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La red, nuevo medio de lucha y el medio mismo (ecológico) en el que luchamos

Fuentes: La Jiribilla

Cuando hablamos de «medios digitales», debemos analizar de entrada el soporte tecnológico del que dependen orgánicamente y las determinaciones que ese soporte introduce en nuestra manera de abordar y organizar los datos -y nuestra propia conciencia de los mismos. Lo primero que hay que afirmar, contra los que insisten en su neutralidad, es la «autonomía» […]

Cuando hablamos de «medios digitales», debemos analizar de entrada el soporte tecnológico del que dependen orgánicamente y las determinaciones que ese soporte introduce en nuestra manera de abordar y organizar los datos -y nuestra propia conciencia de los mismos.

Lo primero que hay que afirmar, contra los que insisten en su neutralidad, es la «autonomía» de los objetos, también o sobre todo de los soportes tecnológicos. Que sean «autónomos» quiere decir: 1) que son relativamente independientes de las relaciones de producción de cuya entraña surgen y 2) que introduce en el mundo objetivo y subjetivo efectos no reproductivos, o no solo reproductivos, de esas relaciones de producción. Todo objeto (cuerpo, herramienta o soporte tecnológico) abre y cierra al mismo tiempo un conjunto de límites, si se quiere, de carácter «universal». Un martillo, por ejemplo, puede usarse a discreción, con arreglo a la necesidad o no de clavar clavos o incluso para romper cabezas; pero la forma y eficacia de la herramienta impone una cierta «postura» que iguala todos los cuerpos del mundo, con independencia de su sexo o nacionalidad. Mientras usamos el martillo -con el que, en todo caso, no podemos cortarnos las uñas ni pintar un cuadro-, somos la prolongación de un martillo; algo así como el extremo corporal de un martillo. Podemos afirmar, pues, que un objeto no es nunca enteramente obra nuestra (ni de la «humanidad») y por eso mismo, al desprenderse en el mundo, al convertirse en parte de nuestra naturaleza, pasa a construir a su constructor. De ahí que tengamos que defendernos de los objetos (entre la arqueología y la biología) sin negar su autonomía: la condición, es decir, de su disfrute y de su uso.

Con lo que llamamos nuevas tecnologías, cuya metáfora material es la «red», las cosas se complican. Apenas sabemos todavía cómo calificar esa «red». ¿Es una herramienta, como el martillo? ¿Un continente, como América? ¿Un órgano, como el riñón o el hígado? Es probablemente las tres cosas.

Como herramienta ofrece algunas ventajas inestimables. Permite la circulación y almacenamiento de número casi infinito de datos, imágenes y documentos, la comunicación inmediata con cualquier lugar del mundo y la construcción a muy bajo precio (al menos individual) de espacios autogestionados para el intercambio y la información. A eso se añade la posibilidad de autoperfeccionamiento a partir de la intervención de los propios usuarios (en los llamados programas libres).

Pero la red es también un territorio. Y su condición territorial determina a su vez su condición instrumental. Precisamente porque es un territorio, abierto a todas las intervenciones, su composición interna reproduce, con mínimas variaciones, la relación de fuerzas existente en el mundo exterior, donde sin duda no es favorable a los medios alternativos. El que sea un territorio abierto implica que todo el mundo puede vallar sus propios recintos, pero implica también que los dueños de la tecnología que hace posible la red misma -con sus nódulos de distribución controlados por EE.UU.- y los propios medios dominantes (por no hablar de empresas comerciales y distribución de pornografía) dominan ampliamente el nuevo continente. Por lo tanto, no se trata de que hayamos encontrado un territorio libre, sino de que ahora tenemos que liberar otro territorio.

En esta lucha por la liberación de la red, se equivocan los que creen que debemos mantener espacios informativos abiertos, libertarios y un poco cimarrones, donde todo el mundo pueda expresarse sin restricciones. La gran ventaja de la herramienta-red es que permite a la izquierda tener un periódico sin tener que hacer una inversión de 300 millones de dólares; es decir permite a la izquierda decidir sobre un espacio de información, estableciendo criterios editoriales de selección (la libertad de censura, la única libertad de expresión existente en un mundo atravesado por luchas de clases) que se ajuste al mismo tiempo a los principios objetivos de una información veraz y a las necesidades de orientación ideológica en un mundo deformado por la manipulación y el consumo. La herramienta en este caso permite cerrar el territorio, delimitar un pequeño recinto liberado desde el que introducir nuevos datos e imágenes en el mundo.

Pero la red es también un órgano, como el hígado o el riñón. Y si uno puede rechazar un martillo o escapar de un territorio, no podemos decidir libremente vivir sin nuestro riñón derecho o nuestro hígado. Aún más: no es nuestra conciencia la que impone el régimen de funcionamiento de nuestro hígado, sino al revés, nuestro hígado el que, como inmanencia orgánica, determina los límites de nuestra funcionalidad corporal. Este vertiente «órgano» de la red determina algunos efectos que no podemos controlar: una cierta velocidad irresistible, incompatible con un cerebro finito; la hegemonía perceptiva de la simultaneidad sobre la sucesión, que es la condición de la narración y el pensamiento; la proliferación cancerosa de información inasimilable y difícil de contrastar y la confusión de la vida misma con un flujo íntimo exteriorizado en la pantalla que no podría interrumpirse sin aplicar una especie de violencia mortal. Esta vida independiente del órgano actúa sobre el territorio, cuestionando una división que hasta ahora, convencional y con distinto contenido histórico, había permitido sin embargo jerarquizar el orden de la percepción. Me refiero a la separación público/privado, cuyas fronteras se han visto muy debilitadas en el nuevo territorio por el movimiento puramente orgánico de la red. Un millón de personas hablando en una habitación con una ventana abierta, ¿hablan en el espacio público o en el espacio privado? Sin duda, estamos muy lejos de haber pensado a fondo los cambios que la red ha introducido en el concepto mismo de «lo público» y, por lo tanto, en las fuentes mismas de la autoridad comunicativa.

Es probable que no se equivoquen los que piensan que el «periodismo convencional» va a desaparecer en pocos años, pero los que lo anuncian parecen ceder a la propia irresistibilidad orgánica de la red, aceptando ese cambio como necesariamente emancipatorio. Pero la pregunta debe ser: ¿es bueno que desaparezca el periodismo convencional? La (in)diferencia entre lo público y lo privado, ¿no nos deja desvalidos frente a fuentes de información cuya autoridad no podemos cuestionar porque tampoco podemos validar? Que no podamos retroceder -porque los retrocesos tecnológicos, al contrario que los políticos, solo se producen en casos de cataclismo cósmico-, que haya que vivir dentro del nuevo medio y luchar en su interior, no debería impedirnos, en todo caso, tratar de juzgar críticamente sus potencialidades: utilizar lo que la red tiene de herramienta, conquistar lo que tiene de territorio y defenderse de lo que tiene de orgánico y, por lo tanto, inconsciente y etológico. La red es un nuevo medio de lucha pero también el medio mismo (ecológico) en el que luchamos. Aquí, como fuera, la victoria será del que mejor analice y movilice sus recursos.

http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n512_02/512_14.html