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La nueva frontera del capital: una lectura política de la Cuarta Revolución Industrial

Fuentes: Rebelión

Desde el siglo XVIII hasta la actualidad, la industria capitalista ha atravesado sucesivas transformaciones técnicas y tecnológicas que no responden a un simple interés de modernización, sino a una necesidad orgánica del capital, que es aumentar la productividad para sostener y acrecentar su propia acumulación en el tiempo. Aunque no toda innovación alcanza ese carácter transformador, porque no cualquier mejora parcial de un proceso productivo altera su estructura de fondo. Solo cuando ocurre un avance técnico que rompe ese proceso desde su base se abre un quiebre irreversible en la forma de producir, un punto donde ya no es posible volver a la manera anterior de hacer las cosas porque el propio fundamento de la producción cambió. Ese quiebre histórico no se limita a la técnica, arrastra consigo a la vida social en su conjunto, que se ve obligada a reacomodarse frente a ese nuevo modo de producir. Cuando estos avances superan la innovación puntual y reorganizan de manera irreversible tanto la producción como la vida social en función de la necesidad de acumulación que mueve al capital, estamos frente a lo que se conoce como revoluciones industriales.

En el pasado, esas revoluciones industriales intervinieron sobre dimensiones distintas de la capacidad productiva del trabajador, aunque compartieron un mismo fondo, sustituir progresivamente el esfuerzo físico humano por una fuerza externa a él. La primera avanzó sobre la fuerza muscular mediante la máquina de vapor, la segunda sobre la energía disponible para la producción en serie mediante la electricidad y el motor de combustión, y la tercera sobre la ejecución misma de las tareas mediante la automatización electrónica, de manera que el rol del trabajador se fue transformando dentro del proceso productivo mientras la máquina absorbía la función que antes cumplía el músculo. La revolución en la que nos encontramos actualmente, además de seguir por el camino de las anteriores, avanza sobre algo mucho más personal e íntimo que ninguna revolución anterior había logrado capturar de esta forma, la capacidad cognitiva que hasta hace un tiempo pertenecía solo al ser humano. Por esta razón, la Cuarta Revolución Industrial no puede entenderse como una simple continuación de aquellas revoluciones industriales anteriores, sino como un salto que cambia el propio objeto sobre el cual el capital busca ejercer su apropiación.

La Cuarta Revolución Industrial se sostiene sobre la base de la interconexión de diferentes tecnologías que se han desarrollado en las últimas décadas. Una de las más conocidas y decisivas es la inteligencia artificial, un sistema que no genera conocimiento desde la nada, sino que se sostiene sobre dos formas de conocimiento social, uno acumulado y otro vivo. El primero es aquel que se fue sedimentando durante generaciones a través de los saberes que la humanidad fue construyendo mediante la ciencia, la técnica, el lenguaje y la cooperación colectiva, un fondo que opera como la base de los sistemas de inteligencia artificial que hoy conocemos. El segundo es aquel conocimiento que se produce cotidianamente y en este mismo instante, cada vez que millones de personas interactúan con plataformas y entornos digitales. ¿Pero por qué llamamos social a ese conocimiento? Porque ninguno de los dos, ni el acumulado ni el vivo, fue producido por quienes hoy lo capturan, sino por la sociedad en su conjunto, ya sea a través de la historia o en tiempo real. Quien se apropia de ese conocimiento y lo convierte en ganancia es un actor distinto, el capital privado, que no produjo ese saber aunque sí haya construido la infraestructura que permite capturarlo.

Se trata sin embargo de una apropiación de un tipo distinto a las que el capitalismo ejerció históricamente, porque a diferencia de un territorio o recurso, que es algo palpable y visible, la privatización del conocimiento y el comportamiento humano ocurre sin ese referente previo, ya que nunca antes se había concebido que pensar, comunicarse o comportarse pudiera convertirse en objeto de propiedad privada. Si nunca antes existió un referente para pensar la privatización del pensamiento y el comportamiento, tampoco existe todavía una categoría clara para nombrar a quien produce ese conocimiento que hoy se privatiza. El usuario digital no es un trabajador en el sentido clásico, porque no vende formalmente su actividad ni recibe un salario a cambio de su interacción con lo digital, pero tampoco puede reducirse a la figura del consumidor, porque su propia actividad termina alimentando los sistemas que después el capital utiliza para aumentar sus ganancias. El usuario ocupa entonces una posición contradictoria, consume mientras produce y produce mientras consume, sin que exista un momento en que una de esas dos condiciones se imponga completamente sobre la otra.

Esa condición híbrida dificulta que esa actividad sea reconocida como generadora de valor y, por lo tanto, mucho más difícil también que pueda organizarse cualquier forma de disputa colectiva sobre ese valor. Quien navega, compra, comenta o simplemente permanece conectado no percibe su actividad como una forma de producción, la vive como ocio o comunicación, según sus propias necesidades y deseos, y es justamente esa percepción la que impide que se reclame algo sobre ese valor que se está generando en cada instante. El usuario, entonces, no es solo usuario, es productor de valor a partir de la información que su propia interacción con las plataformas digitales genera, aunque ninguna de las categorías con las que habitualmente pensamos el trabajo o el consumo le permita reconocerse como tal.

Ese valor que el usuario produce al aceptar las condiciones de uso de plataformas digitales le permite al capital dirigir de forma creciente el consumo de cada persona. Ya no se trata de ofrecer lo mismo a todos, como en las campañas publicitarias en la calle o en la televisión, sino de personalizar cada estímulo de acuerdo al perfil que esos mismos datos fueron construyendo, de manera que la oferta que recibe cada persona deja de ser genérica y pasa a estar calculada específicamente para aumentar la probabilidad de que compre. El consumo empieza a ser en buena medida el resultado de un cálculo previo hecho a partir de los propios datos de esa persona, donde el capital participa activamente en anticiparla y producirla a la medida de cada individuo. Esa misma capacidad de personalizar y dirigir el consumo se extiende mucho más allá del acto de comprar, porque el mecanismo que selecciona qué mostrarle a cada persona opera bajo la misma lógica ya sea que se trate de un producto, una idea, una noticia o una opinión. De ahí que lo que una persona termina viendo, leyendo o escuchando ya no responda a la totalidad de lo que existe, sino a una selección hecha a su medida por sistemas que van ajustando esa selección a partir de la propia interacción del usuario.

Esa selección es lo que constituye la burbuja digital, entendida como una organización personalizada de la experiencia digital que cada persona habita a partir de los propios datos de quien la vive, y que termina definiendo de antemano lo que resulta visible, deseable o relevante para cada quien. Esa organización no se percibe como algo acotado, se percibe como el mundo mismo, como la totalidad de lo que existe, porque nada concreto le indica al usuario que lo que tiene frente a sí es un entorno hecho a su medida y no la realidad completa. A eso se suma que la propia estructura de la burbuja tiende a reforzarse a sí misma, porque cada interacción del usuario dentro de ella entrega más datos que sirven para ajustarla y volverla aún más precisa, de manera que mientras más tiempo pasa una persona dentro de ese entorno, más se afina el filtro que la mantiene ahí. Se trata de una forma de alienación, donde la persona deja de percibir que existe un afuera distinto de aquello que la burbuja le muestra. Esa pérdida de conciencia sobre los límites de esa experiencia es lo que le da a la burbuja digital su consecuencia más profunda como fenómeno político, sociológico y psicológico, ya que opera directamente sobre el pensamiento, condicionando de antemano lo que una persona puede siquiera concebir como posible, deseable o normal antes incluso de haberlo pensado por sí misma.

Que una persona pierda de vista los límites de su propia experiencia digital es apenas uno de los efectos de una transformación que ocurre a una velocidad sin precedentes en la historia del capitalismo industrial. Ninguna de las revoluciones industriales anteriores avanzó al ritmo que hoy exhibe la digitalización. La máquina de vapor tardó décadas en extenderse por distintos sectores productivos, la electricidad necesitó generaciones para llegar a la mayoría de los hogares, y la electrónica se difundió de forma progresiva a lo largo del siglo veinte. La inteligencia artificial, en cambio, pasó de ser una tecnología marginal a intervenir en la vida cotidiana de miles de millones de personas en pocos años, una velocidad que no permite a la sociedad el mismo tiempo de adaptación que tuvo frente a los cambios técnicos anteriores. Esa aceleración no es un dato menor, porque buena parte de la izquierda sigue ocupada en disputar la coyuntura y la polémica del día, sin detenerse a pensar los problemas de fondo que esta transformación está instalando, dejando una ventana histórica en la que el capital opera prácticamente sin resistencia.

Esa distancia entre la velocidad del cambio tecnológico y una izquierda que durante demasiado tiempo optó por ignorarlo es lo que ha permitido hasta ahora que este proceso avance sin freno, reproduciendo una y otra vez la misma lógica de acumulación y control que este ensayo intentó describir. Si la izquierda no logra intervenir a tiempo en esta disputa, el resultado más probable es su profundización, un escenario donde la concentración de la riqueza generada por el conocimiento social se vuelve todavía mayor, mientras amplias franjas de la población quedan cada vez más expuestas a perder su lugar en un mercado laboral que ya no las necesita en los mismos términos. A eso se suma que los propios datos, convertidos ya en un recurso estratégico equiparable a los que históricamente motivaron conflictos entre potencias, podrían transformarse con el tiempo en un nuevo motivo de disputa geopolítica, tal como lo son aún el petróleo o los minerales críticos, mientras el uso cada vez más intensivo de dispositivos y entornos digitales termina generando una dependencia que erosiona la individualidad de las personas, con consecuencias psicológicas que pueden ir mucho más allá del tiempo perdido frente a la pantalla.

Empezar a revertir esto significa hacerse preguntas sobre problemáticas para las que todavía no existen respuestas capaces de convertirse en estrategia. La primera es si el usuario digital, que produce valor sin reconocerse como productor, puede llegar a constituirse en un sujeto colectivo, y de ser así, cómo se disputa ese espacio como izquierda en el contexto de la dispersión propia de la experiencia digital.

Ese mismo problema se repite en el plano institucional. Si la respuesta pasara por que el Estado recuperara autonomía para poner ese conocimiento social al servicio de su propia población, cabe preguntarse si esa autonomía sigue siendo realista frente a corporaciones que operan fuera de cualquier jurisdicción nacional, o si la propia idea de soberanía estatal ya quedó rebasada por el poder que hoy concentran esas empresas. Incluso el consentimiento mismo se vuelve un problema sin resolver, porque el usuario técnicamente acepta condiciones de uso de plataformas digitales que rara vez llega a leer o comprender, y no existe todavía un marco político capaz de reconocer que ese consentimiento formal no equivale a uno real, sin caer al mismo tiempo en un paternalismo que trate a las personas como incapaces de decidir sobre su propia vida digital.

Estas son solo algunas de las preguntas que hoy quedan abiertas, y ninguna tiene todavía una respuesta clara. Formularlas es quizás la primera tarea pendiente de la izquierda frente a la Cuarta Revolución Industrial, aunque la velocidad misma de este proceso probablemente ya nos superó incluso antes de empezar a plantearlas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.