Las «clases medias» (y las menos medias) en un editorial de El País

Fuentes: Rebelión

«Ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si una gran parte de sus miembros son pobres y miserables. Es simplemente una cuestión de equidad que aquellos que alimentan, visten y construyen viviendas para toda la población deberían acceder a una parte de lo que producen con su propio trabajo como para estar ellos también tolerablemente […]

«Ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si una gran parte de sus miembros son pobres y miserables. Es simplemente una cuestión de equidad que aquellos que alimentan, visten y construyen viviendas para toda la población deberían acceder a una parte de lo que producen con su propio trabajo como para estar ellos también tolerablemente bien alimentados, vestidos y alojados». 

Les doy al final la referencia de la cita inicial. Mientras tanto… ¿de quién puede ser? 

No leo desde hace años los editoriales de El País. Me ponían de los nervios. Mi compañera, en cambio, no por masoquismo sino por «conocer los argumentos de adversario», los lee con toda la atención del mundo. Toma notas… y me los recomienda en ocasiones.

Hace unos días me pasó uno de estos «sesudos editoriales», junto con una nota suya: «un ejemplo de la cosmovisión del que se decía diario independiente. A pesar de ello, ¡no están ciegos!». Por aquello, añadió, «del análisis concreto de la situación concreta». Ella siempre ha sido muy leninista (a su manera desde luego).

El editorial en cuestión se titula así: «Caen las clases medias». La entradilla que incorpora: «Quizá lo más grave del informe de la OCDE es el impacto que tendrá la automatización sobre el empleo.» [1]. Abre del modo siguiente:

Un reciente informe de la OCDE -Bajo presión, la clase media exprimida- ha corroborado lo que ya venía observándose por otros estudios, la disminución de las clases medias en todos los países ricos. Por tal se entienden aquellos cuyos ingresos medios están entre el 75% y el 200% de la renta nacional. Sigue siendo el grueso de la población, pero su número se estrecha, y -este es quizá el aspecto más preocupante- no se aprecian indicios de un movimiento en dirección contraria.  

El concepto usado de «clase social» nada que tiene que ver con la noción marxista o afines. Se clasifica a la ciudadanía por remuneraciones y, más o menos arbitrariamente, se habla de «clase media» cuando el ingreso está en la horquilla indicada (entre las ¾ partes y el doble de la renta nacional media). Las clases «altas» son las que ingresan por encima del doble de la renta nacional. Las clases «bajas» (también subdividas) por debajo de ese 75%.

Lo de no se aprecian indicios de un «movimiento en dirección contraria» debe ser una broma del editorialista. ¡Pues claro! Como recordamos, la concentración de la riqueza en pocas manos se acelera y las bolsas de pobreza (por debajo del estrechamiento de las clases medias, en absoluto comparable con esas bolsas) se van incrementando. Los datos que corroboran lo apuntado son abrumadores.

El editorial prosigue:

Es más, sus salarios permanecen casi iguales desde hace varias décadas, con el agravante de que deben hacer frente a un considerable aumento en los costes de vivienda y educación. El sector de salarios más altos, por el contrario, no ha dejado de crecer, creándose así una asimetría creciente entre los ricos, la clase media, y un cada vez más amplio sector que está por debajo del 50% de los ingresos medios, el grupo de los «pobres».

Habría que sumar, en algunos casos, a los costes de la vivienda y educación, los de salud.

El grupo de los pobres a los que alude El País está formado, fundamentalmente, por amplios sectores de las clases trabajadoras (incluidas las condenadas estructuralmente al paro), especialmente los trabajadores más jóvenes, las mujeres trabajadoras y las personas que sufren contratos temporales y en condiciones precarias o muy precarias. También muchos jubiladas (más que jubilados) o con pensiones de viudedad.

Sigamos con el editorial:

En uno de los países más afectados por esta tendencia, los Estados Unidos, el sector de clase media no supera ya el 50% de la población, y tiene los grupos de ricos y de pobres más extensos de la OCDE. Algo parecido ocurre en España, con un porcentaje de ricos similar al del Reino Unido, pero con el también más amplio grupo de pobres entre los países de nuestro entorno. Y, lo que es preocupante, los datos sobre nuestro país se parecen ya más a los de Estados Unidos que a los de otros países vecinos como Francia, Holanda, Alemania e incluso Italia.

No es que los datos de Francia, Holanda, Alemania e Italia impulsen a tirar cohetes pero no es cualquier cosa, cuando se habla de recuperación, de que vivimos en el mejor de los mundos posibles o de que «España vuelve a ir bien», eso de tener los grupos ricos y pobres más extensos de la OCDE. El sector más castigado, una vez más: las clases trabajadoras en peores condiciones; más en concreto, las mujeres trabajadoras, incluidas (como decía) las que reciben pensiones bajas o muy bajas. La pobreza, no es ningún eslogan, tiene rostro de mujer. De mujer trabajadora, no de mujer ejecutiva como la señora Botín.

Las consecuencias de este estado de cosas están a la vista, señala el editorial con pegote culto-aristotélico incluido.

Al menos desde Aristóteles sabemos que la existencia de amplias clases medias hacen de tampón entre los ricos y los más menesterosos y favorecen la estabilidad política. Las clases medias son la espina dorsal de la cohesión social, moderan el extremismo y la polarización política y garantizan el buen funcionamiento de los sistemas democráticos. Los datos recogidos en el informe de la OCDE abonarían, pues, la conexión que viene estableciéndose entre la frustración de expectativas vitales y la percepción de injusticia social y el reverdecimiento del populismo. Puede que no sea la única variable, pero no cabe duda de que hay una correlación directa entre desestabilización democrática y malestar económico. Hasta el punto de que, si persisten las desigualdades, podrían producirse estallidos sociales.

La mirada poliética del paso roza el insulto. Si las clases medias no perdieran fuerza y sus intereses no quedaran disminuidos, no habría que preocuparse. ¿Y las «clases bajas»? ¿Y los pobres? ¿Y los sectores trabajadores que no alcanzan, incluso trabajando 8 horas diarias o más? ¿Es esencial que sean el 35 o el 28% de la población? ¿No tendríamos que preocuparnos si fueran sólo el 28% porque la «cohesión social» quedaría garantizada, y se evitaría la polarización política y el sistema iría tirando, sin que los «populismos» (¿no habría que distinguir entre unos y otros señor editorialista?) incrementara su base? ¿Qué es eso del «buen funcionamiento» de los sistemas democráticos ubicando en el sector de «pobres» a un cuarto o más de la ciudadanía?

El editorial concluye así:

Esto afecta asimismo a ese intangible llamado «miedo al futuro» que tan bien saben explotar los populistas. Quizá lo más grave del informe de la OCDE, al menos para España, es el impacto que tendrá la automatización sobre el empleo. Nuestro país será uno de los más afectados, recayendo la amenaza de su pérdida sobre el sector más débil, aunque en todas las categorías salariales estamos muy por encima de la media de la OCDE. Mientras tanto, nuestros políticos en campaña siguen con sus inercias: prefieren dañar al adversario que ocuparse de lo común.

De nuevo los populistas en plural y sin matices. Todo vale para golpear a la izquierda cuando conviene.

Lo de automatización es otra cosa. De efectos desconocidos por el momento pero con escenarios posibles nada humanos y mucho menos justos. Que nuestro país sea uno de los más afectados, es otra grave señal de alarma.

Lo de los políticos en campaña exigiría algún matiz. No todo es uno y lo mismo; no todos los partidos son variantes del mismo esquema.

En síntesis: la pulsión poliética del editorial es bastante pobre (por decirlo generosamente). Se observan las «clases sociales» y a la ciudadanía-trabajadora desde un punto de vista funcional al sistema. Si la situación permite la cohesión, el no ubicar a mucha gente en posiciones radicales (es decir, en este caso, en reclamaciones de justicia e igualdad), adelante, no hay problema; si hay riesgos de inestabilidad, hay que llamar la atención del lector sin alarmale. Por si las moscas. En cualquier caso, incluso el editorial de El País toma conciencia (a su modo) de la situación real de millones de personas en nuestros país. De clase media y, sobre todo, de clase menos media. Y en aumento.

El global-neoliberal es incapaz de señalar la raíz de la situación, se mueve en esas coordenadas: las formas de actuación, su praxis, y avance del capitalismo realmente existente.

La cita inicial (como tal vez hayan conjeturado) es de Adam Smith, La riqueza de las naciones. Mi fuente (libro que de paso les recomiendo): Atilio A. Boron, El hechicero de la tribu. Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina, Madrid, Akal, 2019, p. 62 [2].

Me olvidaba: si tienen ocasión, no se pierdan la película Las invisibles. Enseña mucho más que los editoriales de El País sobre estos asuntos. Incluso cuando están en la línea de este que hemos comentado.

 

Notas:

(1) https://elpais.com/elpais/2019/04/12/opinion/1555093151_808379.html

(2) Otro dato de interés de la misma fuente (p. 93): 1. Estados Unidos, 1945: tasa de afiliación sindical: 33,4%; el 10% más rico se apropiaba del 32% del ingreso nacional. Estados Unidos, 2015: tasa de afiliación sindical: 11,1%; el 10% más rico se apropiaba del 47,5% del ingreso nacional. La lucha de clases cuenta y como decía aquel representante del capital cuyo nombre prefiero no citar: ¡la ganan ellos y por goleada!

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