Cambió la Fortuna, pero la Virtù [N. trad.: el autor emplea alternativamente los términos virtú (en italiano) y virtude (en portugués), por lo que en este texto se mantiene el uso que hace el autor] que acompañaba al presidente se evaporó. Desatento al nuevo escenario, él insiste en negociar con el ‘centrão’, desprecia la movilización social y abre el espacio a la ultraderecha. ¿Cómo salvarlo a cinco meses de las elecciones?
Maquiavelo: fortuna y virtud
Nicolás Maquiavelo, considerado por muchos como el fundador de la Ciencia Política, poco leído hoy, ha sido identificado y criticado a lo largo de los años de forma equivocada por, supuestamente, defender el empleo de prácticas y métodos inmorales, deshonestos, fraudulentos y violentos -lo que habitualmente definimos como “maquiavélicos”- expuestos en el más conocido de sus libros: El Príncipe (escrito en 1513 y publicado por primera vez en 1532). En el origen de esa (in)comprensión y de su difusión está la Iglesia de Roma, que Maquiavelo en su tiempo identificó como el principal enemigo de la unificación de Italia, lo cual era el objetivo principal de su pensamiento y acción política.
Gracias a él la política ganó autonomía frente a otras áreas del conocimiento: economía, moral, ética, derecho etc. Desde esa perspectiva, empezó a reconocerse que ese área del pensamiento y de la acción humana tiene una dinámica propia, que no está subordinada a la moral privada ni a la ética cristiana, lo cual era lo que defendían sus antecesores y contemporáneos. A partir de ese momento se empezó a pensar y practicar la política bajo la óptica de la “razón de Estado”, en que la guerra no es su opuesto, sino que es una de sus posibles expresiones.
De ese modo, la diferencia fundamental entre él y sus antecesores es que estos trataron y discutieron la política “como debería ser”, mientras que Maquiavelo observó, trató y discutió la política “como es de hecho”. Se apoyó en sus estudios de los filósofos e historiadores de la Antigüedad Clásica y tuvo como referencia principal su experiencia de 14 años como funcionario-canciller de la ciudad-estado de Florencia.
En su pequeño libro, Maquiavelo, preocupado por poner de manifiesto la “verdad efectiva de las cosas”, le hace ver al pueblo en su absoluta desnudez el carácter y la naturaleza de la política y de los gobernantes, cuyo objetivo fundamental es llegar al poder y mantenerlo. En particular analiza los métodos que usaron los “Príncipes” que tuvieron más éxito en sus acciones y el comportamiento de quienes fracasaron en sus objetivos.
Para el objeto de este artículo lo que nos interesa de su pensamiento es lo que consideramos su núcleo central, es decir: los conceptos de “fortuna” y “virtud”, elaborados por él, para reflejar, respectivamente, sobre las cambiantes circunstancias (condiciones) objetivas del ambiente político (distintas coyunturas) y sobre la voluntad y acción política de los Príncipes (los sujetos políticos) en cada coyuntura. Para Maquiavelo la relación fortuna-virtud es decisiva para entender por qué algunos vencen y otros fracasan. La idea es la siguiente:
La fortuna se refiere a las circunstancias fundamentalmente imprevisibles e incontrolables (externas) a las que se enfrentan los sujetos políticos en su acción política, ya que crean situaciones y problemas nuevos que deben ser abordados y cuyas soluciones están limitadas por esas mismas circunstancias. No obstante, esas circunstancias no deben confundirse con destino, fatalismo inexorable, poder ciego e incontrolable; la acción de los sujetos puede enfrentarse a la fortuna, influenciarla y parcialmente dirigirla. Para lograrlo, los sujetos deben adaptar sus comportamientos y sus acciones a la fortuna, lo que remite al significado y a la importancia del concepto de virtù.
La virtud para Maquiavelo, a diferencia de lo que sostenían sus contemporáneos, no se identifica con las conocidas virtudes cristianas, que caracterizan a un “hombre bueno” y están asociadas a la salvación del alma. El hombre de acción, inmerso en los acontecimientos, tiene la capacidad, la determinación, la energía y el ingenio para adaptar su comportamiento y sus acciones a las circunstancias, a las necesidades de las diversas coyunturas, en consonancia con los distintos problemas que se le presentan objetivamente. En este sentido, el sujeto político debe interferir sobre la fortuna guiado por la necesidad política (pragmatismo) y llegado el caso debe tener la capacidad de “cambiar su naturaleza” para adaptarla a los tiempos. Todas sus acciones políticas deben ser coherentes con ese principio general, independientemente de ser o no compatibles con las virtudes cristianas, so pena de ser derrotado inexorablemente por la fortuna.
En suma, la fortuna es algo externo al sujeto político, está fuera de su control, no está subordinada a su voluntad y no se puede prever cuando va a cambiar (la incertidumbre es propia de la política); por lo tanto, el Príncipe virtuoso es aquel que consigue entender las circunstancias de cada momento, así como sus variaciones, y es capaz de adaptar su voluntad y sus acciones a esas nuevas circunstancias de forma que obtenga el máximo provecho de la nueva situación al ponerla a su favor. Y, más especialmente, la mayor virtud del sujeto político es tener la capacidad de adaptarse activamente a la fortuna, aunque eso signifique contrariar su propia naturaleza.
Lula: fortuna y virtud
Como casi todo el mundosabe, los gobiernos de Lula, en particular su segundo gobierno, obtuvo un enorme éxito, incluso sin modificar/alterar las características esenciales del Patrón de Desarrollo Capitalista Liberal-Periférico, establecido en Brasil desde el inicio de los años 1990. Al fin y al cabo, sus resultados económico-sociales le permitieron marcar claramente la diferencia con respecto a los gobiernos de [Fernando Henrique Cardoso] FHC.
Intelectuales y políticos de la derecha neoliberal explican ese éxito como una cuestión de “suerte”. Lula tuvo suerte y, además, se benefició de que las reformas neoliberales implementadas por FHC en sus gobiernos dejaron la “casa ordenada” y, sobre todo, tuvo la inmensa suerte de que al haber entrado China en la OMC, se alterasen por completo los precios de los artículos ofertados por los países de la periferia del capitalismo. Esa habría sido la razón fundamental del éxito de Lula, que dejó el gobierno con 80% de aprobación.
En el ámbito de la izquierda, para su mayoría la causa fundamental de su éxito habría sido la superación del “Modelo Neoliberal” y la adopción del “Modelo Neodesarrollista”, que recupera las políticas económicas del antiguo desarrollismo, pero ahora con distribución de renta, consecuencia de las políticas sociales adoptadas.
Observando el fenómeno desde el punto de vista del pensamiento de Maquiavelo, no hay duda de que, desde el inicio de los años 2000 –por lo tanto, antes incluso del inicio del primer gobierno de Lula– las circunstancias internacionales sufrieron una profunda modificación a consecuencia del crecimiento mundial ‘empujado’ por el par China-EEUU, con un fuerte impacto sobre las cuentas externas (balanza comercial y de transacciones corrientes) de los países periféricos. Así, la nueva fortuna permitió a esos países reducir sus respectivas vulnerabilidades externas coyunturales al mejorar sus balances de pagos.
Ante ese nuevo cuadro, el gobierno de Lula supo leer y entender la fortuna que se estaba constituyendo y tuvo la virtud de flexibilizar la política macroeconómica (metas de inflación, superávit fiscal primario y cambio fluctuante) heredada de FHC, que se había mantenido con rigor durante la primera mitad del primer gobierno, e incluso llevar al país a una recesión en el año 2003. Igual que en la actualidad, esa política, conocida como el “trípode macroeconómico”, en aquel momento dificultaba los gastos del gobierno (inversión y programas sociales) y mantenía tasas de interés muy altas, causando un bajo crecimiento económico y un elevado desempleo.
A partir de la segunda mitad del primer gobierno, no obstante, al disminuir el superávit fiscal primario y reducir la tasa de interés (el mismo Régimen de Política Macroeconómica, pero flexibilizado), en asociación con la política de reajuste real del salario-mínimo (por encima de la inflación) y sus impactos en los beneficios de la Seguridad Social, juntamente con otras políticas sociales (Bolsa-Familia), el resultado fue más crecimiento económico, reducción del desempleo y una pequeña mejoría en la distribución de renta (en el ámbito de los rendimientos del trabajo). Adicionalmente, la utilización de los bancos públicos y de Petrobrás también fue decisivo para apoyar la economía, que tuvo como símbolo mayor la política “de los campeones nacionales” implementada por el BNDES.
En suma, sin oponerse a las reformas neoliberales y al capital financiero, pero sabiendo leer las nuevas circunstancias internacionales, el gobierno de Lula flexibilizó el Régimen de Política Macroeconómica, lo que permitió un desempeño económico-social mucho mejor que el que se diera durante el periodo de los dos gobiernos de FHC. Y para eso, Lula no necesitó ir al encuentro de su propia naturaleza conciliadora; las nuevas circunstancias (crecimiento económico) le permitieron administrar los intereses opuestos (capital frente a trabajo) y desplazar el conflicto político para la oposición ricos frente a pobres.
La naturaleza conciliadora de Lula y su tercer gobierno
La naturaleza conciliadora de Lula, siempre dispuesto a negociar con todos, es de sobra conocida por quienes acompañan su trayectoria desde su época de dirigente sindical. Como dirigente político su tendencia a la conciliación, particularmente a partir de los años 1990, se profundizó, tan solo modificando el ámbito de negociación, que se amplió y se hizo más compleja.
La crisis general del capitalismo de 2007/2008, prolongada con la crisis del euro en 2010, trajo una nueva fortuna, nuevas circunstancias económicas y políticas que afectaron a las relaciones internacionales y a todos los países del mundo. En Brasil el impulso económico propiciado por las importaciones chinas se redujo a partir del gobierno de Dilma y el crecimiento económico se desaceleró. El intento de ese gobierno de contrarrestar esa desaceleración mediante exenciones fiscales para el capital no funcionó. Los capitalistas no invirtieron los recursos obtenidos, pero intervinieron en el mercado financiero mediante la compra de títulos del gobierno. Todavía peor, la reducción de las partidas presupuestarias, consecuencia de la política de exención, creó un problema fiscal que se manifestó en forma de en déficits primarios.
A continuación, el segundo gobierno de Dilma, ya en su inicio, implementó un “ajuste fiscal”, la austeridad preconizada y propuesta por la derecha neoliberal; el resultado es conocido: una enorme recesión, que fue fundamental para la desestabilización del gobierno y la preparación del golpe de Estado de 2016, mediante el impeachment a la Presidenta. Para empeorar todavía más las cosas, a partir de la crisis mundial se asistió al ascenso de la extrema derecha neofascista, que en Brasil se expresa a través del bolsonarismo, el cual comenzó a hacerse visible en las manifestaciones de 2013 y en las movilizaciones a favor del impeachment en 2015-16, y se consolidó definitivamente con el gobierno Temer y, a continuación, con la elección en 2018 de Jair Bolsonaro.
El desastroso gobierno de Bolsonaro en todos los ámbitos (economía, educación, salud, medioambiente, relaciones internacionales etc.) abrió las puertas para el tercer mandato de Lula, pero en una coyuntura completamente distinta a la que existía durante sus dos gobiernos anteriores. En las nuevas circunstancias se ampliaron las fuerzas políticas adversarias: a la derecha neoliberal tradicional, cada vez más dependiente de la extrema derecha neofascista en todo el mundo, vino a juntarse el bolsonarismo que, a pesar de ser derrotado (por los pelos) en las elecciones presidenciales, obtuvo un elevado número de diputados y senadores. Adicionalmente, el empoderamiento del Parlamento desde el gobierno de Temer, con la aprobación del carácter obligatorio para las enmiendas parlamentarias (secretas o no), debilitó al Poder Ejecutivo en su relación con el Poder Legislativo. El llamado “Presidencialismo de Coalición” sufrió un fuerte golpe debido a la pérdida de poder de negociación del Presidente de la República.
En ese escenario adverso Lula dirige su tercer gobierno de la misma manera que lo hizo en sus dos gobiernos anteriores: mostrándose indiferente ante la necesidad de la movilización popular y manteniendo una estrategia de negociación en el marco del Parlamento, donde la correlación de fuerzas le es desfavorable. Sin embargo, en momentos puntuales apostó por la movilización popular y obtuvo, ejemplarmente, la aprobación de la exención del impuesto de la renta para quienes ganan menos de 5.000 reales, bloqueó la amnistía para Bolsonaro y los golpistas y enfrentó victoriosamente, de forma soberana, la tasación de Trump contra las exportaciones brasileñas.
La conciliación con la austeridad se expresó en el Nuevo Régimen Fiscal, sustituto del tristemente famoso Techo de Gastos del gobierno Temer, y en la política monetaria (intereses estratosféricos) del Banco Central, que son la continuación del Trípode Macroeconómico, ahora de forma rígida. En consecuencia, se reactivaronlos programas y políticas de los gobiernos anteriores de Lula tras los ataques que sufrieron durante los gobiernos de Temer y Bolsonaro, pero de forma más tímida y precaria. Además, la desestructuración de la cadena productiva del petróleo, en particular el desmantelamiento de Petrobrás promovido por los gobiernos de Temer y Bolsonaro, retiró del control del gobierno un importante instrumento de política económica.
A pesar de eso todo, la tasa media de crecimiento de la economía brasileña con el actual gobierno se sitúa en torno al 2,7% y la tasa de desempleo es la menor de la serie histórica, aunque no se puede dejar de señalar que los empleos creados son de pésima calidad. De cualquier modo, en las nuevas circunstancias el mejor desempeño de la economía, expresado en los diversos indicadores económicos, no se refleja en una mejor evaluación del gobierno y de Lula. Ya se ha demostrado que no es efectivo apostar que el crecimiento, por sí solo, asociado a políticas sociales inclusivas es suficiente para “ganar políticamente” a la mayoría de la población. Esa era la situación cuando surgieron las manifestaciones de junio de 2013, pero parece que no se aprendió la lección.
En ese nuevo contexto, el “centrão”, la derecha neoliberal y el neofascismo no han parado de “disciplinar” al tercer gobierno de Lula que, tras los momentos de movilización arriba citados, continuó con su “táctica negociadora limitada al Parlamento”. Ahora, hace poco, se impuso la victoria de la “pequeña política”: el amplio abanico de la oposición derrotó al gobierno de Lula en dos asuntos importantes, reprobando su nombramiento como magistrado del Supremo Tribunal Federal y tumbando los vetos de Lula en el proyecto de Ley de Dosimetria (reducción de las penas para Bolsonaro y demás golpistas) que había sido aprobada por el Parlamento.
Estamos en un momento decisivo (quedan solo cinco meses para las elecciones) y no hay la menor señal de que se retome la movilización popular. Parece que, a diferencia de sus gobiernos anteriores, Lula no consiguió leer las nuevas circunstancias con las que se encontró en su tercer gobierno, esto es, no consiguió adaptarse al cambio de la fortuna, que exigiría ir al encuentro de su propia naturaleza conciliadora. En el pasado, la conciliación pudo funcionar propiciando ganancias económico-sociales coyunturales para la clase trabajadora. En un momento de crecimiento económico e inexistencia del movimiento neofascista, Lula consiguió arbitrar el conflicto capital-trabajo. Hoy, sin embargo, la fortuna es otra: desde el inicio del tercer gobierno exigiría una fuerte movilización popular como base para cualquier negociación, dentro y fuera del Parlamento.
Pero ese “cambio de perspectiva” no ocurrió, a pesar de los dos discursos pronunciados por Lula (en EEUU en septiembre de 2025 y, más recientemente, en España) en los que critica a la izquierda que haya abandonado la organización y la movilización popular. El tardío apoyo (sin movilización) del gobierno de Lula, del PT y de los sindicatos en general, pero particularmente de la CUT, para poner fin a la escala de trabajo 6×1 [N. del trad.: 6 días de trabajo y una jornada de descanso, que constituyen una jornada semanal de 44 horas] es ejemplar de la incapacidad de entender las nuevas circunstancias.
Y aquí llegamos a un punto crucial: la lectura de Maquiavelo hecha por Gramsci advierte que, en el marco del capitalismo y de la lucha de clases entablada entre el capital y el trabajo, el “Príncipe” no debe ser entendido y reducido a un individuo, por más virtuoso que este pueda ser. En la condición de “Principe”, más importante que el individuo, es el partido político de la clase trabajadora desde el momento en que asume la dirección del proceso político, organizando y movilizando a la clase trabajadora. En la década de 1980, con la creación del PT y su forma de actuación, parecía que estábamos asistiendo a la constitución del “Príncipe Moderno” en Brasil. Sin embargo, a partir de los años 1990, con la victoria del neoliberalismo, ese proyecto descarriló, de la misma forma que había ocurrido antes con los partidos socialdemócratas, socialistas y laborales en los países centrales del sistema-mundo capitalista: el proceso de “transformismo” abortó la construcción del “Príncipe Moderno”. Por eso, la responsabilidad de todo ese proceso no es solo de Lula y de su gobierno, también es responsabilidad de los partidos de izquierda, de los sindicatos y de las centrales sindicales conectados orgánicamente a Lula y a este gobierno.
El resultado de eso todo es que el neofascismo y la derecha neoliberal, ambos cada vez más asociados, se sintieron estimulados y empoderados para “emparedar” al gobierno. La disputa electoral será, o ya está siendo, de una extrema dureza. Casi la totalidad de las fuerzas políticas neoliberales están con el bolsonarismo. La respuesta a eso solo puede ser la inmediata movilización popular en torno a los temas que aún están siendo objeto de decisiones del Congreso Nacional (en especial el fin de la escala 6×1) y de la elección de Lula. ¿O se va a seguir esperando a que el “genio negociador” de Lula encuentre la salida a las dificultades? ¡La hora es ahora, es la última hora!
Fuente: https://outraspalavras.net/estadoemdisputa/lula-maquiavel-e-eleicao/
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