Estuve recientemente en una asamblea en el oeste caraqueño donde comuneras y comuneros debatieron cómo priorizar recursos limitados. La discusión no fue fácil. Había desacuerdos sobre si invertir primero en un sistema de abastecimiento de agua, en una iniciativa productiva o en la reparación de un espacio comunal. Las voces se superponían en algunos momentos, los argumentos se hacían y rehacían, y las decisiones tardaban en llegar. Desde afuera, aquella podría parecer una reunión rutinaria e incluso tediosa. Desde adentro, la cuestión es muy distinta: un esfuerzo colectivo por pensar la vida material bajo presión.
Asambleas como esta no son excepcionales. Forman parte del funcionamiento ordinario de una sociedad que, incluso en condiciones de asedio imperialista, continúa organizando su vida material y política. Se trata de una realidad que a menudo se pierde en los relatos sobre Venezuela escritos desde lejos, donde la atención suele centrarse en la “alta política”—declaraciones institucionales, negociaciones, respuestas geopolíticas—mientras se pasa por alto el denso tejido de prácticas políticas cotidianas que sostienen el proceso revolucionario.
Mi argumento aquí es que lo que podría percibirse como simple inercia debe ser entendido como algo mucho más profundo: la expresión de un proceso histórico en curso que, a lo largo de más de dos décadas, ha transformado no solo las instituciones, sino también las capacidades del propio pueblo trabajador.
Para comprender la persistencia de la Revolución Bolivariana a cuatro meses del secuestro del Presidente Nicolás Maduro y del ataque contra el país, no basta con mirar al Estado, al liderazgo o incluso a la política económica, aunque no debemos dejar de lado el análisis en ese terreno. También hay que examinar otro plano: la producción de conciencia política. Lo que está en juego no es solo la soberanía en su sentido formal, sino el grado en que una sociedad ha desarrollado la capacidad de comprenderse, organizarse y reproducirse a sí misma—lo que en otros textos he llamado “soberanía popular”. Es aquí donde la cuestión de la educación popular se hace central.
El imperialismo no opera únicamente a través de la fuerza material, sino también mediante la producción de sentido. Su violencia no es solo destructiva; es pedagógica. Golpes de Estado e intentos de golpe, bombardeos, secuestros y bloqueos están diseñados no solo para debilitar materialmente a un país, sino también para inculcar lecciones: que resistir es inútil, que la soberanía es inviable, que la sumisión es inevitable.
Esa pedagogía se extiende al plano simbólico. Los relatos de los grandes medios hablan de una “normalización” en Venezuela—es decir, de un realineamiento progresivo con un orden global dictado desde el Norte—o, en su defecto, de una “dictadura” aún vigente, sobre la cual se cierne un colapso inminente. En ambos casos, la operación es la misma: sobrescribir la realidad vivida y producir un sentido común en el que las alternativas al orden capitalista e imperialista se presentan impensables. De este modo, el imperialismo busca moldear no sólo lo que la gente puede hacer, sino también lo que cree que es posible.
Lamentablemente, algunos sectores de la izquierda terminan produciendo un marco similar, aunque en un lenguaje distinto. Cuando sugieren—de forma explícita o implícita—que lo ocurrido en Venezuela después del 3 de enero equivale a una traición o una capitulación, no solo tergiversan la realidad; también borran la agencia del pueblo venezolano. Al hacerlo, reproducen una lógica que reduce al chavismo a una condición de espectador, en lugar de reconocerlo como protagonista de un proceso que ha construido y sostenido activamente.
Aprender en la lucha
Este discurso encuentra límites cuando se topa con una sociedad políticamente organizada. En Venezuela, el intento del imperialismo de imponer una pedagogía de la resignación choca con algo que me encuentro a diario: un pueblo que ha aprendido, a través de la práctica, a interpretar y actuar sobre sus condiciones. Por supuesto, este proceso se ha desarrollado de manera desigual—como ocurre en toda experiencia revolucionaria, donde la conciencia política y la organización avanzan a ritmos distintos según los territorios y sectores. Pero esa desigualdad no niega la transformación. Lo que existe hoy es una sociedad marcada por la experiencia de una práctica política compartida de casi tres décadas.
Desde sus inicios, el Proceso Bolivariano colocó la educación en el centro de su proyecto. Bajo el liderazgo del Comandante Hugo Chávez, la educación nunca fue tratada como una cuestión secundaria o técnica, sino como un terreno decisivo de lucha. Esta orientación se nutre del “Árbol de las Tres Raíces”, que incluye no solo al líder de la independencia Simón Bolívar y al revolucionario campesino Ezequiel Zamora, sino también a Simón Rodríguez.
Rodríguez, maestro de Bolívar, sostenía que las nacientes repúblicas latinoamericanas no podían construirse sobre formas de pensamiento heredadas del orden colonial. Su insistencia en que “o inventamos o erramos” operaba como un principio metodológico: la transformación social exige la producción de nuevas formas de pensar, arraigadas en la realidad y la práctica. La centralidad que Chávez otorgó a la educación popular puede leerse como una continuación de esta tradición robinsoniana (Robinson fue el seudónimo de Rodríguez) en condiciones contemporáneas.
Esta perspectiva encontró una expresión concreta en iniciativas como la Misión Robinson, que, con el apoyo de brigadas internacionalistas cubanas, llevó la alfabetización a 1,5 millones de venezolanas y venezolanos. Pero reducir la dimensión pedagógica de la revolución a programas formales sería perder de vista su aspecto más decisivo. Lo que se ha desplegado a lo largo de los años es algo muy amplio: un vasto proceso en el que el aprendizaje ocurre a través de la participación en la propia vida social y política—a través de asambleas, movilizaciones, luchas por la tierra y acción organizada. Esto se complementó con un esfuerzo sostenido de formación política, en el que Hugo Chávez desempeñó un papel central como educador popular, articulando constantemente la historia y la teoría con los desafíos concretos de la construcción del socialismo.
Las luchas por la tierra, los contragolpes y las asambleas comunales no son solo formas de acción; son procesos de formación. En ellos, las personas aprenden a deliberar, a confrontar relaciones de dominación arraigadas, a gestionar recursos colectivos, a superar contradicciones no antagónicas y a asumir responsabilidad por resultados compartidos. A través de estas prácticas, se forman nuevos sujetos políticos capaces de comprender, organizar y transformar su realidad.
El resultado ha sido una transformación amplia, aunque desigual. La revolución no solo ha transformado el acceso a recursos o instituciones; ha ampliado el número de personas capaces de pensar y actuar políticamente.
Irreversibilidad: lo que no se puede deshacer
Es aquí donde la cuestión de la irreversibilidad, planteada recientemente por Chris Gilbert en un artículo cuya lectura recomiendo, se vuelve decisiva. Retomando la obra del filósofo húngaro István Mészáros, Chávez planteaba que los procesos revolucionarios podrían, en ciertas condiciones, alcanzar un punto de no retorno. Esta noción suele interpretarse en términos institucionales, pero su dimensión más profunda se encuentra en las bases, donde el cambio es, por decirlo de algún modo, molecular.
Después de más de veintisiete años, la Revolución Bolivariana ha generado una densa acumulación de experiencias políticas vividas colectivamente. Millones de personas han participado en procesos de organización, toma de decisiones y lucha. No solo han sido testigos de la política: la han practicado.
Desde dentro del proceso, resulta evidente que esta experiencia no puede revertirse fácilmente. Las instituciones pueden transformarse, las políticas pueden ser reorientadas y los recursos reasignados. Pero el conocimiento producido a través de la práctica vivida—la capacidad de interpretar y organizar—no desaparece. Las personas (incluida la dirección política del proceso) no pueden simplemente “desaprender” lo que han vivido.
Si la Revolución Bolivariana opera como un amplio campo de aprendizaje político, su expresión más desarrollada se encuentra en las comunas. Allí, la toma de decisiones colectiva es una práctica cotidiana. La comuna no es un refugio local frente al sistema ni una mera unidad administrativa. Es un espacio donde se forjan nuevas relaciones sociales—donde, potencialmente, la cooperación desplaza a la competencia y donde la política se vuelve inseparable de la organización misma de la vida.
Al mismo tiempo, sería un error considerar el proyecto comunal como autosuficiente o totalizante en sí mismo. Desde una perspectiva chavista, marxista y leninista, la comuna no puede permanecer aislada si aspira a desplegar su verdadero potencial revolucionario. Debe volverse nacional y articularse con otras esferas de poder, incluido el gobierno. El horizonte no es un mosaico de experiencias locales desconectadas, sino la transformación de la sociedad en su conjunto.
Esto no es una preocupación abstracta. Desde donde me sitúo, es evidente que las comunas—aún marginales en la economía nacional—no pueden sostenerse ni expandirse si el Estado cae en manos de fuerzas hostiles a la revolución. Perder el gobierno no implicaría la desaparición inmediata de la organización popular, pero sí interrumpiría la posibilidad de avanzar hacia la democracia sustantiva capaz de erosionar el metabolismo del capital, la que precisamente comienza a emerger en las comunas.
Esto no significa que el apoyo al gobierno deba ser acéfalo. La relación entre el poder popular y el Estado ha sido objeto de disputa en distintos momentos desde los inicios del proceso. Ha habido coyunturas en las que el gobierno se ha distanciado del proyecto comunal, para luego regresar a él bajo la presión de los sectores más organizados.
Contra la apuesta “segura”
Esto nos devuelve a las declaraciones derrotistas de ciertos intelectuales de izquierda, que insisten en que la Revolución Bolivariana ya terminó, que el gobierno claudicó, que lo que queda es poco más que un cascarón vacío. Desde afuera, esto puede parecer realismo. Desde dentro, revela una incomprensión profunda del proceso. En el fondo, estas lecturas evidencian una incapacidad para comprender la irreversibilidad.
Quienes afirman o sugieren que todo está perdido tienden a centrarse en el gobierno como si fuera el único depositario de la revolución. Desde esa perspectiva, cualquier concesión táctica o retroceso se presenta como prueba definitiva de colapso. Lo que desaparece en estos análisis es la experiencia política acumulada de millones de personas que durante décadas han aprendido a organizarse, deliberar y actuar colectivamente—y que, a través de esa práctica, también son capaces de identificar errores, formular críticas y empujar procesos de rectificación cuando es necesario.
Esta omisión no es neutra. A menudo refleja una mirada eurocéntrica que vuelve invisible al sujeto político del Sur global, o una lente geopolítica rudimentaria que privilegia la forma institucional por encima de la experiencia vivida y subestima la agencia del pueblo organizado. Desde ese punto de vista, la revolución se convierte en algo que puede declararse “terminado” desde la distancia. Desde donde me sitúo, esa afirmación no se sostiene.
Declarar que “todo terminó” no es simplemente un error en el análisis; tiene consecuencias políticas. Dificulta la lucha en un momento histórico muy complejo, contribuye a la desmoralización y debilita la capacidad colectiva para transitar un terreno adverso.
Siempre es, por supuesto, una apuesta intelectual mucho más “segura” declarar la capitulación, tomar distancia, preservar una supuesta pureza analítica. Es una apuesta más segura porque la realidad sobre el terreno es compleja y nunca es completamente predecible. Pero esa es una apuesta hecha desde afuera. Dentro del Proceso Bolivariano, la característica definitoria ha sido otra: la negativa a abandonar la lucha mientras las condiciones permanezcan abiertas. Además, las acusaciones de traición o capitulación no solo son falsas, sino también políticamente dañinas. Aplanan dinámicas complejas en juicios morales y opacan el terreno estratégico en el que se desenvuelve el proceso.
Esto no es simplemente una disputa entre narrativas, sino una cuestión de cómo se produce y se comprende la propia realidad. En Venezuela, esos relatos enfrentan una dificultad específica: chocan con un movimiento políticamente organizado que ha aprendido a interpretar la realidad de manera colectiva.
Por supuesto, hay decisiones en las que el pueblo no participa directamente, pero el debate está siempre presente. Además, en las comunas más consolidadas, la vida no sigue una lógica impuesta por el sistema; se produce en común, se forja en asambleas y en prácticas cotidianas. Por eso es importante escuchar a las bases chavistas—a veces críticas de políticas específicas pero comprometidas con el gobierno. Esto permite distinguir entre lo que se dice sobre nuestra realidad y lo que efectivamente vivimos.
Defender la Revolución Bolivariana en 2026 no es sólo denunciar la agresión imperialista. Es defender y profundizar los procesos a través de los cuales un pueblo está aprendiendo a gobernarse a sí mismo. Y lo aprendido no desaparece con un cambio en algunas políticas institucionales o un momento de repliegue. Persiste como capacidad y como conciencia. Y eso, por supuesto, tiene implicaciones materiales en la lucha.
No hay garantías de victoria. Los procesos revolucionarios se desarrollan en condiciones adversas y son moldeados en cierta medida por fuerzas que a menudo escapan a su control. Marx comparó la revolución con un topo que puede desaparecer bajo tierra pero que sigue siendo una fuerza telúrica. Lo que existe hoy en Venezuela no es un proyecto agotado o a punto de colapsar. Es un pueblo que ha aprendido—de manera desigual pero decisiva—a organizarse, a estudiar la realidad y a luchar colectivamente.
Esta experiencia acumulada no puede ser descartada ni desestimada. Tampoco puede abandonarse en favor de la predicción intelectualmente “segura” de la derrota. El chavismo, forjado a lo largo de años de lucha y marcado por una acumulación histórica de aprendizaje político, sigue siendo una fuerza con capacidad para defender, rectificar cuando es necesario y avanzar en el proyecto.
Traducido del original en inglés, publicado en Monthly Review Online en la columna de Cira Pascual Marquina “Shaking the World: Reports from Revolutionary Venezuela.” Pascual Marquina es educadora popular en la Pluriversidad, el semillero comunal de El Panal, parte del equipo de Escuela de Cuadros, miembro de la Red Internacional por la Democracia Comunal, y coautora de varios libros, incluyendo Venezuela, the Present as Struggle: Voices from the Bolivarian Revolution (Monthly Review) y la colección de libros Resistencia Comunal frente al Bloqueo Imperialista (Observatorio Venezolano Antibloqueo).
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


