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La lucha no ha hecho sino empezar

Fuentes: GAIN

Probablemente el escenario postelectoral iraquí está sin definir, a la espera del recuento y la proclamación definitiva de los resultados. Sin embargo, y sin la constatación definitiva de los datos mencionados, no es difícil anticipar que la lucha no ha hecho sino empezar en los diferentes frentes.Y es que independientemente de los resultados, todos los […]

Probablemente el escenario postelectoral iraquí está sin definir, a la espera del recuento y la proclamación definitiva de los resultados. Sin embargo, y sin la constatación definitiva de los datos mencionados, no es difícil anticipar que la lucha no ha hecho sino empezar en los diferentes frentes.

Y es que independientemente de los resultados, todos los actores del puzzle iraquí van a intentar hacer una lectura favorable a sus intereses. Pero además, detrás de las primeras lecturas optimistas no tardará en aparecer la cruda realidad. Divisiones y enfrentamientos entre los aliados de ayer, relanzamiento de la guerra de guerrillas por parte de una resistencia cada día mejor organizada y coordinada, y la sensación de caos y la desesperación ampliándose entre la población de Iraq.

Sin acceso a la electricidad y al agua, sin seguridad y sin posibilidad de empleo, la mayoría de la población dirige sus reproches hacia las fuerzas ocupantes y sus colaboradores, a los que hace responsables de la actual situación de su país. Y mientras algunos esperan ansiosos la proclamación de su «victoria electoral» para poder hincar el diente a un trozo mayor del pastel, las fuerzas de la resistencia prosiguen su campaña, y cuentan además con un importante factor de ventaja, a pesar de sus diferencias, el rechazo a las tropas extranjeras de ocupación actúa como un paraguas que engloba las diferentes agendas resistentes. Hoy en día, en Iraq los Ba´athistas pretenden recuperar el poder perdido, los jihadistas prosiguen con su guión de una estructura islamista supranacional, los sunitas más moderados buscan no perder su papel protagonista, las fuerzas nacionalistas por su parte desean expulsar a los ocupantes y restituir la soberanía iraquí, pero ante todo lo que todos busc
 an es esa expulsión de Estados Unidos y sus aliados.

Pero las diferencias tampoco tardarán en aparecer en la cara «más amable» de esta película. Las disputas entre los candidatos por hacerse con los puestos de poder en el nuevo escenario están esperando para centrar buena parte del futuro debate político del país. Por de pronto, los miembros de la coalición patrocinada por el Gran Ayatollah Alí al-Sistani, la Alianza Unida Iraquí, ya están colocándose en posiciones de disputa. Uno de los mejor situados es un líder del partido  al-Dawa al-Islamiya, Ibrahim Jaafari, al que algunas fuentes señalan como la figura más popular en Iraq, tras al-Sistani y al-Sadr, lo que le hace concebir posibilidades de optar al puesto de primer ministro. Enfrente tiene a otro candidato de su propia coalición electoral, Adel Abdel Mahdi, quien contaría con apoyos en la Casa Blanca.

Dentro de la familia chiíta las diferencias también afloran. Algunos clérigos  de origen árabe han rechazado la participación en las elecciones al tiempo que apoyan abiertamente la resistencia. Otros, como Muqtada al-Sadr, han mantenido una línea de claro enfrentamiento con los ocupantes, a pesar de que en estos momentos expresa un apostura más pragmática, de «ver y esperar». Las diferencias entre los llamados quietistas (al-Sistani) y los partidarios de un régimen teocrático dentro de la familia chií también se debe tener en cuenta en un fututo cercano.

La estrategia kurda que en ocasiones ha sabido entrelazar alianzas con los chiítas (caso de la oposición a Saddam) y siempre buscando resultados a corto plazo y coyunturales, puede verse nuevamente «traicionada». De ahí que cualquier alianza en estos momentos, claramente posibilista, puede saltar por los aires en función del desarrollo de los acontecimientos.

Otro factor de enfrentamiento puede venir generado por las actitudes e intereses de algunos estados vecinos. Desde algunos países como Egipto, Jordania o incluso Arabia Saudita se muestra su temor por el florecimiento de un llamado «triángulo chiíta», formado por Líbano, Iraq e Irán. Sin olvidar que Turquía observa con recelo cualquier movimiento favorable a los intereses del pueblo kurdo.

A pesar de los cantos de sirena alabando el proceso «democrático iraquí», es necesario desmontar esa engañosa lectura, y mostrar la compleja red de poder montada y dominada por Estados Unidos y sus colaboradores, que se sitúa por encima de cualquier autoridad o institución que emane de las lecciones recientemente celebradas. Como señala algún analista, la Ley de Transición Administrativa, impuesta por Washington, es la ley que manda en Iraq. Para cambiarla «son necesarios tras cuartas partes de la Asamblea Nacional y contra con el apoyo unánime del Consejo Presidencial». Conociendo la influencia que Estados Unidos ejerce sobre los componentes de ambos órganos, no le resultará difícil bloquear cualquier iniciativa de cambio. Además, «las comisiones de control, operativas como mínimo hasta el año 2009, están copadas por personal impuesto por los norteamericanos, como los son también los miembros de la judicatura».

Con ese panorama, que cierra todas las puertas a cualquier paso contraproducente para los intereses de Bush y los suyos, con el aumento de la violencia de la resistencia y de otro tipo de violencia (robos, secuestros, violaciones y muertes), y con un importante número de transacciones económicas llenas de corrupción y favoritismo, no es de extrañar que la población se vuelva cada día más en contra de la presencia de Estados Unidos y de sus aliados.

Las próximas semanas nos dibujarán un «nuevo escenario» en Iraq, del que probablemente se ocultarán todos los datos aquí mencionados. Por todo ello y ante la perspectiva más que fiable que el teatro iraquí empeore a corto plazo, no debería extrañar la posibilidad de una sucesión de enfrentamientos multidireccionales que harán más difícil todavía cualquier salida del actual agujero al que se ha empujado a la sociedad de ese país.