamente cifrada por definición, en la que deberemos asumir que nuestra conexión está transmitiendo cuando no la estemos utilizando nosotros, simplemente reenviando paquetes de terceros que no conocemos de nada, mediante algoritmos que no pueden ser trazados.

Si crees que los escándalos y la vigilancia de la NSA no te afecta porque no tienes nada que ocultar, estás profundamente equivocado. La primera regla de toda democracia es que puedas protestar pacíficamente en contra de las propuestas de tu gobierno: ¿cómo puedes imaginar un escenario en el que puedas organizarte para protestar, si aceptas que tu gobierno espíe y tenga constancia de todo aquello que pretendes hacer para actuar en contra de sus designios?

Peor aún: si una de las normas definitorias de toda democracia es la separación de poderes, ¿cómo puedes pensar que esa separación de poderes va a ser efectiva, cuando uno de los poderes puede escuchar de manera permanente lo que hacen y deshacen los otros dos? ¿Un escenario en el que el ministro de turno escucha las comunicaciones entre los jueces para asegurarse de que le van a ser favorables, y actuar rápidamente cuando ven que no va a ser así? Lo único peor es un escenario como el español, a todos los efectos una auténtica «democracia de sainete», en el que directamente los dos partidos políticos mayoritarios pactan la composición de los principales órganos judiciales para asegurarse el número de jueces favorables a cada uno. Añade un anteproyecto de ley que permita multar severamente o encarcelar a todo aquel que plantee un acto de disidencia, por pacífica que sea, y ya tienes la evidencia de un país que ha visto deteriorarse en un tiempo récord la calidad de su democracia.

El mayor problema de la cibervigilancia no es solo que suponga una afrenta a los derechos humanos en su capítulo dedicado al secreto de las comunicaciones y una auténtica redefinición del contrato social: es que, además, permite que todos seamos acusados de algo. No importa cómo de buen ciudadano y de modélico seas: todos incumplimos algunas normas. Y como bien decía el Cardenal Richelieu,

Dadme seis líneas escritas por la mano del hombre más honesto, y yo encontraré algo para hacerlo ahorcar.

No se trata de cómo seas de bueno o de malo, sino del interés que el que ejerce la vigilancia tenga en hacerlo parecer algo incriminatorio. Hay tantas leyes, tantos reglamentos, tantas normas, que seguro que es posible encontrar algo que estés haciendo mal. Un incentivo que aumenta cuanto más incómodo seas, cuantas más reformas plantees, cuanto más ejercites tu legítimo derecho a no estar de acuerdo con las resoluciones que tome tu gobierno y a pretender que sean reformadas.

Ya no estamos hablando de internet. Estamos hablando de la calidad de la democracia en el mundo. De la capacidad de las sociedades para organizarse de una manera justa. Una red bajo vigilancia permanente supone una caída absoluta de la calidad de la democracia, un escenario inaceptable para cualquier persona de bien, un paralelismo siniestro con los regímenes totalitarios. No está en juego la seguridad y la amenaza del terrorismo: la inmensa mayoría de los «malos» optan por otros sistemas de transmisión cuando saben que los que utilizan están comprometidos, o recurren a sistemas de cifrados robustos. Es hasta qué punto la democracia que en países desarrollados tomábamos como un elemento fundacional ha sido subvertida por el control de la red, mediante el uso de herramientas creadas por nosotros mismos.

Si crees que la vigilancia de la NSA no va contigo, porque nadie va a tener interés en espiar lo que tu haces, prepárate, porque no tendrás a nadie para defender tus derechos cuando el espiado, por la razón que sea, seas tú. No subestimes la capacidad de tu gobierno para dictar leyes absurdas a las que quieras oponerte: cuando intentes hacerlo, te convertirás en objeto de vigilancia. Cuando los gobiernos recolectan, almacenan y procesan información, lo hacen para utilizarla contra el activismo, y proteger el activismo es una norma fundamental de la democracia, como lo es proteger a quienes protestan contra el mal uso de la ley por los propios gobiernos. La vigilancia de la NSA define la norma necesaria para definir un país como auténtico estado policial. Porque algo esté hecho por un gobierno, no necesariamente significa que sea legal.

¿Te parece que en realidad, ya perdimos todos nuestros derechos cuando permitimos que las compañías tecnológicas siguiesen y analizasen nuestros movimientos? Te equivocas. En primer lugar, porque las compañías tecnológicas no tienen capacidad para sancionarte, multarte o detenerte en función de lo que hagas. En segundo, porque su motivación está en la sostenibilidad empresarial: nadie utilizaría los servicios de una compañía si hacerlo pudiese arruinar tu vida, o hacerte objeto de sanciones graves: la motivación de esas compañías es adaptar su publicidad para que sea más efectiva, para que responda mejor a tus intereses, o para que mejore tu experiencia, no incriminarte o perseguirte. Y en tercero, porque son precisamente los gobiernos los que amenazan a esas compañías tecnológicas convirtiéndolas en cómplices y obligándolas a entregar la información de sus usuarios, subvirtiendo leyes que nunca fueron creadas para eso y nunca debieron poder ser utilizadas sin la adecuada supervisión judicial (adecuada significa fundamentalmente «por jueces independientes», no en función de algún tipo de siniestra norma de uso general, o «carpet legislation»).

Lo que Edward Snowden ha revelado es que todos estos movimientos contra la democracia se estaban llevando a cabo en el más absoluto de los secretos, reinterpretando las leyes que los teóricos representantes del pueblo habían votado. No, las leyes nunca pueden ser secretas para los ciudadanos, porque el propio concepto es completamente absurdo e insostenible. El escenario que se nos plantea si no cambiamos el entorno es terrorífico para las libertades civiles. Y en gran medida, depende de cómo evolucione la arquitectura de la red. Las características tecnológicas de la red, como elemento indispensable para el sostenimiento de la democracia. ¿Te habías parado a pensar en la importancia de semejante vínculo?

 

(This post is also available in English in my Medium page, «The urgent need to redefine the web, and its implications for democracy«)

Fuente:
http://www.enriquedans.com/2013/11/la-imperiosa-necesidad-de-redefinir-la-web.html