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Los suicidas-bomba: lo sagrado y lo profano

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández

Uno de los aspectos más importantes, aunque menos discutidos, de los ataques perpetrados a través de ‘suicidas-bomba’ tiene que ver con la profunda y sistemática degradación extendida por parte de [la coalición] anglo-estadounidense sobre todo aquello que la religión islámica considera más sagrado: su código ético, sus formas de prácticas espirituales, sus rituales religiosos, sus textos sagrados y su respeto por el creyente practicante.

Los propagandistas neoconservadores, liberales y pro-Israel, tanto si son periodistas como académicos, se centran en analizar lo que ellos han decidido calificar como «patologías» de los jóvenes musulmanes: el fanatismo de sus creencias, su violencia gratuita, la «ira generacional», la «frustración» de vivir en «Estados fracasados» y una larga letanía de conductas irracionales ante las que quedarían disculpadas la violencia y torturas ejecutadas por israelíes y angloamericanos.

Una escuela progresista de pensamiento pone énfasis en que la ‘naturaleza recíproca de la violencia’ – guerras anglo-estadounidenses, invasiones y ocupaciones que engendran el terrorismo árabe o islámico como parte de una espiral de violencia. En otras explicaciones, al analizar la conducta de los suicidas-bomba, el elemento religioso aparece subordinado a la preocupación política por la autodeterminación.

Mientras que el último enfoque tiene la ventaja de ir más allá de la jerga seudo-psicológica de los ‘expertos’ sionistas y neo-conservadores acerca de la «Mente Arabe», fracasa sin embargo a la hora de explicar el alcance, profundidad y aguda intensidad a que ha llegado el fenómeno de los suicidas- bomba durante la ocupación.

Más allá del caos general provocado por las guerras, invasiones y ocupaciones anglo-estadounidenses, hay dos formas de violencia que se derivan de la concepción general de la guerra y que se destacan como determinantes directos de la aparición del suicida-bomba:

Los anglo-estadounidenses han teorizado, y puesto en práctica, la idea de ‘guerra total’ – una guerra sin límites legales, morales, geográficos, temporales o espaciales. Como declararon Bush, Rumsfeld y los sionistas del Pentágono (Perle, Wolfowitz, Feith y compañía), esta es una guerra diferente en la que el ‘enemigo’ está en todas partes y ataca sin tregua. La solución definitiva es buscarle y destruirle, destruir sus santuarios, sus cómplices, sus barriadas, sus familias, sus instituciones religiosas, así como a todo aquel que pudiera ofrecerle apoyo material o espiritual, protección o aliento. La teoría y la práctica de la «guerra total» liquida la distinción entre combatientes y civiles, entre instalaciones militares y civiles, entre infraestructura militar y sistemas de transportes civiles, entre lo sagrado y lo profano.

Los anglo-norteamericanos han impuesto reglas nuevas para hacer la guerra y formas nuevas de atrapar al enemigo que cada vez están siendo más interiorizadas por una parte de los adversarios. Si el imperialismo anglo-estadounidense puede actuar con desenfrenada violencia contra blancos tanto civiles como militares, igual puede hacerlo la resistencia -incluidos los suicidas-bomba-, independientemente de que esté compuesta por islamistas o laicos, clases medias o bajas. Lo que determina la reacción de los adversarios del imperialismo anglo-estadounidense son las reglas de éste para hacer la guerra – la noción de ‘guerra total’.

Guerra total: Contenido y Consecuencias

El imperialismo tiene diferentes formas de llevar a cabo la conquista. En la primera de ellas seguiría la vía de captación de las elites locales, convirtiéndolas en recaudadores de impuestos y en gendarmes de las potencias coloniales, obteniendo así el control de las riquezas agro-mineras y la financiación sus posiciones privilegiadas a través de impuestos locales.

En otra de las variantes, las potencias imperiales destruyen tanto la sociedad preexistente como su sistema de gobierno, desarraigando con frecuencia a la población y aniquilando físicamente durante el proceso a sus miembros y el acervo cultural, a la vez que se apoderan de sus riquezas. La degradación de lo sagrado es el prólogo a los intentos de imponer un conjunto nuevo de creencias que les resulten más favorables para lograr el sometimiento y la explotación.

Una tercera posibilidad conforma una combinación, o un proceso secuencial, de destrucción, degradación y explotación, que iría seguido de una serie de esfuerzos para «reconstruir» una estructura militar, política y policial colonizada complaciente capaz de reprimir y contener la resistencia contra el colonialismo.

Las invasiones estadounidenses de Iraq y Afganistán siguen la tercera variante. En la fase inicial, los ejércitos imperiales se dedican a ocupar todo el territorio, al pillaje desenfrenado de los lugares históricos, a la degradación total de su población, a la destrucción de las instituciones culturales y al asesinato sistemático de los miembros dirigentes de las clases locales políticas, de personas dedicadas al servicio civil y de profesionales cualificados. Una vez que se ha desarrollado una resistencia masiva integrada por fuerzas religiosas y laicas, desarraigadas y divorciadas de sus esenciales formas de vida diarias, que sufren asaltos espirituales y físicos constantes, el régimen de la ocupación anglo-estadounidense mueve ficha hacia la casilla de la «reconstrucción» de un aparato represivo colonial y de cuerpos de gobierno – más allá de los muros, de los cercados de alambre de espino y de las torres de observación del ejército colonial.

Mientras la doctrina de la ‘guerra total’ continúa haciendo estragos, se permiten concesiones insignificantes para los enclaves de colaboradores, la mayor parte de los cuales son ‘ciudadanos con actitudes duales’, exiliados cuyas lealtades se dirigen primera y principalmente hacia el imperio y cuyos hogares, pensiones e incluso familias (por no mencionar las cuentas bancarias y los jardines ingleses de rosas) están ubicados en ciudades de países imperiales.

Guerra Total y Resistencia

Los oficiantes de la ‘guerra total’ plagian de forma descarada la doctrina y las prácticas de la ocupación colonial israelí de Palestina: formas de castigo colectivo, eliminación de sitios históricos, destrucción de hogares, huertos y granjas productivas arrasados, bombardeo de pequeñas industrias, construcción de cerramientos de gueto (muros), desahucios masivos por la fuerza y, especialmente, técnicas de tortura e interrogatorio ideadas especialmente para violar las creencias islámicas y la identidad árabe. Todas esas técnicas han sido transmitidas, a través de asesores israelíes y sesiones de entrenamiento a interrogadores estadounidenses, e incorporadas a sus manuales. Son precisamente los métodos comunes de técnicas de interrogatorio-tortura de israelíes y anglo-estadounidenses, los que han engendrado la práctica común de suicidios-bomba contra ellos.

En la medida en que las técnicas de terror-interrogatorio arrancan a las víctimas todo lo que es esencial para su ‘espiritualidad’, también imponen a esas víctimas y a sus seguidores una ‘nueva moralidad’, una moralidad que ya no acata más los antiguos preceptos religioso-morales. En lugar de éstos, la ‘nueva moralidad’ es el espejo de la imagen de los oficiantes de la ‘guerra total’. Los suicidas-bomba actúan sin preocuparse por civiles, emplazamientos, tiempo y circunstancias. Al igual que sus interrogadores, buscan infligir el daño máximo a la «mentalidad occidental» – descubriendo su debilidad, aumentando su ansiedad y temores, a la vez que socavan las rutinas diarias. La clave para comprender la conversión de los islamistas, e incluso de la oposición laica, en suicidas-bomba está en considerar que las prácticas de la ‘nueva moralidad’ no descansan únicamente en los hechos de la ocupación colonial político-militar y en la guerra, sino en que se recurre también a las mismas formas específicas de degradación que les han sido impuestas a las víctimas coloniales.

Degradación: La Lógica de la Guerra Total

Durante décadas, los israelíes han estado practicando la degradación a través de la tortura y cuentan con un ejército poderoso de seguidores en el exterior -profesores, funcionarios neoconservadores, liberales, banqueros, profesionales, artistas, periodistas, y magnates de lo medios de comunicación- que proporcionan justificantes bajo la forma de ‘circunstancias para mejorar» y «equivalencias morales».

Los oficiantes anglo-estadounidenses de la guerra total, impresionados por la capacidad e impunidad israelíes para mantener su ocupación colonial sobre Palestina, pasaron por alto los efectos negativos: el fenómeno de los suicidas-bomba y la repugnancia israelí hacia el mundo no europeo (e incluso hacia muchos europeos).

La degradación está ideada específicamente para ‘romper’ la mentalidad ‘árabe’ o ‘islámica’ -según la califican los expertos israelíes en psicología de guerra- y asegurarse una tropa de informadores, agentes y dóciles prisioneros aterrorizados que han sido puestos en libertad para que sirvan de ejemplo a los posibles aspirantes a combatientes de la resistencia. Aunque unos cuantos prisioneros fueron ‘convertidos’ a través de la tortura y el chantaje, y otros fueron liberados pero ya incapacitados por alteraciones psicológicas profundas, transformados en hombres y mujeres ‘rotos’, sin embargo hay millones que reaccionan con indignación, ira y violencia – y en algunos casos adoptando la modalidad de suicida-bomba. Los testimonios de las víctimas-supervivientes de la brutalidad israelí y las imágenes visuales proporcionan una realidad terriblemente gráfica de la degradación sistemática de todo lo que los árabes -musulmanes o laicos- consideran sagrado.

La percepción que tienen las víctimas, sus familias, su pueblo, sus compañeros creyentes y la nación a la que pertenecen es que la degradación de los prisioneros iraquíes es la técnica autorizada y aprobada desde los más altos niveles del poder, que es ejecutada por expertos del terror, desde los psicólogos de elite hasta el último de los carceleros. Nadie puede proclamar que «no sabía». Nadie, en un ejército de voluntarios, puede proclamar que sólo estaban obedeciendo órdenes. Los ciudadanos que a través de un sistema electoral votan por los verdugos imperiales no pueden proclamar inocencia.

La Técnica de la Degradación: el Significado Profundo

Para el musulmán e incluso, en grado menor, para el laico, el libro sobre la vida virtuosa es el Corán. Es el ‘libro divino’, que proporcional guía moral y significado existencial a la vida. Los torturadores defecaron y orinaron sobre el Corán. Pisotearon el Corán con sus sucias botas. Arrojaron al water las páginas consideradas más sagradas por las víctimas. Violaron la fuente única de vida moral más sagrada.

Los torturadores negaron sistemáticamente a sus víctimas el agua para poder lavarse antes de la plegaria. En lugar de hacerlo les profanaron con guarrerías, les vistieron con ropa interior de mujer, embadurnaron a los prisioneros atados con una sangre que les hicieron creer que era ‘menstrual’, les forzaron a defecar unos sobre otros y pusieron en ridículo la intensa angustia religiosa que sentían. Violaron todos los tabúes, todas las normas, incluidos los códigos morales más profundos. Les forzaron a practicar perversiones sexuales (y las fotografiaron), a permanecer desnudos, violaron a hombres y mujeres con pinchos para arrear el ganado y otros artefactos de tortura. Envolvieron a los prisioneros en la bandera israelí. Esas técnicas humillantes tienen consecuencias psicológicas de por vida, e impiden que sus víctimas puedan contraer matrimonio y mantener relaciones familiares normales. Y no se quedaron ahí, los torturadores les dijeron a sus víctimas que las películas y fotos de su degradación serían mostradas a su familia y vecinos para intensificar su angustia tras la liberación. Las técnicas de tortura iban dirigidas especialmente a musulmanes y árabes, pero profanaron en general el sentido de la modestia de todo hombre o mujer normal. Utilizaron las humillaciones sexuales más brutales ideadas para destrozar todos los límites políticos entre el pueblo colonizado y las víctimas degradadas. Las mujeres prisioneras en Abu Ghraib, según varias fuentes, enviaron mensajes al exterior de la prisión suplicando a la resistencia que las matara en sus celdas con ataques de mortero. Las mezquitas fueron destruidas o convertidas en carnicerías; hombres heridos acurrucados entre las paredes sagradas fueron ejecutados a quemarropa.

Cuando asediaron y destruyeron la ciudad de Faluya, los dirigentes políticos anglo-estadounidenses se sirvieron también de los capellanes militares cristiano-evangélicos para que incitaran a los verdugos a ‘luchar contra Satán’

Expertos en el terror’ judíos y cristianos (a menudo también en ciencias del comportamiento) se encargaron de proporcionar el vitriolo emocional por medio de una jerga pseudo-científica que trasladaba la conducta psicopática de los verdugos a las víctimas. Psicólogos políticos actuando como criminales de guerra… como creadores de suicidas-bomba…

Consecuencias Políticas de Profanar lo Sagrado

Los profundos efectos sistemáticos de la ‘guerra total’, así como la profanación de lo sagrado que se deriva de la misma, tienen consecuencias de gran alcance para musulmanes y árabes, también para laicos, en términos geográficos, en las prácticas políticas, en la profundidad de pensamiento y sentimiento de los fieles, de su gobierno y su ‘civilización’. El impacto que se produce al desfigurar lo sagrado es mucho más intenso en aquellas comunidades que comparten los mismos valores étnicos, religiosos y culturales que en las comunidades que están siendo directamente violadas. La degradación de los textos sagrados y de los santuarios religiosos afecta a la existencia espiritual y física de los grupos e individuos cuyas vidas han estado orientadas por esos textos profanados. El mensaje transmitido a millones de personas por los torturadores y sus dirigentes es que ‘no hay nada sagrado’ – todas las cosas y todas las personas se configuran por igual como elementos aceptables de conquista, dominación y control. Todo el proceso de degradación, desde el bombardeo indiscriminado de comunidades civiles a la usurpación del espacio público, al pillaje de la herencia cultural, al arresto y asesinato arbitrario de cualquier persona, culmina en la depravación absoluta, es decir, convirtiendo literalmente en basura los símbolos espirituales y los textos y guías morales.

Negar aquello que los oprimidos consideran sagrado es inherente al proceso de crear una cadena de jerarquías en la cual cuanto mayor sea la degradación del ‘otro’, mayor será el poder y autoestima de los torturadores. Cuanto más ínfima sea la talla moral de los torturadores -(aquellos que, fuera de las cámaras de tortura, no tienen acceso al botín auténtico de la conquista, a los beneficios de la guerra, al timo de la ‘reconstrucción’ o a los oficiales militares que pueden conseguir la ‘flor y nata’ de los contratos)-, mayor será el incentivo para tratar de aprehender sentimientos de ‘superioridad’ (premios simbólicos) a costa de degradar a los encadenados, los desnudados y los humillados, para complacer a sus superiores con ‘chucherías’ de actuaciones de ‘inteligencia’ sin relevancia. En el informe del General Taguba podemos encontrar todo esto documentado.

La cadena de mando otorga licencia para torturar; es decir, la palabra del ejecutivo imperial llega hasta los oficiantes de la degradación. Los celebrantes de los valores ‘judeo-cristianos’ hacen gala de su impunidad bajo la seguridad de su poderío tecnológico y militar. El ‘pueblo especial’, las naciones elegidas, agravan la experiencia de degradación. Imaginemos a Rumsfeld y a otros funcionarios y senadores revisando el informe del General Taguba en el que se describe la situación de un muchacho, hijo de un oficial del ejército iraquí, que ha sido desnudado, embadurnado con porquería y violado delante de su padre cautivo (Seymour Hersch describe los gritos del joven mientras le violaban) – proyectando sus propias perversiones sobre el pueblo tiranizado.

Suicidas-bomba: Una Respuesta a los Profanadores

Algunos de los más inteligentes de los generalmente ignorantes que se proclaman ‘expertos’ en terrorismo han descubierto que los suicidas-bomba no son necesariamente pobres, ni necesariamente ‘víctimas directas’ de invasiones imperiales, y que tampoco son, obligatoriamente, fundamentalistas islámicos. La mayor parte de esos ‘expertos’ alegan, en una jerga pseudo-psicológica, que su aparición se debe a la ‘alienación’ que produce la gran urbe, al ‘conflicto generacional’, y a otras patologías de la conducta. Esos ‘expertos’ anglo-estadounidenses y partidarios de Israel, quienes de forma patológica ignoran los crímenes monstruosos cometidos contra los valores y creencias fundamentales de los oprimidos, se consideran ellos mismos, con toda solemnidad, capaces de diagnosticar las enfermedades de los otros. Un puñado de esos ‘expertos’ proclaman que los terroristas, los suicidas-bomba, son gente politizada y que esos actos son ‘políticos’ – una respuesta a la guerra, invasión y conquista anglo-estadounidense. Más cercanos a la verdad, pero todavía no muy acertadamente, algunos añaden como causa ‘la humillación de un pueblo conquistado’.

Todo ello indicaría que los suicidas-bomba son un esfuerzo por redimir lo Sagrado de las garras de los Profanadores. Lo ‘Sagrado’ incluye, pero va más allá, de la destrucción material inflingida por los invasores anglo-estadounidenses y los colonialistas israelíes. La degradación y la profanación de los textos sagrados, de los valores íntimos y de las costumbres disciplinadas producen un tipo de individuos que sienten que sus vínculos con la humanidad han quedado rotos de forma irrevocable.

El suicida-bomba cree que puede oponer la ira espiritual a los profanadores de lo sagrado. Para los futuros suicidas-bomba, la resistencia, las marchas, las protestas, las huelgas, la desobediencia civil, incluso la resistencia en la patria, todo eso no consigue restaurar lo ‘Sagrado’. El conflicto sigue haciendo estragos en sus barrios, en sus casas; los mercados y transportes son destruidos… El suicida-bomba cree que sólo invirtiendo la violencia, llevando las mismas acciones de los invasores al ‘hogar’ de éstos podrán redimirse ellos mismos y las víctimas inocentes y responder con la misma moneda a los apologistas y defensores de la ‘guerra total’. El reconocimiento de la autorizada profanación de lo sagrado está ahora fuera de duda – tanto si continúa en una forma o en otra, grabado en vídeo o escondido en los archivos militares, camina ya empotrado en la mente de decenas de millones de personas – en su existencia moral, cultural y psicológica. La vida diaria ha sido puesta a prueba hasta límites inimaginables.

Conclusión

Desde la operación ‘Conmoción y Pavor’ de bombardeo de ciudades a la matanza, mutilación y destrucción de millones de personas y hasta la tortura y profanación de lo sagrado, las órdenes han venido de lejanos generales, presidentes y secretarios de guerra sin rostro, y han sido ejecutadas, cara a cara, por gente común y corriente, trabajadores, empleados, oficinistas… que ‘eligieron’ a esos dirigentes. Todos los rostros del enemigo, a los ojos del suicida-bomba, se concentran en las caras y actos de los que degradan lo sagrado e intentan destruir todo lo que llena de sentido su vida diaria.

Para el suicida-bomba, «el rostro del enemigo» es el rostro de «la gente» – ricos y pobres, poderosos y desposeídos, generales y soldados rasos. Por eso, el suicida-bomba, cuyos vínculos con lo sagrado y la moral han sido destrozados por medio de una degradación sistemática, no siente ningún remordimiento al atacar a gente normal que va a sus ocupaciones diarias en edificios de oficinas o en el metro.

Nuestro análisis sugiere una estrecha relación entre la práctica de ‘guerra total’ anglo-estadounidense y sus políticas de degradación sistemática derivadas y la aparición de los ‘suicidas-bomba’ – una de las formas que puede adoptar el rechazo a aquéllas. Si este análisis es correcto, la desaparición de los suicidas-bomba tendrá lugar, muy probablemente, cuando se ponga fin a las prácticas de ‘guerra total’. Esto sólo podría suceder si se derrota la corriente imperialista de ‘resurgimiento colonial’ que conforma tanto la variante estadounidense como la europea o israelí. El quid de la cuestión estriba en cuánto tiempo será necesario para que el descontento político doméstico y el exterior se fusionen y creen una alternativa política capaz de formular una estrategia de retirada militar que respete el derecho internacional. La reconciliación entre los pueblos anglo-norteamericanos e islámicos y árabes podría conseguirse a través de la constitución de un tribunal de crímenes de guerra similar al que se creó para los Juicios de Nuremberg después de la Segunda Guerra Mundial. Los oficiantes y defensores de los crímenes contra la humanidad, empezando por el Presidente de Estados Unidos y el Primer Ministro de Gran Bretaña, deberían ser llevados a juicio y debería dictarse una condena ejemplar para evitar cualquier posible reincidencia. La paz y la reconciliación sólo son viables cuando lo que se impone a los arquitectos y oficiantes de la guerra total y de la degradación humana es la justicia.