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La intervención militar de M. Temer y los morros de Río de Janeiro

Fuentes: CELAG

De este tipo, es la primera intervención federal sobre la seguridad pública de un Estado provincial desde que se consagró la Constitución de 1988 y Brasil recomenzó su trayectoria democrática después de décadas de dictadura militar. La medida -un Decreto presidencial que requiere de aprobación parlamentaria, pero vigente desde su promulgación- tiene diversos aspectos a […]

De este tipo, es la primera intervención federal sobre la seguridad pública de un Estado provincial desde que se consagró la Constitución de 1988 y Brasil recomenzó su trayectoria democrática después de décadas de dictadura militar. La medida -un Decreto presidencial que requiere de aprobación parlamentaria, pero vigente desde su promulgación- tiene diversos aspectos a ser considerados, incluso el que tiene que ver con el lugar que ocupa realmente Río de Janeiro en el propio pacto federativo. Río de Janeiro, antigua capital de la República y vidriera de la nación ante el mundo, pasa a delegar su potestad securitaria en función de la supervivencia de un bloque político-económico (principalmente paulista): el que estuvo detrás del golpe a Dilma Rousseff. Así, un militar (interventor) se encargará del «caos de la seguridad» en el distrito, en lo que se convierte en un «ensayo» que puede llegar a abrir todo tipo de puertas tormentosas: en un escenario como el actual en el que, tanto por la puja distributiva de la lucha de clases como por el impasse en el que se encuentra el Estado de derecho, está claro que el país sujeta cada vez de forma más frágil los mínimos criterios aceptables de un registro democrático.

La seguridad pública y el «ensayo militar».

Desde principios de los años ’90 Río de Janeiro viene experimentando diversas formas (directas e indirectas)  de intervención de las Fuerzas Armadas en cuestiones de seguridad pública. En los últimos diez años hubo sesenta y siete convocatorias parciales a las FFAA -para «garantizar la Ley y el Orden»- que fueron desde colaboraciones con las fuerzas policiales y de seguridad del Estado, o «presencias» territoriales -como en la Jornada Mundial de la Juventud, en el 2013, o durante la última Olimpíada- u operaciones específicas en zonas específicas, como el año pasado en Rocinha, entre otras comunidades a lo largo de los años. Pero no ha sido Río de Janeiro la excepción: en otros 17 Estados de la Unión también se han dado estas «actuaciones», aunque está claro que es en Río donde se verifica el mayor número de presencias en el tiempo.

Sin embargo, y frente a esta nueva convocatoria, que tiene otra envergadura en tanto ya no es «colaborativa» o «complementaria» sino, precisamente, una «intervención» respecto de la política de seguridad pública en su conjunto, lo curioso es que no se esgrimiera como fundamento la eficacia eventual de los militares para este tipo de tareas (cuestión que no está del todo certificada, como lo advierten estudiosos del tema) y tan sólo se puntualizara -como lo hizo M. Temer al presentar el Decreto- la «catastrófica» situación en la que se encuentra Río de Janeiro en términos de seguridad, lo que no estaría muy en sintonía con los propios datos oficiales: actualmente, la ciudad está en el puesto 12º en términos de homicidios (por 100 mil habitantes) entre las ciudades brasileñas, y si bien no es motivo de optimismo, tampoco es la situación «terminal» tal como fue definida por el presidente y, por lo tanto, de urgente e inmediata resolución.

Es que ni la última incursión en la comunidad de Rocinha, ni en las de los morros de Maré o Salguiero del año pasado, se ha probado la utilidad de los militares en cuestiones de seguridad. Hay algo que sí es cierto: le imprimen una «espectacularización» al hecho de «subir el morro» que no lo logran las policías, desconectadas como están entre sí en la mayoría de los casos: el cotidiano trabajo policial – de seguridad e inteligencia que, según lo indican los expertos en la materia, pareciera ser lo más útil para combatir a las grandes bandas delincuenciales, causales del «caos securitario actual» (sic)- es reemplazado ahora por el «lenguaje militar», con toda la truculencia que sea necesaria, con el despliegue de alto impacto (mediático) y la «espectacularización» consecuente. Subir el morro, «na bala», para seguir la jerga de actuación. Y en términos democráticos, una nueva etapa para el protagonismo militar… no es casualidad que suceda bajo el gobierno de M. Temer.

Es que el «ensayo militar» de M. Temer le sirve también al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB)  para reorganizar el escenario electoral de este año, si es que lo hubiera (porque ya no se sabe bien qué será de los calendarios institucionales a esta altura de las cosas): deja con menos margen a J. Bolsonaro en su propio distrito -después de todo, el pedido de intervención lo realizó el propio gobernador del PMDB, L. F. Pezao-, al ocupar ese espacio en la agenda política que, dependiendo de cuales sean los términos de la campaña, está claro que pueden ser aspectos (electoralmente) redituables para el partido. Ocupar ese lugar puede ser el salvoconducto político para aquellos dirigentes del partido que continúen insistiendo en el PMDB.

Ahora bien, lo que es importante advertir es que este «ensayo militar» podría derivar en contextos muy poco auspiciosos para la vida cotidiana brasileña en general, incluso respecto de los objetivos que supuestamente lo justifican. Por ejemplo, de un lado, podría consolidar la posición del principal cartel delincuencial del país -el Primer Comando Capital (PCC), de base operacional paulista y enfrentado a sus rivales de Río de Janeiro, como Comando Vermelho (CV), con los efectos expansivos que un crecimiento del tipo puede llegar a traer respecto de la proliferación de pautas irregulares y/o corruptas sobre el sistema político e institucional. Por otro lado, seguramente que un militar al mando de la gobernabilidad ciudadana vaya a reforzar ese clima de baja tolerancia a la diversidad y a la crítica social que se instaló con el impeachment a Dilma Rousseff, cuestión cultural nada aleatoria ni secundaria, pues hace a las posibilidades subjetivas de crecimiento de un proyecto alternativo a lo que está instalado. Como muestra de esto, curiosos cambios de último momento: el emotivo y oxigenador movimiento de carnaval de Paraiso de Tuiuiti  -la Escuela de Samba más comentada de los últimos años- no pudo realizar su último desfile (el que se realiza ya fuera de competencia) con su parodia más cruel y celebrada: el mortuorio vampiro estelar subió sin la banda presidencial. La crítica más corrosiva al presidente debía abandonarse. Signo de los tiempos: es el «ensayo militar» de Río de Janeiro.

Amílcar Salas Oroño es investigador del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica.

Fuente: http://www.celag.org/la-intervencion-militar-m-temer-los-morros-rio-janeiro/