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La nueva Gran Muralla china

Fuentes: La Jornada

Sobre las avenidas de las grandes ciudades de la nueva China se traba una lucha desigual. Compactas masas de ciclistas pedalean para ganar terreno a los automóviles. El país de las bicicletas ha visto crecer geométricamente el parque motorizado. Actualmente es el tercer mercado mundial de vehículos. En el año 2020 rondarán los 140 millones […]

Sobre las avenidas de las grandes ciudades de la nueva China se traba una lucha desigual. Compactas masas de ciclistas pedalean para ganar terreno a los automóviles. El país de las bicicletas ha visto crecer geométricamente el parque motorizado. Actualmente es el tercer mercado mundial de vehículos. En el año 2020 rondarán los 140 millones de unidades. Muchos de los automotores son para transporte colectivo, peseras que nada envidian a los microbuses defeños. Algunos más son camionetas oficiales que transportan funcionarios públicos. Muchos otros son coches de lujo, Mercedes Benz o Accuras de modelos recientes, destinados al uso privado. Los nuevos ricos han tomado la calle y la disputan palmo a palmo a los populares ciclistas.
Los beneficios económicos de esta fiebre sobre ruedas son extraordinarios. General Motors reportó en 2003 más ganancias en sus ventas dentro de la potencia asiática que en sus operaciones en Estados Unidos. Pero su importancia no se limita a ser el mercado emergente más grande del mundo. China ha conquistado importantes nichos de mercado en productos como la fibra óptica, monitores de computadora y televisores a color. Ha cambiado su ofensiva exportadora basada en sectores de baja tecnología y mucha mano de obra como textiles, juguetes y manufacturas sencillas por equipos de cómputo y electrónica. Según The Economist existían, a mediados de 2004, alrededor de 282 millones de líneas de teléfono celular y cuarenta fabricantes de aparatos que venden ochocientos modelos diferentes.
Al margen de los ciclos que sacuden la economía mundial, este país ha crecido de manera sostenida a una tasa de más del nueve por ciento anual, durante los últimos veinticinco años. Es, además, el principal beneficiario de la última ronda de relocalización del capital. Desde 1993 ha sido el principal destino de inversión extranjera directa. En términos del mercado mundial representa el cuatro por ciento, y el cinco por ciento de las exportaciones manufactureras el quince por ciento del pib. Dentro de cinco años, según, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (oced), será el principal exportador mundial. (The Guardian, 17/X/2005.) Ubicada actualmente como la sexta economía planetaria, es el principal mercado de bienes de capital. Esta nación contribuyó con la tercera parte del crecimiento del 3.2 por ciento que el pib mundial tuvo en 2003. No en balde ha sido llamada el taller del mundo.
Tan vertiginoso es su desempeño económico que son muchos los centros de pensamiento que consideran a este estado asiático como el próximo superpoder del siglo xxi. El diario inglés Financial Times (22/X/2003) se preguntaba: «¿Por qué Europa es el pasado, Estados Unidos es el presente y el continente asiático dominado por China el futuro de la economía global»? Uno de los más destacados estudiosos del sistema-mundo, Giovanni Arrigui, asegura que «por lo que sabemos, el ascenso actual del Este de Asia hasta llegar a ser el mayor centro dinámico de los procesos de acumulación de capital a escala mundial, puede muy bien ser el preámbulo a un ‘recentramiento’ de las economías regionales y mundiales sobre China».
LIBRO ROJO
En el Libro Rojo Mao Tse Tung señaló: «Las cosas se desarrollan sin cesar. Han transcurrido sólo 45 años desde la Revolución de 1911, pero el aspecto de China ha cambiado por completo. Al cabo de otros 45 años, esto es, para el año 2001, a comienzos del Siglo xxi, China habrá experimentado cambios aún mayores. Será un poderoso país industrial socialista.» (Citas del Presidente Mao Tsetung, p. 191, Ediciones en Leguas Extranjeras, Pekín, 1975.)
Muy lejos ya del Libro Rojo, con la imagen del presidente Mao viva sólo como el recuerdo del padre fundador de la patria moderna, o en los parabrisas de los taxis que lo consideran milagroso, China parece haberse convertido, casi en todo, en ese país que su gran timonel anunciaba, un nuevo paradigma de desarrollo moderno.
Eso sostiene, por ejemplo, el investigador Joshua Cooper Ramo, en su ensayo «El Consenso de Beijing». Según Ramo, la experiencia china anuncia la superación del Consenso de Washington. Este nuevo modelo está basado en tres teoremas básicos sobre cómo organizar la inserción de un país en desarrollo en el mundo.
El primer teorema reivindica que el desarrollo debe de basarse en el valor de la innovación, partiendo de la adopción de tecnologías de punta. El segundo sostiene que, puesto que el caos es imposible de controlar desde la administración pública y se requieren nuevas herramientas para enfrentarlo, hay que aprender a manejar el caos. Este teorema requiere de un modelo de desarrollo donde la sustentabilidad y la igualdad son consideraciones centrales y no lujos. Finalmente, el tercer teorema sostiene la teoría de la libre determinación nacional.
Otros autores cuestionan la viabilidad de esta vía. La analista Martine Bulard señala que no se puede hablar de un nuevo modelo de desarrollo cuando dos terceras partes de sus exportaciones son generadas por empresas extranjeras establecidas en su territorio, limitadas a ensamblar productos diseñados en el extranjero. («China: middle kingdom, world centre», Le Monde Diplomatique, agosto, 2005.) En la misma dirección el historiador rural chino Qin Hui señala que es un error considerar que la transición china es más gradual y socialista que la de Europa del Este, pues «en realidad, el proceso de división del patrimonio familiar ha avanzado de forma igualmente inexorable en China que en Europa». (Qin Hui, «Dividir el gran patrimonio familiar», New Left Review.)
Sin embargo, más allá de este debate, lo cierto es que la liberalización económica china tiene importantes diferencias con respecto a la «recomendada» por el Fondo Monetario Internacional (fmi) y el Banco Mundial (bm). El gobierno chino ha controlado el proceso: sus contenidos, sus tiempos, sus transiciones. Los cambios han sido graduales. (Véase Wu Shuqing and Cheng, enfe, «The Washington Consensus and Beijing Consensus», People´s Daily Online, 18/VI/2005.)
Su estrategia ha sido cautelosa en las privatizaciones, el libre comercio y los mercados de capitales. China busca un desarrollo coordinado con crecimiento, independencia política y un nuevo contrato social basado en el crecimiento.
China comenzó sus reformas económicas en 1978 sobre la base de sus éxitos anteriores. Antes de iniciar la liberalización económica, combatió la pobreza masivamente. Los niveles de salud y educación eran muy elevados. El antiguo régimen no se desmanteló de la noche a la mañana, sino que sirvió de base para construir el nuevo. (From Beijing Consensus to Washington Consensus: China´s Jouney to Liberalization and Globalization, Kavaljit Singh, Asia-Pacific Research Network, 2002.)
La necesidad de apertura económica fue distinta a la de otros regímenes. No hubo crisis financieras que forzaran las reformas, sino que fueron impulsadas para superar la lentitud del crecimiento económico. Las reformas tuvieron amplio apoyo interno.
La reforma económica, además, siguió distintas fases: primero en el sector agrícola, después en la inversión extranjera y luego en la industria. El sector financiero se conserva bajo control del Estado y la liberalización de los mercados financieros es muy limitada. La crisis asiática de 1997 no afectó a la economía china y su gobierno se negó a acatar las presiones de los organismos multilaterales para revaluar el yuan. Así las cosas, el país ha podido mantenerse aparte de los flujos especulativos internacionales. (Joshua Cooper Ramo, «The Beijing Consensus», The Foreign Policy Centre, mayo, 2004.)
Las reformas económicas no fueron aplicadas en toda China de manera simultánea sino que se limitaron a ciertos sectores y regiones geográficas sobre bases experimentales. Las experiencias exitosas fueron posteriormente extendidas hacia otras zonas.
En lugar de vender masivamente las empresas públicas, las autoridades las sometieron a mayor competencia, en parte, de empresas locales propiedad de los ayuntamientos. Esta política ayudó a introducir la competencia.
Hoy en día, China es el principal país receptor de inversión extranjera directa: 52 mil 700 millones de dólares en 2003, y 480 mil millones de dólares desde 1990. Pero tiene diferentes tipos de inversión en términos de propiedad, composición y naturaleza de las inversiones. La mayoría de esas inversiones provinieron originalmente de los chinos de ultramar, establecidos en Hong Kong y en Taiwán, que reubicaron en las zonas especiales de China empresas de uso intensivo de mano de obra. Trasladaron no sólo capital sino también tecnología, acceso a mercados y habilidades comerciales. Tomaron ventaja de la mano de obra barata y recursos naturales. Los chinos de ultramar siguen teniendo el control del cincuenta por ciento de las inversiones extranjeras directas.
La parte sustancial de ied asume la forma de joint ventures. Los bancos de propiedad estatal no pueden prestar a firmas privadas. El mercado de valores de China será el segundo o tercero más grande del mundo en 2010. Las firmas extranjeras necesitan asociarse a bancos de inversión locales, pero no pueden tener más de treinta y tres por ciento de las acciones ni más del cuarenta y nueve por ciento en el futuro. Los inversionistas extranjeros no tienen libertad absoluta. Éstos pueden invertir sólo en las zonas económicas especiales. Además el peso interno de esta inversión se contrarresta con la gran importancia que tiene el ahorro interno. Sus tasas son muy elevadas: alrededor del cuarenta y cuatro por ciento. También son muy altas las tasas de inversión doméstica: alrededor del treinta y cinco por ciento del pib.
UNA NACIÓN POLARIZADA
El 11 de junio de 2005, unos trescientos golpeadores armados atacaron violentamente a campesinos que se resistían a la expropiación de sus tierras por parte del Estado en
Shengyou, provincia de Hebei. La compañía eléctrica Hebei Guohua quería construir una planta en veintiséis hectáreas de uso agrícola. Los campesinos ocuparon el terreno en 2003 rechazando la indemnización que se les ofreció. Durante el enfrentamiento, los labriegos tomaron preso a uno de los matones, que confesó haber sido contratado para golpear a los hombres de campo. El sitio web del Washington Post mostró un video del enfrentamiento de casi una hora de duración. Días después diez lugareños fueron asesinados y dos autoridades locales destituidas.
Los incidentes de Shengyou distan de ser una excepción. Las protestas sociales han aumentado dramáticamente en el país. Según un informe dado a conocer por el ministro de Seguridad Pública, Zhou Yongkang, las manifestaciones sociales han aumentado de 10 mil en 1994, a 74 mil 900 en el 2004, en las que participaron casi cuatro millones de personas.
Las expresiones de descontento social se han registrado en los sectores sociales menos beneficiados por el crecimiento económico, sobre todo en el interior del país donde los campesinos se enfrentan al despojo de sus tierras o la contaminación ambiental tras la colocación de industrias que no son reguladas. Además están los problemas con los desempleados y emigrantes en las ciudades costeras y ricas del país, y los mineros que desde hace dos años han padecido una ola de muertes tras las inexistentes medidas de seguridad de las minas de carbón localizadas en la zona centro oeste de China.
Hang Donfang, un ferrocarrilero que actuó como portavoz del efímero sindicato independiente nacido durante las protestas de la Plaza de Tiananmen en 1989, y que emite en Hong Kong un programa de radio llamado Labour Express especializado en temas obreros, señala que las protestas laborales se realizan en todos lados. «Virtualmente hay huelgas cada día en el área de Shenzhen», asegura. (Hang Donfang, «Chinese Labor Struggles», New Left Review 34, julio-agosto,2005.)
No es infrecuente que las protestas se transformen en conflictos violentos. En la primera mitad de este año veintitrés policías fallecieron en choques con ciudadanos, mientras mil 803 personas han resultado heridas en este tipo de manifestaciones.
La polarización social surge de la enorme y creciente desigualdad entre regiones y clases sociales. La brecha entre pobres y ricos es ahora más grande que cuando los comunistas tomaron el poder en 1949. Hay unos 150 millones de trabajadores migrantes desempleados buscando empleo en las ciudades de la costa. Unas 25 millones de personas fueron cesadas de sus empleos en empresas estatales. Se han perdido numerosas plazas en hospitales, escuelas y granjas. En 2001 la tasa de desempleo urbano era cercana al diez por ciento. No existen redes de seguridad social satisfactorias. Los ingresos en el campo son sesenta y cinco por ciento menores que en la ciudad. Las remesas constituyen el cuarenta por ciento de los ingresos rurales.
Simultáneamente, las condiciones de explotación se han agravado. Un informe de Oxfam («Export-led exploitation of Chinese workers», Oxfam, julio 30, 2002), da cuenta de que las empresas occidentales colaboran regularmente con abastecedores que violan sistemáticamente los derechos laborales.
En los últimos años China ha visto surgir una nueva clase privilegiada: los Taizidang. Son los beneficiarios directos de la reforma y de la consigna del Partido Comunista en tiempos de Deng: «ser rico es ser glorioso». En medio del escándalo público, la revista Forbes publicó en 2004 una lista de los hombres y mujeres más ricos de esta potencia asiática. Ellos han ganado amplia influencia en el manejo del rumbo del país. (Raymond Zhou, «Forbes list of big Stars stirs controversy», China Daily, 46, marzo-abril, 2003.)
Una encuesta conducida por el Instituto de Investigaciones Económicas de la Academia China de Ciencias Sociales mostró que el ingreso per cápita en las zonas urbanas era 3.1 veces mayor que en el campo, contra el 2.8 en 1995.
En 2002, 1% de la población con más altos ingresos disfrutó del 6% de las utilidades de la sociedad, 0.5 por ciento más que en 1995. El 5% de la gente con más altos ingresos recibió el 20% de los ingresos, 1.1% más alto que en 1995. El 10% más alto tenía el 32% de los ingresos totales en el país, 1.2% más que en 1995 («Urban-Rural Income Gap Larger: Survey», Agencia Xinhua, 25/II/2004.)
Existen graves problemas ambientales en China. Según Pan Yue, subdirector de la Agencia Estatal de Protección Ambiental, en entrevista con la revista alemana Spiegel: «Estamos usando demasiadas materias primas para sostener este crecimiento. Para producir bienes por valor de 10 mil dólares, por ejemplo, necesitamos siete veces más recursos que Japón, casi seis veces más que Estados Unidos y, quizás lo más penoso, casi tres veces más que India. Las cosas no puede, no deben seguir así […] Este milagro económico terminará pronto porque el medio ambiente no puede mantenerse […] Porque el aire y el agua están contaminados, estamos perdiendo entre el ocho y el quince por ciento de nuestro Producto Interno bruto. Y esto no incluye los costos en la salud. Está, además, el sufrimiento humano: en Beijing solo, entre el setenta y el ochenta por ciento de los casos de cáncer están relacionados con el medio ambiente.»
Los costos de lo que se ha llamado socialismo de mercado son enormes. El desempleo, inseguridad, desigualdad, deterioro de la salud y la educación, la creciente deuda gubernamental, los precios inestables, no son efectos laterales de la transición sino condiciones básicas para el modelo de acumulación de capital en China. (Martin Hart-Landsberg and Paul Burkett, «Introduction: China and Socialism», Montly Review, julio-agosto, 2004.)
EL DESAFÍO CHINO
Según el Financial Times («The rise of Asia gathers speed», 10 de marzo de 2003), la emergencia de China e India «anuncia una transformación del orden económico y político tan importante como la provocada por la revolución industrial y el subsiguiente ascenso de Estados Unidos».
China se ha convertido en un desafío para Estados Unidos. Washington tiene actualmente un déficit comercial con esta nación de 162 mil millones de dólares en 2004.
El reto es de tal magnitud que, de acuerdo con el geógrafo David Harvey, la ofensiva estadunidense a Irak es una respuesta al agotamiento del modelo financiero como mecanismo de dominación mundial y a la posibilidad de que nuevas potencias mundiales como China emerjan y pongan en jaque su posición en el mundo. (David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal Editores, 2004, España.)
Sin embargo, es necesario calibrar con detenimiento la naturaleza y el tamaño de la amenaza. China es un país densamente poblado, con abundante fuerza de trabajo barata, recursos naturales subexplotados, y gobierno eficaz. Junto con India se ha convertido en la última gran reserva para la expansión de la economía capitalista. Empero, esto no implica necesariamente que se vaya a convertir en el corto plazo en un poder imperial emergente.
La fiebre productiva asiática, especialmente la china, le ha facilitado al capitalismo el deshacerse de obstáculos ligados a sus modalidades de producción anteriores y a conquistas laborales y de justicia social. Aunque prácticamente en todo el mundo la situación social se encuentra cada vez más degradada, el capitalismo florece y se regenera, en parte gracias al dinamismo de este polo de desarrollo.
En la nueva integración al mercado mundial, partes muy importantes de la industria estadunidense y europea son ahora dependientes de componentes o productos finales elaborados en China. Sin embargo, esta dependencia no implica que se afecten los intereses de las grandes compañías trasnacionales (ct). Las economías del sudeste asiático aplican las innovaciones procedentes de Estados Unidos utilizando su fuerza de trabajo y habilidad organizativa. Las grandes corporaciones establecen, pues, una especie de estatus rentista cobrando sus derechos de producción intelectual.
Existen hoy 63 mil compañías trasnacionales en China, con 800 mil subsidiarias, noventa y tres por ciento de las cuales tienen sus oficinas centrales en Estados Unidos, Europa y Japón. («Trade unions launch Beijing Consensus», People´s Daily Online.) Casi todas las multinacionales desean producir y vender en el dragón asiático. Los chinos tienen un vasto mercado, también ocupado por empresas trasnacionales estadunidenses con inversiones directas en China. Casi la mitad del déficit comercial que Estados Unidos tiene con China se origina en las ct estadunidenses radicadas en la tierra de Deng Tsiaoping, que trasladan sus productos a su mercado de origen (James Petras, Cinco mitos y realidades del imperio estadunidense, La Jornada, 7 de mayo de 2005.)
Las empresas multinacionales han resultado beneficiadas con la reorganización del capitalismo mundial de la que el fenómeno chino e indio es expresión central. Por cada dólar que China recibe de sus exportaciones, Hong Kong y Taiwán reciben veinte centavos, y las empresas estadunidenses, a través de marcas y distribuidores, obtienen entre cuatro y cinco dólares. La disminución del crecimiento de la economía no ha afectado sus ganancias. Su participación en el pib mundial no ha dejado de crecer. La deslocalización empresarial hacia Asia permite además, dentro de Estados Unidos, bajos salarios, flexibilidad del trabajo, contratación temporal, uso de mano de obra interina, horarios flexibles y el empleo de migrantes indocumentados. La competencia de los bienes manufacturados del exterior permite reducir dentro del Imperio los salarios manufactureros y disminuir la capacidad de negociación de los trabajadores.
Aproximadamente 399 mil millones de dólares, cerca del noventa y siete por ciento del déficit gubernamental de Washington es financiado por extranjeros. China «Roja», al igual que Japón, ha invertido sus dólares excedentes en la compra masiva de Bonos del Tesoro del Tío Sam. Esa transferencia de recursos contrapesa la tendencia del dólar a caer con respecto al yuan. (Paul Street, Bush, «China, Two Deficits, and the Ongoing Decline of US Hegemony», 27/VII/2005, Zmag.org). La relación es simbiótica: «China necesita de Estados Unidos para industrializarse. Estados Unidos requiere de China para evitar el colapso financiero.» Gracias a ese masivo flujo de recursos, Bush puede hacer su guerra imperial y mantener su déficit sin tener que cobrar impuestos a sus aristocracias.
¿Podrá China imponer una masiva redistribución de las ganancias monopólicas? ¿Se convertirá el dragón asiático en el próximo poder hegemónico? ¿Será el siglo xxi el siglo chino? En el corto plazo no parece probable. El poderío económico chino no puede desligarse de las multinacionales que exportan a sus países de origen. A pesar de su fuerza militar creciente no tiene aún la capacidad bélica necesaria para apropiarse de los beneficios monopólicos.
Pero tampoco parece factible que China quiera hacerlo. Para Beijing el orden, aun el orden estadunidense o un orden desfavorable, es preferible al caos. Su diplomacia está guiada tanto por su necesidad de estabilidad como por su hambre de materias primas; no pretende constituir un polo alterno a Estados Unidos. (Martine Bulard, «China: middle kingdom, world centre», Le Monde Diplomatique, agosto, 2005.) Propone participar en un mundo multipolar: quiere brillar, no dominar. La estrategia de los cuatro «no» del presidente Hu Jintao es muy clara al respecto: «No a la hegemonía, no a la fuerza, no a los bloques, no a la carrera armamentista.» Sí a la construcción de confianza, sí a la reducción de dificultades, sí a la cooperación para el desarrollo y sí a evitar la confrontación.
Al reflexionar sobre la dificultad de la historiografía, en Me-Ti/Libro de los cambios, Bertolt Brecht recordaba la historia del príncipe de Wei que hizo construir un dique contra las contradicciones. Los historiadores, dice, se han divido a la hora de evaluar su obra. Algunos la elogian como un ejemplo de humanismo, una estupenda protección contra las inundaciones. Otros lo critican porque obligó a hacer ese trabajo a mucha gente que nada tenía que temer de una inundación y a la que se le exigió el pago de impuestos para realizar la obra. «A los dos tipos de historiadores -afirma Brecht- les falta el Gran Método». (Bertolt Brecht, Me-Ti/Libro de los cambios, Alianza Editorial, Madrid, 1991.)
La complejidad de la experiencia china obliga a no emitir juicios simplistas. Pero, puestos a elegir entre una disyuntiva y una discordancia, puede decirse que, aunque su modelo de desarrollo es efectivamente distinto al Consenso de Washington y ha provocado un formidable despegue económico, las reformas de mercado en este país no parecen haber conducido a una renovación del socialismo sino a la restauración capitalista. Como lo señala Samir Amin, aunque no lo reconoce, la clase dirigente china ha decidido seguir la ruta del capitalismo. Nuevas murallas se han levantado en esa nación: las murallas que separan a los beneficiarios del despegue económico de sus víctimas.