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Lo urgente es el trabajo

Fuentes: Rebelión

De todos los males de la crisis el principal es la falta de trabajo. Los que no lo tienen o lo han perdido o lo poseen muy precariamente son ya más del treinta por ciento de la población mundial y esa crisis del empleo afecta ya a los países más desarrollados. Las propuestas de los […]

De todos los males de la crisis el principal es la falta de trabajo. Los que no lo tienen o lo han perdido o lo poseen muy precariamente son ya más del treinta por ciento de la población mundial y esa crisis del empleo afecta ya a los países más desarrollados.

Las propuestas de los países ricos para salir de la crisis apenas tienen en cuenta esa calamidad. Son propuestas para sacar al sector financiero de su agujero, un agujero básicamente autoinducido y que apenas es relevante a efectos del mundo del trabajo.

Pero, en parte, ello es intencional. Una característica importante del sistema capitalista consiste en tener un ejército de desempleados para así controlar el mercado laboral pero este ejército se está haciendo demasiado grande y puede que decida insubordinarse si no se le ofrece algo distinto. Los trabajadores, la gente corriente, no son culpables de la crisis sino sus principales víctimas y cunde entre ellos el desasosiego por la falta de soluciones. Pero éstas deben ser más imaginativas.

La convivencia humana necesita inventar nuevos modos de ocupar a las personas. El mundo estrictamente productivo de bienes y servicios ha venido beneficiándose de la tecnología para sustituir a los hombres por máquinas y sistemas de modo que esa no es la respuesta para ocupar a las generaciones presentes y, sobre todo a las venideras. Porque los cálculos de productividad industrial siguen apostando por los recortes laborales, en personas y en salarios y sus líderes se niegan a cambiar de métodos ante la lucha global por la competitividad. Hay mensajes desde el Tercer Mundo que hablan de volver a una agricultura intensiva en capital humano pero en cuanto el medio rural se llena de escuelas, éstas funcionan como plataformas de emigración.

 La población mundial crece muy deprisa. Hace cincuenta años éramos tres mil millones y hoy somos más de seis mil. Detener ese crecimiento para que el planeta nos aguante, para que haya comida para todos, es importante pero no fácil en los países pobres de modo que sigue siendo necesario, además de extender los medios anticonceptivos,  que cada persona tenga algo que hacer.

Hace  cuarenta años, cuando visité la Hungría comunista, me explicaron que ellos no toleraban  que la gente, sobre todo la gente joven, se levantara por la mañana sin nada que hacer. A los que estaban fuera del sistema educativo y del productivo,  los ocupaban. En servicios sociales, en la sanidad, en la protección al medio ambiente, sin preocuparse del costo. Todos ganaban en tranquilidad, algo que se ha perdido desde que cayó el comunismo y fue reemplazado por un capitalismo salvaje, con su cuota de desempleados y sus paralelos problemas de inseguridad y frustración.

La sociedad debe ofrecer oportunidades a los jóvenes fuera del sistema productivo. La paradoja es que cuanto más estudios acumulan las nuevas generaciones, cuanto más capacitados están, menos oportunidades tienen de ejercitarlas y más grande es su frustración.

Ya no existen esas dos grandes represas de contención de la juventud, la Iglesia y el Ejército. Hace un siglo, ser cura o fraile, religioso o religiosa atraía a casi el 10 por ciento de cada generación de españoles. Y el servicio militar, obligatorio y largo, represaba  a los varones. Hoy los Ejércitos son voluntarios y reducidos y  la religión apenas atrae más que a los voluntarios de la caridad, que ahora compiten con las ONGs civiles donde no demasiados jóvenes pasan algún tiempo.

Los salarios bajos, los mileuristas, crecen, de modo que donde antes bastaba que trabajara el marido, el ganapán, ahora también su pareja tiene que aportar dinero trabajando en la calle pero ello no ha ampliado el servicio doméstico sino más bien las casas están manga por hombro y los hijos pequeños con frecuencia desatendidos. Y aún estarían peor si no fuera por los abuelos.

Muchos estrategas aconsejan precisamente  que el sistema educativo se amplíe por abajo y por arriba, no solo para atender a los niños desde pequeños sino también como fórmula de represa de varones y mujeres hasta que no se vean fórmulas de lograr la ocupación total, el trabajo para todos.

Y aunque se quejen los teóricos de la contabilidad neoliberal, también los servicios públicos pueden y deben expandirse para dar entrada a más gente, más médicos, más enfermeras, más maestros, más asistentes sociales. A grandes males, grandes remedios. Alberto Moncada es presidente internacional de Sociólogos sin fronteras.