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La integración regional y los nuevos (des)caminos de la política exterior brasileña

Fuentes: CLACSO / Rebelión

Después de un ciclo de casi dos décadas de gobiernos en su mayoría de centroizquierda, cuyas agendas progresistas preconizaban, entre los temas más variados, la integración regional, América Latina hoy se depara con diferentes estructuras políticas e ideológicas en sus administraciones nacionales, rompiendo, en cierta medida, la linealidad que hasta ahora se verificaba, sobre todo, después del corto ciclo hegemónico de los gobiernos de centroderecha.

BRICS. Créditos: Moisés Cartuns

Mientras países como México y Argentina, bajo los gobiernos de López Obrador y Alberto Fernández, respectivamente, prosiguen en una gobernanza política guiada por el progresismo equilibrista, es decir, atendiendo tanto las demandas de las élites económicas y políticas como las causas sociales, Brasil, Colombia y Chile avanzan en agendas políticas que, en teoría, promueven una presencia disminuida del Estado, identificándose, también en teoría, con los supuestos del Liberalismo, ahora con nuevos ropajes.

En el medio, dos docenas de países latinoamericanos buscan una posición frente al Sur Global (y al Sistema Internacional en sí), en otros tiempos una promesa construida dentro de cumbres, como el Foro de Cooperación América del Sur-África (ASA) y la Cumbre América del Sur-Países Árabes (ASPA) y concebida como un camino a seguir justamente por la integración regional en los foros y bloques entonces establecidos, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), y entidades subregionales como la Comunidad Andina, el Mercosur, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad del Caribe, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América y la Alianza del Pacífico.

Anteriormente liderados por Brasil, en su búsqueda de la integración regional latinoamericana, que es incluso uno de los artículos de su Constitución Federal, cuyos esfuerzos se observaron principalmente en agendas como la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), los Estados latinoamericanos actualmente se deparan a un escenario de aparente ausencia de liderazgo hegemónico en el subcontinente y con una inserción estratégica creciente de potencias externas, como Estados Unidos, China, Rusia y países de la Unión Europea; en menor medida, otras potencias regionales como Irán, Turquía, Arabia Saudita e Israel también se han acercado a la región.

A pesar de ser un concepto nacido en las Ciencias Económicas, la noción de integración regional adquiere nuevas faces en el ámbito de las relaciones internacionales de América Latina, que van desde temas comerciales y económicos hasta temas políticos, geopolíticos e ideológicos. Estos son los escenarios que se pueden ver en este tipo de “Integración Latinoamericana 3.0”, donde tenemos, como ya se señaló, gobiernos de centroizquierda, centroderecha y extrema derecha, además de países que desean una cierta autonomía y quieren “caminar con sus propios pasos”, pero todavía tienen una relación de dependencia y redes que los vinculan a Brasil, Venezuela, México, etc.

Si antes UNASUR y CELAC parecían ser las sustitutas de las promesas del Área de Libre Comercio de las Américas y del panamericanismo de la Organización de los Estados Americanos, hoy se perciben algunas tentativas de una reorganización de los bloques de integración en el subcontinente, ya sea a través del Grupo de Lima o el Foro para el Progreso de América del Sur (PROSUR), ya sea a través del multilateralismo bilateral; es decir, una integración que avanza a los pasos de las relaciones y aproximaciones bilaterales, en contraste con las antiguas cumbres multilaterales, que marcaron el continente durante su ciclo de las centroizquierdas.

El vacío que dejó Brasil después de la crisis política e institucional que comenzó en 2016, con la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff, y se consolidó con la nueva política exterior de Jair Bolsonaro, desde enero de 2019, que tiene como objetivo realinearse a su homólogo estadunidense, permitió que no solo el Mercosur ingresara en una fase de declive, sino todo el proyecto de integración regional de América Latina. Hoy, solo ALADI puede inspirar una posibilidad de concertación de agendas, pero de manera muy limitada y vinculada al escenario geoeconómico externo.

En este contexto, Brasil se ha alejado del lugar que tradicionalmente ocupaba en las relaciones hemisféricas, el liderazgo regional. El liderazgo brasileño en América del Sur estuvo en la agenda de la política exterior brasileña durante todo el siglo veinte, que mantiene en su “acumulado histórico” las mejores prácticas del multilateralismo, el pragmatismo, la búsqueda de la autonomía y la no intervención en los asuntos internos de los otros países. La importancia del país como motor de la economía regional y la estabilidad institucional y política han hecho de Brasil un actor relevante y único en el proceso de integración regional, especialmente en las últimas tres décadas.

Con la llegada de Michel Temer al Palacio del Planalto y, más tarde, de Jair Bolsonaro – guardadas las diferencias políticas y partidarias de los dos presidentes –, la política exterior de Brasil hacia América del Sur, especialmente el Mercosur, se vuelve frágil y claramente desinteresada. Los gobiernos de Temer y Bolsonaro tienen algo en común cuando se trata de relaciones exteriores: deconstruir la política exterior de las administraciones del Partido de los Trabajadores (PT), nombrada por ambos presidentes como “ideológica”.

En la administración Temer, bajo las cancillerías de José Serra y Aloysio Nunes, la reducción en la importancia del Mercosur se percibió claramente en los primeros meses del gobierno. La apuesta del presidente Temer parece haber sido mucho más para adensar la relación bilateral con Argentina y consolidar la aproximación con la Alianza del Pacífico, que observar la integración regional como un espacio político y estratégico para Brasil.

Evidentemente, esta nueva orientación en la política exterior brasileña no causa una mayor extrañeza, teniendo en cuenta que el PSDB – el partido del que salieron las dos nominaciones para el Ministerio de Relaciones Exteriores – ya miraba este camino hace algunos años. El entonces senador y candidato presidencial Aécio Neves (PSDB), en una conferencia dada en Porto Alegre durante el “Fórum da Liberdade” en 2014, promovida por el Instituto de Estudios Empresariales (IEE), propuso nada menos que el “fin del Mercosur”. Neves clasificó el bloque económico como una “cosa anacrónica” que “no sirve a ningún interés de los brasileños”. Aécio, sin embargo, no reveló para cuales “brasileños” el Mercosur no sería relevante.

Es en este terreno ya pavimentado por el gobierno de Temer, cuya integración regional ya no es estratégica para Brasil, que la política exterior del presidente Jair Bolsonaro – bajo la cancillería de Ernesto Araújo – se esfuerza por deconstruir proyectos que visaban a aumentar la capacidad de autonomía y autodefinición de los caminos del continente, abriendo espacio para otros actores extramurales importantes en la región, como Washington, Beijing y Moscú. Como ejemplo de esta nueva realidad, tenemos la crisis venezolana. Vale la pena señalar que Mercosur y UNASUR, guardadas sus limitaciones, siempre han sido espacios importantes para debatir las crisis regionales. La ausencia de estos foros reduce la capacidad regional para encontrar soluciones conjuntas y, sobre todo, para mitigar las asimetrías regionales.

El achicamiento de la diplomacia brasileña presenta resultados desastrosos no solo para el país sino también para la región, porque a medida que Brasil pierde espacio en la arena política internacional defendiendo agendas casi indefendibles – como el negacionismo de la pandemia de COVID-19; el oscurantismo en lugar de la ciencia; el desapego del multilateralismo; el alejamiento de las buenas prácticas ambientales; los alineamientos absolutamente vacíos de propósitos; las críticas infundadas a socios comerciales importantes, como en el caso de China y; no menos importante, la defensa de temas relacionados con la moral y fuertemente ideologizados – también debilita a América Latina. Este efecto colateral ocurre, sobre todo, si consideramos que Brasil es una potencia regional que históricamente moderó conflictos y lideró agendas relevantes, como las inversiones en infraestructura (IIRSA) y la institucionalización de los procesos de integración regional. Por lo tanto, se espera que Brasil reanude un proyecto de política exterior que valore la autonomía y regrese al diálogo con diferentes actores internacionales de forma articulada, pragmática, racional y respetuosa con las asimetrías. Sería fundamental para la diplomacia brasileña reanudar su capacidad de construir consensos, alejándose de esta posición agresiva reciente, mucho más típica de un actor secundario en las escenas regional e internacional.

Ana Regina Falkembach Simão es doctora en Historia (UFRGS, Brasil). Profesora y coordinadora del curso de Relaciones Internacionales de la Escuela Superior de Propaganda y Marketing (ESPM-POA). Investigadora del grupo “Novos Polos de Poder e a Política Internacional” (ESPM/CNPq). Correo electrónico: [email protected]

Roberto Rodolfo Georg Uebel es doctor en Estudios Estratégicos Internacionales (UFRGS, Brasil). Profesor del curso de Relaciones Internacionales de la Escuela Superior de Propaganda y Marketing (ESPM-POA). Investigador del grupo “Novos Polos de Poder e a Política Internacional” (ESPM/CNPq) y del Grupo de Trabajo Integración regional y unidad latinoamericana de CLACSO. Correo electrónico: [email protected]

Esta nota fue publicada en el Boletín Nº 9 “Integración regional. Una mirada crítica” del GT Integración regional y unidad latinoamericana de CLACSO.