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Mabel Normand, el silencio ondulado

Fuentes: La soga

En palabras de Colin MacCabe «es una verdad universalmente aceptada que la historia del cine es la historia de una conjura de hombres tímidos, poco atractivos y obsesos sexuales, para rodearse de mujeres arrebatadoramente hermosas». Pero también se podría decir que la historiografía del cine se ha dedicado a minusvalorar e incluso a ocultar el […]

En palabras de Colin MacCabe «es una verdad universalmente aceptada que la historia del cine es la historia de una conjura de hombres tímidos, poco atractivos y obsesos sexuales, para rodearse de mujeres arrebatadoramente hermosas». Pero también se podría decir que la historiografía del cine se ha dedicado a minusvalorar e incluso a ocultar el papel de muchas mujeres que contribuyeron a su creación y consolidación con un empeño que adquiere tintes de conspiración. Ante esta teoría se podría argüir que tampoco hay que exagerar, incluso que puede ser contraproducente exagerar la contribución de puntuales creadoras de los albores del cine, ya que si se sobrevalora su papel se pierde en credibilidad.

Pero solo hay que evitar los tópicos e ir un poco más allá de lo que la tradición nos ha repetido una y otra vez, para comprobar que algunas artistas cuyo nombre hoy apenas nadie recuerda tuvieron una participación tan esencial en la fundación del cine como la de otros hombres que nunca han dejado de ser venerados. Y si no, descubramos a Alice Guy, la primera directora de una película de ficción y productora internacional (de quien ya escribió aquí un fantástico artículo Andrea Moliner Ros), a Lois Weber, también directora y productora que fue una de las primeras en tratar temas sociales en el cine o a Mabel Normand, superestrella cómica del cine mudo que además fue guionista, directora, productora y jefa de un estudio en Hollywood. Sin embargo, hoy en día Normand apenas es recordada por sus escándalos extracinematográficos.

Como exige el tópico, la entrada de Normand en el mundo del espectáculo llegó por casualidad, y en su caso por partida doble. Procedente de una humilde familia de Staten Island, con fama de marimacho entre sus vecinos (la consideración de tomboy la acompañaría a lo largo de toda su carrera), un día cualquiera de 1906 cogió el ferry para ir a Nueva York y presentar su solicitud de trabajo en una empresa de costura que buscaba empleados para su departamento de mensajería. Como en una película que ella misma podría haber protagonizado solo unos años después, el responsable de contratación decidió que Mabel era demasiado atractiva para tenerla escondida en la sala de correos y le aconsejó dedicarse al modelaje. Prácticamente de la noche a la mañana, y con tan solo catorce años, se convirtió en la modelo más solicitada de la ciudad, demandada por artistas tan señeros como James Montgomery Flagg (el autor del famoso cartel del tío Sam) o Charles Dana Gibson, quien con sus Gibson Girls contribuyó a formar la imagen de mujer ideal de la época y que tuvo en Normand a su inspiración favorita. De repente, Mabel estaba en todas partes, utilizada como reclamo comercial para vender desde cepillos y camisetas hasta paraguas y pieles.

El segundo guiño del azar también parece tener mucho de truco de guion, de cuento de hadas demasiado bonito para ser real, pero sucedió de verdad. Con unas ganas enormes de conocer de primera mano de qué iba eso del mundo del cine, no se lo pensó ni un momento cuando una amiga que había conseguido un pequeño papel como extra la invitó a visitar el plató donde iba a rodarse una película producida por la importante compañía Biograph y dirigida nada menos que por D.W. Griffith, quien ya era considerado como uno de los más brillantes realizadores del nuevo medio (todavía no había nadie tan loco como para considerarlo un arte). Animada por un actor que de inmediato vio en ella algo especial, Mabel se presentó ante Griffith, quien la contrató al instante. Electrizada por el ambiente que se vivía en el rodaje, con las imponentes cámaras y todo el aparato técnico que ejercía un poder amedrentador, sin embargo lo que más la impresionó fue la presencia de Florence Lawrence, considerada la primera estrella de la historia del cine. Además del deslumbramiento de la maquinaria y del glamour, también descubrió desde el primer día que el cine era un oficio muy laborioso y que no conocía horarios. El rodaje se alargó más de lo esperado y cuando Mabel, que apenas tenía quince años, llegó a su casa de madrugada, su muy preocupada madre le prohibió volver a mezclarse con ese mundo de depravación.

El paseo de las estrellas

Pero la historia no puede acabar aquí, menudo chasco nos íbamos a llevar. Ahora llega otra casualidad, pues resulta que un día va nuestra protagonista tan tranquilamente por la calle cuando se topa con Mack Sennett, quien trabajaba como asistente de Griffith y se había quedado prendado de ella durante su breve paso por el plató de la Biograph. Pero en realidad esta vez el azar ha sido algo forzado, el encuentro no tiene nada de fortuito, sino que Mack ya había decidido que tenía que convencer a la muchacha de que volviera a intentarlo. La familia de Normand dependía casi por completo de sus ingresos, así que la intransigencia materna no tardó mucho en ser socavada y pudo retomar su carrera.

Y esta se disparó como un cohete. Normand participó en decenas de cortos en los que las características que la harían famosa ya estaban presentes, en especial su naturalidad y su valentía a la hora de afrontar las escenas de acción. En una época en la que la actuación cinematográfica, especialmente en el género cómico, era llamativamente exuberante, con unos intérpretes histriónicos y un estilo más cercano a la teatralidad desbordada que a la contención más adecuada para la gran pantalla, la presencia de Mabel destacaba como una rosa en un campo de cardos. No, imagen inadecuada. ¿Como un arroyo en un páramo? Que Mabel supuso un soplo de aire fresco en una habitación cerrada… Bueno, en fin, mejor dejarse de metáforas, creo que se entiende. Por otra parte, la atlética muchacha no tenía ningún reparo en ponerse a bucear, montar a caballo o correr sin descanso si así lo exigía el guion. De hecho, es curioso ver cómo en sus películas siempre parece estar trotando de un sitio para otro, saltando, moviéndose sin parar, lo que hacía que las pesadas e inmóviles cámaras de la época no pudieran seguir su ritmo y a menudo se saliera de cuadro.

Pese al carisma de Normand, o precisamente por ello, nunca hizo buenas migas con Griffith, así que decidió probar suerte en otra compañía y se fue con otra de las grandes productoras de la industria, donde continuó su ascendente carrera creando el popular personaje de Vitagraph Betty. Sin embargo, pronto Mack volvería a cruzarse en su camino. El ambicioso Sennett no solo consideraba que Mabel tenía madera de estrella, sino que además estaba enamorado de ella, así que no podía dejarla escapar tan fácilmente. Nombrado jefe de la sección de comedia de Biograph, vuelve a contratarla y le da un papel en la que sería la primera gran campanada de su filmografía,  The Diving Girl (1911). En una época en la que el nombre de los actores muchas veces ni se mencionaba, el público empezó a interesarse por esa belleza en traje de baño, tan diferente a todo lo que se había visto hasta entonces en la pantalla. Los espectadores querían saber más sobre ella, querían volver a verla. Y no había motivo para negarles ese capricho.

Así que Griffith, que podía tener mal carácter pero tonto no era, dio una segunda oportunidad a la muchacha y se la llevó consigo en el mítico tren con destino a Hollywood que iba a cambiar la historia del cine. Junto a ellos viajaban también gente como el propio Sennett, Mary Pickford, Ford Sterling o Blanche Sweet, todos los cuales pasarían a formar parte de la aristocracia del cine. En lo que respecta a Mabel, su asociación con Mack floreció en títulos como Tomboy Bessie (1912), en la que de nuevo dio muestras de su energía, que contrastaba especialmente con el estilo de actuación de Sennett. Pues si como director era bastante chapucero y despreocupado (la expresión happy-go-lucky parece inventada para él), como intérprete el único sentimiento que era capaz de transmitir era el de vergüenza ajena. A la vez que en el apartado actoral Normand le daba un buen repaso, en el aspecto artístico tampoco se quedaba atrás, y frente a la tosquedad del realizador ella aportó numerosas ideas que contribuyeron a la formación de un personaje identificable, lo que en aquellos años era clave para conseguir el reconocimiento del público. Lo que hacía su figura realmente destacable era la combinación inaudita de enorme comicidad y de sentido de la aventura. Ambas se plasmaron de manera impactante en A Dash Through the Clouds (1912), con la que se convirtió en la primera mujer que aparecía en pantalla en un avión. Y como en tantas otras situaciones, aquí vida real y ficción se mezclaban, pues Normand siempre fue una apasionada de la aviación cuya gran ilusión fue ser piloto.

Poseedor del gran mérito de saber detectar méritos ajenos y con un instinto comercial que nadie le negaba, Sennett rodaba sin parar, a veces parándose en medio de la calle para captar algo que le había llamado la atención y que luego ya colaría. El resultado no era precisamente refinado y vistos hoy muchos de sus cortos son llamativamente cutres, pero la fórmula de comicidad cafre, humor físico y sexo nunca falla, y Mack se vio elevado a la consideración de rey de la comedia. Así, en 1912 se convirtió en jefe de los que serían míticos estudios Keystone, en cuya construcción el papel de Normand fue fundamental. Quién si no ella iba a ser la protagonista del primer corto de la compañía (bueno, en realidad hubo otro antes, pero mejor olvidarlo, tanto por cuestiones narrativas como por ser un abominable chiste antisemita). Se trata de The Water Nymph (1912), nueva versión de The Diving Girl que la situó en lo más alto de la profesión y que dio pie a uno de los grandes aciertos comerciales de Keystone, las Sennett Bathing Beauties, de las que formaron parte nada menos que Mae Busch, Gloria Swanson y Carole Lombard, todas ellas convertidas en algún momento en grandes estrellas de la pantalla.