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Los bancos centrales, la otra oligarquía

Fuentes: Argenpress

En Estados Unidos un representante se elige por cuatro años, un senador por ocho y el presidente por cuatro, pudiendo ser reelegido una vez. El presidente de la Reserva Federal es designado, puede permanecer 14 años en el cargo y no rinde cuentas de su gestión ante ningún organismo político. Todo ello en democracia. A […]

En Estados Unidos un representante se elige por cuatro años, un senador por ocho y el presidente por cuatro, pudiendo ser reelegido una vez. El presidente de la Reserva Federal es designado, puede permanecer 14 años en el cargo y no rinde cuentas de su gestión ante ningún organismo político. Todo ello en democracia.

A lo largo de 41 años, desde 1776 hasta 1817, los Estados Unidos fueron gobernados por los líderes históricos de la Revolución. James Madison fue el último de los «históricos» y James Monroe el primero de la segunda generación. George Washington, el primer presidente tuvo en su gabinete a tres de sus sucesores.

Aquellos lideres, brillantes y avisados, redactaron la Declaración de Independencia, la Constitución y las primeras 15 Enmiendas, efectuaron las elecciones, condujeron la formación de los primeros congresos, nombraron a los primeros jueces para el Tribunal Supremo y trataron de dar un perfil republicano a su país.

Conocedores del papel de la metrópolis colonial y del carácter de rapiña de sus instituciones las rechazaron, no sólo en su forma sino principalmente en su contenido. Ni una sola de las nuevas instituciones se pareció a las británicas. En lugar de un rey, eligieron un presidente que no habitó en un lujoso palacio sino en una Casa Blanca y al frente de las fuerzas armadas en lugar de a un general colocaron a un civil. Con especial énfasis rechazaron el modo inglés de conducir la economía y sus prácticas bancarias.

Benjamín Franklin, uno de los precursores de la Nación y el más veterano de los redactores de la Constitución, tarea que cumplió teniendo 80 años, sostuvo que más que contra el rey, la Revolución Norteamericana se realizó contra el Banco de Inglaterra, del que el rey Jorge VI era accionista, que estuvo a punto de arruinarlas al lograr que en 1764, mediante el Acta de Divisas, se prohibiera a las colonias crear su propio dinero.

En el examen de las relaciones de Inglaterra con sus colonias no se puede obviar el hecho de que mientras la colonización iberoamericana fue una actividad estatal, financiada y regida por las coronas de España y Portugal, la de América del Norte fue una empresa privada en la que el rey también era accionista.

A diferencia de las autoridades coloniales españolas que eran empleados de la Corona y en su nombre saqueaban el Continente y cargaban flotas enteras con lingotes de oro y plata, el gobierno inglés que lidiaba con verdaderos colonos, empresarios que no le debían obediencia, se vio obligado a diseñar un saqueo más sofisticado, basado en impuestos, sellos, restricciones comerciales y sobre todo, mediante el control de la emisión de la moneda.

Desde cualquier punto de vista que se le considere, el hecho de que durante más de 130 años los mandatarios norteamericanos se hayan negado a aceptar la existencia de una banca central y otorgarle la facultad para crear el dinero, evidencia un rechazo basado en la creencia de que semejante institución no es de bien público.

El hecho de que en 1913, bajo la administración de Woodrow Wilson, los magnates de las finanzas norteamericanas, hayan tenido que acudir a conspiraciones y prácticas fraudulentas para hacer aprobar la creación de la Reserva Federal indica que algo sucio se escondía tras un proyecto que resulta insólito.

Toda la mística de la democracia es desmentida cuando la gente se entere de que el sistema capitalista, presumiblemente basado en la voluntad ciudadana expresada mediante el sufragio y las elecciones, pone en manos privadas las finanzas públicas, en primer lugar, la emisión de dinero.

Lo más grave no es que Estados Unidos haya adoptado un sistema antidemocrático para administrar las finanzas nacionales, sino que ese sistema, como si fuera el mejor de los modelos, se haya propagado por el mundo dando a los bancos centrales un poder ilegitimo y totalmente desproporcionado, sobre todo una independencia que los hace inmunes al control social.

Tal vez muchos europeos no sepan, porque nadie se lo ha explicado exhaustivamente que el Tratado de Maastricht, que creó la Unión Europea, prohíbe al Banco Central Europeo aceptar órdenes o sugerencias del poder político. De hecho toda la política monetaria europea es regida por una Junta de Gobernadores de un banco que es una mega corporación de bancos privados.

La idea de mantener las manos del gobierno lejos del dinero no es una mala idea, pero dejar a los países a merced de una banca privada, ajena a todo control de la sociedad, parece peor.

El círculo parece cerrarse cuando en el umbral de una crisis monetaria y financiera de proporciones devastadoras amenaza al mundo, lo único que se le ocurre al gobierno de los Estados Unidos es elaborar un programa que amplía a la potestad de la Reserva Federal. Ese mundo tiene derecho a saber que en parte, su destino depende de un grupo de inescrupulosos banqueros por quines nadie ha votado y muchos nadie ni siquiera conoce.