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La izquierda ante la crisis económica

Fuentes: Nuestra Bandera

1. La crisis El contexto económico en los próximos años será radicalmente distinto al que hemos conocido desde hace más de dos lustros, durante los cuales ha tenido lugar un periodo de bonanza caracterizado principalmente por un crecimiento sostenido del PIB y un intenso crecimiento del empleo, aunque de baja calidad. Está fuera de toda […]


1. La crisis

El contexto económico en los próximos años será radicalmente distinto al que hemos conocido desde hace más de dos lustros, durante los cuales ha tenido lugar un periodo de bonanza caracterizado principalmente por un crecimiento sostenido del PIB y un intenso crecimiento del empleo, aunque de baja calidad. Está fuera de toda duda que la economía española se está adentrando en una fase muy complicada, sobre la que las únicas incógnitas abiertas son la intensidad de la crisis y la duración que pueda tener, ésta dependiendo de aquella.

Los pronósticos oscilan entre grandes márgenes, apuntando desde una grave crisis inevitablemente prolongada a una moderada depresión que en dos años podría superarse. Se debe evitar entrar en el juego de los diagnósticos, pero dejando sentado que los augurios más sombríos pueden cumplirse y que no parece que las dificultades que recorren a la economía española pueda solventarse en poco tiempo.

En efecto, hay que considerar que el capitalismo español está atravesado por tres crisis de distinto origen, cuya combinación da muchas variantes, ninguna tranquilizadora.

1.a. La crisis del euro

Tenemos en primer lugar lo que se puede llamar la crisis del euro. Es la que menos ruido produce, a la que menos atención se le presta, y es, en cambio, la más inquietante pues su solución sólo podrá venir de importantes decisiones que modifiquen el estado actual de la inserción del capitalismo español en el ámbito de la Unión Europea. Han transcurrido sólo nueve años de la implantación del euro y los datos de la balanza de pagos ponen de manifiesto que la economía española no ha podido digerir la liberalización, por un lado, y la rigidez, por otro, que imponen el mercado y la moneda únicos.

Desde un práctico equilibrio de la balanza por cuenta corriente en 1998, en el 2007 se ha registrado un déficit que supera el 10% del PIB. En cifras absolutas es el segundo mayor déficit del mundo, después del de Estado Unidos. Se ha alcanzado con un crecimiento relativamente más intenso que el de otras economías de la Unión Europea, pero también después de una evolución económica propicia para mantener la competitividad en el marco operativo en extremo exigente que emana de Maastricht, como lo revelan el retroceso de poder adquisitivo de los salarios, la pérdida en la participación de estos en la renta nacional, la precariedad extrema del empleo, la degradación de los servicios públicos y la política fiscal y de subvenciones dirigida a fomentar la rentabilidad de las empresas, todo ello, como se ha dicho, de manera coherente con los análisis que determinaban que el Estado social se vería amenazado en la Europa de Maastricht.

La existencia del euro, o lo que es equivalente, la inexistencia de una moneda propia que detecte y resienta el desequilibrio exterior, enmascara y oculta los problemas derivados de un déficit tan enorme, pero no por ello desaparecen los problemas reales que implica: a saber, en primer lugar, que la producción interior no cubre las necesidades de la demanda: ésta se cubre con importaciones crecientes por no ser las mercancías españolas suficientemente competitivas, con el resultado que el crecimiento del PIB y el empleo del país es menor que el impulsado por la demanda. En segundo lugar, que la economía, a consecuencia del déficit, se ha endeudado a un ritmo vertiginoso. Baste decir que el endeudamiento exterior de la economía española en 1998, esto es la diferencia entre los pasivos y los activos exteriores era de 28,8% del PIB y que en el 2007 ese porcentaje se elevó al 70%. En particular los pasivos exteriores que representaban el 100% del PIB al entrar en el euro se elevaron al 205 % en 2007, en unas condiciones, debe recordarse por la inestabilidad potencial que entrañan, de movilidad plena de los capitales.

La solución a este grave problema difícilmente podrá venir de un frenazo abrupto de la economía, de un ajuste económico brutal que tendría consecuencias sociales desoladoras, por las raíces del mismo, que no son otras que el retraso tecnológico y de dotación de capital y la perdida continua de competitividad, combinadas con la falta de instrumentos para compensarlos. Al valorar la situación objetiva de la economía española en estos momentos de inquietud general por el futuro de la economía mundial, se está pasando por alto esta falla tan peligrosa, si bien no resulta ya raro leer en la prensa internacional especializada que la permanencia de España en el euro no esta garantizada.

1.b. La crisis «subprime»

El segundo elemento de la crisis para nuestro país proviene justamente de la inestabilidad que caracteriza a la economía internacional después del estallido de lo que se conoce como la crisis de las hipotecas «subprime» en Estado Unidos, hipotecas de alto riesgo de falta de cobro. Aquí de nuevo los pronósticos oscilan entre el derrotismo total -la mención a la gran crisis del año 29 es frecuente- y unas opiniones muy preocupadas por la situación, como lo demuestran las continuas rebajas del tipo de interés efectuadas por la Reserva Federal. Los peligros de una catástrofe financiera internacional no pueden descartarse y las soluciones posibles pasan por que las autoridades monetarias inyecten masivas cantidades de liquidez para taponar los agujeros que vayan surgiendo, para reponer los naipes que se caen del castillo, para amortiguar los efectos del proceso de «desvaloriazación» de los balances que está en marcha, pero al precio de fomentar la inestabilidad global y de agravar las futuras crisis financieras.

Es una política que ya se ha seguido sistemáticamente en el pasado para apagar anteriores crisis, con las consecuencias que ahora se están padeciendo. El agravamiento de la situación actual, de la cual hay que decir que no se tiene un conocimiento y una valoración precisas, por los enigmas que encierra el manto financiero que envuelve la economía mundial y los intereses en juego (nadie reconoce su delicada situación financiera para evitar precipitar la bancarrota), no dejaría de tener efectos perniciosos sobre la economía española, visto su gran endeudamiento, su precaria posición exterior y la dependencia tan acusada que tiene de la financiación externa. En todo caso, la inestabilidad financiera en Estados Unidos, ya propagada a otras zonas del planeta, ha tenido efectos sobre la economía real: se habla de recesión en aquel país y se han revisado a la baja todas las previsiones de crecimiento de la Unión Europea y otras partes del mundo. Este empeoramiento influye, como no, en las expectativas de la economía española, que ha obligado al gobierno a reducir las previsiones de crecimiento para el año en curso y los siguientes. Sin duda, las incertidumbres que dominan la economía mundial representan un clima poco propicio para la economía española, sometida a su vez a problemas propios y singulares.

1.c. El modelo agotado

Así, los cambios que están teniendo lugar en los últimos tiempos, con revisiones a la baja del crecimiento, aumento preocupante del paro y problemas en muchas empresas se relacionan con lo que se ha venido en describir como el agotamiento del modelo de crecimiento anterior, y que es el tercer elemento a considerar en la crisis de la economía española. La exagerada actividad del sector de la construcción, en particular del sector de la vivienda, ha llegado a su fin, y con ella la fase de bonanza. La construcción de viviendas ha tenido como telón de fondo una especulación salvaje, ha propiciado una gran extorsión a una gran cantidad de jóvenes necesitados de vivienda, ha llevado al endeudamiento de muchos hogares a unas cotas insólitas, ha dado lugar a un crecimiento de la actividad crediticia hipotecaria enfebrecido y ha absorbido una cantidad ingente de recursos destinados a cubrir todas las costas con muros de hormigón y a levantar fantasmales urbanizaciones en el entorno de las ciudades.

La caída irremediable del sector de la construcción arrastrará a otras muchas actividades económicas y como se ha generado un desajuste muy grande entre la oferta y la demanda de un bien no perecedero como es la vivienda, la paralización del sector será larga, nada del año o dos años que se suele decir piadosamente para tranquilizar a los ciudadanos. Por otra parte, no es necesario resaltar que eso del cambio de modelo de crecimiento que se pretende difundir como alternativa y solución a los problemas surgidos no es un trueque de estampitas, algo que pueda decidirse burocráticamente en los despachos y hacerse de la noche a la mañana, sino algo muy complejo que, de intentarse en serio, llevaría mucho tiempo, muchos recursos y más coherencia y planificación que las que el sistema puede proporcionar.

Por otra parte, han surgido, con características propias pero de la misma naturaleza que los riesgos «subprime», problemas financieros relacionados con los créditos hipotecarios y la financiación a las inmobiliarias, sobre cuyo crecimiento ha descansado la actividad y la especulación de los últimos tiempos. Estos problemas empiezan a tener repercusión en la salud del conjunto del sistema bancario y la financiación de otras actividades, que no siempre son solucionables por la vía de inundar de liquidez el sistema, pues existen problemas adicionales de solvencia, fiabilidad y riesgos de impagos. El endeudamiento ha crecido a ritmos sin parangón con la actividad real de la economía, y en particular el de las familias con su hipotecada situación pesa ahora sobremanera cuando sería necesario contar con la demanda estable del consumo. De qué manera estos problemas colaterales influirán en la evolución económica de los próximos años es nuevamente una incógnita. No obstante, han aparecido algunos informes de todo tipo de instituciones que pronostican un período complejo y lleno de dificultades para la economía en los próximos años, lo cual, sin que tenga que llegar cumplirse en su peor versión, da idea de la incertidumbre existente y de la gravedad que puede tener la crisis «autónoma» de la economía española. No hay que entrar en otros muchos aspectos negativos de la evolución actual de la economía – efectos de la crisis energética con su impacto en el precio del petróleo del que nuestro país es particularmente dependiente, lo que se refleja en la balanza comercial, inflación creciente y divergente con la de la media de la zona euro con un larvado efecto negativo sobre la competitividad, precariedad aguda del mercado laboral, volatilidad del superávit presupuestario logrado en años pasados, muy ligado al tema de al vivienda, demandas y tensiones fiscales entre Comunidades- para comprender que los años próximos serán realmente muy complicados y potencialmente muy graves.

2. Tareas de la izquierda

El traducir el análisis económico anterior en tareas políticas ha de ser la preocupación de la izquierda anticapitalista, y de inmediato surgen dos objetivos esenciales. El primero debería ser el capítulo de la propaganda, la denuncia, la información, …., para intervenir en el combate ideológico y elevar la conciencia social. El segundo, por supuesto, prepararse para luchar e impedir en la medida de lo posible que los efectos de la crisis se descarguen sobre los trabajadores y las capas sociales más débiles y de favorecidas.

2.a. Denuncia del sistema

En las nuevas circunstancias hay que denunciar al disparatado sistema capitalista capaz de arrastrar a las sociedades al desastre y de llevar a los individuos a la desesperación cuando las posibilidades materiales para garantizar un alto y razonable grado de bienestar social están dadas. Contra la idea de que el capitalismo es el único sistema posible hay que desvalorizarlo por las recurrentes crisis a que somete a las sociedades, aparte de las críticas que desde otros puntos de vista siempre se han hecho ideológicamente desde la izquierda.

Particular insistencia hay que poner en la crítica y el rechazo del neoliberalismo como concreción actual de modo de producción capitalista, pues muchos de los aspectos más negativos que la situación encierra en estos momentos son derivados de las concepciones neoliberales. La libertad absoluta de los movimientos de capital, la hipertrofia financiera que ha tenido lugar, la compleja ingeniería financiera sin limites a la imaginación que se ha desarrollado, los intentos a través de la especulación de apropiarse del excedente social a escala mundial son causas de la inestabilidad existente y los peligros del hundimiento catastrófico del sistema financiero internacional.

En esta línea de denuncia del neoliberalismo, hay que estar atentos, porque mientras a los empresarios y especuladores les iban los vientos a favor no ha dejado de reclamarse que el Estado debía sacar sus manos fuera de la economía y resaltarse las virtudes del mercado. Ahora, con los vientos en contra, han empezado surgir demandas continuas de que sea el Estado el que asuma muchos de los desafueros que se han cometido. Los bancos centrales, por ejemplo, están aceptando activos privados de mas que dudosa solvencia. En nuestro país también se empiezan a reclamar ayudas por parte de la banca y de las constructoras e inmobiliarias, precisamente los sectores que más se han aprovechado de los desmanes ocurridos el pasado reciente. Lo de la apropiación privada de los beneficios antes y la socialización de las pérdidas ahora está a la orden del día y no se debe de consentir.

Ha llegado también la hora de pedir cuentas a los gobiernos anteriores, es decir, tanto al Partido Popular como PSOE, del fanatismo europeísta con que impregnaron su política económica y social. En apenas 15 años, la retrasada economía española tuvo que asimilar la incorporación al mercado común en 1986, el desarrollo del Acta única para implantar el Mercado único y fue uno de los países que con mas ahínco defendió el Tratado de Maastricht y la creación del euro, cuando podía preverse que sería uno de los países que más dificultades tendrían para soportar el marco neoliberal extremo del mercado y la moneda únicos. El Tratado de Lisboa, después del rechazo de Francia y Holanda a la Constitución europea, tiene como objetivo esencial otra vez garantizar y darle carácter constitucional a ese marco. La oposición radical de la izquierda al Tratado de Lisboa ha de combinar todos los elementos de rechazo que suscitó la Constitución europea con la crisis a que Maastricht ha provocado en la economía española.

Por último, es necesario también denunciar la incompetencia y la ceguera con la que han actuado los últimos gobiernos al permitir un desarrollo económico tan insostenible y tan de cortas miras como el que ha tenido lugar en los últimos años. Se dice como un lugar común, como si no existiera responsable alguno, que el modelo de crecimiento está agotado, cuando en ningún momento debió permitirse y alentarse, por el PP y el PSOE nuevamente, una evolución tan desequilibrada, anárquica y perturbadora como la que ha tenido lugar, para una economía además anclada en un mundo tan competitivo como el que representa la Europa de Maastricht.

2.b. La resistencia

Sobre el segundo objetivo de evitar las consecuencias de la crisis hay que partir de las dificultades objetivas que presenta. Como ya adelantan todas las estadísticas del empleo y de paro, el crecimiento de este es imposible de detener en los próximos tiempos. La crisis, la precariedad del empleo y la inmigración dan una combinación explosiva, que no hay forma de impedir y cuya concreción, aunque difícil de predecir, siempre será inquietante. Los inmigrantes pueden ser las víctimas más directas y menos protegidas, existiendo el peligro, como apuntan los acuerdos que se negocian a escala europea, de que se desate una «caza» del «ilegal», una regresión de las leyes y una ola xenófoba en la sociedad, que por todos los medios hay combatir. No deben hacerse concesiones en este terreno por más que la lógica, considerado aisladamente el problema, de pábulo al hostigamiento y la represión de los desvalidos inmigrantes.

Como es normal en todo período de crisis, el Estado del bienestar estará en el ojo del huracán de la ofensiva que la derecha, la patronal y el social liberalismo desatarán como remedio y para amortiguar las presiones sobre las cuentas del Estado. A los recortes fáciles de los servicios públicos, pues basta no atenderlos en las debidas proporciones presupuestarias para que se degraden, pueden añadirse intentos de recortes en las prestaciones sociales, desde la cobertura del desempleo, en momentos de crecimiento intenso del mismo, hasta una nueva ofensiva contra las pensiones, un objeto del deseo permanente que justificaran contundentemente con estudios en apariencia irrebatibles. A este respecto, ya se han dado algunos avisos sobre la insostenibilidad del sistema público de pensiones a medio y largo plazo, acotando y separando la Seguridad Social del resto del Sector Público.

Desde el punto de vista de la izquierda, no debe permitirse hablar de la crisis de la Seguridad Social, porque la crisis de la Seguridad Social es equivalente a la crisis financiera del Estado: no caben compartimentos y que sean los gastos sociales los que resultan deficitarios e insostenibles. La resistencia contra todos los recortes sociales debe ser una seña de identidad de la política de izquierdas en el período que se abre: cabe recordar continuamente la debilidad del Estado del bienestar en nuestro país en comparación con la media de la Unión Europea – los gastos en prestaciones sociales en términos del PIB están más de siete puntos por debajo-, pese a lo cual, la favorable evolución de las cuentas públicas de los últimos años se ha utilizado antes que nada para emprender reformas fiscales de marcado carácter regresivo.

El ritmo de la crisis habrá de determinar las denuncias, movilizaciones y consignas en cada momento, si bien hay que ser consciente que el deterioro de la situación económica y social puede obligar muy rápidamente a endurecer el discurso y los objetivos, sin que deban existir limites a la hora de reclamar soluciones: la nacionalización de empresas y sectores bajo control de los trabajadores no es una consigna impensable si la crisis toma derroteros muy destructivos.

Y como no puede ser de otro modo, la política de alianzas tiene que ser coherente con los objetivos que se han trazado. Lamentablemente no cabe depositar mucha confianza en las direcciones de los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT. Han dado pruebas rotundas de estar al quite de los problemas de los gobiernos y las necesidades del orden neoliberal. Creen en el sistema y consecuentemente lo apoyan y lo defienden de perturbaciones. Sólo en caso de un agravamiento muy serio de la situación, cuando no darse por enterados de los estragos de la crisis les provocaría una pérdida de autoridad y legitimidad, sólo entonces cabria esperar un cambio de actitud. Hasta ahora se han limitado a expresarse con relativa dureza sobre los intentos de descargar la crisis sobre los trabajadores, pero los hechos no hacen fiables las palabras y, en todo caso, hasta ahora sólo han empezado a notarse los efectos de la crisis sobre el empleo.

Inevitablemente la resistencia habrá de contar con los sectores críticos sindicales, los sindicatos minoritarios más combativos, exigirá prestar apoyo a las luchas que surjan de conflictos en empresas y sectores productivos y, en fin, apoyar e integrarse en los movimientos sociales que traten de impedir la degradación de los servicios públicos, con la sanidad y educación a la cabeza.

Hay que lamentar que los tiempos que se avecinan sean de crisis, pues los perjudicados, al extremo de complicárseles la existencia y faltarles los medios para sobrevivir, serán los trabajadores y las capas sociales más débiles. No está escrito que en esas circunstancias pueda darse un avance político significativo en la lucha por otro mundo, pues muchas veces ha resultado que los crecientes malestar social e inseguridad económica retraen a las víctimas, introducen el miedo en la población, e incluso abren las puertas para el avance del fascismo, sin embargo, está en las obligaciones más ineludibles de la izquierda antisistema intentar que ello no suceda, combinando las luchas de resistencia con el combate ideológico contra el capitalismo y la defensa, por decirlo sin tapujos, del socialismo.

Mayo de 2008