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Los millennials y la anomia: ¿una generación quemada?

Fuentes: Rebelión

«Se enseña a los jóvenes una especie de relato modelo sobre cómo se supone que deben conducirse los asuntos públicos, y se les aleja cuidadosamente de todo conocimiento acerca de cómo se conducen en realidad. Cuando los jóvenes crecen y descubren la verdad, el resultado es con frecuencia un completo cinismo en el que se pierden todos los ideales públicos.» (Bertrand Russell: Las funciones de un maestro)

Emily la estafadora (Emily the criminal es el título original en inglés) es una película estadounidense del año 2022 escrita y dirigida por John Patton Ford. Narra la historia de una joven de unos treinta y tantos que lleva una vida precaria muy alejada del ideal que había soñado. Tiene un empleo de jornada parcial en una empresa de cáterin que la explota sometiéndola a horarios imprevisibles y comparte con una pareja de extraños de su misma edad un pequeño apartamento en Los Ángeles. Su situación dista mucho de la que se había imaginado cuando inició sus estudios de arte con el propósito de desarrollar su talento natural para el diseño gráfico. Para ello tuvo que pedir un préstamo dado que su familia carecía de los recursos para que pudiera estudiar en la universidad. Todo se torció por culpa de un novio que empezó a acosarla cuando ella quiso terminar con la relación. Esa situación llevó en un momento dado a un enfrentamiento violento que la obligó a defenderse de resultas de lo cual el hombre resultó herido. Denunciada por su expareja tuvo que contratar a un abogado para evitar la cárcel, lo que la obligó a volver a pedir un crédito al banco. Endeudada, su vida transcurre en un estado de sometimiento a unas circunstancias para las que no encuentra la forma de liberarse. La película nos narra de qué manera logra cambiar su vida.

El filme comienza con la entrevista de trabajo a la que se somete para tratar de mejorar su situación laboral. Aspira con ello a salir de la mediocridad en la que se halla inmersa por la mala suerte y un sistema institucional que no se lo pone nada fácil a las mujeres jóvenes que no parten de una buena situación económica que les permita acceder a una formación superior. En la entrevista comprobamos la crudeza de un mercado laboral en el que se ponen en práctica procedimientos de selección del personal rayanos en la humillación. Más adelante Emily tendrá una nueva oportunidad gracias a la mediación de una supuesta amiga, pero de nuevo será una enorme decepción al comprobar en un momento dado de la entrevista que se trata de un empleo exento de salario en régimen de becaria. Cuando se da cuenta le recrimina a la empresaria que trate de explotarla a cambio de nada solo porque supuestamente la va a formar, lo que da muestras de que el personaje tiene la suficiente fuerza de carácter como para ser capaz de hacer valer su dignidad ante quien se encuentra en una situación de poder respecto de ella.

Comprobaremos conforme avance la película que la protagonista no va a encontrar el remedio a su situación en nada de lo que el sistema educativo, laboral o social le pueda ofrecer. Para dejar de ser una esclava sometida a las condiciones que dictan los que se encuentran en posiciones de poder decidirá quebrantar la ley. A través de otro marginado, un inmigrante con el que se involucra sentimentalmente, se introduce en un submundo criminal donde se realizan estafas con tarjetas de crédito. El caso es que lo que parece un coqueteo inicial con el lado salvaje de la vida para sacar unos cientos de dólares en poco tiempo se va volviendo una vía laboral a explorar.

El caso de Emily es un ejemplo paradigmático a mi entender de lo que en ciencias sociales se conoce como anomia. Es la palabra con la que nombrar lo que ocurre cuando no hay una correspondencia entre lo que la sociedad promete a sus miembros y los medios que proporciona para alcanzarlo. Dicho de otra manera: supone la discrepancia entre fines y medios, que puede ser prevalente en ciertos grupos sociales y que resulta en altos niveles de frustración en términos individuales. El concepto se lo debemos al filósofo francés Emile Durkheim quien fue también uno de los fundadores de la sociología. En su libro El suicidio de 1897 indaga en las causas y analiza los tipos de una conducta que se caracteriza por una supresión de valores (morales, cívicos, religiosos) además de sumergir a quien la desarrolla en la alienación y en la incapacidad para dirigir su vida de forma autónoma. Este estado puede llevar según Durkheim a que el individuo no encuentre otra salida que el suicidio debido a los sentimientos de angustia, miedo, insatisfacción e inseguridad que conlleva; otras conductas que son versiones alternativas de la anomia son las que se dan en determinados colectivos minoritarios discriminados por los grupos prevalentes de la sociedad, como los pueblos nativos norteamericanos entre los cuales el índice de consumo de alcohol es alarmantemente alto. Pero la historia de Emily nos muestra la otra salida consistente en la ruptura unilateral con el código moral que socialmente define la normalidad. Es posible –como se nos viene a decir en la película– que dependa de la fortaleza de carácter del individuo en cuestión. Lo que observamos en Emily es la rebelión como respuesta frente a un estado de cosas que ejerce sobre ella un nivel de opresión tal que le impide vivir la vida que desea. Rompe con las normas para zafarse de la injusticia institucional de la que es presa.

Hay situaciones y coyunturas que fomentan en mayor medida que otras el comportamiento anómico. Es posible que estemos atravesando desde hace un par de décadas por uno de ellos y que esa generación a la que se conoce con la etiqueta de millennials, los nacidos entre principios de los ochenta y finales de los noventa del siglo pasado, estén sometidos más que la generación inmediatamente precedente de los baby boomers a factores disparadores de las emociones que desembocan en la anomia. Téngase en cuenta los importantes cambios de orden económico y particularmente laboral que han tenido lugar durante ese tiempo, a los que se une la brecha que cualquiera puede apreciar entre las teorías ideológicas y valores enseñados de un lado y la práctica en la vida diaria de otro. Emily es representante de esa generación (como el autor de su historia, por cierto, que demuestra saber muy bien de lo que habla en su película).

Otra millennial como Emily, pero no ficticia sino real, es la periodista Anne Helen Petersen, autora del libro The burnout generation, publicado en castellano en 2021 por Capitán Swing con el título de No puedo más. Su autora habla en sus páginas por boca de esa generación acerca de «cómo se convirtieron los millennials en la generación quemada», como reza el subtítulo de la portada en su versión española. Según afirma en su planteamiento de las primeras páginas: «hemos sido acondicionados para la precariedad». Su tesis, que sería válida para nuestros jóvenes, es que los nacidos a partir justamente de la implantación triunfal de los principios directores del neoliberalismo, han sido ideológicamente programados para asumir lo que ahora se les viene diciendo, en forma de fatal letanía revestida de certero e irrefutable pronóstico de la ciencia económica, por lo menos desde la crisis de 2008, a saber, que van a ser la primera generación desde hace décadas que va a vivir peor que sus padres.

Lo estamos viendo en los últimos resultados de las mediciones estadísticas sobre los estándares de vida de los que ahora se incorporan a la vida adulta en nuestro país: dificultades para emanciparse (en el caso de España la edad media es superior a la de la mayoría de países comparables); relacionado con lo anterior, práctica imposibilidad de acceso a una vivienda ya sea en alquiler o en propiedad; retraso de la edad a la que las mujeres conciben su primer hijo (la edad media ya roza los 33 años); relacionado con lo anterior, descenso continuado desde hace años del índice de natalidad en nuestra sociedad, que no para de disminuir desde hace más de veinte años.

Petersen apunta a la raíz de la que se nutre la anomia que tan bien refleja la película resumida al principio, cuando alude al relato que se les contó a los integrantes de esa generación, por lo menos a los blancos y a los de clase media. Lo que antes he denominado «teoría ideológica y valores enseñados» se concreta en lo que al dicho relato se refiere en términos de meritocracia y excepcionalismo. En palabras de la escritora norteamericana: «la idea de que cada uno de nosotros rebosaba potencial y que para activarlo solo necesitábamos trabajo duro y a conciencia. Si nos esforzábamos, fuera la que fuera nuestra situación actual en la vida, encontraríamos estabilidad». Ningún sitio como los Estados Unidos de Norteamérica en efecto para darse cuenta de este estado de cosas en el que nos hayamos instalados desde hace ya algún tiempo también en Europa, pero que da la impresión de que preferimos no afrontar políticamente. Un estado de cosas que sufrieron en avanzadilla bastantes años antes aquellas minorías (raciales, étnicas o inmigrantes) que parecían estar al otro lado del límite de la riqueza que nos mantenía a los demás a salvo de su pobreza y su vida incierta. Hemos sabido recientemente, y para nuestro desconcierto, que la blancura de la piel y la pertenencia en origen a la clase media no son privilegios que nos salvaguarden de un trabajo mal pagado y precario o de ser despojados del techo que nos cobija.

Al mismo tiempo, y en flagrante contradicción con las condiciones resultantes de la más reciente remodelación histórica de las circunstancias materiales en las que tenemos que desarrollar nuestras vidas, se somete a nuestros jóvenes al imperativo social de que sean los «artistas» de sus propias vidas, como explica el filósofo Zygmunt Bauman en su libro El arte de la vida. En nuestra sociedad individualizada se exige a cada cual que por sí solo dote de sentido y de dirección a su vida, aunque socialmente carezca de los necesarios recursos para conseguirlo. Eso sí, todos serán alabados o censurados solamente en función de los resultados que obtengan, por lo conseguido o perdido. En los escaparates de las redes sociales encontramos la exposición de los triunfos y un potente catalizador de la frustración y la infelicidad. Es ese mundo hecho de pantallas en el que toma cuerpo lo que Bauman denomina «el egoísmo autorreferencial». Lo que para él se presenta como «arte» para otros adquiere en el mercado el marchamo de «ciencia»; y así –como denuncian Edgar Cabana y Eva Illouz en Happycracia– se pergeña por obra y gracia de la mercadoctenia psicologista toda una «ciencia de la felicidad» que ofrece un completísimo catálogo de técnicas para ser más productivos, saludables y crecer como personas. A su amparo ha prosperado lo que se podría considerar una verdadera industria de la felicidad que asegura poseer las claves para que los individuos moldeen sus vidas a voluntad, transformen sus sentimientos negativos y saquen el mejor partido de sí mismos. De esta manera la felicidad se convierte en una mercancía más y una potente arma de manipulación y control de la manera de pensar, sentir y actuar de los ciudadanos, todo en nombre de su propio bienestar. Pero, eso sí, basándose en todo caso en el axioma de que es cada uno y solo cada uno el responsable de ese bienestar. Así se elimina toda posibilidad de cualquier prurito de resistencia o rebelión que se pueda dar en el sujeto social contra el estado de cosas vigente.

Totalmente congruente con la evolución de las últimas décadas que ha ido desmontando aceleradamente la infraestructura institucional del capitalismo del bienestar al que se refieren los economistas Daron Acemoglu y Simon Johnson en su reciente libro titulado Poder y progreso. Finalizada la Segunda Guerra Mundial se lleva a cabo un proceso de conformación institucional que compromete a la empresa con el bienestar de los trabajadores a través del reparto de los beneficios derivados de la productividad, con altos índices de inversión y una fiscalidad orientada a la redistribución de rentas y a la disminución de la desigualdad, con la asignación de un relevante papel a los sindicatos de modo que la negociación colectiva sea un efectivo instrumento para conseguir que las empresas paguen sueldos más altos, también a los trabajadores poco o nada cualificados y carentes de formación. Toda esta filosofía había arraigado en la mentalidad colectiva tomando cuerpo en las normas sociales ampliamente compartidas, de lo que da prueba que los políticos más conservadores, como los republicanos Eisenhower y Nixon en Norteamérica, no se atreviesen a ponerlas en cuestión. Ese capitalismo también llamado «socialdemócrata» por el economista Branco Milanovic ha sido reemplazado por una nueva versión del capitalismo que el mismo economista denomina «capitalismo meritocrático liberal» en su libro titulado Capitalismo, nada más. En él reconoce que el último consittuye un paradigma económico que fomenta la desigualdad de forma sistémica porque, entre otros factores, favorece institucionalmente su transmisión intergeneracional (los hijos de los ricos seguirán siendo ricos; los de los pobres seguirán siendo pobres muy probablemente) y contribuye al crecimiento de la brecha salarial entre los trabajadores altamente cualificados y con formación superior y los demás, que quedan a merced de la voluntad de las empresas, amén de haber desmontado en gran medida el diseño fiscal para la redistribución de la riqueza. Por todo lo anterior tiene plena justificación que se hable en nuestro país de cisma generacional, del cual da fe el Informe España 2050. Según este documento, que pretende ofrecer un cuadro de lo que es hoy nuestro país para orientar la acción de gobierno a medio plazo, la riqueza media de las personas con 65 años se ha más que doblado respecto a la riqueza media de las personas de 35. Y es algo que ha ocurrido en las últimas décadas, no por casualidad, sino por esa susodicha metamorfosis que nos ha arrastrado del capitalismo del bienestar al capitalismo meritocrático liberal. De resultas de lo cual, en la actualidad, las personas de 65 años poseen cinco veces más riqueza que las de 35. La existencia de un inédito Ministerio de Juventud e Infancia en el actual Gobierno, ¿parte del reconocimiento de esa realidad inapelable? ¿Servirá para transformarla?

La generación que está padeciendo las consecuencias de esa mutación auspiciada por el triunfo de la ideología neoliberal es la de los millennials, los nacidos en plena revolución neocon liderada por Thatcher y Reagan en primera instancia; una generación de la que Petersen se postula como su portavoz y a la que presenta víctima de la cultura del agotamiento, de la que podríamos considerar que forma parte la dictadura de la felicidad a la que hemos aludido anteriormente. Agotados por la incesante búsqueda de la dicha autoimpuesta como una profesión más en la que hay que triunfar, los miembros de esta generación desconfían de las instituciones que les han fallado insistentemente, padecen de frustración reiterada por las expectativas socialmente fomentadas pero escasamente realizadas y sufren la ansiedad y la desesperanza que produce la presión constante por dar cuenta del rendimiento de sus vidas en las redes sociales.

La anomia que ilustra tan veraz como cinematográficamente el personaje protagonista de Emily la estafadora es el producto de todo lo que aquí he expuesto sintéticamente. Como he tratado de explicar tiene una raíz económica resultado de un vuelco ideológico histórico, produce un malestar psíquico en nuestros jóvenes que ya se reconoce públicamente debido al padecimiento de un rediseño institucional que deteriora su salud emocional (el suicidio es un dramático síntoma que no ha hecho más que empeorar en los últimos años). Pero también tiene su efecto político en la forma en que los ciudadanos de menos edad se relacionan con la democracia. Ya lo estamos viendo. Y lo seguiremos viendo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.