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Lula

Fuentes: Argenpress

A pocos días de las elecciones en Brasil todo parece indicar que Lula será reelegido en la primera vuelta y en el peor de los casos, en la segunda. Nada sugiere que el PT salga del gobierno si bien resulta una incógnita el rumbo futuro. Algunas cosas sin embargo si parecen bastante claras después de […]

A pocos días de las elecciones en Brasil todo parece indicar que Lula será reelegido en la primera vuelta y en el peor de los casos, en la segunda. Nada sugiere que el PT salga del gobierno si bien resulta una incógnita el rumbo futuro.

Algunas cosas sin embargo si parecen bastante claras después de un primer período de gobierno.

Lula no es un revolucionario. Podría pensarse inclusive que ni siquiera es un reformista radical a juzgar por los continuos elogios de la gran burguesía de Brasil, los gobiernos de los países metropolitanos y el gran capital internacional. Unos elogios que contrastan con las críticas amargas de muchos de sus antiguos compañeros de lucha (hoy organizados en tolda aparte y con candidato propio) y el descontento entre quienes fueron sus aliados principales en otras épocas: los campesinos sin tierras, los sin techo y los mismos obreros industriales de cuyas filas salieron Lula y su partido.

Al menos aparentemente el gobierno actual de Brasil cuenta con dos apoyos principales que no por diferentes resultan menos efectivos: la gran burguesía de un lado, y de otro, los millones de pobres de solemnidad que están recibiendo ayudas diarias para satisfacer al menos su hambre centenaria.

De hecho, Lula favorece bien a unos y otros. El gran capital ha gozado de los mimos del presidente Lula quien manteniendo las líneas básicas de la política económica del gobierno anterior ha garantizado a los grandes propietarios alcanzar niveles de beneficio sumamente altos. El gobierno del PT no ha tocado para nada los graves problemas estructurales que producen la enorme desigualdad en Brasil (la mayor del planeta, se dice). Se ha respetado la gran propiedad agraria ineficaz e improductiva y la reforma agraria siempre prometida continúa sin cumplirse. Las tierras que se entrega a un número muy modesto de campesinos pobres afectan sobre todo a la frontera agrícola dejando incólume la estructura agraria tradicional. Las grandes plantaciones de la agroexportación florecen por doquier, sin que los obreros agrícolas vean mejorado su triste destino. El salario del proletariado apenas aumenta mientras las empresas (muchas de ellas multinacionales) hacen su agosto. Los planes de vivienda han sido igualmente promesas vanas sin molestar mucho a los grandes especuladores de la construcción y el suelo. En fin, que los temores de la burguesía ante el triunfo de Lula se fueron disipando en la medida en que el nuevo presidente dio muestras de eso que ellos llaman «sensatez y sentido de estado». Es decir, gobernar para los ricos, en lenguaje más llano.

Como complemento de esta política que resta a Lula y su partido mucho apoyo entre las clases trabajadoras el gobierno del PT adelanta una «política social» que distribuye alimentos y otros artículos de primera necesidad entre los estratos más pobres de la población, afectados por verdaderos dramas de miseria y exclusión. Si los asalariados del campo y la ciudad (los que generan la riqueza social de Brasil) apenas han visto mejorada su suerte, las gentes miserables perciben el actual gobierno como una especie de bendición divina, como el agua que viene a calmar una sed insatisfecha cuando ya pensaban que nadie se ocuparía de su suerte.

El de Lula ha sido entonces un gobierno que combina neoliberalismo y populismo (en el sentido menos feliz del término) probando con ello que todo el discurso «políticamente correcto» que desdeña y condena en los más duros términos el gasto social por «demagógico e irresponsable» no se sonroja a la hora de aplicar medidas del más puro corte populista si la seguridad del sistema lo requiere.

Con los votos de los más pobres y la tolerancia de la gran burguesía es casi seguro que Lula repetirá mandato. Probablemente también le darán al PT una segunda oportunidad algunos estratos obreros y campesinos; Lula es el mal menor. Pero si la candidatura de la izquierda alcanza un 10% de votos Lula tendrá que considerar que el descontento obrero y campesino con su política no es asunto de un par de loquitos exaltados, de dos o tres resentidos de sus propias filas o de algún que otro intelectual izquierdista.

Pero si Lula y el PT no son revolucionarios ni radicales (es decir, que vayan a la raíz de los problemas) si representan un factor de nacionalismo que resulta objetivamente favorable a la corriente general de reformas en América Latina y el Caribe. Y esto es así porque Lula significa el fortalecimiento de una alternativa al proyecto gringo de anexarse si tapujos las tierras del sur. En parte lo han conseguido con México, Centro América y Chile y están a punto de alcanzarlo con el bloque andino (a excepción clara de Venezuela). Pero el otro bloque, el de MERCOSUR, se atraviesa como espina de pescado obstaculizando los sueños gringos del «destino manifiesto» que se propone la fusión orgánica de estas sociedades en el » Norte violento y brutal que nos desprecia» (Martí).

Seguramente por eso la izquierda del continente saluda la casi segura victoria de Lula como propia en la medida en que el nacionalismo de un país como Brasil – que dadas sus dimensiones si tiene condiciones para liderar un bloque de resistencia a la política imperialista de Washington- es objetivamente un apoyo para el resto de reformistas y nacionalistas del continente (eso que llaman ahora la «ola de gobiernos de izquierda» en Latinoamérica).

Sin embargo, más allá de esta coincidencia muy difícilmente se podrá sentir simpatía por una política que recibe las bendiciones de la propia burguesía y del FMI. Es igualmente claro que la integración en torno al eje Brasil-Argentina (los dos mayores países del área) no está exenta de dificultades como acaba de ponerlo de manifiesto el asunto de Petrobrás en Bolivia. Son éstas, sin embargo, contradicciones que deben y pueden solventarse en aras del común interés que impone un escenario mundial tan complicado y agresivo como el actual.

Casi todos van a saludar una nueva victoria de Lula. Por motivos diferentes, sin duda. Unos, porque ven en su estilo la posibilidad de moderar los ímpetus más radicales del pueblo y neutralizar a otros gobiernos de signo reformista; otros, porque entienden que en la actual correlación de fuerzas no existen alternativas reales que resulten más favorables.

La gran incógnita parece ser está: ¿hasta cuándo podrá Lula mantener tan difíciles equilibrios a partir de su posible nueva victoria electoral? ¿Hasta cuándo los «Sin Tierra» permanecerán pacíficamente frente a los grandes latifundios improductivos sin caer en la tentación de invadirlos? ¿Hasta cuándo la clases trabajadoras seguirán soportando que todo el peso recaiga en sus espaldas pero los beneficios reales vayan a las minorías de siempre?.

Si los escándalos de corrupción no han logrado desgastar a Lula es muy probable que un descontento popular generalizado y una paciencia agotada si puedan despertar al gigante del Sur. El espíritu del capitán Luís Carlos Prestes volverá a recorrer Brasil para promover de nuevo la liberación de los sometidos a la vieja y a la nueva esclavitud.